No se está cómodo somáticamente cuando entre el cerebro y el individuo no hay coherencia de propósitos. Si uno quiere estar quieto y el cerebro pide huida no hay modo de encontrarse bien, asintomático.
| Se puede tener un cáncer y encontrarse bien o estar sometido a un sufrimiento e invalidez considerables sin que los médicos encuentren pruebas de enfermedad. La Medicina no ofrece respuestas aceptables para esta última situación y recurre arbitrariamente a negar la realidad del sufrimiento, haciendo aún más insufrible el calvario de los pacientes. Este blog intenta aportar desde el conocimiento de la red neuronal un poco de luz a este confuso apartado de la patología. | We may have cancer and feel good, or be submitted to substantial disability and suffering without doctors finding any evidence of disease. Medicine gives no acceptable answers to the last situation and arbitrarily appeals to denying the reality of suffering, making the calvary of patients even more unbearable. This blog tries to contribute with the knowledge of the neuronal network, giving a little light to this confusing section of pathology. |
jueves, 13 de enero de 2011
No respire nunca hondo cuando esté mareado
No se está cómodo somáticamente cuando entre el cerebro y el individuo no hay coherencia de propósitos. Si uno quiere estar quieto y el cerebro pide huida no hay modo de encontrarse bien, asintomático.
miércoles, 12 de enero de 2011
La casa misteriosa del cuerpo
martes, 11 de enero de 2011
Mareo "inespecífico"
lunes, 10 de enero de 2011
Percepción del movimiento
jueves, 25 de junio de 2009
Cervicales
La función del cuello es facilitar que los ojos palpen a distancia los objetos. Los ojos se mueven con libertad y precisión en el interior de las órbitas pero necesitamos ampliar el campo de observación con el movimiento de la cabeza sobre el cuello y el de las propias vértebras cervicales entre sí.
A veces los objetos de interés están quietos y el sistema ojos-cabeza-cuello debe ofrecer estabilidad y fijeza, y otras se mueven rápida e irregularmente exigiendo al conjunto ajustes vivos y precisos para no perder detalle.
Somos una especie visual y damos por supuesto que la evolución habrá ido seleccionando aquellos individuos que, al menos durante su época fértil, hayan demostrado una habilidad suficiente para leer adecuadamente con los ojos el mundo (incluyendo a sus congéneres). Ello exige, además, una capacidad de la estructura cráneo-cervical para soportar el estrés de la exploración visual continuada. La cabeza no pesa gran cosa, apenas 2 kilos, por lo que las vértebras cervicales no tienen que soportar una carga excesiva. No parece, por tanto, que la evolución hubiera de tener demasiados problemas para conseguir el objetivo del seguimiento visual sin poner en peligro la integridad de las vértebras del cuello.
No sabemos nada sobre quejas cervicales de Homo sapiens (ma non troppo) hasta que se descubrieron los rayos X. Suponemos que nuestros antepasados también se mareaban y sufrían dolor en cuello y cogote pero probablemente no culpaban a su columna. Cuando pudimos "echar los rayos" al interior, todas las sospechas empezaron a recaer sobre la columna. Las radiografías afloraron columnas torcidas, rectificadas, desgastadas, deformadas y decalcificadas. El cuello se mostró como el peor enemigo de la cabeza (y de los ojos). No sólo había perdido movilidad sino que estrangulaba las arterias que ascendían hacia el cerebro comprometiendo su "riego".
El cuello, fiel aliado de ojos y cabeza durante millones de años de lucha por la supervivencia, se ha convertido en una zona vulnerable, frágil, deformada, avejentada prematuramente, que ya no sirve para mirar ávidamente y con precisión el mundo.
Al parecer, no hay muchos motivos para sentirse orgullosos de nuestra cervicalidad actual. Apenas podemos mirar al cielo ni girar la cabeza por el mareo. Con el movimiento nuestras deformadas vértebras comprimen las delicadas arterias que atraviesan complicados desfiladeros y las neuronas no pueden trabajar porque no les llega "riego". Los discos están herniados, los nervios pinzados y los músculos contraídos por el apretón del estrés.
El "ejército de salvación cervical" se ha puesto en marcha: fisios, osteópatas, quiroprácticos, masajistas, energizadores, acupunturistas, homeópatas, fármacoterapeutas, herboristeros, maestros de yoga, gurus, curanderos... todos ellos hablan de "las cervicales", de su lamentable estado y de la bondad de sus remedios.
- Tengo cervicales...
- Todo el mundo las tiene. Sin ellas no podríamos observar adecuadamente el mundo. Forman parte del aparato visual.
- Bueno, no sé a qué se refiere. Me duelen las cervicales y me mareo. Me han explicado que tengo mucho desgaste y que la sangre no llega bien a la cabeza.
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El cerebro está hecho un lío con lo de "las cervicales". Ya no se atreve a mirar, a palpar el mundo. Ha renunciado a activar el exquisito juego de movimientos de cabeza-cuello, sus infinitas combinaciones perfectamente ajustadas al movimiento de objetos y ojos y ahora mira con temor con el rabillo del ojo o girando todo el cuerpo sobre la pelvis. Mantiene el programa de alerta con la contracción preventiva de los músculos del cuello, con el umbral de dolor bajo, con la incertidumbre de la caída in mente...Toda previsión es poca.
El Homo sapiens (ma non troppo) moderno tiene su tendón de Aquiles en el cuello. Quién lo iba a decir...
No hay que alarmarse. ¡Siempre nos quedarán los collarines!
sábado, 6 de junio de 2009
A vueltas con el mareo

lunes, 18 de mayo de 2009
"Algunos... se marean"

sábado, 16 de mayo de 2009
El sentido del equilibrio no existe
Durante muchos años he ejercido la Neurología como mandan los cánones, con el soporte de las ideas sencillas de una red neuronal comprensible y lógica, recibida en la Facultad y extendida a través de libros de texto y revistas. Nada perturbaba la aparente solidez de mi conocimiento.
Hay dos quejas-síntoma que acaparan más del 50% de las consultas neurológicas: la cefalea (dolor de cabeza) y el mareo (mareo). Un neurólogo es un profesional obligado a atender, con o sin ganas, cefalea y mareos. Mi obligación era conocer bien las causas y remedios de los dos problemas.
Para explicar el origen del dolor tenía que familiarizarme con el sentido del dolor, sus receptores, las vías de transmisión y el centro de proyección a la consciencia. Había unas pocas moléculas (prostaglandinas) implicadas en el proceso de generación y tráfico de señal dolorosa y para conseguir el alivio no había más que interferir con química (antiprostagalandinas) o bisturí la transmisión de la señal por las vías de comunicación (véase las neuronas del dolor).
No sin esfuerzo descubrí (en otros textos y revistas) que no existía el socorrido sentido del dolor y que, en su lugar, la evolución había tejido una complicada red de sensores, vías y centros en torno a la necrosis, la muerte violenta celular: el sentido del daño necrótico .
Cambié el chip del sentido del dolor por el del daño y como efecto emergente pasé de recetar a instruir.
Quedaba pendiente el tema del mareo. El sentido del equilibrio era más complicado. El oído interno se resistía a dejarse entender y el marco de competencia no quedaba claro entre Otorrinos y Neurólogos. Los pacientes con mareo y vértigos iban y venían de unos a otros, daban vueltas, haciendo honor a su problema.
Hace unos pocos años cayó en mis manos un libro de Alain Berthoz: El sentido cerebral del movimiento. Alain Berthoz es Ingeniero de Minas, Psicólogo, doctor en Ciencias Naturales e investigador de prestigio en Biorobótica, es decir, en Percepción y Acción.
Como ingeniero dedicado a diseñar robots con pretensión de moverse por el mundo sin caerse e interactuar con sus objetos, conoce perfectamente la complejidad del objetivo de conseguir equilibrio.
Cuando eclosionó la inteligencia artificial, se propuso el ambicioso objetivo de derrotar al campeón de turno de ajedrez. La victoria marcaría la superación de la inteligencia humana por la del robot. La máquina estática pensante consiguió su objetivo sin demasiadas dificultades. Mientras tanto, lo que parecía un objetivo menor: diseñar robots móviles que percibieran el mundo con cámaras, sensores mecánicos de colisión, micrófonos y demás y activaran motorcitos para desplazarse, se mostró desde el primer intento como un propósito de una extraordinaria complejidad.
El libro de Alain Berthoz del sentido cerebral del movimiento borró de mi mente la idea simple, luego falsa, del sentido del equilibrio y puso en su lugar la más ajustada a la ingeniería del robot biológico humano: la del sentido del movimiento.
Los sensores de equilibrio no existen. En su lugar hay sensores de movimiento: están repartidos por oido interno (donde detectan aceleración angular, vertical y horizontal y la fuerza de la gravedad), articulaciones e inserciones tendinosas, en el interior de los músculos (sensores de estiramiento), en piel y fascias y en la retina (flujo óptico).
Todos estos sensores informan del movimiento y posición de cada uno de los segmentos corporales (extremidades, raquis, cabeza, cuello, ojos) y de los objetos externos pero no basta para garantizar la estabilidad corporal (que el centro de gravedad caiga sobre la base de sustentación). Se precisa anticipar las consecuencias de cada paso, de cada giro, de cada mirada... El cerebro memoriza todo lo que se mueve y aprende a predecir. Andamos, saltamos y le damos a la pelota en el momento justo gracias a la memoria.
El sentido del movimiento tiene como objetivo acercar el cuerpo a los objetos para optimizar la interacción con ellos a la vez que se garantiza la protección de los tejidos. El cerebro es el encargado de hacernos navegar por el mundo pero también se responsabiliza de que no nos caigamos... y nos rompamos, es decir, se necrosen células y tejidos.
La integridad corporal durante el movimiento está sometida a incertidumbre. El cerebro es hipocondríaco, ya lo sabemos, y una cuestión que le preocupa mucho es que perdamos el equilibrio. El mareo es el indicador de ese temor.
Como sucede con el dolor, que aparece frecuentemente en ausencia de daño, por predicción alarmista cerebral de necrosis potencial, al cerebro se le activa la función mareo, en ausencia de condiciones objetivas de imposibilidad de equilibrio (entorno móvil impredecible o insalvable, lesión aguda de sensores de movimiento) cuando predice, de forma alarmista, pérdida de equilibrio potencial, con resultado de caída y necrosis... por ejemplo, desde un balcón...






