Se puede tener un cáncer y encontrarse bien o estar sometido a un sufrimiento e invalidez considerables sin que los médicos encuentren pruebas de enfermedad. La Medicina no ofrece respuestas aceptables para esta última situación y recurre arbitrariamente a negar la realidad del sufrimiento, haciendo aún más insufrible el calvario de los pacientes. Este blog intenta aportar desde el conocimiento de la red neuronal un poco de luz a este confuso apartado de la patología.

We may have cancer and feel good, or be submitted to substantial disability and suffering without doctors finding any evidence of disease. Medicine gives no acceptable answers to the last situation and arbitrarily appeals to denying the reality of suffering, making the calvary of patients even more unbearable. This blog tries to contribute with the knowledge of the neuronal network, giving a little light to this confusing section of pathology.

Click here to switch to the english version

Mostrando entradas con la etiqueta alerta nociceptiva. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta alerta nociceptiva. Mostrar todas las entradas

jueves, 28 de abril de 2011

Habituarse o sufrir



La supervivencia surge del recelo. Mientras no se demuestre lo contrario todo puede resultar perjudicial.

Hay seres vivos que escogen cuidadosamente un entorno garantista, libre de peligros y rebosante de alimento y se adhieren a él. Renuncian a moverse.

Otros escogen la estrategia de la movilidad, la exploración, el aprovechamiento de cualquier hábitat. Homo sapiens (ma non troppo) es uno de ellos.

Para vivir sin mucho cambio se necesitan pocas neuronas: las justas para escoger el lugar. Los vegetales no tienen neuronas. Los herbívoros sedentarios tienen pocas. Se conforman con comer hierba. Se defienden de los predadores con su volumen, con cuernos o agregándose en rebaños e invierten mucha energía en el complicado procesamiento digestivo del verde. Tienen más tripas que cerebro. Rumian lo que comen sin pensárselo dos veces.

Homo sapiens (m.n.t.) es explorador, pura inquietud: culo-inquieto, óculo-inquieto, mano-inquieto, pierno-inquieto y mente-inquieto. Todo le inquieta. Lo que sucede fuera y dentro de sí. Rumia poco lo que come pero no da sosiego a lo que teme.

Para los sapiens (m.n.t.) todo es posible. No hay nada increíble ¿Por qué no?

La estrategia del ¿por qué no? es complicada. Todo puede contener relevancia, probabilidad en un momento, lugar y circunstancia... ¿por qué no?

Algunos sapiens (m.n.t.) complementan el ¿por qué no? con el ¿por qué sí? y exigen que lo rumiado en la mente como posible encuentre el respaldo de las comprobaciones. De este modo van descubriendo el universo de la irrelevancia, rebosante de estados y sucesos que no merecen ninguna inversión de recursos (motores o mentales).

Los circuitos neuronales se organizan sobre la base de asignar a los estímulos (reales o virtuales) relevancia o irrelevancia. No todo contiene o señala peligro. No todos los cambios generarán daño por el mero hecho de cambiar (somos una especie bien dotada para el cambio) pero puede que todo lo que cambia alimente el recelo, la sospecha, el temor al nuevo estado.

- Los cambios me afectan...

Los organismos pluricelulares complejos se defienden con sistemas defensivos (inmune y neuronal) capaces de aprender del error.

Hay dos formas extremas de protegerse del error:

1) estrategia del párpado: todo lo que se aproxima inesperada o rápidamente al ojo puede afectarlo: ¡cierre inmediato!

2) estrategia del mirón: todo lo que aparece ante la vista puede ser interesante: ¡no se pierda ojo! ¡evítese el parpadeo!

Hay cerebros parpadeantes ante la duda ¿Por qué no? Alerta... dolor... evitación... amparo...

Hay cerebros osados, exploradores... El ¿por qué no? no está referido al peligro sino al beneficio. Para la justificación del temor activan el ¿por qué si?

Se supone, en este caso de que los dos extremos están viciados, que la virtud reside en los términos medios. Cierto es... pero ello indica que habremos acertado a la hora de separar el grano de la paja, lo relevante de cada momento, lugar y circunstancia de lo que no lo es.

Hay mucha irrelevancia respecto a lo peligroso presentada como relevante. El cerebro debiera habituarse a lo que no tiene trascendencia, negarle atención cognitiva y emoción. De otro modo cualquier momento, lugar o circunstancia puede activar la duda... ¿por qué no?

Habituarse a lo irrelevante.. o sufrir... habituarse a sufrir... sin saber muy bien por qué... ¿por qué si?

martes, 22 de marzo de 2011

Síntomas



Un síntoma es una percepción corporal que hace referencia a un estado alterado o inconveniente.

El síntoma da la alarma, incita a una conducta y a una indagación.

El síntoma no es nada en sí mismo. Lo que importa es lo que significa.

El dolor es un síntoma. Algo sucede en la zona doliente o algo teme el cerebro que pueda suceder en ella. Habrá que indagar si, realmente, sucede algo relevante o se trata de una falsa alarma, una prevención alarmista del cerebro.

El síntoma es, generalmente, molesto, desagradable, penoso. Quien lo padece buscará el modo de librarse de él. Hay dos formas de hacerlo. Descubriendo la causa y neutralizándola o limitándose al efecto, el propio síntoma.

- Tengo hambre. Deme algo de comer...

o

- Tengo hambre. Deme algo contra el hambre...

El síntoma solicita una conducta. Si el individuo la sigue, el síntoma amaina. No siempre la conducta solicitada  conviene al organismo (por ejemplo, comer si existe obesidad).

La Medicina sintomática aporta remedios antisíntoma: antialgésicos, antiinsommios, antidepresivos, antitusígenos... y desconsidera su origen y función. La simple corrección del síntoma no quiere decir que hayamos mejorado la condición que lo causa. Probablemente suceda lo contrario.

-¿Qué tal?

- Mejor. Duele menos...

El efecto del analgésico se produce porque hemos manipulado las comunicaciones entre la zona afectada y el cerebro o porque hemos activado la expectativa de una solución (placebo). El analgésico no actúa sobre el proceso. Desconectar la alarma no impide que el ladrón robe.

El desánimo es un síntoma. Algo no va o no va a ir bien. No es aconsejable la inversión en esfuerzo.

- ¿Qué tal?

- Mejor. Estoy más animado...

De la mejoría del ánimo no se deduce que el individuo está en mejores condiciones para afrontar la adversidad ni que la hayamos aliviado.

Cuando inicié mi periplo profesional aplicando pedagogía sobre biología del dolor preguntaba por el síntoma, pensando que así sabría si la acción pedagógica había sido eficaz.

- ¿Cómo va?

- Parece que funciona. No he tenido migrañas.

Con el tiempo aprendí a desconfiar. Ya no pregunto por el dolor, por el síntoma. Me centro en el proceso.

- ¿Qué ha entendido? ¿Lo cree?

El objetivo ideal de la acción profesional es ayudar al organismo a defenderse de las situaciones adversas cuando disponemos de esa capacidad. Primero hay que identificar lo adverso: un germen, un cáncer, una carencia hormonal... o un error evaluativo cerebral y aplicar el remedio: antibióticos, quimioterapia, hormonas... o pedagogía, correctores evaluativos, información.

Los padecientes están instruidos en la Medicina sintomática. No hacen demasiadas preguntas sobre las causas o se conforman con cualquier respuesta. Lo que quieren es librarse del síntoma.

- Necesito una solución, algo que me quite el dolor para poder llevar una vida normal...

- Primero hay que saber por qué duele...

Pregunto en la consulta por las expectativas:

- ¿Qué prefiere: saber por qué duele o un analgésico eficaz?

Hay división de preferencias.

Una vez descartada una causa relevante en la zona dolorida es evidente la necesidad de actuar sobre la falsa alarma. Hay que modificar falsas creencias y expectativas cerebrales y convencer al individuo que, en caso de  error evaluativo, debe dar un giro de 180º a la conducta de afrontamiento.

- El dolor es debido a un error cerebral de valoración de amenaza. No tiene sentido que se obedezcan los miedos erróneos de su cerebro. No se meta al cuarto oscuro, no tome el tóxico adictivo, prosiga con su actividad...

No es tarea fácil. El dolor contiene el miedo ancestral de la vida a la muerte y consigue con su condición sufriente intimidar al padeciente.

- Tengo pánico al dolor. Ya sé que no pasa nada, que debiera continuar con mis tareas y no tomar calmantes pero el dolor me puede...

Los relatos de afrontamiento activo, respondón, del individuo frente a su cerebro alarmista, fóbico, son de todos los tipos. A veces gana la cordura y el dolor se disipa y otras vencen las memorias traumáticas del miedo, de las crisis previas.

- Deme algo para el dolor. Necesito una solución...

La petición es comprensible pero no deja de ser otro síntoma..

miércoles, 16 de marzo de 2011

El sentido del peligro



El dolor es la expresión perceptiva de una valoración cerebral de amenaza. Su cualidad incita al individuo a atender y vigilar una zona corporal promoviendo una conducta defensiva de evitación de un supuesto daño, consumado o potencial. 

Hay neuronas (nociceptores) que detectan daño celular violento y agentes físicoquímicos que lo provocan y hay neuronas que se dedican a valorar probabilidades de daño.

Los nociceptores forman la red nociceptiva, el sentido del daño. Las neuronas evaluativas, predictoras de posibles daños, constituyen el sentido del peligro.

El dolor aparece a veces por activación de nociceptores. Ha saltado la alarma al detectarse robo o un ladrón a punto de abrir la caja fuerte.

Otras veces el dolor surge de una valoración probabilística de amenaza. Hay peligro de robo. Extrémense las precaucionesSe dan unas circunstancias que el sentido del peligro considera significativas.

El sentido del peligro propone con el dolor una conducta preventiva. Hay miedo a un daño y el cerebro lo comunica al individuo para que este adapte su programa a esa eventualidad.

No cojas el coche. Hoy hay riesgo de accidente. 

No hay ninguna condición objetiva mecánica en el coche que permita anticipar un riesgo para ese día. Simplemente el sistema tiene miedo a que suceda un accidente y comunica al usuario su miedo a través de la percepción de dolor.

Para activar el miedo no se necesita gran cosa. Basta la posibilidad teórica, imaginada. Se puede tener miedo a una araña inofensiva, de las nuestras. Nuestras arañas no son, generalmente, peligrosas. No somos pequeños insectos. De hecho somos peligrosos nosotros para ellas. Podemos pisarlas o darles un escobazo.

El sentido del peligro funciona muchas veces como una red de miedos irracionales. Supersticiones, augurios, corazonadas, presagios, fobias.

Ha salido viento Sur. Cuidado con la cabeza. Quédate en casa. Tómate un ibuprofeno.

Al sentido del peligro no hay que pedirle lógica, racionalidad. Sus propuestas serán muchas veces descabelladas, ridículamente alarmistas. La racionalidad tiene que ponerla el usuario, uno mismo.

El viento Sur no supone ninguna amenaza para la integridad física de la cabeza. No voy a cambiar mis planes ni me voy a tomar el ibuprofeno

El exterior está poblado de peligros teóricos, circunstancias potencialmente dañinas. Podemos caernos, nos puede atropellar un coche, apuñalarnos un ladrón, quemarnos en la chimenea. Son peligros reales pero improbables. El sentido del peligro no proyecta dolor para notificarnos su preocupación. Sólo sentimos dolor si nos acercamos demasiado al fuego. A una distancia prudente, calorcillo. Si el sentido del peligro valora amenaza externa tendremos miedo a salir a la calle, cruzar un paso de peatones... pero no dolor.

En el interior también pueden producirse daños. Es un universo lleno de incertidumbre. El sentido del peligro valora amenazas teóricas y gestiona la conducta del individuo tratando de dirigirla a acciones con garantía. Los huesos rozan, pinzan nervios. Los músculos se agotan y contracturan. El estrés aumenta la presión del vapor mental. Algunos alimentos segregan moléculas sufrientes. Los cambios de tiempo, los cambios hormonales, los cambios de actividad...

El cerebro cría miedos irracionales y de ellos surgen percepciones alarmistas: hambre, picor, cansancio, mareo, frío, calor... y dolor sin que se dé ninguna circunstancia que, objetivamente, las justifique.  

El sentido del peligro no está dotado de racionalidad congénita. Más bien lo contrario. Es de natural irracional, alarmista supersticioso, desconfiado. A lo largo del desarrollo, del aprendizaje, el individuo, guiado por su natural imitador y empático y por las prevenciones de sus tutores, convertirá el sentido del peligro en un sistema protector sensato o en un absurdo generador de miedos somáticos internos infundados.

Los circuitos del peligro desactivarán irrelevancias o atribuirán relevancia a estados y agentes inofensivos, inertes.

Al mercado le va bien un sentido del peligro sensiblero, supersticioso, alarmista, irracional. Por ello invierte en generar estados de opinión que consideren que todo contiene peligrosidad potencial.

Carga las tintas rojas del peligro y ofrece conjuros, antídotos, ensalmos, bálsamos, ungüentos- 

El mercado amedrenta primero y sosiega luego siempre que uno compre el remedio.

¿Cómo conjurar los miedos de la migraña, fibromialgia, colon irritable...?

No lo sé. No resulta fácil disolver lo irracional. Es algo muy entrañable, de uno. Preferimos disolver el miedo irracional con un remedio irracional. El nocebo con el placebo.

No veo cómo voy a eliminar el dolor sin tomar nada.

Dicen que el efecto placebo sucede en un 30% de padecientes. Es una cifra tópica, inamovible. Un 30% de crisis de migraña responden al engaño del bálsamo en cualquiera de sus formatos.

Más del 10% de la población es víctima de la irracionalidad fóbica del miedo a que suceda algo en la cabeza por cualquier fruslería cotidiana (psicológica, meteorológica, hormonal, dietética...). Más del 10% de la población tiene migraña, una de las muchas expresiones del efecto nocebo, efecto creencia. Si la convicción nocébica es más fuerte, como sucede en los neurólogos convictos de lo que predican (genes y desencadenantes), la incidencia de migrañas se dispara.

La migraña no es una enfermedad con genes específicos migrañosos que construyen una red alarmista absurda por su condición de excitabilidad patológica. La triptanita no es un antídoto específico que neutraliza la mala química migrañosa.

La migraña es una de las expresiones de un sentido evaluativo del peligro adoctrinado para responder sensiblemente, temerosamente, a casi todo.

¿La solución?  

Nada de placebos. Un buen antinocebo. Una anticreencia...


martes, 15 de marzo de 2011

Migraña disociada


Era yo, por entonces, residente de Neurología. No había Scanner ni Resonancia. Para descartar patología recurríamos a la arteriografía, una exploración cruenta, con riesgos. Se pinchaba directamente la arteria carótida en el cuello (con o sin anestesia general) y se introducía contraste para visualizar el árbol arterial. 

Veíamos con frecuencia a pacientes que presentaban síntomas visuales, sensitivos o de lenguaje, transitorios. Generalmente se seguían de dolor de cabeza intenso y vómitos, es decir, una crisis de migraña.

A este tipo de migraña (síntomas deficitarios con dolor de cabeza) se denominaba migraña clásica o migraña típica. Era un término tranquilizador. Ahora le llaman migraña con aura. Ya no tranquiliza tanto.

En ocasiones aparecían los síntomas deficitarios (el aura) pero no el dolor. Mal asunto. Había que hacer una arteriografía para descartar malformaciones vasculares (aneurismas, malformaciones arteriovenosas...). Eso se decía en mis tiempos.

Un día empecé a ver lucecitas por el campo visual izquierdo. Fueron extendiéndose hasta anular la visión por ese lado. Una hemianopsia homónima izquierda, pensé. Espero que después venga el dolor. Si es así se trata de una migraña típica. Si no duele puedo tener algo terrible. Arteriografía y después Dios sabe qué... Por favor... quiero dolor, mucho dolor, vómitos... Quiero ser un migrañoso...

El cerebro reacciona de forma imprevisible ante nuestras súplicas. Algunas peticiones no tienen sentido. No se puede desear tener dolor, ser migrañoso. 

El bendito y deseado dolor no vino. Una leve molestia. Era dudoso que pudiera considerarse como dolor suficiente para certificar una migraña típica y librarme de la arteriografía. No comenté nada a los compañeros. Unas semanas después, otro episodio similar, maldita sea, sin bendito dolor. Definitivamente aquello no era migraña sino carne de arteriografía.

Afortunadamente siempre hay neurólogos que se hacen preguntas y dan con respuestas. Esos benditos neurólogos publicaron una serie de casos de aura, sin dolor. Lo mejor: la conclusión. Si los síntomas visuales o sensitivos eran típicos (como en mi caso) no hacía falta que doliera para certificar que se trataba de una migraña. Por supuesto, tampoco se justificaba el riesgo de la arteriografía. En libertad, sin cargos. Migrañoso indoloro. Un chollo.

Creo que tuve algún episodio visual más pero ya no me preocupaba y "lo migrañoso" me dejó.

Los expertos llaman a esta migraña: migraña disociada. 

El miedo al dolor lo invoca y el miedo al no dolor lo revoca. Cosas del cerebro y de su impredecible respuesta a nuestros temores y deseos.

Con el vómito sucede algo similar. Hay padecientes que desean fervientemente tener una buena arcada para conseguir el vómito y poner fin al tormento del dolor. No hay manera. "Quiero vomitar" es una petición absurda. Otros sufridores tienen el vómito fácil. Cada arcada supone un apretón de dolor. Temen vomitar. Eso ya tiene sentido. El vómito está servido con todo tipo de facilidades.

En una crisis de migraña no sucede nada amenazante. No hay arterias ni meninges inflamadas, aumentos de presión, déficits de circulación... Nada va a estallar, aun cuando lo parezca. Tampoco hay moléculas malas, perturbadoras. En todo caso se ha liberado algo de CGRP en las dos terminales (periférica y central) del trigémino, glutamato... Todo es química. El temor también tiene química. La falsa alarma tiene química cierta. La bolsa de deportes no contiene una bomba pero el despliegue policial es real.

En una crisis de migraña se concitan todos los miedos de la virtualidad alimentando la "tormenta neuronal perfecta". Es una "meningitis aséptica" sin gérmenes ni siquiera meningitis. Nada de nada. Falsa alarma. Bolsa de deportes con un bocata y unos apuntes...

En la falsa alarma resulta más tranquilizador hacer una explosión controlada. Acabar con la bolsa con posible bomba. Ante la crisis es más tranquilizador tomarse el triptán o el ibuprofeno que esperar a que el dueño de la bolsa la recoja, la abra tranquilamente y se coma el bocadillo acabando con la angustia del barrio.

- Un agitante. Necesito un agitante. Si no tengo dolor estoy perdido. Qué puedo hacer... 

- Cálmese. Hay que ser optimista. Probablemente le duela. Piense en el dolor, deséelo... 

Pensar y desear el dolor no hace que duela.

Pensar y desear que no duele ni duela tampoco mejora las cosas. Más bien las empeora.

¿Qué hacer con la triptanita?

Recuerde: en la bolsa sólo hay un bocata y unos apuntes pero el miedo es libre y están acordonando el barrio... Es su bolsa y su bocata. Cómaselo. Nadie ha metido una bomba allí.

martes, 1 de marzo de 2011

¡Jo con el YO!




- YO no quiero que me duela

Es una precisión que oigo con frecuencia en la consulta. Mis intentos de explicar la biología del dolor, el proceso imaginativo cerebral, fracasan en muchos casos. El YO de turno se ha sentido aludido y ha malinterpretado el discurso. La víctima se ha sentido señalada como culpable.

- No es usted. Es su cerebro.

- Mi cerebro soy YO.

- Ya.

Si duele es que el cerebro evalúa amenaza. Es un sistema de neuronas de las que surgen estados de conectividad, conjuntos de sinapsis (puntos de contacto entre neuronas) que chisporrotean a la vez, generando percepciones diversas. El dolor es una de ellas. El cerebro "decide" que duela. Quiere que duela. Lo quiere porque "considera" que el individuo debe dejar de lado sus asuntos y centrar su atención en el peligro que en ese momento, según predicen las memorias, corre una zona corporal.

- No entiendo por qué va a querer MI cerebro que YO sufra.

- SU cerebro está seleccionado a lo largo de la evolución para, entre otras cosas, velar por la seguridad del organismo. Lo hace construyendo hipótesis de peligrosidad, incertidumbre, riesgo, probabilidad. Es como si fuera su guardaespaldas. No le pida racionalidad. El miedo no siempre contiene sensatez. Los cerebros son miedosos, tanto más miedosos cuanto más osados, "temerarios", sean los individuos que residen en ese organismo a proteger.

- YO necesito una solución, algo que me quite el dolor. La semana pasada tuve que ir a urgencias a que me pusieran un algo en vena.

- Tenemos que hacer algo con su cerebro. Calmar sus miedos absurdos. La intensidad del dolor le está indicando hasta qué punto el cerebro está asustado. Si tiene que ir a urgencias es porque su cerebro así lo exige para quedarse tranquilo. 

En cuestiones de seguridad podemos acceder fácilmente al inconsciente, sin hipnosis, divanes ni meditaciones profundas. La percepción somática transparenta los significados del procesamiento neuronal. ¿Hambre? el cerebro quiere que coma... ¿Picor? el cerebro quiere que se rasque... ¿Dolor? el cerebro quiere que se quede quieto y tome SU calmante...

La función del dolor no es la de hurgar una vez más en las heridas del individuo, como interpretan los defensores de la somatización o lo psicosomático. Si duele la cabeza es porque hay miedo cerebral, somático, a que algo físico, terrible, suceda en ese momento en la cabeza. Si duele tras un desamor es que el cerebro considera que los desamores amenazan la integridad física de la cabeza. Ni los alimentos, ni los cambios hormonales, ni los agobios laborales, ni los fracasos sentimentales contienen el riesgo inmediato de provocar una hemorragia cerebral o una infección meníngea.

- Ya. YO no pienso eso.

- Ya... pero su cerebro actúa "como si" todos esos desencadenantes contuvieran esa amenaza.

La situación es similar a la del Sistema Inmune, el otro Sistema alarmista que ve peligro por todas partes... mientras no se demuestre lo contrario. Las células vigilantes inmunes llevan en su membrana receptores-detectores de proteínas. Cada clon celular se dedica a detectar una de ellas. La fija en la membrana, la digiere y presenta zonas sospechosas que deben ser evaluadas en la red. A veces esa proteína es del gato, del polen o de los ácaros del polvo doméstico. Si el "cerebro" inmune considera que esa proteína pertenece a un agente peligroso, decidirá liberar la producción de ese clon para defender el organismo de un peligro imaginario, absurdo. Ni el gato, ni el polen ni los ácaros liberan gérmenes pero para el organismo, para el sistema inmune, hay peligro infeccioso.

YO no tiene problemas para aceptar la responsabilidad de SU sistema inmune en una reacción alérgica pero no sucede lo mismo con SU cerebro. Lo vive como si se tratara de sí mismo. No consiente que hablen mal de él. Se siente aludido.

- No puede ser MI cerebro. YO no soy así...

Ayer vi a una paciente a la que atendí hace tres años por migraña. Tras la primera visita decidió no volver. Anduvo dando tumbos por calmantes, agujas, homeopatía, hierbas, dietas, yogas y demás hasta que acabó en urgencias y de allí le derivaron otra vez a Neurología.

- YO no quiero que me duela. Lo que YO necesito es una solución.

Creo que finalmente comprendió que no había comprendido en la anterior ocasión. Ya les contaré...

El YO es duro de pelar. Es un constructo cerebral engañoso. Si no fuera así el cerebro no podría conseguir la navegación del individuo por donde considera:

Por ejemplo, por urgencias, a por algo en vena...    

miércoles, 23 de febrero de 2011

Hiperalgesia



- Tengo el dolor alto. Me duele todo, siempre.

El dolor es una percepción que debiera emerger sólo ante situaciones de daño que exijan una conducta protectora de la integridad de los tejidos. Sólo hay que abrir el paraguas cuando llueve. Llevar siempre un paraguas abierto por si llueve no es una buena idea.

- Tengo siempre la tensión arterial alta.

La hipertensión sólo se justifica cuando nos encontramos en una situación que exige un régimen de flujo sanguíneo que garantice la llegada de sangre a los tejidos para afrontar determinadas situaciones. Las jirafas son hipertensas. De otro modo no llegaría la sangre a la cabeza. 

La hipertensión arterial sostenida acaba dañando las arterias. Es importante controlarla con fármacos y estilos saludables de vida.

Dicen ahora que el dolor continuado, crónico, acaba dañando el cerebro y que, al igual que sucede con la tensión arterial, debe controlarse con fármacos y estilos de vida saludables.

Hay un problema con esta propuesta: el consumo crónico de analgésicos es una importante causa de mortalidad. Un analgésico es un tóxico adictivo.

- Controle su dolor. No abuse de los analgésicos. Consulte a su médico.

- Ya le he consultado. Me dice que tome siempre precozmente el analgésico.

Se considera (erróneamente) que el dolor surge de los tejidos y que cuando llega al cerebro genera alguna perturbación, un estrés neuronal, que acaba encogiendo la corteza. 

- Tengo hambre. Siempre. Comería cualquier cosa.

- Coma algo. No espere. El hambre acaba creando problemas de salud.

Los alimentos son eficaces para controlar el hambre a corto plazo pero preparan más hambre futura. Lo que afecta a la salud no es sentir siempre hambre sino estar siempre comiendo, obedecer el requerimiento cerebral.

- Deme algo para no tener hambre. No quiero estar comiendo todo el día. Engordo. La comida tiene efectos secundarios.

La función del hambre es incitar al individuo a buscar y tragar comida. La función del dolor es la de incitarle a quedarse quieto.

- Me duele.

- No se mueva.

- Necesito moverme. Deme algo para que no me duela y pueda moverme.

Otras veces el cerebro utiliza el dolor para evitar que el individuo se quede quieto.

- No puedo parar en la cama. Necesito mover las piernas o incluso levantarme y caminar. 

- Levántese.

- Necesito estar en la cama para dormir. Deme algo para que no me duela y pueda estar quieto.

- Tiene usted el "síndrome de las piernas inquietas".

El síndrome de las piernas inquietas es uno de los muchos síndromes de inquietud y desasosiego cerebral. A las piernas no les pasa nada. No hay problemas de circulación ni de otro tipo. Es el cerebro que expresa su inquietud en el escenario del descanso nocturno y prefiere, vaya a saber usted por qué, que el individuo siga despierto, explorando el mundo, alerta. 

- Estoy triste sin saber por qué.

- Haga algo interesante y placentero.

- No tengo ganas. Deme algo para las ganas.

El cerebro es un peligro para el individuo. No siempre acierta en sus evaluaciones. El miedo ancestral al daño y al fracaso hace que nos proteja en exceso o lo vea todo negro, sin motivo. Nos obliga a llevar siempre el paraguas abierto por el temor a que nos mojemos con la lluvia o a que nos quedemos, desganados, en casa. 

Hay que saber que existe la patología de las decisiones cerebrales, la política del exceso preventivo. El individuo debe saber que la gestión de los programas del organismo está en manos de un sistema que puede cometer graves errores de estrategia.

- Me preocupa mi cerebro. Me aburre con sus alarmismos y sus previsiones catastrofistas.

- No le haga caso. Confíe en la situación real de sus tejidos. No abra el paraguas. Hace un día espléndido. No hay ninguna nube. La predicción para toda esta semana es de "buen tiempo".

- ¿No me puede dar algo contra el catastrofismo cerebral?

- Cordura. Confianza. Racionalidad. Conocimiento.

- No me sirve. Me refería a alguna terapia...

El catastrofismo y pesimismo cerebral genera un régimen de actividad neuronal que si se mantiene de forma crónica puede acabar generando adelgazamiento cortical y engorde amigdalar. El tedio apaga la neurogénesis de hipocampo. Las neuronas necesitan ambiente, buen rollo.

Hay veces que lo único que necesitamos es espabilar...

- Deme algo para el espabilamiento... Con todos los adelantos que hay hoy en día ¿no han sacado nada...?

- No.  

viernes, 4 de febrero de 2011

Nocicepción



                                                       Charles Scott Sherrington


No está de más recordar de cuando en cuando que la percepción de dolor surge, evolutivamente, de la existencia de estados y agentes físicos y químicos (mecánicos, térmicos, químicos, biológicos) que destruyen violentamente células. Son estados y agentes (estímulos) nocivos que en contacto con el organismo ya han consumado la muerte celular o lo harán inmediatamente si no se disuelve rápidamente ese estado de nocividad potencial. El Sistema Nervioso especializa una familia específica de neuronas capacitadas para detectar, tanto los estados físicoquímicos (mecánicos, térmicos y químicos) generadores de letalidad como las señales provenientes de las células ya destruidas. Estas neuronas se denominan nociceptores. Fueron descritas a principios del siglo XX por el premio Nobel Charles Scott Sherrington.

Una neurona nociceptora es una neurona receptora, detectadora de nocividad, consumada o inminente. La Neurología hizo caso omiso a uno de los más grandes neurofisiólogos de la Historia y solidificó el concepto erróneo de "receptores de dolor", supuestas e inexistentes neuronas que detectan el supuesto e inexistente dolor rezumado por los tejidos destruidos (necrosis). 

El dolor es un producto complejo cerebral que no existe mas que en la conciencia del individuo. Sólo allí puede ser detectado, sufrido y evaluado por el individuo sufriente, el "receptor de dolor", el algoceptor.

Otro de los grandes premios Nobel, Don Santiago Ramón y Cajal, sentó las bases de la doctrina neuronal y sostuvo que la información fluye en una sola dirección en las neuronas. Se recogerían los estímulos en las ramificaciones (dendritas) que van a parar al cuerpo de la neurona y desde allí surgiría una terminación (axón) por la que fluiría la información integrada de todos los puntos de conexión previos de dendritas y cuerpo. La neurona sólo admite una dirección de flujo informativo. Cajal había estudiado las neuronas olfatorias y ganglionares de la retina como muestra de neuronas sensoriales y las motoneuronas del asta anterior de la médula como muestra de las motoras. En todas ellas se cumplía el principio de la Ley de la polaridad dinámica. Sin embargo las neuronas nociceptoras no cumplen con esa ley. No tienen dendritas que van al cuerpo y luego un axón. Son otro tipo de neuronas (pseudounipolares) con una única terminación en T que es funcionalmente un axón con un ramillete de terminaciones o dendritas en sus dos puntos terminales, en la periferia (tejidos) y en el asta posterior de la médula espinal. Esa es la "neurona del dolor", una neurona que viola el principio supuestamente inviolable de la polaridad dinámica. 

Por el nociceptor, la información va de dentro (centro) afuera (periferia), de los tejidos a la médula espinal y de la médula espinal a las terminales de los tejidos. Los neurólogos, en este caso, hacen caso a Cajal y sostienen, respetando la ley de Polaridad dinámica y desoyendo a Sherrington, que si duele es porque se ha detectado dolor en los (inexistentes) receptores del dolor y que este se conduce por el camino unidireccional de toda neurona. 

La neurona nociceptora admite y utiliza la bidireccionalidad del flujo de información a su través. Existe la conducción ortodrómica (camino "correcto") y la antidrómica (en dirección contraria). No es que un vehículo circule indebidamente en dirección contraria por una autovía unidireccional. Es una carretera con dos direcciones por la que circulan habitualmente coches (información).

Los reflejos axonales y los reflejos de la raíz dorsal  se producen dentro de la misma neurona nociceptora.

Un estímulo nocivo es algo físicoquímico que destruye células y tejidos. Es detectado por las neuronas nociceptoras. Para activar desde el cerebro la percepción de dolor no es necesaria la presencia de estímulos nocivos. El cerebro puede generar desde sus sistemas de memoria la percepción dolorosa y proyectarla en el tiempoespacio corporal, allí donde valora amenaza. La evaluación de amenaza genera flujo informativo evaluativo que corre hasta el asta posterior de la médula y, desde allí, hasta las terminales de los nociceptores, lugar donde se liberan señales (sustancia P y CGRP) que activan y sensibilizan el lugar. Si en un estado de alerta nociceptiva indagamos qué pasa encontraremos sensibilización de las terminales en los nociceptores. Ello no quiere decir que el dolor surge necesariamente de allí sino que el sistema está en alerta en todos sus niveles por obra y gracia de un suceso lesivo o por valoración de amenaza.

La Nocicepción es la función detectadora de nocividad, consumada, inminente o probabilística. Hay neuronas periféricas (nociceptores de Sherrington) que toman datos de lo que sucede y neuronas centrales memorísticas, especulativas, organizadas en circuitos pensantes de las que surgen decisiones de encender o apagar las alarmas. Cuando se produce la decisión de alerta de nocividad (actual o potencial) el circuito nociceptivo se activa y reverbera, alimentándose positivamente en espiral o negativamente, apagándose si se comprueba que nada está sucediendo, que se trata de una falsa alarma.

Los informadores periféricos y centrales puede generar falsa información. Los periféricos porque están dañados y los centrales porque están equivocados al evaluar probabilidad.

La Nocicepción puede ser patológica por daño en el sistema somatosensorial, dando así lugar al llamado dolor neuropático o por error en la toma de decisión de las oficinas especulativas, dando lugar al dolor que los oficiales han bautizado como dolor somatoforme y que otros prefieren considerar como funcional o psicológico.

La migraña sería un dolor sin daño neuronal. No sería dolor neuropático. Tampoco habría daño en los tejidos luego no sería un dolor por nocividad (dolor nociceptivo). Ya sólo nos quedaría la categoría de dolor somatoforme, funcional o psicológico... pero es algo que el dolor migrañoso no puede aceptar. La migraña pertenece a la nobleza de los dolores, es de sangre azul. La migraña es migraña. No tiene nada que ver con areas evaluativas ni puede aplicársele las reflexiones de funcionalidad o psicogenia de otros dolores más plebeyos como el tensional o el muscular.

Ayer estuve dando una charleta en un ambulatorio sobre estas cuestiones. Pude comprobar cómo las nuevas generaciones de doctores siguen siendo instruidos en el error de la ley de polaridad dinámica de Cajal y en el error de ignorar el acierto de Sherrington (nociceptores) para abrazar la teoría periferalista de los (inexistentes) "receptores de dolor" (algoceptores).

¿Para cuándo los cambios de paradigmas?

Cuando todo el mundo los necesite. De momento los nuevos paradigmas son perturbadores y seguirán siendo ignorados... 

Para todo el mundo el dolor seguirá siendo el llanto de los tejidos pero realmente el que llora es el cerebro. Lo hace cuando sucede algo terrible pero también llora por miedo.     

jueves, 3 de febrero de 2011

Los correlatos neuronales del dolor



La conciencia y todo cuanto se contiene en ella es un misterio. Desconocemos cómo se produce la generación de lo que sentimos. Sabemos que para ello es necesaria la activación sincronizada de determinadas poblaciones neuronales pero nos supera el enigma de la conversión de esas pequeñas y necesarias señales eléctricas en sentimientos, percepciones, percataciones. ¿Por qué sentimos dolor cuando las señales surgen de unas, frío cuando brotan de otras, picor, miedo, angustia..? Todo es cuestión de muchas diminutas señales eléctricas, puntos de microconsciencias, que se agrupan de modo variable en el tiempo-espacio para generar ese cambiante universo de lo percibido.

Vemos, oimos, olemos, degustamos... Sólo señales como sustrato físico...

Duele... Sólo señales. Sólo sabemos que cuando sufrimos esa peculiar y desagradable percepción hay un conjunto de zonas cerebrales que en ese momento han chisporroteado. 

El dolor brota de la valoración de la red neuronal de amenaza, consumada, inminente o futura, de daño relevante (necrótico, violento, agudo) en ese momento, lugar y circunstancia. No es necesario el daño, la lesión. Basta la valoración, el temor a que se produzca. Sucede lo mismo con la inflamación. No es necesario el daño. Basta con que exista la valoración de amenaza. La alergia al polen contiene una valoración errónea de amenaza atribuida a unas señales moleculares del aire (polen). No es necesario que el polen dañe, aunque sea un poquito, las fosas nasales para que el sistema inmune active la respuesta defensiva. No hace falta que la bolsa de deportes sospechosa contenga una bomba, aunque sólo sea diminuta, para que se produzca el despliegue policial. Basta la sospecha, la posibilidad.

La tendencia general en las reflexiones y doctrinas sobre dolor es que duele en un momento y lugar... luego (necesariamente) allí y entonces debe haber un correlato neuronal de daño, unas "señales de dolor", una incidencia de agresión a los tejidos. Si duele, es porque las "neuronas del dolor" de los tejidos, sus "receptores de dolor", lo han captado.

Duele la cabeza. El cerebro es insensible cuando lo perturbamos. Los "estímulos dolorosos", suficientes para generar dolor cuando se aplican a otros tejidos, no lo producen cuando inciden sobre las neuronas cerebrales. Sólo si los aplicamos sobre las meninges y grandes vasos. Como esto es así, parece poder deducirse que es necesaria y suficiente la presencia de señales de dolor nacidas en las terminales de las neuronas del trigémino, las únicas capaces de detectarlas.

La teoría trigéminovascular de la migraña da por sentado que si duele hay señales de dolor provenientes de las terminales de ese nervio. Su zona de influencia, la zona a su cargo, abarca cara, meninges y vasos y parte alta del cuello. Allí hay que buscar las señales, los grandes o pequeños sucesos agresivos, dañinos, perturbadores y allí hay que aplicar los remedios. Hay que destruir la bolsa de deportes sospechosa con su bomba necesaria, grande o pequeña. Sólo es una bolsa sospechosa pero necesariamente tiene que contener algo perjudicial para justificar el despliegue de efectivos...

En la migraña, se dice (sin más argumentos que el de dar por sentado que si duele allí y entonces, allí y entonces tiene que estar sucediendo algo que explique la génesis de "señales de dolor") que de las tierras trigeminales surgen esas insistentes, crecientes y desgarradas señales dolorosas y que tales señales acaban poniendo en danza todos los perros centrales, los "centros de procesamiento del dolor". A esos centros no llega ninguna notificación de daño celular consumado ni presencia comprobada de agresores pero actúan como si algo terrible estuviera a punto de suceder allí y ahora. Sólo hay una bolsa de deportes, la misma bolsa de deportes de siempre, desde hace muchos años, los mismos días, a las mismas horas, en el mismo lugar. Los efectivos policiales se despliegan con la misma contundencia una y otra vez en torno a la bolsa de deportes. Nunca ha sucedido nada.

Para los neurólogos los correlatos neuronales fundamentales, necesarios, del dolor están en el trigémino. Los calmantes necesarios para silenciar las "señales del dolor" deben actuar necesariamente allí para explicar por qué después de ser aplicados se produce el alivio. 

-YO sólo sé que... 

Duele la cabeza. Tomo el calmante. El dolor se calma. Si no tomo el calmante, el dolor arrecia, se acumula... luego...

Todo sucede allí donde duele. Allí está la madre del cordero.

- ¿El cerebro? El cerebro no duele, ¡por Dios! No tiene terminales del trigémino...

En el cerebro, por lo visto, no hay correlatos neuronales del dolor. Allí sólo hay consciencia, mente, alma, espíritu, emoción, sentimiento, percatación, individuo sufriente. Si cuando duele registramos actividad neuronal cerebral, señales eléctricas, no quiere decir que el dolor surja de allí. Eso ya se sabe que no es así, sólo el trigémino y nada más que el trigémino tiene "receptores del dolor"... Elemental. La bulla cerebral del dolor es la bulla del impacto de las señales desgarradas de dolor que llegan a unos centros lógicamente impresionados por lo que esas señales expresan... daño por las meninges y grandes vasos o las cervicales... Es comprensible la conmoción cerebral.

Dicen algunos notables expertos (Ianetti) en correlatos neuronales, cerebrales, del dolor que lo registrado como actividad cerebral cuando duele no corresponde al procesamiento de señales nociceptivas, de daño, las famosas e inexistentes "señales de dolor", los gritos desgarradores e histriónicos del trigémino, sino a los centros de la relevancia.

Los correlatos neuronales del dolor serían los del estado de alerta del cerebro por valorar relevancia como amenaza, a veces con fundamento (daño consumado o inminente) y otras sin él (presunción irracional de peligro por desencadenantes, el equivalente a los alergenos del sistema inmune).

Duele. No sucede nada. Hurgue, por tanto, en los correlatos neuronales de la relevancia e investigue por qué en los centros de inteligencia responsables de atribuir trascendencia a cuanto sucede o pudiera suceder se concede el label de peligrosidad al chocolate, el viento sur, los cacahuetes, el descenso de estrógenos, una carga mecánica cervical, un contratiempo, la carta astral, los fines de semana o cualquiera de los más de cientocincuenta desencadenantes descritos como objetos que pueden contener una bomba en su interior y justificar el recelo policial.

Hay veces que las bolsas de deportes deben centrar nuestra atención. Otras debieran ser la (supuesta) inteligencia de los servicios de inteligencia...


Para gustos y creencias...

martes, 18 de enero de 2011

La acción de percibir



Desde que se inician las primeras contracciones musculares en el embrión y ya en presencia de neuronas, estas se hacen con el control del movimiento, obligando a que los músculos se contraigan por su mandato. Cada sacudida muscular, cada patadita en el vientre materno, genera estímulos en piel, articulaciones, sensores de estiramiento muscular, tensión tendinosa. Los centros motores van elaborando programas que perfilan progresivamente acciones dirigidas a un propósito (caminar, succionar, bostezar, tragar, coger, mirar...). Cada acción incluye un registro anticipado de los efectos periféricos sensoriales que genera (copia eferente). El feto elabora así una representación de sí mismo, de sus decisiones musculares (agencia) y consecuencias predecibles. Aprende a reconocerse a sí mismo a través de las consecuencias sensoriales de lo que decide hacer (mover).

El incesante flujo de señales sensoriales generadas con el movimiento va siendo catalogado como corporalidad, tiempo-espacio propio insertado en el tiempo-espacio ajeno. Las acciones colisionan con los objetos externos y producen efectos de relevancia variable: apetitiva, aversiva o irrelevante. 

El interior está lleno de objetos somáticos que interactuan entre sí con el movimiento. Corazón, pulmones, huesos, músculos, piel, articulaciones, son influidos por cada acción decidida. Los programas motores registran también las consecuencias somáticas internas de cada objetivo motor (aumento de la frecuencia cardíaca, excursión respiratoria, variables químicas...). Hay una copia eferente de consecuencias internas producidas.

El complejo mundo de consecuencias sensoriales generado con cada acción es filtrado. El individuo no lo percibe... en condiciones normales. No existe consciencia somática precisa de uno mismo. Sólo un sentimiento casi incorpóreo, imaginario. Si queremos percibirnos con más densidad, con más presencia, debemos hacer un esfuerzo de concentración, meditar. 

Las acciones cotidianas, ordinarias, generadas por nuestra voluntad son silenciosas. No contienen sorpresa, novedad. Son irrelevantes por tener garantía de que nada importante sucede al latir el corazón, inflarse los pulmones, estirarse los músculos... No hay peligro de daño. El cuerpo navega por el mundo sin generar más percepción que la que deriva de hechos novedosos o relevantes, internos y/o externos.

Otra cosa es cuando sucede algo relevante, por ejemplo, un hecho nocivo. Las neuronas sensoras de daño (nociceptores) lo detectan y activan la alarma de la percepción dolorosa desde todas las zonas cerebrales implicadas en su génesis (neuromatriz del dolor).

No hace falta que suceda nada. Basta que el cerebro valore amenaza para que el filtro de estímulos irrelevantes se inactive. Todo puede ser importante. El dolor se proyecta desde el cerebro hacia la consciencia para implicar al individuo en la alerta. No hace falta que lleguen señales de daño. Basta la confluencia de las señales normales, cotidianas, con un circuito abierto, sensibilizado.

El mundo real relevante produce percepción consciente. El mundo imaginado relevante también puede hacerlo. Si lo imaginado tiene poca carga de probabilidad vivida, la percepción es tenue, vaporosa, evanescente. A medida que aumenta el miedo a que lo posible suceda va encendiéndose el escenario de la consciencia y proyectándose aquella percepción que surgiría si lo imaginado fuera real.

Percibir o no percibir es función de temer o no temer. Certeza de indemnidad o incertidumbre. Expectativas, creencias. El paso de sentir la normalidad, el silencio perceptivo, a percibir dolor se produce por una acción cerebral de atribuir a un momento, lugar y circunstancia la probabilidad de que algo nocivo suceda. 

Expectativas y creencias, memorias de pasado-presente-futuro, hacen oscilar el umbral de lo que debe ser percibido o sólo imaginado.

El objetivo de la percepción es implicar al individuo en la evaluación temerosa del daño.

Una vez percatado de que algo está sucediendo, el individuo debe retroalimentar al organismo desde lo conocido respondiendo con una interpretación y una conducta acorde con lo que, realmente, está sucediendo.

Si no está sucediendo nada lo sensato y deseable es que el individuo des(a)precie la acción cerebral de (a)percibir, haga el corte de mangas y se centre en sus propósitos conscientes como individuo, tratando de que lo irracionalmente imaginado vuelva al estado preconsciente, imperceptible.  

- Creo que el cerebro quiere que perciba su inquietud. Algo imagina. ¡Qué cruz!

Comienza la función...

- ¡Yo me largo!