Se puede tener un cáncer y encontrarse bien o estar sometido a un sufrimiento e invalidez considerables sin que los médicos encuentren pruebas de enfermedad. La Medicina no ofrece respuestas aceptables para esta última situación y recurre arbitrariamente a negar la realidad del sufrimiento, haciendo aún más insufrible el calvario de los pacientes. Este blog intenta aportar desde el conocimiento de la red neuronal un poco de luz a este confuso apartado de la patología.

We may have cancer and feel good, or be submitted to substantial disability and suffering without doctors finding any evidence of disease. Medicine gives no acceptable answers to the last situation and arbitrarily appeals to denying the reality of suffering, making the calvary of patients even more unbearable. This blog tries to contribute with the knowledge of the neuronal network, giving a little light to this confusing section of pathology.

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sábado, 13 de febrero de 2010

Daño necrótico y alerta nociceptiva




Las células pueden morir de forma violenta, por temperaturas extremas, estímulos mecánicos (desgarros, compresiones), ácidos, cáusticos, falta de oxígeno o gérmenes. La muerte violenta se denomina necrosis y es el suceso más temido y controlado del organismo. Una célula necrótica pierde la integridad de su membrana vertiendo productos altamente tóxicos que desencadenarían la muerte necrótica en cadena. Podemos utilizar la metáfora del fuego.


Hay fuegos incontrolados, (incendios) y fuegos controlados como el de un fogón, un alto horno o una chimenea doméstica. El fuego no controlado se extiende convirtiendo todo lo que pilla en fuego. La necrosis no controlada se extiende convirtiendo todo lo que pilla en necrosis.


Cada rincón del organismo dispone de un sensible sistema de detección de la necrosis. Células vigilantes del sistema inmune y nervioso están dotadas de receptores que captan señales necróticas y ponen en marcha la respuesta inflamatoria cuyo objetivo es doble: proteger las células vecinas sanas neutralizando y retirando los restos necróticos y promover la reparación del tejido dañado. La inflamación es la respuesta a un fuego no controlado: lo apaga y activa la reconstrucción de lo destruído.


El dolor forma parte de la respuesta inflamatoria. Notifica al individuo que hay problemas en una zona y le obliga a respetar el proceso de reparación evitando su utilización mientras persisten los trabajos de reconstrucción. La inflamación es necesaria pero puede ser peligrosa si se produce con excesiva violencia. Cada órgano dispone de mecanismos propios que ajustan la respuesta inflamatoria para protegerse de los posibles excesos. No hay inflamación sin antiinflamación. Las dos están reguladas al detalle por un complejo sistema de señales.


Parte de la antinflamación corre a cargo de los llamados opiáceos endógenos (equivalentes a la morfina). Podemos frenar la inflamación con fármacos. El resultado lógico será que se reducirá la hinchazón y el dolor (y, teóricamente frenando también la reparación tisular). La aplicación de antinflamatorios y opiáceos es eficaz porque el tejido está rebosante de receptores. Los opiáceos son eficaces por ello en el dolor asociado a destrucción de tejidos, como fracturas, intervenciones o cáncer. Su administración parece justificada para evitar el sufrimiento improductivo. 


La alerta nociceptiva es un estado de vigilancia sensible por evaluación de posible daño necrótico. Tanto el sistema inmune como nervioso construyen continuamente previsiones de peligro de necrosis y activan programas defensivos preventivos cuyo objetivo es evitar el suceso necrótico.La alerta nociceptiva neuronal se expresa por la activación del programa dolor proyectado sobre la zona juzgada como amenazada.


En la alerta nociceptiva los opiáceos endógenos están a la baja, lógicamente, pues se trata de captar sensiblemente cualquier agresión. Por ello la aplicación externa de morfina es menos eficaz e, incluso, puede inducir una reacción proalgésica por parte del sistema nociceptivo, liberándose por ejemplo, colecistoquinina.


En el congreso de la SEFID se nos vendió la moto de las excelencias de la aplicación local de morfina allí donde doliera. Los fisios no tendrían mas que requerir los servicios del morfinólogo para poder hacer su trabajo, que, según parecía, se limitaba a mover pasivamente extremidades. No se hicieron distinciones entre dolor asociado a necrosis-inflamación y dolor en ausencia de necrosis-inflamación. Al parecer da lo mismo. La morfina puede con todo. Expresé mis objecciones y se me contestó que podría aportar "cinco evidencias científicas" de lo que sostenía y no sólo "impresiones personales" como era mi caso. 


No quiero abrumar con erudición. Habitualmente no hago citas de artículos pues no quiero que el blog se convierta en una "casa de citas" pero no quiero dejar vivo el comentario del ponente. Así que doy sólo tres: 


1) Involvement of cholecystoquinin in the opioid tolerance induced by dipirone (metamizol) into the periaqueductal gray matter of rats. V.Tortorici. Pain. 112 (2004) 113-120
2) Involvement of local cholecystoquinin in the tolerance induced by morphine microinjections into the periaqueductal gray of rats V. Tortorici. Pain 102 (2003) 9-16
3) Antiopioid peptides. Handbook of biologically active peptides. Y. Wang. (2006)


La aplicación triunfalista e indiscriminada de analgesia induce estados del sistema nociceptivo de peligrosas consecuencias para el futuro, en forma de hiperalgesia, cronificación del dolor y muerte por complicaciones digestivas, renales y sobredosis. No se debe aplicar la misma filosofía al dolor necrótico que al dolor por evaluación catastrofista de necrosis... sin necrosis. 


Los antibióticos generan resistencia por parte de los gérmenes y los opiáceos, especialmente si no hay necrosis, generan resistencia por parte del sistema nociceptivo, empeñado en sostener el dolor como alerta hacia el individuo.  

sábado, 16 de enero de 2010

El dolor y la "cultura judeocristiana"




En los últimos meses un reputado y refutable neurocientífico español ha sostenido en los medios (Onda cero, TVE2) que el problema del dolor anida en la cultura judeocristiana. Según él dicha cultura promueve la aceptación del dolor y su sublimación. Un buen cristiano acepta el dolor como sustancia inevitable de esta vida y lo sobrelleva para ganarse la analgesia eterna en la otra.


El neurocientífico sostiene que con la morfina, hoy en día, solucionamos prácticamente todos los dolores y que sólo una absurda obstinación en no prescribirla o utilizarla explica el que haya tanto dolorido por el mundo... judeocristiano, supongo...


La realidad es que los padecientes de dolor crónico llevan sistemáticamente su parche de opiáceo y otros "parches" y, para su desgracia, el dolor sigue ahí, imperturbable.


Lo de la cultura judeocristiana y el dolor me parece una sinsorgada sin fundamento. El opiáceo no es útil en el dolor crónico, no porque no se prescriba (que sí se prescribe) sino porque la red neuronal se encuentra en un estado de "opiáceo, no gracias".


Cuando el cerebro decide activar la alerta nociceptiva (el miedo al suceso necrótico) reduce el chorro de opiáceos propios (endógenos) y suelta la colecistoquinina, la molécula "mala" que facilita la generación de dolor. Si aplicamos opiáceos desde fuera, como recomienda el neurocientífico, su eficacia será baja pues hay escasa disponibilidad de receptores, por la alerta. A medio plazo, el cerebro aumenta la colecistoquinina, como reacción a la llegada de opiáceo foráneo, defendiendo, obstinadamente, el estado de alerta (bajo en opiáceo y alto en colecistoquinina, sustancia P...).


Puede que la "cultura judeocristiana" influya en el buen estado de salud del dolor crónico, no por los remilgos que considera el neurocientífico sino por la idea de "tierra prometida", la solución exterior, la ayuda de algo o alguien investido de un poder especial, la omisciencia y omnipotencia de " la Medicina", la fe en el "con los adelantos de hoy en día", las falsas promesas, la autocomplacencia de la Curia Científica en sus remedios.


El "judeocristiano" se esfuerza en tener fe y esperanza en la caridad de los médicos del sistema cuando algo duele pero acaba entregándose a otros dioses de Medicinas Alternativas y Paganas (de pago).


El "judeocristiano" busca la solución en los sanadores y descuida a su cerebro, el corazón de cuanto le hace padecer.


Al "judeocristiano" dolorido crónicamente no le convence "lo del cerebro". Pide el remedio y que nos dejemos de palabrerías.


El "judeocristiano" está acostumbrado a pedir soluciones rezando. Por eso a veces entiende mal las explicaciones:


- Ya he pensado (pedido, rezado) para que no me duela, pero me sigue doliendo. Necesito una solución...


En realidad, el "judeocristiano" es un occidental acostumbrado a que haya de todo para todo en el Hiper de todas las vidas posibles. Puede que no le viniera mal un master de orientalismo pero me temo que el orientalismo está ya muy occidentalizado y se ha convertido en otro producto más de mercado que ofrece la redención del dolor hurgando en meridianos energéticos y en la profundidad de la nada.


El cerebro nos duele, en contra de lo que afirma el neurocientífico de que el cerebro no duele. Nos duele, en el sentido de que nos activa el dolor aunque las neuronas que nos duelen no lo sientan.


El verbo doler está erróneamente catalogado como intransitivo. El dolor transita desde el cerebro a la conciencia. No aparece allí donde lo sentimos. Es el producto de una acción cerebral dirigida al sujeto consciente, para alertarlo y atenazarlo e incitarle a la búsqueda del remedio... "judeocristiano".


Al "judeocristiano" le gusta la buena vida aquí y ahora y por eso pide soluciones aquí y ahora.


El problema es que el opiáceo no es mas que un parche... que, desgraciadamente no sirve para librarle de estar en el infierno... en esta vida y que, según su cultura, puede llevarle a la condenación en la otra por no aceptar de buen grado el sufrimiento... y buscar y consumir... droga.

domingo, 3 de mayo de 2009

Migraña y mujer



Ilustraciones: Ramón Echávarri
en medio, Uxúe Maturana




                                                               

El dolor no justificado biológicamente, es decir, no asociado a daño necrótico, es más frecuente en la mujer. La migraña, fibromialgia y, el dolor crónico, afectan más al género femenino.

Oficialmente se despacha la cuestión culpando a "los factores o cambios hormonales" y dejando entrever una psicología especial de la mujer respecto al dolor, no siempre bien intencionada y generalmente injustificada. 

Si partimos de los hechos, que es de donde hay que partir, la migraña es más frecuente en la mujer que en el hombre y se deja influir por diversos estados hormonales femeninos: se inicia con frecuencia con la menarquia, aparece con frecuencia con la menstruación, disminuye con el embarazo y se retira a menudo con la menopausia. 

Jon-Kar Zubieta es un reputado investigador bilbaino sobre estrógenos, opiáceos endógenos ("endorfinas", para entendernos) y efecto placebo. Trabaja en la Universidad de Michigan y es el primer referente mundial en esta materia. 
Zubieta ha mostrado dos hechos importantes: 
    
      1- en fase de ascenso de estrógenos, aumenta la población de receptores de opiáceos en los circuitos nociceptivos (los que activan y desactivan la percepción de dolor). Eso quiere decir que cuando suben los estrógenos (ovulación) el organismo dispone de más analgesia, habrá menos dolor. 

      2- el efecto placebo produce los mismos cambios que la administración externa de morfina y los estados de estrógenos altos. 

Estos hechos se pueden interpretar de diversas maneras. 

Oficialmente se toma el primer dato: "los estrógenos modifican el umbral del dolor", para concluir que eso explica ¿? que duela la cabeza con la menstruación (¿por qué no el codo o las orejas?) y que se suavice la migraña con la menopausia. 

El segundo dato, como es habitual en "Medicina", no se considera. 

¿Cuál es mi punto de vista? 

Primero: situemos a la mujer en un entorno previo a la civilización actual, antes de la aparición de la agricultura-ganadería y la residencia en poblaciones estables, es decir, hace más de 10.000 años. Había que ir a por comida sin ser comido y, periódicamente, además, había que buscar un varón para tener descendencia. 

La ovulación, a través de los estrógenos, inducía un cambio conductual global con más riesgos físicos. Siempre que el individuo se expone, por motivos biológicos, a un riesgo físico se produce un aumento de la provisión de opiáceos para poder andar espabilado y ligero en la lucha-huida ("analgesia de estrés"). 

La menstruación, con su descenso de estrógenos, con la liberación de señales externas olorosas (útiles para los carnívoros) genera un estado de vulnerabilidad y devaluación biológica (infertilidad momentánea). El organismo femenino activa un estado de "casi enfermedad" y desmotivación hacia la exploración externa. Ello implica un bajón de opiáceos con un descenso del umbral para el dolor.




 


En resumen: un episodio de necrosis con estrógeno alto produce menos dolor que con estrógeno bajo. Si la mujer se golpea la cabeza contra una esquina dolería más si está menstruando. Por supuesto si en ese momento aparece un león el cerebro inyectaría rápidamente los opiáceos para salir pitando, sin dolor, por mucha menstruación que hubiera. 

El organismo femenino tiene mucho más valor biológico (como garantía de continuidad de la especie) que el del varón. Hay mucho espermatozoide disponible pero no tantos óvulos. Es lógico que la naturaleza haya seleccionado un patrón femenino de mayor atención (vigilancia) al daño. La red nociceptiva, tanto inmune como neuronal, está más alerta en la mujer y, en nuestra civilización, comete más excesos (migraña, fibromialgia, enfermedades autoinmunes) que  la del varón. 

El varón tiende a un patrón conductual de riesgo físico que incluye incluso exhibición de arrojo rayando con la temeridad (pavoneo en campo abierto). Eso implica una red nociceptiva algo más silenciosa (y más daño necrótico en las exhibiciones y peleas territoriales). 

Todo esto vale para la sabana. En nuestra sociedad estas previsiones biológicas ya no tienen sentido pero paradójicamente se han sensibilizado. A menos peligro real más vigilancia. Sucede lo mismo con los alimentos: a más supermercados más hambre... y más obesidad. 

La mucosa uterina, preparada para acoger el huevo, se despega suavemente del útero en la menstruación, sin provocar ninguna reacción inflamatoria. Evidentemente la zona de anidación frustrada estaba muy dotada para la vigilancia, con muchos nociceptores y todo tipo de programas de alerta para proteger a la futura criatura. Hay mucha prostaglandina por allí pero no se envía al cerebro para que encienda las alarmas por si esa situación pudiera generar muerte en el cráneo. 

El organismo es muy sensible a los cambios, sean hormonales o meteorológicos. Les toma la medida y selecciona estrategias pero ningún cambio justifica el encendido del programa dolor. 

El cerebro, biológicamente sensible a las novedades, es más sensible aún a la cultura experta. Quizás haya que buscar ahí la causa de lo que sucede:

la interacción entre una naturaleza vigilante y una cultura alarmista.