Se puede tener un cáncer y encontrarse bien o estar sometido a un sufrimiento e invalidez considerables sin que los médicos encuentren pruebas de enfermedad. La Medicina no ofrece respuestas aceptables para esta última situación y recurre arbitrariamente a negar la realidad del sufrimiento, haciendo aún más insufrible el calvario de los pacientes. Este blog intenta aportar desde el conocimiento de la red neuronal un poco de luz a este confuso apartado de la patología.

We may have cancer and feel good, or be submitted to substantial disability and suffering without doctors finding any evidence of disease. Medicine gives no acceptable answers to the last situation and arbitrarily appeals to denying the reality of suffering, making the calvary of patients even more unbearable. This blog tries to contribute with the knowledge of the neuronal network, giving a little light to this confusing section of pathology.

Click here to switch to the english version

viernes, 13 de noviembre de 2009

Autointolerancia. Copia eferente.




Un organismo es un ecosistema muy complicado. Lo habitan células autóctonas, fundadoras, y otras venidas de fuera a la fuerza, a golpe de bocanadas de aire y buenos bocados.


Hay una tendencia simplista a diferenciar nítidamente lo(s) bueno(s) y lo(s) malo(s). Una forma tentadora de hacerlo es asignando bondad y tolerancia a lo(s) de casa y recelo e intolerancia a lo(s) foráneo(s). Buscamos etiquetas diferenciadoras, las resaltamos activamente y todo lo que no lleve el debido etiquetado es, mientras no se demuestre lo contrario, potencialmente peligroso.


Las células autóctonas, fundadoras, las provenientes del huevo primigenio, son identificables por unas marcas moleculares que permiten deducir al sistema inmune: "es de los nuestros, tranquilo...".


Según esta visión maniquea de la bondad, cualquier etiqueta no contemplada en el catálogo de marcas de la casa delata a un intruso, a un sujeto peligroso: "alerta... intrusos..."


Uno (lo YO) es algo más que un conjunto de células buenas y fiables (de casa) y dudosas (foráneas).


Uno contacta con SU entorno, tiene SUS costumbres, anda, corre, salta, se sienta, se tumba, está quieto, piensa... imagina... desea... teme...


Hay veces que algo no pinta bien en el habitáculo del organismo. Lo YO se encuentra mal. Hay dolor, desánimo, cansancio, falta de concentración, mareo, hormigueos. Algo no marcha.


No hacen falta muchas deliberaciones para saber que el mal es debido a alguna perturbación foránea. Algún desorden meteorológico, alguna dieta, algún contaminante, algún canalla con mando en plaza, algún mal bicho o un algo misterioso no descrito, un "agente o estado enfermador"...


Uno sabe que no es él. Cuando va a mover su extenuado cuerpo el dolor le impide hacerlo. ¡Qué más quisiera lo YO que ponerse en pie y comerse el mundo!


Las pesquisas en busca del culpable foráneo no dan resultado y surge la sospecha de que pueden ser los de casa...: huesos, hormonas, articulaciones, músculos, fascias, lo psiconeuroinmunoendocrino...


El organismo se ha venido abajo. Probablemente ya venía mal de fábrica, con un proyecto mal pensado, con malos materiales. Dichosos genes... Somos unos malnacidos.


El caso es que uno (lo YO) no se tolera a sí mismo. No puede hacer lo que tiene en mente. Sus proyectos se vienen abajo, por culpa de su propio organismo.


- No puedo con mi alma, con lo que YO he sido... No tolero el más mínimo esfuerzo. Hasta pensar me resulta doloroso y agotador.


- Es su cerebro. No le tolera, le teme...


- ¡¡¿?!!


- El organismo está tutelado por el sistema de defensa. Es el quien decide qué y cuándo debe ser tolerado, promovido o reprimido sin contemplaciones. Si su sistema de defensa piensa que usted es un peligro para usted actuará contra usted por su bien. Los padres hacen lo mismo con sus criaturas.


- ¡¡¿?!!


- Hay veces que el sistema inmune piensa mal y yerra. Deduce que hay peligro en el riñón, en la piel, los músculos, el corazón o en el mismo cerebro y manda allí sus tropas a defender nuestros órganos de enemigos fantasma. Los soldados lo dejan todo hecho un asco con sus bombas y metralletas. Las bajas son cuantiosas pero eran civiles, niños... Ni un sólo "malo".


- Ya entiendo... Me habla usted de las alergias...


- Exactamente. Las alergias y las llamadas enfermedades autoinmunes. Pueden convertir la vida en un organismo sano en un infierno. El sistema inmune no se fía. Es intolerante. Opta por el palo en vez de la zanahoria.


- ¿O sea que lo MIO es una enfermedad autoinmune de esas?


- No. En su caso es el sistema nervioso, el otro componente del sistema de defensa. Sólo dispara balas de fogueo pero le convierte la vida en algo tedioso. Si su cerebro ve peligro en sus deseos y proyectos hará todo lo posible por hacerle desistir.


- ¿O sea que YO me lo provoco?


- Uno no puede provocarse a sí mismo: "voy a provocarme miedo: ¡fuegooo!..." Sólo conseguirá provocar miedo a los demás. Para usted será una broma (de mal gusto)


- ¡¡¿?!!


- El cerebro es el que maneja la tolerancia. Es una función compleja y difícil. Si lo que usted tiene en mente no le preocupa a su cerebro, le pondrá filtros, protecciones, para que sus huesos, articulaciones y músculos no le resulten molestos. No sentirá sus estirones, compresiones ni esfuerzos. Es la llamada función de copia eferente. Si su cerebro teme sus proyectos le quitará los filtros y las gasas y le pondrá un traje de plomo con pinchos para que prefiera quedarse en cama.


- ¿No podría hacer YO algo para que MI cerebro haga lo que YO quiera?


- Por supuesto. Hágale ver que está usted en perfecto estado de salud. Que sus huesos, articulaciones y músculos toleran perfectamente sus proyectos, que no hay riesgo de fracturas, desgarros, infecciones, corrosiones, infartos ni machacamientos...


- ¡Qué más quisiera YO que tener salud! Me han dicho que tengo desgaste, artrosis, pinzamientos. Puede que también tenga fibromialgia.


- O sea que está de acuerdo con su cerebro. ¿Piensa que no debe tolerar ninguna alegría con ese maltrecho organismo?


- ¿No hay tratamiento?


- Por supuesto. Recuperar la tolerancia a vivir. Hable con su cerebro. Dígale que no hay enfermedad sino un maldito error.