Se puede tener un cáncer y encontrarse bien o estar sometido a un sufrimiento e invalidez considerables sin que los médicos encuentren pruebas de enfermedad. La Medicina no ofrece respuestas aceptables para esta última situación y recurre arbitrariamente a negar la realidad del sufrimiento, haciendo aún más insufrible el calvario de los pacientes. Este blog intenta aportar desde el conocimiento de la red neuronal un poco de luz a este confuso apartado de la patología.

We may have cancer and feel good, or be submitted to substantial disability and suffering without doctors finding any evidence of disease. Medicine gives no acceptable answers to the last situation and arbitrarily appeals to denying the reality of suffering, making the calvary of patients even more unbearable. This blog tries to contribute with the knowledge of the neuronal network, giving a little light to this confusing section of pathology.

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Mostrando entradas con la etiqueta mareo. Mostrar todas las entradas
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jueves, 13 de enero de 2011

No respire nunca hondo cuando esté mareado



- ¿Qué te pasa..? tienes mala cara... estás pálido...

- Estoy mareado

- Respira hondo...

No haga caso. Siempre es un mal consejo salvo en el caso improbable de que esté huyendo de algún peligro.

- Acelera la frecuencia cardíaca...

Tampoco haga caso. Es otro mal consejo salvo en el caso improbable de que esté huyendo de algún peligro.

- Toma agua con azúcar...

Tampoco. Mal consejo salvo en el caso improbable...

Hay veces que estamos mareados y algo interno nos pide que respiremos hondo. Sentimos hambre de aire. El organismo nos pide que metamos más oxígeno aun cuando en ese momento no lo necesitemos. Si midiéramos la concentración de los gases en sangre comprobaríamos que el oxígeno es más que suficiente pero el anhídrido carbónico está bajo. Estaríamos hiperventilados. Si hiciéramos caso al consejero el oxígeno se quedaría donde está y el anhídrido carbónico bajaría aún más. 

En muchas ocasiones la percepción de mareo se asocia a una vivencia de amenaza, desasosiego... como si algo fuera a suceder. Peligro...

Cuando el organismo evalúa peligro activa la respuesta de huída. Para huir hace falta energía, es decir, oxígeno y glucosa. El programa de "lucha-huida" aumenta la respiración (hambre de aire), acelera el corazón, redistribuye la sangre (la retira, por ejemplo, de la piel... palidez), inyecta glucosa desde el hígado y proyecta a la conciencia esa sensación incómoda y apremiante de alejarse del escenario actual.

Cuando el cerebro activa un programa trata de que el individuo lo cumpla. Para eso están las percepciones somáticas: frío, calor, cansancio, inquietud motora, hambre de aire, hambre de comida, hambre de sal, sed, mareo... Forman parte de los programas. 

El anhídrido carbónico se forma al quemar combustible (ejercicio) y debe eliminarse con la espiración pero dentro de unos límites ya que también cumple sus funciones. Entre otras cosas es un vasodilatador circulatorio cerebral. Si está muy bajo se produce una disminución de la presión intracraneal por reducción del volumen de sangre cerebral. Puede ser la puntilla para provocar el desmayo.

Las decisiones cerebrales de activar programas no siempre son razonables. Si el cerebro está equivocado hay que hacer lo contrario de lo que pide siempre que consigamos convencerle de su error.

- Estoy mareado

- Respira tranquilo. Deja aire para los demás. No lo necesitas. Tienes de sobra. Lo que necesitas no es oxígeno sino anhídrido carbónico. Respira en esta bolsa. No pasa nada...

Otra opción es la de ejecutar el programa y salir corriendo. La actividad física da sentido al programa. Se genera anhídrido carbónico y uno se encuentra mejor. También sucede cuando el cerebro activa el programa "come" y obedecemos. Se encuentra uno mejor pero probablemente sobran kilos y habría que desobedecer... por razones de peso.

Los recursos biológicos para sobrevivir evolucionaron en condiciones de amenaza real. Vivimos en entornos civilizados, seguros, pero el cerebro sigue respondiendo a las evaluaciones de peligro como si anduvieran cerca leones o manadas de sapiens competidores. Puede activar el programa cuando resulta más inoportuno, en una cafetería, en la Iglesia, justo cuando nuestro objetivo nos obliga a estar quietos. 


No se está cómodo somáticamente cuando entre el cerebro y el individuo no hay coherencia de propósitos. Si uno quiere estar quieto y el cerebro pide huida no hay modo de encontrarse bien, asintomático.

La incoherencia cerebro-individuo o cerebro-realidad produce síntomas, síndromes. Luego vienen los profesionales a rematar las incoherencias poniendo etiquetas, juicios y remedios... 

Proteja la racionalidad. No se deje llevar siempre por lo que el cuerpo le pide...

No respire nunca hondo si no hay leones cerca...   

miércoles, 12 de enero de 2011

La casa misteriosa del cuerpo



La posición corporal en el campo gravitatorio y el movimiento en un entorno con otros objetos potencialmente móviles, genera un complejo flujo de señales sensoriales: visuales (flujo óptico), vestibulares (sensores de aceleración y gravitatorios), articulares (presión), musculares (estiramiento). Las señales útiles fluyen junto al llamado ruido: estímulos sin carga informativa. El cerebro debe procesar señales y ruido y construir una estrategia de programas motores que promueva la navegación con éxito y sin riesgo.

El mundo que habitamos es bastante predecible y simplificado: suelo liso, edificios rectos con habitáculos cúbicos. La navegación tiene poco riesgo de caída. El cerebro debiera organizar una programación tranquila, confiada ya que el entorno seguirá siendo liso, predecible, cuadriculado.

La incertidumbre no proviene del comportamiento del entorno: el suelo seguirá siendo liso, los edificios estables, cúbicos... Se nos cuela la incertidumbre interna: si todo está correcto para garantizar el éxito de la navegación. 

Cuando nos incorporamos en la cama para levantarnos puede haber un error perceptivo cerebral al pasar de un período nocturno en horizontal e inducir un giro para ponernos de pie. Existe inercia interpretativa y tras estar quieto y horizontal e incorporarnos puede que el cerebro dé por sentado que seguimos horizontales y que las señales producidas provienen de que el mundo ha girado en ese momento. 

Si estamos un rato viendo caer el agua de una cascada y giramos la vista hacia la orilla veremos a esta moverse en dirección contraria a la del agua (vértigo).

Las escaleras mecánicas habitualmente están moviéndose. Al entrar en la cinta el cerebro organiza un programa de reseteo al pasar del suelo firme, inmóvil a otro en movimiento. No importa que la escalera esté parada, averiada. Al entrar en una escalera mecánica averiada, el cerebro hará el gesto de adaptación por mucho que sepamos que aquello es una escalera fija. Sentiremos un cierto titubeo, un "mareo".

Si hay un estado de alerta de equilibrio bastará con que entremos en un habitáculo con una pared oblicua para que el cerebro, acostumbrado a entornos cúbicos, tenga también un titubeo inicial.

- ¿Qué te pasa?

- No sé. Me ha dado un mareo...

- Tienes mala cara...

En situaciones de alerta, cualquier mínima incidencia novedosa en el entorno puede generar ese titubeo. El individuo experimentará "mareo". Si pudiera interpretar correctamente el efecto del techo oblicuo en un estado de alerta el titubeo no iría a más...

Un giro de la cabeza tras ir navegando con la mirada recta puede provocar también una incertidumbre inicial (mareo). Al percibir el mareo surge la autopregunta del origen... El individuo poco podrá hacer. Pensará en las cervicales, en "algo tengo que tener..." pero no interpretará que es simple efecto de la inercia interpretativa.

Recuerdo una aburrida "atracción de feria" llamada "la casa misteriosa". Entrabas alerta y, al cabo de un rato, notabas mareo y que la casa se movía... ¿Qué pasaba? Era una casa visualmente normal pero con el suelo ligeramente desnivelado. El cerebro no sabe interpretar esas casas y la única explicación es que la casa tiene elementos móviles. El mareo-vértigo de la casa misteriosa se cura eliminando el misterio o entrando varias veces. El cerebro sabe que no hay incertidumbre interna y resuelve rápido el problema.

Al cuerpo misterioso no es tan sencillo encontrarle el truco. El cerebro valora aquello que le han enseñado a valorar e interpreta que los mareos provienen de alguna perturbación interna y mantiene, sensibilizado, el estado de alerta.

- No se preocupe. Es una casa segura. No se mueve. Tiene el suelo con una leve cuesta. Al principio notará algo raro pero enseguida se adaptará. No hay misterio. No pague por entrar ahí...
.......................

- Tiene baja la tensión, las cervicales, el riego, "no sé", "no tiene nada"...

El cuerpo misterioso...


martes, 11 de enero de 2011

Mareo "inespecífico"

ó


Cuando las cosas no están claras viene siempre bien disponer de una etiqueta que precinte el espacio de la ignorancia. El tema del mareo crónico o recidivante es confuso, tanto para el paciente como para el profesional. 

- ¿Por qué me mareo?

El profesional tiene a mano orígenes tópicos (cervicales, nervios, riegos, oído). Comienza la peregrinación por las consultas de especialistas para descartar problemas tópicos: 

- Del oído no es (ORL)

- El mareo no tiene nada que ver con las cervicales (Traumatología, Rehabilitación)

- El psicólogo me ha dicho que eso es orgánico y que no tengo ningún problema relevante de su competencia.

- Tome esto y a ver...

Cuando todo hace agua aparece la consulta al neurólogo. 

- No tiene nada. Es un mareo "inespecífico".

- ¿Y eso qué es?

- Los nervios...

Estar mareado es un problema serio. Es incómodo, extraño, preocupante, invalidante. El padeciente siente que su relato incomoda a todo el mundo. No le quieren.

Describir el síntoma no resulta fácil. 

- Es como estar flotando, sin estabilidad, como si uno no fuera dueño de sí mismo. Me siento inseguro, como si algo fuera a pasar. De repente noto como un flash que me produce un traspiés, un desplazamiento. La percepción del cuerpo es rara. A veces no me siento como si yo fuera yo... Me incomoda estar en grupo. Tengo necesidad de aislarme, coger respiro, recuperar el sosiego...

El padeciente no acaba de estar convencido de su explicación. Le gustaría dar con la descripción correcta para ser entendido y atendido pero todos los intentos son infructuosos.

Yo he padecido durante muchos años ese maldito mareo. Mi angustia oscilaba entre tener un tumor, un amago de trombosis o cualquier otro drama físico o, si se daba el caso de estar sano, ser un neura, un hipocondríaco, un somatizador, estar pagando las facturas de emociones mal gestionadas...

Afortunadamente cayó en mis manos un artículo sobre el llamado "síndrome de hiperventilación crónica". Hace ya muchos años... más de 30... El artículo fue mi tabla de salvación. Explicaba, a través de patrones de respiración excesiva, la aparición de síntomas físicos, especialmente el mareo... Mi problema era que tenía un patrón de hiperventilación. Anduve tiempo haciendo ejercicios de respiración abdominal. Si me venía el mareo, metía la cabeza en una bolsa de plástico... Intuía que todo aquello provenía de un estado hipervigilante y empecé a construir preguntas y buscar respuestas... y soluciones. Aquello me abrió la puerta al estudio y comprensión del cerebro y su papel en la percepción somática en estados de alerta. Dejé de lado el bastón de la hiperventilación y las bolsas de plástico.

Actualmente sigo mareándome de cuando en cuando pero son amagos generalmente. Hago el corte de mangas al cerebro, me concentro en la tarea y al rato compruebo que ya no estoy mareado o ni siquiera soy consciente de que ya se ha pasado.

Hay en todo este mundo de los síntomas en ausencia de enfermedad una cuestión fundamental: la percepción somática. 

Pruebe a hacer esta sencilla pregunta a un profesional: 

- Doctor, ¿qué es una percepción?

Yo la he hecho y es evidente que no voy a obtener una respuesta pues ni siquiera se entiende la pregunta... pero es fundamental. 

Como intentaba explicar ayer el cerebro construye la percepción del cuerpo en el campo gravitatorio y a través de esa percepción proyecta su interpretación de cómo evalúa las certezas e incertidumbres sobre caídas, por múltiples posibles orígenes. A través del mareo, el cerebro consigue secuestrar la atención del individuo hacia su cuerpo, conductas de evitación de movimientos bruscos, giros, flexiones... El cerebro quiere al individuo quieto, a poder ser sentado o tumbado... Eso tiene sentido cuando el espacio se mueve con peligro de pérdida de equilibrio pero es absurdo cuando el entorno está razonablemente estable y los circuitos del equilibrio están indemmes.

Es absurdo que el cerebro mantenga las alarmas de todo tipo cuando no están justificadas.

- Creo que le entiendo, doctor... pero ¿qué hago?

- ¿Qué haría usted si tuviera mareo en un balcón?

- Probablemente evitaría el balcón...

- Eso es lo que su cerebro prefiere... pero es un error. Sería preferible proyectar la convicción de que no se va a caer ni se va a tirar y observar la calle si hay algo interesante...

- Imposible, me mareo... Prefiero evitar los balcones. ¿No me puede dar algo...?

- No 

lunes, 10 de enero de 2011

Percepción del movimiento


Aristóteles describió cinco sentidos (tacto, vista, oído, olfato, gusto). Ahí nos hemos quedado. Algunos han hablado de un confuso sexto sentido, aquél que nos permite detectar sucesos a base de corazonadas, intuiciones.

Realmente no tiene mucho sentido hablar de los sentidos. La realidad produce múltiples variables que pueden ser detectadas por sensores específicos. Los seres vivos disponen de una gama variable de ellos. Con los datos que obtienen y con su procesamiento memorizado consiguen hacerse con una idea de lo que sucede fuera y dentro.

Algo que existe ahí fuera y dentro es movimiento y la fuerza de la gravedad. Los objetos y los sujetos nos movemos en un campo gravitatorio. Nada permanece inmóvil. Los ojos no cesan de bailar en las órbitas por más que creamos tener la mirada fija, la cabeza, cuello, tronco... todas las articulaciones se mueven incesantemente. Los objetos externos también pueden moverse.

El movimiento propio y ajeno y su interacción genera una amplia gama de estímulos. La luz reflejada sobre los objetos estimula la retina generando información sobre su movimiento relativo al de la posición de los ojos (flujo óptico). Si miro hacia la derecha, el mundo se desplaza a la izquierda en la retina. Cada giro de la cabeza (aisladamente o como parte de todo el cuerpo) activa unos sensores de aceleración angular colocados en el oído interno, cada uno en una de las tres dimensiones euclidianas. Los desplazamientos lineales (atrás-adelante, arriba-abajo) son detectados por otras estructuras alojadas también en el oido interno. Cada músculo estirado por la gravedad o por el movimiento activa sensores de estiramiento que permiten conocer los desplazamientos y posiciones del cuerpo. Todo el organismo dispone de detectores de presión con una amplia gama de sensibilidad y habituación.

En definitiva, la red neuronal dispone de información compleja y confusa sobre lo que se mueve y está quieto y aprende con el tiempo a hacerse una idea probabilística sobre la que construye programas motores que nos permiten levantarnos, andar, girar, saltar, dar piruetas, coger objetos móviles, adivinar su posición en el espacio-tiempo... todo ello procurando el éxito en los propósitos y sin lesiones.

El individuo recibe una percepción estable de esa realidad espacial, propia y ajena, aun cuando no sea así. El cerebro nos engaña una vez más... por nuestro bien, para facilitar una navegación exitosa y segura.

Lo deseable es percibir la realidad de forma transparente, inexistente. Conseguir los objetivos sin ser conscientes de todas las variables móviles (visuales, mecánicas) que se producen en el intento. Girar la cabeza, incorporarnos y seguir percibiendo estables el mundo y nuestro cuerpo. Estar quietos de pie y sentir estabilidad a pesar de los miles de minidesplazamientos que se producen por segundo en ojos, cabeza, cuello...

El cerebro construye una hipótesis anticipada de las consecuencias sensoriales de las acciones programadas. Si hay giro visual a la derecha el mundo gira a la izquierda, etc. Si lo anticipado coincide con lo que sucede filtra los estímulos y nos proyecta estabilidad. Si hay alguna variable imprevista, interna o externa, hay un momento de duda. Centra la atención, analiza los nuevos datos y resetea todo el proceso.

En ocasiones la interpretación del movimiento es errónea. Nos levantamos en un espacio estable (la cama en la habitación) y el cerebro interpreta que se ha movido la habitación (vértigo). Arranca el tren que tenemos al lado y el cerebro proyecta el movimiento al nuestro, aun cuando esté parado (vértigo).

El movimiento genera siempre flujos de estímulos, ruido y señales. El cerebro filtra lo irrelevante, al igual que lo hace con la percepción visual, sonora, tactil, olfatoria... y ello nos permite centrar la atención en una conversación y no en el ruido ambiente.

Existe el "sentido del movimiento". Genera constantemente estímulos internos y externos. Hay estímulos irrelevantes y relevantes. El cerebro selecciona las relevancias. Existen relevancias reales y relevancias teóricas, posibles pero no probables. Podemos caernos, perder el conocimiento, tener infartos, enfermar, morir... Muchas veces percibimos mareo, inestabilidad, sensación de estar flotando, fuera de la realidad. A veces al movernos. Otras al estar quietos. Ello nos obliga a no movernos o, lo contrario, huir, evitar el escenario de ese momento.

El mareo es objeto frecuente de consulta. Excepcionalmente es debido a enfermedad. Generalmente corresponde a un estado de incertidumbre cerebral sobre lo que pudiera suceder... Es una alerta sobre consecuencias negativas generadas en un campo gravitatorio al movernos o pensar hacerlo...

Las explicaciones sobre el mareo son más complicadas que las del dolor. Habitualmente los ciudadanos están instruidos a pensar que el mareo se produce por el oído, las cervicales, la tensión baja, el riego, los nervios... Nadie les ha hablado de neuronas, del "sentido del movimiento".

- ¿Por qué me mareo?

Un médico de mi pueblo estaba siendo acosado insistentemente por esa temida pregunta por una paciente... Era por los sesenta...

- ¿Ve usted el telediario?

- Sí

- ¿Ve usted la tierra girando?

- Sí

- Bien... pues algunos se marean...

La desafortunada respuesta desenmascara la incapacidad para construir explicaciones breves, sencillas, correctas, sobre el mareo.

Me temo que haya liado más la cuestión con la entrada de hoy. Quédese con la idea de que el mareo, generalmente, indica un estado de alerta innecesario, sensible, sobre todo lo que sucede o puede suceder, referido a que nos movemos en un campo gravitatorio.

¿Qué podemos hacer?

Saber que es así, proyectar seguridad sobre nuestro cuerpo y centrarnos en el objetivo como personas desatendiendo las incertidumbres como organismo, estemos quietos o moviéndonos. 

jueves, 25 de junio de 2009

Cervicales







La función del cuello es facilitar que los ojos palpen a distancia los objetos. Los ojos se mueven con libertad y precisión en el interior de las órbitas pero necesitamos ampliar el campo de observación con el movimiento de la cabeza sobre el cuello y el de las propias vértebras cervicales entre sí.


A veces los objetos de interés están quietos y el sistema ojos-cabeza-cuello debe ofrecer estabilidad y fijeza, y otras se mueven rápida e irregularmente exigiendo al conjunto ajustes vivos y precisos para no perder detalle.


Somos una especie visual y damos por supuesto que la evolución habrá ido seleccionando aquellos individuos que, al menos durante su época fértil, hayan demostrado una habilidad suficiente para leer adecuadamente con los ojos el mundo (incluyendo a sus congéneres). Ello exige, además, una capacidad de la estructura cráneo-cervical para soportar el estrés de la exploración visual continuada. La cabeza no pesa gran cosa, apenas 2 kilos, por lo que las vértebras cervicales no tienen que soportar una carga excesiva. No parece, por tanto, que la evolución hubiera de tener demasiados problemas para conseguir el objetivo del seguimiento visual sin poner en peligro la integridad de las vértebras del cuello.


No sabemos nada sobre quejas cervicales de Homo sapiens (ma non troppo) hasta que se descubrieron los rayos X. Suponemos que nuestros antepasados también se mareaban y sufrían dolor en cuello y cogote pero probablemente no culpaban a su columna. Cuando pudimos "echar los rayos" al interior, todas las sospechas empezaron a recaer sobre la columna. Las radiografías afloraron columnas torcidas, rectificadas, desgastadas, deformadas y decalcificadas. El cuello se mostró como el peor enemigo de la cabeza (y de los ojos). No sólo había perdido movilidad sino que estrangulaba las arterias que ascendían hacia el cerebro comprometiendo su "riego".


El cuello, fiel aliado de ojos y cabeza durante millones de años de lucha por la supervivencia, se ha convertido en una zona vulnerable, frágil, deformada, avejentada prematuramente, que ya no sirve para mirar ávidamente y con precisión el mundo.


Al parecer, no hay muchos motivos para sentirse orgullosos de nuestra cervicalidad actual. Apenas podemos mirar al cielo ni girar la cabeza por el mareo. Con el movimiento nuestras deformadas vértebras comprimen las delicadas arterias que atraviesan complicados desfiladeros y las neuronas no pueden trabajar porque no les llega "riego". Los discos están herniados, los nervios pinzados y los músculos contraídos por el apretón del estrés.


El "ejército de salvación cervical" se ha puesto en marcha: fisios, osteópatas, quiroprácticos, masajistas, energizadores, acupunturistas, homeópatas, fármacoterapeutas, herboristeros, maestros de yoga, gurus, curanderos... todos ellos hablan de "las cervicales", de su lamentable estado y de la bondad de sus remedios.


- Tengo cervicales...


- Todo el mundo las tiene. Sin ellas no podríamos observar adecuadamente el mundo. Forman parte del aparato visual.


- Bueno, no sé a qué se refiere. Me duelen las cervicales y me mareo. Me han explicado que tengo mucho desgaste y que la sangre no llega bien a la cabeza.


........................................................


El cerebro está hecho un lío con lo de "las cervicales". Ya no se atreve a mirar, a palpar el mundo. Ha renunciado a activar el exquisito juego de movimientos de cabeza-cuello, sus infinitas combinaciones perfectamente ajustadas al movimiento de objetos y ojos y ahora mira con temor con el rabillo del ojo o girando todo el cuerpo sobre la pelvis. Mantiene el programa de alerta con la contracción preventiva de los músculos del cuello, con el umbral de dolor bajo, con la incertidumbre de la caída in mente...Toda previsión es poca.


El Homo sapiens (ma non troppo) moderno tiene su tendón de Aquiles en el cuello. Quién lo iba a decir...



No hay que alarmarse. ¡Siempre nos quedarán los collarines!

sábado, 6 de junio de 2009

A vueltas con el mareo



Estamos acostumbrados a percibir el mundo (incluído nuestro propio cuerpo como parte de ese mundo) como algo estable, ordenado, con sus objetos bien diferenciados, algunos quietos y otros moviéndose, a una distancia y movilidad controlada (en velocidad y dirección). 

Podemos navegar por una calle muy poblada por ciudadanos que se desplazan con prisa sin que colisionemos con ellos. Sutilmente anticipamos la intención de la dirección del otro y hacemos una leve corrección en dirección contraria. El otro, a su vez, capta nuestra intención y refuerza su decisión previa de desviarse de forma correcta, complementaria. 

En raras ocasiones aparece el extraño fenómeno de elegir la corrección en la dirección equivocada amplificando el error: "uno mismo" y "el otro a esquivar" nos empeñamos en actuar en espejo, provocando una situación cómica potencialmente irresoluble, con un desplazamiento erróneo in crescendo.

Cada vez que movemos los ojos, el cuerpo o la cabeza, se provoca un desplazamiento del mundo en la retina en dirección contraria y se activa un reflejo ocular que arrastra los ojos en la misma dirección. La vista y los receptores de aceleración y gravedad del oído aportan datos a diversos centros neuronales que permiten, junto a los registros de memoria de movimientos previos en esos mismos entornos, construir una hipótesis probabilística de dónde está nuestro cuerpo en el espacio, con una garantía aceptable de no caída. 

Todo este barullo de procesos se realiza sin que nosotros tengamos ninguna constancia. No sentimos nada mientras navegamos por el mundo (habitación, renglones de un libro, calle, supermercado...) hasta que un mal día percibimos una extraña, confusa y preocupante sensación de falta de garantía de estabilidad. Sentimos mareo.

El mareo expresa la incertidumbre cerebral respecto a las garantías de estabilidad. El cerebro no las tiene todas consigo. No es necesario que suceda nada. Es como un presagio, un pálpito, una corazonada (bueno, una cerebrada), un mal augurio. 

El cerebro nos mezcla el pasado, presente y futuro y nos lo presenta como si sólo existiera el momento actual. Con su extraordinaria capacidad de simular la realidad nos hace creer que está sucediendo, o está a punto de hacerlo, lo que él construye como posibilidad-probabilidad temida. 

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             - ¡Bájate de ahí que te vas a caer y te vas a matar! ¡Agárrate bien! ¡Mira bien dónde pisas! 

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Los angustiados padres observan preocupados a sus niños y desearían, a veces, que se estuvieran quietos para poder recuperar ellos el sosiego. Si dispusieran de un mando a distancia que indujera en el niño la sensación de mareo, apretarían el botón: 

......................................................

               - ¿Qué te pasa? ¿Por qué no sigues jugando?

               - Estoy mareado. No sé qué me pasa... 

               - Siéntate un poco y descansa...

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Si la preocupación procede del cerebro de la criatura el diálogo sería algo distinto:

               - ¿Qué te pasa? 

               - No sé. Estoy mareado

               - Tienes mala cara... ¡Vamos a urgencias!

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Es muy raro que detrás del mareo haya un cerebro lesionado. Generalmente sólo hay un cerebro preocupado, inseguro... alarmado

El paciente con mareo acude a buscar explicaciones y soluciones donde su médico de cabecera. No es fácil explicar y solucionar en unos pocos minutos el tema del mareo. Habitualmente no se da una explicación, probablemente porque no se dispone de ella, y se soluciona el espinoso tema de "la solución" con un producto imprescindible (para el médico y para el paciente): Dogmatil. Es el equivalente a la aspirina en el dolor. 

Afortunadamente, dispongo de tiempo y (eso creo) de respuestas sobre el origen del mareo. Con calma, intento explicar el complejo tema de la percepción, la integración de datos sensoriales con los archivos cerebrales, el cálculo de probabilidades, el alarmismo cerebral... 

La cara del paciente expresa un cúmulo de vivencias, comprensibles pero desesperantes. Muchas veces estoy tentado a cambiar de actitud y dejarme de complicaciones pedagógicas...

             - No se preocupe. Son los nervios, quizás el oído, o, a lo mejor, las cervicales. No, no creo que tenga nada en la cabeza. Va a tomar Dogmatil... Le pido unas placas del cuello y consulta al Otorrino. 

             - El Dogmatil no me hace nada. Ya me lo dió el médico de cabecera y el Otorrino me ha dicho que no es del oído...

...................................................

Las veces que se ha tambaleado mi vocación de neurólogo probablemente ha sido cuando he comprobado mi icompetencia y/o impotencia para conseguir contentar a los pacientes con mareo.

        - No deje que el mundo le dé vueltas; dé usted vueltas por el mundo... En libertad, sin cargos... Está usted sano. 

        - No me convence. Pediré una segunda opinión...  

lunes, 18 de mayo de 2009

"Algunos... se marean"








Probablemente el mareo sea el síntoma que más preocupa, incomoda, invalida y desconcierta. Ya de entrada, es complicado describirlo.

        - No sé cómo explicárselo...es como si... no sé... me hubiera tomado unas copas... como estar flotando... la cabeza como hueca. Me hablan y no me entero. Es como si no fuera yo. Oigo a los demás y mi propia voz como en una nube. Me falta control. De repente me da como una sacudida breve interior, como una descarga que fuera a lanzarme, como si fuera a fulminarme. Tengo ganas de que todos se vayan y tratar de encontrar la calma. Necesito hacer una respiración honda. Parece que no acaba de entrar el aire hasta el fondo de los pulmones... Es la sensación constante de que algo pudiera ocurrir en cualquier momento... aunque sólo se producen amagos. Es algo muy raro.

       -  Si fuera neurólogo como yo, no le parecería tan raro. Todos los días acude algún paciente que relata lo mismo que usted. No se preocupe. Me hago cargo de lo que siente. Por si le sirve de consuelo yo mismo tuve ese problema hace años. 

       - Me han hecho análisis, me ha visto el Otorrino, "el de trauma", me han dado pastillas para los nervios, Dogmatil, relajantes musculares... pero sigo igual. ¿Dice que también tuvo usted esto? ¿Y...se le quitó? ¿Cómo lo consiguió?

       - Cuando entendí lo que pasaba se fué disolviendo ello sólo. Lo único que tenía que hacer era recordarme de vez en cuando que no sucedía nada, que era el pelma de mi cerebro el que me creaba problemas con sus ambigüedades e incertidumbres. Hay que ocuparse del cerebro de uno: mantenerlo tranquilo, en la banda de sensatez. De otro modo coge miedo a todo y nos hace la vida imposible. Lleva la irracionalidad en los genes: nacido para atemorizarse... y atemorizarle. Puede ser peor que unos padres ansiosos que no dejan moverse a sus pobres hijos. 

        - O sea que usted también piensa que es psicológico...

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La percepción es la función estrella de nuestro cerebro. Utilizando los garabatos de realidad que le facilitan los sentidos, tiene que interpretar el mundo externo. Si no fuera por el cálculo de probabilidades, la habilidad fundamental de la red neuronal, no entenderíamos nada de lo que nos rodea. El cerebro utiliza la memoria de lo vivido para dar significado a lo que los sentidos le van proponiendo. 

Vemos un mundo organizado, con objetos bien diferenciados, con forma y color constante, con movimiento suave, uniforme. Identificamos y localizamos todo lo cotidiano. Tomamos la medida a lo que está al alcance de la mano y lo cogemos con precisión. Sentimos el cuerpo estable, a pesar del movimiento continuo de los objetos, de nuestra cabeza, ojos y columna. 

El interior está ausente. No oimos, vemos, palpamos ni (afortunadamente) degustamos u olemos vísceras, ácidos, bilis ni puré intestinal. Damos por supuesto que el corazón se contraerá con los latidos necesarios y suficientes, que la presión será también la necesaria y suficiente... que todo, en definitiva, tendrá comedimiento y economía y que no se producirán fallos inesperados. Queremos certeza para desatender la máquina. Le pedimos lo mismo que a nuestro coche. La incertidumbre amarga el viaje.  

El mareo es la expresión de la incertidumbre cerebral: ¿me caeré? ¿Se parará el corazón? ¿Tendré un infarto? ¿Una embolia? ¿Perderé el control de mis acciones? ¿Estaré enfermo? ¿Esclerosis múltiple?... 

            - Doctor y esto del mareo... ¿por qué viene...?


            - Había un doctor en mi pueblo al que una señora le hizo la misma pregunta. Ante la falta de explicaciones biológicas le propuso una algo extraña: 


          - ¿Sabe que la tierra da vueltas, no?

          - Sí, por supuesto...

          - Pues... algunos se marean

                                                  

                                                            (Continuará, esta vez en serio) 

sábado, 16 de mayo de 2009

El sentido del equilibrio no existe




Durante muchos años he ejercido la Neurología como mandan los cánones, con el soporte de las ideas sencillas de una red neuronal comprensible y lógica, recibida en la Facultad y extendida a través de libros de texto y revistas. Nada perturbaba la aparente solidez de mi conocimiento.


Hay dos quejas-síntoma que acaparan más del 50% de las consultas neurológicas: la cefalea (dolor de cabeza) y el mareo (mareo). Un neurólogo es un profesional obligado a atender, con o sin ganas, cefalea y mareos. Mi obligación era conocer bien las causas y remedios de los dos problemas.


Para explicar el origen del dolor tenía que familiarizarme con el sentido del dolor, sus receptores, las vías de transmisión y el centro de proyección a la consciencia. Había unas pocas moléculas (prostaglandinas) implicadas en el proceso de generación y tráfico de señal dolorosa y para conseguir el alivio no había más que interferir con química (antiprostagalandinas) o bisturí la transmisión de la señal por las vías de comunicación (véase las neuronas del dolor).


No sin esfuerzo descubrí (en otros textos y revistas) que no existía el socorrido sentido del dolor y que, en su lugar, la evolución había tejido una complicada red de sensores, vías y centros en torno a la necrosis, la muerte violenta celular: el sentido del daño necrótico .


Cambié el chip del sentido del dolor por el del daño y como efecto emergente pasé de recetar a instruir.


Quedaba pendiente el tema del mareo. El sentido del equilibrio era más complicado. El oído interno se resistía a dejarse entender y el marco de competencia no quedaba claro entre Otorrinos y Neurólogos. Los pacientes con mareo y vértigos iban y venían de unos a otros, daban vueltas, haciendo honor a su problema.


Hace unos pocos años cayó en mis manos un libro de Alain Berthoz: El sentido cerebral del movimiento. Alain Berthoz es Ingeniero de Minas, Psicólogo, doctor en Ciencias Naturales e investigador de prestigio en Biorobótica, es decir, en Percepción y Acción.


Como ingeniero dedicado a diseñar robots con pretensión de moverse por el mundo sin caerse e interactuar con sus objetos, conoce perfectamente la complejidad del objetivo de conseguir equilibrio.


Cuando eclosionó la inteligencia artificial, se propuso el ambicioso objetivo de derrotar al campeón de turno de ajedrez. La victoria marcaría la superación de la inteligencia humana por la del robot. La máquina estática pensante consiguió su objetivo sin demasiadas dificultades. Mientras tanto, lo que parecía un objetivo menor: diseñar robots móviles que percibieran el mundo con cámaras, sensores mecánicos de colisión, micrófonos y demás y activaran motorcitos para desplazarse, se mostró desde el primer intento como un propósito de una extraordinaria complejidad.


El libro de Alain Berthoz del sentido cerebral del movimiento borró de mi mente la idea simple, luego falsa, del sentido del equilibrio y puso en su lugar la más ajustada a la ingeniería del robot biológico humano: la del sentido del movimiento.


Los sensores de equilibrio no existen. En su lugar hay sensores de movimiento: están repartidos por oido interno (donde detectan aceleración angular, vertical y horizontal y la fuerza de la gravedad), articulaciones e inserciones tendinosas, en el interior de los músculos (sensores de estiramiento), en piel y fascias y en la retina (flujo óptico).


Todos estos sensores informan del movimiento y posición de cada uno de los segmentos corporales (extremidades, raquis, cabeza, cuello, ojos) y de los objetos externos pero no basta para garantizar la estabilidad corporal (que el centro de gravedad caiga sobre la base de sustentación). Se precisa anticipar las consecuencias de cada paso, de cada giro, de cada mirada... El cerebro memoriza todo lo que se mueve y aprende a predecir. Andamos, saltamos y le damos a la pelota en el momento justo gracias a la memoria.


El sentido del movimiento tiene como objetivo acercar el cuerpo a los objetos para optimizar la interacción con ellos a la vez que se garantiza la protección de los tejidos. El cerebro es el encargado de hacernos navegar por el mundo pero también se responsabiliza de que no nos caigamos... y nos rompamos, es decir, se necrosen células y tejidos.


La integridad corporal durante el movimiento está sometida a incertidumbre. El cerebro es hipocondríaco, ya lo sabemos, y una cuestión que le preocupa mucho es que perdamos el equilibrio. El mareo es el indicador de ese temor.


Como sucede con el dolor, que aparece frecuentemente en ausencia de daño, por predicción alarmista cerebral de necrosis potencial, al cerebro se le activa la función mareo, en ausencia de condiciones objetivas de imposibilidad de equilibrio (entorno móvil impredecible o insalvable, lesión aguda de sensores de movimiento) cuando predice, de forma alarmista, pérdida de equilibrio potencial, con resultado de caída y necrosis... por ejemplo, desde un balcón...