Se puede tener un cáncer y encontrarse bien o estar sometido a un sufrimiento e invalidez considerables sin que los médicos encuentren pruebas de enfermedad. La Medicina no ofrece respuestas aceptables para esta última situación y recurre arbitrariamente a negar la realidad del sufrimiento, haciendo aún más insufrible el calvario de los pacientes. Este blog intenta aportar desde el conocimiento de la red neuronal un poco de luz a este confuso apartado de la patología.

We may have cancer and feel good, or be submitted to substantial disability and suffering without doctors finding any evidence of disease. Medicine gives no acceptable answers to the last situation and arbitrarily appeals to denying the reality of suffering, making the calvary of patients even more unbearable. This blog tries to contribute with the knowledge of the neuronal network, giving a little light to this confusing section of pathology.

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sábado, 16 de enero de 2010

El dolor y la "cultura judeocristiana"




En los últimos meses un reputado y refutable neurocientífico español ha sostenido en los medios (Onda cero, TVE2) que el problema del dolor anida en la cultura judeocristiana. Según él dicha cultura promueve la aceptación del dolor y su sublimación. Un buen cristiano acepta el dolor como sustancia inevitable de esta vida y lo sobrelleva para ganarse la analgesia eterna en la otra.


El neurocientífico sostiene que con la morfina, hoy en día, solucionamos prácticamente todos los dolores y que sólo una absurda obstinación en no prescribirla o utilizarla explica el que haya tanto dolorido por el mundo... judeocristiano, supongo...


La realidad es que los padecientes de dolor crónico llevan sistemáticamente su parche de opiáceo y otros "parches" y, para su desgracia, el dolor sigue ahí, imperturbable.


Lo de la cultura judeocristiana y el dolor me parece una sinsorgada sin fundamento. El opiáceo no es útil en el dolor crónico, no porque no se prescriba (que sí se prescribe) sino porque la red neuronal se encuentra en un estado de "opiáceo, no gracias".


Cuando el cerebro decide activar la alerta nociceptiva (el miedo al suceso necrótico) reduce el chorro de opiáceos propios (endógenos) y suelta la colecistoquinina, la molécula "mala" que facilita la generación de dolor. Si aplicamos opiáceos desde fuera, como recomienda el neurocientífico, su eficacia será baja pues hay escasa disponibilidad de receptores, por la alerta. A medio plazo, el cerebro aumenta la colecistoquinina, como reacción a la llegada de opiáceo foráneo, defendiendo, obstinadamente, el estado de alerta (bajo en opiáceo y alto en colecistoquinina, sustancia P...).


Puede que la "cultura judeocristiana" influya en el buen estado de salud del dolor crónico, no por los remilgos que considera el neurocientífico sino por la idea de "tierra prometida", la solución exterior, la ayuda de algo o alguien investido de un poder especial, la omisciencia y omnipotencia de " la Medicina", la fe en el "con los adelantos de hoy en día", las falsas promesas, la autocomplacencia de la Curia Científica en sus remedios.


El "judeocristiano" se esfuerza en tener fe y esperanza en la caridad de los médicos del sistema cuando algo duele pero acaba entregándose a otros dioses de Medicinas Alternativas y Paganas (de pago).


El "judeocristiano" busca la solución en los sanadores y descuida a su cerebro, el corazón de cuanto le hace padecer.


Al "judeocristiano" dolorido crónicamente no le convence "lo del cerebro". Pide el remedio y que nos dejemos de palabrerías.


El "judeocristiano" está acostumbrado a pedir soluciones rezando. Por eso a veces entiende mal las explicaciones:


- Ya he pensado (pedido, rezado) para que no me duela, pero me sigue doliendo. Necesito una solución...


En realidad, el "judeocristiano" es un occidental acostumbrado a que haya de todo para todo en el Hiper de todas las vidas posibles. Puede que no le viniera mal un master de orientalismo pero me temo que el orientalismo está ya muy occidentalizado y se ha convertido en otro producto más de mercado que ofrece la redención del dolor hurgando en meridianos energéticos y en la profundidad de la nada.


El cerebro nos duele, en contra de lo que afirma el neurocientífico de que el cerebro no duele. Nos duele, en el sentido de que nos activa el dolor aunque las neuronas que nos duelen no lo sientan.


El verbo doler está erróneamente catalogado como intransitivo. El dolor transita desde el cerebro a la conciencia. No aparece allí donde lo sentimos. Es el producto de una acción cerebral dirigida al sujeto consciente, para alertarlo y atenazarlo e incitarle a la búsqueda del remedio... "judeocristiano".


Al "judeocristiano" le gusta la buena vida aquí y ahora y por eso pide soluciones aquí y ahora.


El problema es que el opiáceo no es mas que un parche... que, desgraciadamente no sirve para librarle de estar en el infierno... en esta vida y que, según su cultura, puede llevarle a la condenación en la otra por no aceptar de buen grado el sufrimiento... y buscar y consumir... droga.

lunes, 15 de junio de 2009

Copia eferente


Desde los primeros movimientos fetales la red neuronal registra los efectos producidos por las acciones propias. Cada acción decidida genera un flujo de estímulos provenientes de la amplia gama de sensores externos e internos. Estos estímulos son contabilizados como consecuencia de acciones propias y si son tolerados tras demostrar su inocuidad van siendo filtrados. No afloran a la conciencia.


Cuando corremos, saltamos, andamos o permanecemos estáticos, los sensores mecánicos de músculos, inserciones tendinosas y articulaciones son estimulados y envían sus señales a los centros sensitivos. Estos centros ya han sido notificados de la llegada próxima de esos estímulos pues a fuerza de repetirse la acción en curso la red puede predecir la consecuencia de las acciones que decide. Las programaciones motoras se elaboran contabilizando cuidadosamente los costos y beneficios de cada movimiento, en función de objetivos y contextos, evitándose (salvo en situaciones de lucha-huída) las acciones que producen daño necrótico.


Cada orden a los músculos lleva una copia que se dirige a los centros de recepción sensorial. En esa copia se informa de lo que se ha ordenado y los centros sensoriales pueden prever lo que va a suceder como consecuencia de la ejecución. Esa copia de la orden se denomina "copia eferente" (copia de salida) y es fundamental para organizar el trabajo de la red.


Cuando movemos los ojos el mundo se desplaza en la retina en dirección contraria. El cerebro sabe que se ha dado la orden a los músculos oculares para que miren a la izquierda y que por tanto el mundo va a desplazarse visualmente a la derecha. Ello permite filtrar los estímulos retinianos y así, cada vez que movemos los ojos, el entorno permanece estable. Si desplazamos un ojo con nuestros dedos podemos comprobar que los objetos, al no existir una orden a los músculos oculares, se desplazan.


La copia eferente permite construir la función de agencia, la convicción de pertenencia y propiedad de nuestro pensamiento, percepciones, emociones y acciones. Permite segregar los sucesos cotidianos y tolerados del organismo propio de aquello que sucede por obra de fuerzas y voluntades ajenas o no decididas.


Algo similar sucede con el Sistema Inmune: decide en cada momento qué antígenos (señas de identidad) pertenecen a individuos celulares tolerados (sean de casa o foráneos) una vez que les ha tomado la medida y ha validado su inocuidad. No se trata de clasificar y diferenciar únicamente lo propio y lo ajeno sino, sobre todo, garantizar la seguridad. Lo de casa puede ser peligroso (cáncer) y lo de fuera benefactor (síntesis de vitaminas p.ej.).


La copia eferente, por tanto, permite construir una idea de los límites de la acción del YO autorizado, inofensivo. Esta banda de autorización varía constantemente en función de los contextos y está influida, lógicamente, por el sistema de creencias, por expectativas y convicciones.


Una idea de organismo enfermo, desgastado, artrósico, con nervios pinzados, músculos contracturados etc activa un programa motor con una banda muy estrecha, con un umbral de dolor bajo, con los nociceptores "dormidos" en alerta, con la colecistoquinina convenientemente segregada y los opiáceos restringidos. La copia eferente, en este caso, sirve para activar el programa defensivo de protección de un aparato locomotor evaluado como vulnerable. Al contrario, una copia eferente de la intención motora, con un sello de autorización (tolerancia) por idea de organismo robusto, filtra los estímulos, con umbral alto de dolor, nociceptores "durmientes" dormidos, colecistoquinina en el depósito con el tapón puesto y los opiáceos convenientemente liberados para promover y gratificar el esfuerzo motor.


La copia eferente permisiva permite al grillo no oír su propio cri-cri, a la lombriz arrastrarse tranquilamente por la rugosa y áspera tierra y al esquizofrénico hacerse cosquillas a sí mismo.


La copia eferente restrictiva y alarmada impide desarrollar una actividad normal. En la fibromialgia el movimiento está desmotivado y penalizado por el cerebro. La copia eferente no filtra (tolera) sino que activa todas las alarmas, se vuelve intolerante. El YO se convierte así en el peor enemigo de uno mismo.


La cultura contribuye poderosamente a construir tolerancia e intolerancia, habituación y/o sensibilización no sólo en la esfera social sino en la individual. Al fin y al cabo un organismo no es sino una sociedad de células.

jueves, 4 de junio de 2009

El conmutador del dolor (neuronas ON y neuronas OFF)






El dolor es una percepción que forma parte de las respuestas defensivas frente a la destrucción violenta , consumada (daño necrótico) o inminente de los tejidos. Cuando la agresión proviene del exterior el dolor se asocia a una conducta de alejamiento. El daño interno, al contrario, promueve la quietud. 

Una reacción de huída exige una motricidad eficiente. El dolor, en ese contexto, sería un obstáculo y estaría bien disponer de un procedimiento analgésico eficaz que permitiera saltar y correr, a pesar de las heridas. 

El daño interno exige quietud para su reparación y estaría bien disponer de un medio de sensibilizar el dolor para obligar al individuo a respetar el reposo de la zona herida.

Estaría bien, en definitiva, que el cerebro pudiera poner y quitar el dolor a su antojo, en función de los contextos: quitarlo para huir del fuego o de un león o ponerlo mientras se suelda una fractura ósea. El cerebro debiera tener un conmutador que pusiera dolor (posición ON) y lo quitara (posición OFF). 

El conmutador que permite poner y quitar el dolor existe y está localizado en un núcleo del bulbo raquídeo. En él hay un grupo de neuronas (neuronas ON) que facilitan el dolor cuando se activan: cierran el chorro de opiáceos y abren el de colecistoquinina, y otro (neuronas OFF) que hacen justamente lo contrario: silencian la colecistoquinina y abren el "suero" de los opiáceos. Hay un tercer grupo de neuronas "neutrales" que no se sabe bien qué hacen.

El conmutador cerebral se activa de forma refleja ante los sucesos de peligro. No precisa de una autorización previa del cerebro reflexivo-evaluador. Si fuera así nos comería el león mientras se debate la conveniencia de huir. En ausencia de daño necrótico consumado o inminente, el cerebro maneja preventivamente el conmutador para quitar y poner el dolor. Cuando teme que pueda producirse un perjuicio interno activará las neuronas ON para forzar la quietud y cuando crea que el peligro ha pasado volverá a activar las neuronas OFF. 

Durante el sueño el cerebro activa la posición OFF, repone los opiáceos, para preservar el descanso y cuando ya nos va a despertar activa la posición contraria, la de las neuronas ON, siempre que lo considere necesario. Ello explica que a veces "nos despierte el dolor". No es que se haya producido una variación negativa interna que ha generado dolor sino que el cerebro ha apagado las neuronas OFF y ha encendido las ON.

              - ¿No me va a dar nada para el dolor, algo que, al menos, me permita moverme? 

              - Hable con su cerebro. Tiene un mando de poner y quitar dolor. 

              - O sea que, según usted, ¿basta con que le diga al dolor que se vaya para que me obedezca y se vaya?  

              - En absoluto. Lo que yo le he dicho es que hable con su cerebro. Convénzale de que no hay motivo para que haya activado las neuronas ON. Si le convence puede que le retire el dolor.

              - ¿Me quiere decir que las palabras quitan y ponen dolor?

              - No exactamente. Las palabras son vehículos de las ideas. Por sí mismas no hacen nada. Una botella de agua vacía no le quitará la sed sino todo lo contrario.

              - ¿Cómo le convenzo yo a mi cerebro que no quiero que me duela?

              - Expresar su disgusto por el dolor tampoco soluciona nada. Digamos que el cerebro sabe que está usted disgustado. Esa es precisamente la función del dolor: dis-gustar. 

              - ¿Entonces? 

              - Debe convencerle que no sucede nada, que es una falsa alarma, que sus huesos no se van a romper si se pone de pie, que no le bloquee las articulaciones, que no se va a pinzar ningún nervio, que no está enfermo ni desgastado, que no existe ninguna enfermedad misteriosa...

              - El médico me dijo que tenía artrosis, hernias de disco, pinzamientos y fibromialgia...

              - No me extraña que su cerebro le prohiba moverse...

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A los pacientes les gustaría tener el control del conmutador del bulbo raquídeo para manejar el dolor con un mando a distancia, como al televisor. No es una buena idea. Al cerebro no le gusta que le quiten el mando y reaccionaría: si le diéramos al OFF, rápidamente anularía la orden y pondría más ON y colecistoquinina... 


               - Hable con su cerebro, no le queda otra solución. Convénzale que no hay motivo para tener encendida todo el día la alarma del dolor, que está usted sana...

               - Yo algo tengo que tener. No es normal tanto dolor...

lunes, 25 de mayo de 2009

El cerebro no es su mayordomo





La propuesta de afrontar el problema del dolor (no asociado a daño necrótico) con pedagogía en vez de fármacos es vivida con una dosis variable de escepticismo. Los pacientes acuden a la consulta acuciados por un dolor que no responde a los calmantes habituales y esperan que el especialista saque de la chistera un recurso extra poderoso, definitivo. Dan por sentado que ese recurso, "con los adelantos de hoy en día", existe. 


         - YO así no puedo seguir, necesito una solución. Tengo un negocio que atender y no puedo pasarme el día entero en la cama. Deme algo que, al menos, me permita seguir con mi trabajo. 


          - Lo siento pero el problema del dolor no es tan sencillo. No se trata de una infección: yo le receto un antibiótico, usted se lo toma, matamos al perro y se acabó la rabia. Primero debe saber lo que sucede pues es fundamental su colaboración....


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En la primera consulta se trata de conseguir la comprensión y aceptación del planteamiento: 


           - El cerebro activa errónea y angustiadamente el programa defensivo de alerta frente a un daño potencial y, usted, sin ser consciente de ello, participa activa o pasivamente en su desarrollo. Debe aprender a actuar de la forma más racional posible. Usted es quien puede inyectar sensatez en las decisiones de sus neuronas. No se trata de un problema químico sino de creencias, expectativas, temores... Su cerebro ha apretado el botón de la alarma interior y eso quiere decir que ha activado la química del dolor (colecistoquinina) a la vez que ha apagado los analgésicos internos (opiáceos, serotonina...). La química que yo pueda facilitarle para neutralizar esa situación interior es muy débil pero si conseguimos calmar a su cerebro, este repondrá las moléculas de la calma y usted se sentirá bien. 


           - Por probar no se pierde nada...


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El ronroneo mental con el que salen los pacientes de la consulta es impredecible en cada caso pero determina probablemente el resultado. Hay pacientes que han captado perfectamente la situación. Lo han entendido y creído y toman las riendas. Interiorizan las ideas básicas, las comentan con los allegados y deciden, de forma resuelta, afrontar la próxima crisis con recursos psicológicos: imágenes, conceptos, decisiones, derivación de atención, es decir con calmantes psicológicos. 


Lo que para el paciente son recursos psicológicos produce profundos y decisivos cambios químicos en la red neuronal. La calma psicológica del paciente induce la calma química interna. Los calmantes químicos externos, los analgésicos, intentan imponer esa calma por la fuerza. Si lo consiguen no es debido a que han restablecido directamente el orden molecular sino porque han calmado psicológicamente al cerebro:


La calma psicológica del individuo induce la calma química interna y el calmante químico externo necesita generar la calma psicológica interna para ser eficaz

Las cosas no son lo que parecen. 


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          - Intenté hacer lo que me dijo. Me concentré en pensar que no me estaba doliendo. Me repetía incansablemente: "no me tiene que doler, no me tiene que doler..." pero al final me tuve que tomar el calmante. 


          - Si su cerebro le exigió tomar un calmante para calmarse él es que considera que su cabeza corría peligro y que era absolutamente necesario protegerla con el calmante. No tiene sentido. Imagine que usted quiere beber agua. Abre el grifo y comprueba que sale hirviendo ("duele"). Necesita hacer algo para que vuelva a salir, al menos, templada para poder beberla. Acude al especialista de temperaturas adecuadas de aguas y le receta unos pequeños comprimidos de hielo. Usted los añade al depósito y comprueba que, efectivamente, al cabo de un rato el agua empieza a salir algo menos caliente. El hielo ha calmado la temperatura del agua. En realidad su cerebro no quería que bebiera el agua: la consideraba peligrosa... y, por eso, la ha calentado. Para autorizar que se la beba ha exigido, al parecer, que usted le añada unos hielitos mágicos. Si no obedece aumentará la temperatura. Si, por fin, se aviene a sus extrañas razones y se toma los hielitos, le irá suministrando agua un poco menos caliente. El cerebro maneja el mando del agua fría-caliente según le parece.  


           - No acabo de entender. Me cuesta aceptar que exista otra persona dentro de la cabeza que toma decisiones según su criterio y que se empeñe en obligarme a tomarme un calmante para calmarse él. Es como si el patrón pidiera primero un poco de dinero al asalariado para proceder luego a darle el sueldo. Si no sucede nada, tal como afirma usted, tengo derecho a que no me duela. Exijo a mi cerebro que me deje en paz. Lo hice pero no me hizo caso, al parecer...


           - Tendría sus razones, sus temores... No es una cuestión de derechos ni de qué o quién manda. El cerebro es una red de memoria predictiva. Recuerda el pasado y lo integra con el presente y el futuro. No es una persona interior, irracional y obcecada. Usted es esa persona. Debe actuar racional y calmadamente. Si se angustia porque no ha tomado los calmantes no hay nada que hacer. 


            - No acaba de convencerme. Si el cerebro funciona así no veo cómo voy a conseguir lo que quiero. Necesito que el cerebro sea una persona interna pero a mi servicio. Como si fuera mi mayordomo... "Quiero beber agua. No me la traigas hirviendo como la otra vez..." 


            - Un cerebro a la carta para los asuntos internos sería un desastre. Afortunadamente el cerebro nunca será su mayordomo. Es más fácil que sea justo lo contrario... que usted sea el mayordomo de su cerebro...   

martes, 5 de mayo de 2009

Maniqueismo


Aunque se supone que el Maniqueismo desapareció definitivamente allá por el siglo XIII sigue persistiendo en nuestro tiempo su Espíritu con muy buenas trazas, manifestándose a través de la irreprimible tendencia a clasificar seres y cosas en buenas y malas. 

El dualismo no tiene remedio: lo anterior y lo posterior, arriba y abajo, luminoso y oscuro, caliente y frío y... por supuesto, lo bueno y lo malo. Aunque presumimos de estar impregnados por lo uno y su contrario ( el exitoso yin y yang) tendemos a atribuirnos una bondad sustancial como individuos y si algo no va bien recurrimos a señalar un algo ajeno que se ha colado a escondidas en nuestro cuerpo y condiciona nuestra inoperancia. 

Muchos pacientes son maniqueos, sin saberlo. Defienden la tesis de la intrusión de un algo malvado en su organismo, un algo responsable de su sufrimiento.

"Pues yo algo tengo que tener". "Usted sabrá, para eso es el médico". "Por lo menos déme algo para que no me duela, algo que me permita hacer una vida normal". 

Algo puede ser cualquier cosa. El espíritu maligno puede haberse instalado en las cervicales, la circulación, los nervios, el colesterol (el malo), descompensar la tensión arterial (hasta el extremo de conseguir que "la baja esté más alta que la alta"...), hacer que duelan los huesos (incluida la cabeza) y cosas aun más inverosímiles. 

"Tengo algo malo luego lo que hay que hacer es fácil: déme su contrario: algo bueno. Tengo un algo déme un an-alg-ésico (sin dolor)". 

Tampoco es tan complicado: Algo quiere decir dolor: lumbalgia, neuralgia. 

Ser médico es sencillo. Basta con identificar a unos pocos algos malos y recetar sus contrarios. 

En la migraña el Mal se ha colado en el Genoma. Los migrañosos vienen ya estigmatizados. El Defecto Original. 

Los Oyentes (según la terminología maniquea) deberán llevar una vida monacal, ascética, para purificar su organismo. Nada de chocolate, alcohol, tabaco, comida china, aguacates ni viajes. Sueño reglado, yoga, equilibrio, autocontrol. Ejercicio y sexo moderado. Dieta Mediterránea o mejor casi, vegetariana. Soja, mucha soja, acidos grasos omega 3, isoflavonas... nada de embutidos ni quesos curados. 

Sólo así, en contadas ocasiones, podrán alcanzar el estado puro, la ausencia de migraña. 

Mani, el fundador del Maniqueismo, allá por el siglo III, puede estar satisfecho. Su Espíritu se ha reencarnado en una Religión actualizada a los tiempos modernos: la Medicina del Bien y del Mal.     
La Medicina Maniquea Molecular se presenta disfrazada de Medicina Científica y señala las dianas de las acciones de los malos espíritus. Han vaciado los depósitos de las buenas moléculas y el mal: la inflamación, la sustancia P, la CGRP y la colecistoquinina se han hecho dueñas y señoras del tinglado interno. 

No hay que desesperarse. El futuro paradisíaco está cercano. Cuando descifremos el árbol de la vida, todo estará resuelto. Puede que volvamos a reeditar el Pecado Original, con lo de la manzana del árbol del conocimiento, pero ese es nuestro sino: tropezar en la misma piedra...

lunes, 4 de mayo de 2009

Ay!, me sube la colecistoquinina






Los estados cerebrales sufren vaivenes a golpe de chorretones de unas pocas moléculas que se producen en pequeños núcleos neuronales y se dispersan a lo largo y ancho de la red neuronal. Nuestros estados de ánimo y desánimo, motivación-desmotivación, placer-desagrado, rabia, angustia y demás se mueven al compás de estas pocas pero poderosas sustancias. 

Unas son más famosas que otras. ¿Quién no ha oido hablar de las endorfinas, serotonina y adrenalina? Quizás a algunos les suene la dopamina y (creciendo) los endocannabinoides pero dudo que les digan nada la acetilcolina y la oxitocina. 

Hay un empeño en clasificarlas como buenas y malas. Las endorfinas y la serotonina son las mejores, las deseables, las  "drogas de la felicidad". Si ha perdido la ilusión es porque su cerebro no fabrica suficiente serotonina. No se preocupe: podemos subirla. El cerebro no es mas que un órgano endocrino. Es como la glándula tiroidea. Si cae la producción de la hormona lo solucionamos desde fuera. 

¿Le falla la serotonina? Tenemos algo para usted...Prozac. 

La receta de la felicidad es sencilla: la polipíldora que tiene un poco de todas las moléculas buenas para uno mismo: serotonina, morfina, dopamina, adrenalina y un poco de oxitocina si se levanta con ganas de sentirse solidario. 

El escritor británico Aldous Huxley se adelantó en 1932 al tiempo actual con su novela Brave New World , Un Mundo Feliz, en la edición castellana. Sus personajes disponían de Soma, el comprimido mágico que neutralizaba cualquier disconfort físico o psicológico. 

No disponemos aún de la tecnología para fabricar Soma pero tenemos ya bastante instalado el espíritu para consumirlo cuando esté en el mercado. 

La OMS declaró el 8 de Octubre de 2004 el Día Internacional de la Lucha contra el Dolor y proclamó, de forma insensata, que más o menos, el que tiene dolor es porque alguien no hace lo que debe: el paciente o el profesional. 

Los pacientes con migraña acuden angustiados a la consulta a pedir la solución: "déme algo para que se me quite el dolor" y no entienden que no disponemos de ese poder. Tenemos medios de mitigarlo cuando hay una lesión detrás. Podemos ayudar a las moléculas buenas del organismo con un plus externo de morfina, serotonina y adrenalina pero cuando el dolor proviene de un error de valoración de peligro por parte del cerebro la cosa no funciona tan fácilmente. 

Al cerebro no le gusta que le marquen el camino y no consiente que le boicoteen desde fuera sus decisiones. Si introducimos desde fuera morfina (o un modesto analgésico-antiinflamatorio) para eliminar el dolor el cerebro acaba incomodándose y sube la colecistoquinina. 

Y eso... ¿"qué es lo que es..., co...qué?"

Co-le-cis-to-qui-ni-na, "la molécula mala", la que se come con patatas la analgesia que nosotros queramos imponer en nuestro cuerpo. 

!Más serotonina¡ como pide una mú(p)sicofarmacológica propuesta de la cantante Verónica Romeo. 

Puede ser pero !Ay, me sube la colecistoquinina¡ 

Tampoco hay que preocuparse. Utilizaremos un "anticolecistoquinínico". Pronto estará listo en el mercado. 

No es fácil llevar la contraria al cerebro. Aparentemente podemos imponer nuestra ley en el interior, podemos bloquear, por ejemplo, los excesos de dopamina causantes de las voces amenazantes oidas por los pacientes psicóticos...Dejarán de oirlas tras el fármaco pero como comentaba un paciente: 


¿"Dónde se han metido esos cabrones que no oigo sus voces..."?