Se puede tener un cáncer y encontrarse bien o estar sometido a un sufrimiento e invalidez considerables sin que los médicos encuentren pruebas de enfermedad. La Medicina no ofrece respuestas aceptables para esta última situación y recurre arbitrariamente a negar la realidad del sufrimiento, haciendo aún más insufrible el calvario de los pacientes. Este blog intenta aportar desde el conocimiento de la red neuronal un poco de luz a este confuso apartado de la patología.

We may have cancer and feel good, or be submitted to substantial disability and suffering without doctors finding any evidence of disease. Medicine gives no acceptable answers to the last situation and arbitrarily appeals to denying the reality of suffering, making the calvary of patients even more unbearable. This blog tries to contribute with the knowledge of the neuronal network, giving a little light to this confusing section of pathology.

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Mostrando entradas con la etiqueta daño imaginado. Mostrar todas las entradas
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jueves, 5 de mayo de 2011

Es inimaginable no imaginar



El cerebro imagina la realidad, la sueña. La caldera imaginativa está siempre encendida. Las neuronas necesitan un mínimo de actividad para sobrevivir. Si no trabajan pierden terminales de conexión (sinapsis). El proceso imaginativo es un susurro, un cuchicheo, un leve zumbido. De él sobresalen, de cuando en cuando, señales, disparos neuronales que pueden traspasar el límite de lo inconsciente y aflorar en la conciencia en forma de percepciones, sentimientos, emociones, intenciones, reflexiones o decisiones (acciones).

El ronroneo cerebral imaginativo es constructivo. Refuerza o debilita creencias, expectativas, temores y deseos. El material del ronroneo son experiencias propias y ajenas, relatos de pasado, presente y futuro, en definitiva, información. La red neuronal es una tierra más o menos fértil, con conectividad más o menos densa, con más o menos semillas de diversidad variable. 

El carácter social de nuestra especie promueve el monocultivo en la manada, la homogeneidad, el credo identitario. El ronroneo imaginativo deviene monótono, como una salmodia, donde todo es predecible, repetitivo.

Una parte fundamental del ronroneo mental va dirigido a la consideración de todo aquello que pudiera perturbar la integridad física y social del individuo. La incertidumbre echa leña a la caldera y de cuando en cuando aumenta la presión lo suficiente como para generar percepción de dolor o soledad.

El individuo puede y debe intervenir en el proceso imaginativo. El diálogo entre cerebro e individuo existe mientras el cerebro mantiene la vigilia. Cesa en el sueño y se reanuda al despertar. 

Todo lo que el cerebro libera al plano consciente se refleja como un eco desde el individuo hacia los circuitos. El cerebro no conoce de antemano los resultados de sus operaciones y ronroneos hasta que se producen los pasos a la pantalla. No podemos predecir cuándo ni dónde se va a producir un rayo en un día de tormenta.

El individuo se encarga de alimentar a diario con su interacción con la realidad el proceso imaginativo. Busca información, la cocina, selecciona y engulle. A partir de ahí la información es cosa del procesamiento neuronal inconsciente. Si lo comido contiene toxicidad, el cerebro de las tripas la detectará y rechazará con vómitos y diarreas. El cerebro que digiere, analiza la información ingerida, detecta también tóxicos contrarios a lo definido como mensajes aceptables y los elimina como SPAMs, al igual que lo hace el sistema de antivirus del ordenador. 

Realidad y virtualidad, interna y externa, visible e invisible, veraz y falaz calientan y enfrían competitivamente cada segundo de la caldera neuronal.

El dolor no indica daño necesariamente. Sólo tenemos certeza de que si hay dolor el cerebro imagina daño, consumado, inminente o sólo posible. El miedo convierte todo lo posible en inminente: el ascensor puede bloquearse, el avión precipitarse al mar, el alimento estar contaminado, las manos contener gérmenes. El cerebro activa la función "como si" y activa los programas defensivos de huída, bloqueo, refugio, evitación...

Los estados de imaginación cerebral irracionalmente alarmista son responsables de la proyección perceptiva de una realidad virtual amenazante concretada en dolores y otros síntomas.

Imaginar no consiste en forzar una interpretación que uno no cree:

- Voy a pensar que no sucede ni va a suceder nada en la cabeza... a ver si se me quita el dolor... si no es así tendré que tomar el calmante...

Imaginar es dar un empujoncito a lo que sabemos que es cierto (nada sucede ni va a suceder) y centrar la atención en lo que queremos.

- Vaya, otra vez el dolor... es una falsa alarma... ni caso... sigo con lo mío. No voy a tomar un tóxico adictivo para calmar mis circuitos...

No se puede no imaginar. Es una función continua, con o sin conciencia, despierto o dormido, concentrado o pensando en Babia...

¿Qué hay que imaginar? Lo que realmente está pasando...

Generalmente, nada.

martes, 3 de mayo de 2011

Existes luego ¡piensa!



Homo sapiens (ma non troppo) piensa. Al menos para el obsesivo pensador René Descartes esa era la única certeza. Cogito ergo sum. Pienso, por lo tanto existo. Descartes dudaba de todo y necesitaba de alguna certeza primera inamovible sobre la que desarrollar el edificio de una interpretación ajustada de la realidad y sólo encontró esa constatación de saberse compulsiva y obsesivamente, inevitablemente, pensante.

No somos gran cosa como prototipo físico pero suplimos las deficiencias con nuestra facultad pensante. Sobrevivimos, existimos, porque pensamos. La mollera es lo que nos ha librado de la extinción... de momento. Puede que sea también lo que nos lleve a extinguirnos en el futuro.

Pensar es una actividad continua. No existe el no pensamiento como no existe la no respiración, la no circulación de sangre, el no filtrado renal de la sangre. El cerebro rebobina continuamente el material de sus sistemas de memoria para extraer conocimiento. Pasado, presente y futuro se funden en esa actividad rumiante. Uno de los temas fundamentales es el de la supervivencia física. El cerebro construye una teoría sobre probabilidad de supervivencia y funcionalidad del organismo que gestiona. Hace cábalas sobre su estado: cómo están huesos, articulaciones y músculos; qué posibilidad existe de que se produzca un infarto, surja un cáncer, Alzheimer. La duda metódica cartesiana se cierne sobre la salud y el bienestar. Nada nos garantiza estar y sentirnos bien. Sólo tenemos la certeza de que pensamos sobre salud y bienestar, pasados, presentes y futuros...

Pensarse como organismo es inevitable pero el individuo no ve más allá de la piel. No puede monitorizarse conscientemente el interior opaco con los sentidos. Sólo percibe alarmas, síntomas: dolor, hambre, sed, mareo, cansancio, desánimo. Han pitado los monitores. ¿Qué puede estar sucediendo..?

Los padecientes tienden a aplicar una conclusión aparentemente fiable: me siento mal luego no estoy bien. Es una premisa poco recomendable. Tampoco es aconsejable la contraria: me siento bien luego estoy bien. 

Estar y sentirse son dos verbos muy distantes en su significado. Podemos estar razonablemente bien y sentirnos fatal y podemos sentirnos estupendos con unas arterias a punto del infarto.

Los profesionales ofrecen sus poderes sensores e interpretativos para dictaminar cómo estamos. Análisis, escáneres, resonancias, el iris o cualquier otro superpoder permiten emitir un diagnóstico.

El ronroneo pensante continuo sobre salud y bienestar incorpora los dictámenes y las propuestas culturales del entorno. El cerebro teje y desteje una idea de organismo socializada, poderosamente influida por cuanto se dice de él en consultas y fuera de ellas.

Curiosamente la idea socializada de organismo no incluye la existencia del órgano pensante, el constructor del organismo virtual, probabilístico. Los pensadores profesionales de organismo no contemplan al pensador interno. No ven más allá de huesos, articulaciones, músculos y contratiempos personales. Si consideran un sujeto pensante como responsable de los síntomas ese sujeto sólo puede ser el individuo, no el órgano, su cerebro. 

Todo síntoma, toda percepción somática es un producto del órgano pensante, evaluativo, el cerebro. Debiéramos saber y creer que es así. Los tejidos no segregan percepción. No duelen ni rezuman cansancio. Se limitan a exteriorizar señales moleculares que deben ser interpretadas, valoradas en el órgano pensante continuo, en el integrador de señales actuales, de aquí y ahora con predicciones teóricas probabilísticas también referidas al mismo momento y lugar.

¿Qué proporción hay de suceso real y de imaginado? Nunca sabemos. Hay que indagar siempre sobre la base de que son inevitables ambos compartimentos: el de las señales somáticas del cuerpo real y las predicciones del también real órgano virtual, el cerebro.

Cuando pensamos sobre interioridades de organismo debemos saber que lo que pensamos proviene del órgano pensante y no dar por cierto lo que únicamente lo parece.

Es ergo cogita. Existes luego ¡Piensa! Piensa que hay algo que piensa el organismo en el que existes...



jueves, 28 de abril de 2011

Habituarse o sufrir



La supervivencia surge del recelo. Mientras no se demuestre lo contrario todo puede resultar perjudicial.

Hay seres vivos que escogen cuidadosamente un entorno garantista, libre de peligros y rebosante de alimento y se adhieren a él. Renuncian a moverse.

Otros escogen la estrategia de la movilidad, la exploración, el aprovechamiento de cualquier hábitat. Homo sapiens (ma non troppo) es uno de ellos.

Para vivir sin mucho cambio se necesitan pocas neuronas: las justas para escoger el lugar. Los vegetales no tienen neuronas. Los herbívoros sedentarios tienen pocas. Se conforman con comer hierba. Se defienden de los predadores con su volumen, con cuernos o agregándose en rebaños e invierten mucha energía en el complicado procesamiento digestivo del verde. Tienen más tripas que cerebro. Rumian lo que comen sin pensárselo dos veces.

Homo sapiens (m.n.t.) es explorador, pura inquietud: culo-inquieto, óculo-inquieto, mano-inquieto, pierno-inquieto y mente-inquieto. Todo le inquieta. Lo que sucede fuera y dentro de sí. Rumia poco lo que come pero no da sosiego a lo que teme.

Para los sapiens (m.n.t.) todo es posible. No hay nada increíble ¿Por qué no?

La estrategia del ¿por qué no? es complicada. Todo puede contener relevancia, probabilidad en un momento, lugar y circunstancia... ¿por qué no?

Algunos sapiens (m.n.t.) complementan el ¿por qué no? con el ¿por qué sí? y exigen que lo rumiado en la mente como posible encuentre el respaldo de las comprobaciones. De este modo van descubriendo el universo de la irrelevancia, rebosante de estados y sucesos que no merecen ninguna inversión de recursos (motores o mentales).

Los circuitos neuronales se organizan sobre la base de asignar a los estímulos (reales o virtuales) relevancia o irrelevancia. No todo contiene o señala peligro. No todos los cambios generarán daño por el mero hecho de cambiar (somos una especie bien dotada para el cambio) pero puede que todo lo que cambia alimente el recelo, la sospecha, el temor al nuevo estado.

- Los cambios me afectan...

Los organismos pluricelulares complejos se defienden con sistemas defensivos (inmune y neuronal) capaces de aprender del error.

Hay dos formas extremas de protegerse del error:

1) estrategia del párpado: todo lo que se aproxima inesperada o rápidamente al ojo puede afectarlo: ¡cierre inmediato!

2) estrategia del mirón: todo lo que aparece ante la vista puede ser interesante: ¡no se pierda ojo! ¡evítese el parpadeo!

Hay cerebros parpadeantes ante la duda ¿Por qué no? Alerta... dolor... evitación... amparo...

Hay cerebros osados, exploradores... El ¿por qué no? no está referido al peligro sino al beneficio. Para la justificación del temor activan el ¿por qué si?

Se supone, en este caso de que los dos extremos están viciados, que la virtud reside en los términos medios. Cierto es... pero ello indica que habremos acertado a la hora de separar el grano de la paja, lo relevante de cada momento, lugar y circunstancia de lo que no lo es.

Hay mucha irrelevancia respecto a lo peligroso presentada como relevante. El cerebro debiera habituarse a lo que no tiene trascendencia, negarle atención cognitiva y emoción. De otro modo cualquier momento, lugar o circunstancia puede activar la duda... ¿por qué no?

Habituarse a lo irrelevante.. o sufrir... habituarse a sufrir... sin saber muy bien por qué... ¿por qué si?

lunes, 11 de abril de 2011

Brotes del dolor



En presencia de un suceso de nocividad manifiesta (necrosis consumada o inminente) el dolor brota del cerebro a consecuencia de la llegada de un flujo de señales de daño, generado en la zona afligida. Los nociceptores (neuronas vigilantes de daño) transforman (transducen) los mensajes moleculares de las células agredidas y el estímulo responsable (mecánico, térmico, químico, biológico) en potenciales eléctricos que activan el conjunto de áreas cerebrales generador de la percepción de dolor.

- Me duele el dedo índice de la mano derecha. Acabo de darle un martillazo. Mira cómo se ha puesto. Está inflamado... No puedo ni tocarlo...

En este caso la percepción de dolor tiene un origen nítido, un suceso generador de estímulos nocivos, suficientes para que desde el cerebro se proyecte sobre esa zona la percepción doliente.

El problema surge cuando sentimos dolor en ausencia de un suceso o estado nocivo capaz de estimular los nociceptores. Los receptores de daño necesitan estímulos de suficiente intensidad. Un nociceptor térmico sólo genera señal por encima de unos 45º.  Hay también otros receptores de calor que se activan por debajo de esos 45º y sentimos calor indoloro pero si sobre pasamos esa temperatura sentiremos dolor. Se han activado los nociceptores de calor peligroso y se han apagado los del calor inofensivo.

Duele una zona. No hay temperaturas extremas. Ningún estímulo peligroso mecánico, químico ni biológico enciende ningun nociceptor. Allí no está sucediendo nada relevante... pero ha brotado del cerebro la percepción de dolor, proyectad allí y ahora.

¿Qué hace que surja esa percepción de las áreas cerebrales dolientes?

La respuesta es simple. Se ha producido una evaluación de amenaza en los sistemas de memoria predictiva. El cerebro anticipa posible daño. Allí y ahora. ¿Por qué? No lo sabemos. Se dedica a representar la realidad como una probabilidad sin esperar a que suceda. 

Al dolor se llega tanto por los sucesos nocivos como por su pre-visión. No hace falta confirmación de lo temido. El dolor no es sólo notario y consecuencia del daño consumado-inminente. También lo es de los estados evaluativos teóricos, de los pre-sentimientos.

El brote de dolor obliga al individuo a atender y evaluar la zona doliente, considerar qué puede estar pasando y a qué puede ser debido (desencadenante).

El brote puede suceder tras haber comido chocolate o por condiciones meteorológicas cambiantes.

- Me duele la cabeza. No tenía que haber comido chocolate.

Realmente el chocolate no ha activado ninguna población de nociceptores. Las áreas cerebrales dolientes se han encendido por la acción: comer chocolate, alimento prohibido por estar catalogado como potencialmente nocivo.

El cerebro evaluativo juzga estados, sucesos, acciones, omisiones... a los que atribuye una capacidad de amenaza. El dolor brota cuando se alcanza el nivel de peligrosidad teórica, especulativa en la representación virtual del organismo. Nada sucede ni va a suceder pero la atribución teórica es suficiente para hacer brotar la percepción doliente. No es necesaria la agresión, la nocividad consumada o inminente. No hay flujo de señal nociceptiva. 

Desde el momento en que el individuo recibe la proyección perceptiva del dolor está implicado en su desarrollo. Tendrá que tomar decisiones, considerar posibles orígenes y remedios.

- Me duele. ¿Por qué? ¿Qué puedo hacer para que deje de dolerme?

La cultura nos ha instruido en la solución externa: 

- Toma un calmante. No esperes.

Aunque no suceda nada, el cerebro, el órgano de lo virtual, de lo imaginado, exige aquello que considera debe hacerse. Si en sus circuitos dice que debe tomarse el calmante el dolor seguirá hasta que el individuo cumpla con lo exigido.

- No quería tomar nada pero, al final, he tenido que... 

El dolor exige conductas, acciones. Esa es la función de cualquier percepción: proponer acciones, seleccionar aspectos de la realidad, filtrar, amplificar...

Los brotes se producen en función de dinámicas propias de la red neuronal. No se ajustan a la lógica de causas y efectos tangibles.

En los brotes de dolor por dinámicas evaluativas, probabilísticas, impera la irracionalidad, el error, el miedo fóbico, supersticioso y la adicción a conductas aliviadoras.

En la neutralización del miedo irracional puede servir cualquier acción, también irracional. Basta con que el cerebro esté instruido a exigirla. El nocebo y el placebo asientan sobre condiciones irrelevantes. Convierten lo inofensivo en potencialmente destructivo y lo innecesario en remedio necesario y suficiente.

Los desvaríos probabilísticos cerebrales se corrigen podificando los pesos de conectividad neuronal que atribuyen peligro a lo que no lo contiene. Hay que proyectar racionalidad, conocimiento, acercar lo virtual a lo real.

- No compres lotería. No te va a tocar...

- ¿Y si toca ese número? Me ha brotado la necesidad de comprarlo... Tengo que hacerlo...

Las batallas virtuales deben librarse en el ámbito virtual pero no siempre se gana. Es cuestión de tiempo, constancia y determinación.

- Me ha brotado dolor. El cerebro alucina. Imagina daño...¡Qué cruz!

miércoles, 23 de marzo de 2011

El cerebro migrañógeno



Sostienen los neurólogos políticamente correctos que un cerebro migrañógeno (generador de migrañas) es un cerebro hipervigilante, hiperexcitable, sensible.

Cierto. Todos los cerebros lo son. Ese es su trabajo. La neurona es una célula especializada en sensar y excitarse con lo sensado. Un cerebro (incluido el migrañógeno) es un órgano constituído por neuronas, miles de millones de neuronas, conectadas cada una de ellas con varios miles de puntos (sinapsis). La función de esa formidable red de conexiones es generar conocimiento para decidir cuándo y dónde excitarse y cuándo y dónde no hacerlo. El cerebro gestiona la relevancia del tiempo-espacio. 

El cerebro no es una persona interior que vela por nuestros intereses y atiende nuestras demandas. El cerebro no es un mayordomo. Hay innumerables cerebros. Uno para cada lugar, momento y circunstancia. 

El cerebro emula, representa la realidad, valora sus probabilidades, anticipa su posible impacto sobre el organismo.

El cerebro migrañógeno proyecta su hipersensibilidad hacia la consideración de la amenaza física. Construye una representación de la cabeza como un lugar vulnerable, sensible, sometido a todo tipo de estreses por la conducta del individuo. Alimentos, quebraderos de cabeza, cambios (hormonales, laborales, meteorológicos...), hambres y atracones, excesos y defectos de sueño, esfuerzos y reposos... cualquier estado o acción del individuo puede generar en el cerebro migrañógeno un estado de desasosiego probabilístico referido a la cabeza. El temor, con frecuencia, afecta sólo a media cabeza. 

El desasosiego migrañoso lo siente el individuo en forma de barrunto. Los neurólogos lo llaman "pródromo". El desasosiego permite deducir al padeciente que ese día o el siguiente toca migraña. En realidad la migraña ya está servida, ya ha comenzado. El cerebro ha seleccionado el estado de alerta para ese lugar, momento y circunstancia. Se ha activado la hipersensibilidad al posible daño físico. 

¿Por qué?

Vaya usted a saber. Son corazonadas del cerebro. Predicciones, miedos de los sistemas de memoria. Sólo conocemos sus consecuencias. Tampoco conocemos por qué los sistemas de memoria del sistema inmune activan la inflamación cuando el aire contiene polen. Le llamamos alergia y proponemos soluciones.

- Tengo alergia al polen...

- Tengo migraña a las zanahorias...

- Si hay polen de gramíneas estornudo

- Si como zanahorias me duele la cabeza...

El sistema inmune puede ser hiperexcitable, hipersensible al polen de las gramíneas cuando debiera resultarle indiferente.

El cerebro puede ser hiperexcitable, hipersensible a las zanahorias cuando debieran resultarle irrelevantes.

Un cerebro migrañógeno es un cerebro que gestiona erróneamente la peligrosidad de lo que el individuo hace o la seguridad interna. Un cerebro migrañógeno presagia inflamaciones, desgarros arteriales, aumentos de presión, muerte celular violenta...

Todos los cerebros son de natural alarmista, hipersensibles, hiperexcitables. Con el tiempo pueden volverse más sensatos y situar el peligro en la banda de la probabilidad razonable o construir una teoría de vulnerabilidad a cualquier minucia.

El cerebro migrañógeno nace. Los genes humanos construyen cerebros potencialmente migrañógenos, cerebros condenados a construir conocimiento sobre lo peligroso. El cerebro aprende a valorar peligrosidades varias. Lo hace a golpe de experiencia de daños físicos previos, observación de daños ajenos, relatos, instrucciones... El cerebro humano ha nacido migrañógeno potencial y esa potencialidad se esfuma o consolida en función del rumbo que tome el aprendizaje.

Una crisis de migraña es una decisión de extremar la alerta aun cuando nada haga prever que en la cabeza suceda algo terrible. El miedo cerebral al daño segrega dolor hacia el individuo y el dolor genera en el individuo miedo a que algo esté sucediendo para que esté doliendo, algo que genera una perturbación suficiente como para producir dolor en la zona doliente.

Sostienen los neurólogos que el cerebro migrañógeno viene ya determinado de fábrica y que nada puede hacer el afectado mas que hacerse a la idea que es así y procurarse una vida monacal, sin chocolates, quesos curados, estreses, canas ni cañas al aire, fines de semana ni cualquier condición que implique una variación.

Para los neurólogos no existe aprendizaje cerebral para estas cuestiones del dolor. Todo está en los genes y nada se aprende. Nacemos hambrientos, sedientos, dolientes, cansados, frioleros, calurosos, picajosos...

El padeciente del cerebro migrañógeno, dicen, debe asumir su condición y aprender a defenderse: En primer lugar debe dejarse contagiar por su cerebro hipersensible, hiperexcitable, miedica, hipocondríaco, fóbico, promotor de adicción a todo tipo de consumos que calman su desasosiego. Los neurólogos recomiendan informarse debidamente en la condición migrañosa, consolidar las convicciones erróneas, la creencia en la vulnerabilidad de la cabeza.

La potencialidad migrañosa del cerebro humano no está determinada en los genes sino en la interacción de estos (la genética de la función hipersensible neuronal) con un entorno rebosante de material escolar (experiencia propia y ajena, relatos, instrucción experta) facilitador de la condición migrañosa aprendida. 

Aprendemos a valorar sucesos y estados pasados, presentes y futuros. Es ley de vida neuronal. 

Un cerebro saludable es un cerebro razonable. No nacemos razonables sino, más bien, lo contrario. La racionalidad hay que conquistarla, merecerla. Un migrañoso no ha hecho nada para merecer sus crisis. No se ha autoinyectado gérmenes en las meninges, no se ha provocado un desgarro arterial interno ni se ha golpeado violentamente la cabeza contra una esquina. Se ha limitado a comer chocolate, queso curado... Acciones inocentes...

Los frailes nos advertían de los pecados de pensamiento además de los de obra. Nadie se comía un rosco y se nos iban los miedos a la condenación eterna por obra de lo pensado aun cuando no hubiéramos obrado.

El cerebro actúa respecto a lo que sucede y también lo que imagina.

El cerebro también genera dolor por obra de un estado nocivo o, simplemente, por temor a él... Peca de pensamiento aun cuando no se coma ningún rosco necrótico... 

martes, 22 de marzo de 2011

Síntomas



Un síntoma es una percepción corporal que hace referencia a un estado alterado o inconveniente.

El síntoma da la alarma, incita a una conducta y a una indagación.

El síntoma no es nada en sí mismo. Lo que importa es lo que significa.

El dolor es un síntoma. Algo sucede en la zona doliente o algo teme el cerebro que pueda suceder en ella. Habrá que indagar si, realmente, sucede algo relevante o se trata de una falsa alarma, una prevención alarmista del cerebro.

El síntoma es, generalmente, molesto, desagradable, penoso. Quien lo padece buscará el modo de librarse de él. Hay dos formas de hacerlo. Descubriendo la causa y neutralizándola o limitándose al efecto, el propio síntoma.

- Tengo hambre. Deme algo de comer...

o

- Tengo hambre. Deme algo contra el hambre...

El síntoma solicita una conducta. Si el individuo la sigue, el síntoma amaina. No siempre la conducta solicitada  conviene al organismo (por ejemplo, comer si existe obesidad).

La Medicina sintomática aporta remedios antisíntoma: antialgésicos, antiinsommios, antidepresivos, antitusígenos... y desconsidera su origen y función. La simple corrección del síntoma no quiere decir que hayamos mejorado la condición que lo causa. Probablemente suceda lo contrario.

-¿Qué tal?

- Mejor. Duele menos...

El efecto del analgésico se produce porque hemos manipulado las comunicaciones entre la zona afectada y el cerebro o porque hemos activado la expectativa de una solución (placebo). El analgésico no actúa sobre el proceso. Desconectar la alarma no impide que el ladrón robe.

El desánimo es un síntoma. Algo no va o no va a ir bien. No es aconsejable la inversión en esfuerzo.

- ¿Qué tal?

- Mejor. Estoy más animado...

De la mejoría del ánimo no se deduce que el individuo está en mejores condiciones para afrontar la adversidad ni que la hayamos aliviado.

Cuando inicié mi periplo profesional aplicando pedagogía sobre biología del dolor preguntaba por el síntoma, pensando que así sabría si la acción pedagógica había sido eficaz.

- ¿Cómo va?

- Parece que funciona. No he tenido migrañas.

Con el tiempo aprendí a desconfiar. Ya no pregunto por el dolor, por el síntoma. Me centro en el proceso.

- ¿Qué ha entendido? ¿Lo cree?

El objetivo ideal de la acción profesional es ayudar al organismo a defenderse de las situaciones adversas cuando disponemos de esa capacidad. Primero hay que identificar lo adverso: un germen, un cáncer, una carencia hormonal... o un error evaluativo cerebral y aplicar el remedio: antibióticos, quimioterapia, hormonas... o pedagogía, correctores evaluativos, información.

Los padecientes están instruidos en la Medicina sintomática. No hacen demasiadas preguntas sobre las causas o se conforman con cualquier respuesta. Lo que quieren es librarse del síntoma.

- Necesito una solución, algo que me quite el dolor para poder llevar una vida normal...

- Primero hay que saber por qué duele...

Pregunto en la consulta por las expectativas:

- ¿Qué prefiere: saber por qué duele o un analgésico eficaz?

Hay división de preferencias.

Una vez descartada una causa relevante en la zona dolorida es evidente la necesidad de actuar sobre la falsa alarma. Hay que modificar falsas creencias y expectativas cerebrales y convencer al individuo que, en caso de  error evaluativo, debe dar un giro de 180º a la conducta de afrontamiento.

- El dolor es debido a un error cerebral de valoración de amenaza. No tiene sentido que se obedezcan los miedos erróneos de su cerebro. No se meta al cuarto oscuro, no tome el tóxico adictivo, prosiga con su actividad...

No es tarea fácil. El dolor contiene el miedo ancestral de la vida a la muerte y consigue con su condición sufriente intimidar al padeciente.

- Tengo pánico al dolor. Ya sé que no pasa nada, que debiera continuar con mis tareas y no tomar calmantes pero el dolor me puede...

Los relatos de afrontamiento activo, respondón, del individuo frente a su cerebro alarmista, fóbico, son de todos los tipos. A veces gana la cordura y el dolor se disipa y otras vencen las memorias traumáticas del miedo, de las crisis previas.

- Deme algo para el dolor. Necesito una solución...

La petición es comprensible pero no deja de ser otro síntoma..

martes, 15 de marzo de 2011

Migraña disociada


Era yo, por entonces, residente de Neurología. No había Scanner ni Resonancia. Para descartar patología recurríamos a la arteriografía, una exploración cruenta, con riesgos. Se pinchaba directamente la arteria carótida en el cuello (con o sin anestesia general) y se introducía contraste para visualizar el árbol arterial. 

Veíamos con frecuencia a pacientes que presentaban síntomas visuales, sensitivos o de lenguaje, transitorios. Generalmente se seguían de dolor de cabeza intenso y vómitos, es decir, una crisis de migraña.

A este tipo de migraña (síntomas deficitarios con dolor de cabeza) se denominaba migraña clásica o migraña típica. Era un término tranquilizador. Ahora le llaman migraña con aura. Ya no tranquiliza tanto.

En ocasiones aparecían los síntomas deficitarios (el aura) pero no el dolor. Mal asunto. Había que hacer una arteriografía para descartar malformaciones vasculares (aneurismas, malformaciones arteriovenosas...). Eso se decía en mis tiempos.

Un día empecé a ver lucecitas por el campo visual izquierdo. Fueron extendiéndose hasta anular la visión por ese lado. Una hemianopsia homónima izquierda, pensé. Espero que después venga el dolor. Si es así se trata de una migraña típica. Si no duele puedo tener algo terrible. Arteriografía y después Dios sabe qué... Por favor... quiero dolor, mucho dolor, vómitos... Quiero ser un migrañoso...

El cerebro reacciona de forma imprevisible ante nuestras súplicas. Algunas peticiones no tienen sentido. No se puede desear tener dolor, ser migrañoso. 

El bendito y deseado dolor no vino. Una leve molestia. Era dudoso que pudiera considerarse como dolor suficiente para certificar una migraña típica y librarme de la arteriografía. No comenté nada a los compañeros. Unas semanas después, otro episodio similar, maldita sea, sin bendito dolor. Definitivamente aquello no era migraña sino carne de arteriografía.

Afortunadamente siempre hay neurólogos que se hacen preguntas y dan con respuestas. Esos benditos neurólogos publicaron una serie de casos de aura, sin dolor. Lo mejor: la conclusión. Si los síntomas visuales o sensitivos eran típicos (como en mi caso) no hacía falta que doliera para certificar que se trataba de una migraña. Por supuesto, tampoco se justificaba el riesgo de la arteriografía. En libertad, sin cargos. Migrañoso indoloro. Un chollo.

Creo que tuve algún episodio visual más pero ya no me preocupaba y "lo migrañoso" me dejó.

Los expertos llaman a esta migraña: migraña disociada. 

El miedo al dolor lo invoca y el miedo al no dolor lo revoca. Cosas del cerebro y de su impredecible respuesta a nuestros temores y deseos.

Con el vómito sucede algo similar. Hay padecientes que desean fervientemente tener una buena arcada para conseguir el vómito y poner fin al tormento del dolor. No hay manera. "Quiero vomitar" es una petición absurda. Otros sufridores tienen el vómito fácil. Cada arcada supone un apretón de dolor. Temen vomitar. Eso ya tiene sentido. El vómito está servido con todo tipo de facilidades.

En una crisis de migraña no sucede nada amenazante. No hay arterias ni meninges inflamadas, aumentos de presión, déficits de circulación... Nada va a estallar, aun cuando lo parezca. Tampoco hay moléculas malas, perturbadoras. En todo caso se ha liberado algo de CGRP en las dos terminales (periférica y central) del trigémino, glutamato... Todo es química. El temor también tiene química. La falsa alarma tiene química cierta. La bolsa de deportes no contiene una bomba pero el despliegue policial es real.

En una crisis de migraña se concitan todos los miedos de la virtualidad alimentando la "tormenta neuronal perfecta". Es una "meningitis aséptica" sin gérmenes ni siquiera meningitis. Nada de nada. Falsa alarma. Bolsa de deportes con un bocata y unos apuntes...

En la falsa alarma resulta más tranquilizador hacer una explosión controlada. Acabar con la bolsa con posible bomba. Ante la crisis es más tranquilizador tomarse el triptán o el ibuprofeno que esperar a que el dueño de la bolsa la recoja, la abra tranquilamente y se coma el bocadillo acabando con la angustia del barrio.

- Un agitante. Necesito un agitante. Si no tengo dolor estoy perdido. Qué puedo hacer... 

- Cálmese. Hay que ser optimista. Probablemente le duela. Piense en el dolor, deséelo... 

Pensar y desear el dolor no hace que duela.

Pensar y desear que no duele ni duela tampoco mejora las cosas. Más bien las empeora.

¿Qué hacer con la triptanita?

Recuerde: en la bolsa sólo hay un bocata y unos apuntes pero el miedo es libre y están acordonando el barrio... Es su bolsa y su bocata. Cómaselo. Nadie ha metido una bomba allí.

martes, 1 de marzo de 2011

¡Jo con el YO!




- YO no quiero que me duela

Es una precisión que oigo con frecuencia en la consulta. Mis intentos de explicar la biología del dolor, el proceso imaginativo cerebral, fracasan en muchos casos. El YO de turno se ha sentido aludido y ha malinterpretado el discurso. La víctima se ha sentido señalada como culpable.

- No es usted. Es su cerebro.

- Mi cerebro soy YO.

- Ya.

Si duele es que el cerebro evalúa amenaza. Es un sistema de neuronas de las que surgen estados de conectividad, conjuntos de sinapsis (puntos de contacto entre neuronas) que chisporrotean a la vez, generando percepciones diversas. El dolor es una de ellas. El cerebro "decide" que duela. Quiere que duela. Lo quiere porque "considera" que el individuo debe dejar de lado sus asuntos y centrar su atención en el peligro que en ese momento, según predicen las memorias, corre una zona corporal.

- No entiendo por qué va a querer MI cerebro que YO sufra.

- SU cerebro está seleccionado a lo largo de la evolución para, entre otras cosas, velar por la seguridad del organismo. Lo hace construyendo hipótesis de peligrosidad, incertidumbre, riesgo, probabilidad. Es como si fuera su guardaespaldas. No le pida racionalidad. El miedo no siempre contiene sensatez. Los cerebros son miedosos, tanto más miedosos cuanto más osados, "temerarios", sean los individuos que residen en ese organismo a proteger.

- YO necesito una solución, algo que me quite el dolor. La semana pasada tuve que ir a urgencias a que me pusieran un algo en vena.

- Tenemos que hacer algo con su cerebro. Calmar sus miedos absurdos. La intensidad del dolor le está indicando hasta qué punto el cerebro está asustado. Si tiene que ir a urgencias es porque su cerebro así lo exige para quedarse tranquilo. 

En cuestiones de seguridad podemos acceder fácilmente al inconsciente, sin hipnosis, divanes ni meditaciones profundas. La percepción somática transparenta los significados del procesamiento neuronal. ¿Hambre? el cerebro quiere que coma... ¿Picor? el cerebro quiere que se rasque... ¿Dolor? el cerebro quiere que se quede quieto y tome SU calmante...

La función del dolor no es la de hurgar una vez más en las heridas del individuo, como interpretan los defensores de la somatización o lo psicosomático. Si duele la cabeza es porque hay miedo cerebral, somático, a que algo físico, terrible, suceda en ese momento en la cabeza. Si duele tras un desamor es que el cerebro considera que los desamores amenazan la integridad física de la cabeza. Ni los alimentos, ni los cambios hormonales, ni los agobios laborales, ni los fracasos sentimentales contienen el riesgo inmediato de provocar una hemorragia cerebral o una infección meníngea.

- Ya. YO no pienso eso.

- Ya... pero su cerebro actúa "como si" todos esos desencadenantes contuvieran esa amenaza.

La situación es similar a la del Sistema Inmune, el otro Sistema alarmista que ve peligro por todas partes... mientras no se demuestre lo contrario. Las células vigilantes inmunes llevan en su membrana receptores-detectores de proteínas. Cada clon celular se dedica a detectar una de ellas. La fija en la membrana, la digiere y presenta zonas sospechosas que deben ser evaluadas en la red. A veces esa proteína es del gato, del polen o de los ácaros del polvo doméstico. Si el "cerebro" inmune considera que esa proteína pertenece a un agente peligroso, decidirá liberar la producción de ese clon para defender el organismo de un peligro imaginario, absurdo. Ni el gato, ni el polen ni los ácaros liberan gérmenes pero para el organismo, para el sistema inmune, hay peligro infeccioso.

YO no tiene problemas para aceptar la responsabilidad de SU sistema inmune en una reacción alérgica pero no sucede lo mismo con SU cerebro. Lo vive como si se tratara de sí mismo. No consiente que hablen mal de él. Se siente aludido.

- No puede ser MI cerebro. YO no soy así...

Ayer vi a una paciente a la que atendí hace tres años por migraña. Tras la primera visita decidió no volver. Anduvo dando tumbos por calmantes, agujas, homeopatía, hierbas, dietas, yogas y demás hasta que acabó en urgencias y de allí le derivaron otra vez a Neurología.

- YO no quiero que me duela. Lo que YO necesito es una solución.

Creo que finalmente comprendió que no había comprendido en la anterior ocasión. Ya les contaré...

El YO es duro de pelar. Es un constructo cerebral engañoso. Si no fuera así el cerebro no podría conseguir la navegación del individuo por donde considera:

Por ejemplo, por urgencias, a por algo en vena...    

lunes, 28 de febrero de 2011

Dolores primarios y secundarios



Los clasificadores distinguen entre dolores primarios y secundarios. Estos últimos surgen a consecuencia de un daño en el lugar donde sentimos dolor y los primeros aparecen sin que podamos detectar nada relevante allí donde duele.

Hay dolores de cabeza primarios (migraña, cefalea tensional...) y secundarios (tumor, hemorragia, chichón...).

Al dolor primario se le suponen orígenes, aun cuando no sean tangibles. La migraña, dicen, brota de unos genes que construyen generadores hipersensibles cerebrales de migrañas. La cefalea tensional la generan estados de ansiedad, nervios que contraen excesivamente músculos. El dolor primario es, en realidad, secundario. El dolor viene de algo. Eso lo sostienen siempre los padecientes.

Los dolores "de columna" no está claro que puedan ser primarios, sin causa tangible. Si duele se da por sabido que uno tiene mal las lumbares o las cervicales. Manda la mecánica, las cargas, el esfuerzo físico, las posturas, los desgastes, los años. El "dolor de huesos", según se mire, es primario o secundario. 

- Me duelen los huesos...

La afirmación se sostiene por sí misma. Podría ser un dolor primario, derivado de la condición propia de los huesos que es la de doler por sí mismos.

- Los huesos no duelen...

Si quiere uno perder la confianza del padeciente no tiene mas que hacer esa sorprendente afirmación. Sin embargo es así. Los huesos no duelen. El dolor puede surgir de sucesos dañinos en huesos; sucesos que generan señales neuronales que llegan a las áreas cerebrales capacitadas para proyectar la percepción de dolor en la pantalla consciente del individuo. El "dolor de huesos" sería, por tanto, siempre secundario.

- Cuando cambia el tiempo lo notan mis huesos...

El tiempo es a los huesos lo que los nervios a la cabeza. El dolor de cabeza primario sería secundario a los agobios y el primario de la osamenta sería secundario a fríos y humedades.

Algo parecido sucede con el desánimo. La depresión puede ser primaria, sin motivo aparente, o secundaria a un suceso deprimente. Los psiquiatras prefieren llamar endógeno a lo primario y exógeno a lo secundario.

Nunca he entendido la diferencia entre endógeno-exógeno ni entre primario-secundario. Lo percibido siempre es la consecuencia de un complejo proceso evaluativo cerebral. Siempre hay una decisión de la red.

- Tengo un dolor primario, sin motivo. Dicen que es el cerebro, que tendrá sus motivos para encenderlo pero no los conozco. La resonancia es normal. Realmente no hay ningún motivo. El cerebro está equivocado.

- Efectivamente. El dolor primario es un dolor secundario a una valoración errónea cerebral.

Hay personas primarias y secundarias. Una persona primaria es aquella que podemos ver sin que haya una persona. Si hacemos una foto allí donde la vemos, no sale. Una persona secundaria es aquella que vemos por la sencilla razón de que, realmente, hay una persona. Sale en la foto.

- ¿Una alucinación?

- Así es.

Hay dolores primarios, en ausencia de estados y agentes que activan la red de nociceptores. Los sentimos pero en el lugar de la dolencia no hay nada relevante, nocivo.

- ¿Una alucinación?

- Técnicamente es una alucinación pero no lo vaya diciendo por ahí...

El dolor sin daño, el hambre sin desnutrición, el frío sin baja temperatura, la soledad en medio de la multitud... son primarios. No se da la condición objetiva necesaria y suficiente para ser explicados y comprendidos.

No me gusta la clasificación de lo primario-secundario, endógeno-exógeno. Prefiero distinguir entre percepciones-decisiones acertadas, productivas y erróneas-improductivas.

Hay dolores, desánimos, fríos, hambres, mareos, cansancios innecesarios, invalidantes, estériles, patológicos por puro error. Son secundarios a una evaluación errónea de relevancia-probabilidad, es decir... primarios, según sostienen los clasificadores.

Hay dolores, desánimos, fríos, calores, hambres, cansancios... necesarios, convenientes para orientar la conducta del individuo en una dirección correcta. Secundarios, exógenos, justificados...

El contenido de lo percibido no garantiza su objetividad. Siempre podrá no haber personas donde las vemos. Siempre podrá ser la resonancia normal allá donde sentimos dolor.

- Hay un señor amenazante en el salón.

- Vamos a ver... No hay nadie. Es un señor primario...

- ¿Qué hago? ¿Qué le digo para que se marche?

- No preste atención a algo que no existe. Si lo hace está perdido.

Las cuentas corrientes tienen a veces números rojos. los clasificadores distinguen entre números rojos primarios, aquellos que aparecen sin que uno encuentre el motivo, y otros que surgen tras un gasto suntuoso.

Los números rojos expresan el balance entre lo que entra y sale a lo largo del tiempo. El gasto corriente, el goteo, basta para que salte la alarma, sin habernos comido un rosco esos días.

El cerebro administra nuestra cuenta. No necesita que falte dinero. Si considera que no debemos gastarlo nos bloquea la cuenta, sin más explicaciones.

- Ando desanimado. No lo entiendo. Me va todo bien...

- Me duele todo, siempre y no me encuentran nada...

Lo primario es así... Homo sapiens (ma non troppo) es, quizás, una especie más primaria de lo que pensamos...