Se puede tener un cáncer y encontrarse bien o estar sometido a un sufrimiento e invalidez considerables sin que los médicos encuentren pruebas de enfermedad. La Medicina no ofrece respuestas aceptables para esta última situación y recurre arbitrariamente a negar la realidad del sufrimiento, haciendo aún más insufrible el calvario de los pacientes. Este blog intenta aportar desde el conocimiento de la red neuronal un poco de luz a este confuso apartado de la patología.

We may have cancer and feel good, or be submitted to substantial disability and suffering without doctors finding any evidence of disease. Medicine gives no acceptable answers to the last situation and arbitrarily appeals to denying the reality of suffering, making the calvary of patients even more unbearable. This blog tries to contribute with the knowledge of the neuronal network, giving a little light to this confusing section of pathology.

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sábado, 25 de abril de 2009

El cerebro emula la realidad que imagina


Los sensores de necrosis (nociceptores durmientes o silenciosos) pueden despertar por señales de muerte violenta, tras un desgarro, compresión, quemadura, corrosión o infección o por miedo cerebral a que se pueda producirse la necrosis porque siempre existe una posibilidad teórica. 

El miedo cerebral a la necrosis genera señales eléctricas cerebrales que viajan hasta los sensores durmientes y los ponen en actividad. 

A partir de ese momento cualquier estímulo puede producir señal (falsa) de daño y engañar al cerebro haciéndole pensar que va a suceder lo que se temía. 

Las respuestas reflejas pueden ser facilitadas o inhibidas por el cerebro. Día y noche el cerebro recibe señales, por ejemplo, de que la vejiga contiene un determinado volumen de orina. Si el cerebro no controla el reflejo, se produciría el vaciado, tal como sucede en los lactantes. Si la orina contiene gérmenes y han ocasionado una infección de la mucosa vesical, los sensores de daño detectan la necrosis, ponen en marcha la inflamación (cistitis) y percibiremos el programa cerebral de necesidad imperiosa de orinar que nos obliga cada poco tiempo a eliminar una orina peligrosa. Una vez resuelta la infección se desactiva el despliegue inflamatorio y el programa de escozor uretral. 

En condiciones normales, en ausencia de infección (necrosis) vesical, el cerebro puede actuar "como si" hubiera peligro y activar los sensores dormidos y el programa de eliminación frecuente de orina. En ese caso, notaríamos los mismos síntomas que en la cistitis (escozor y necesidad de orinar) pero el análisis de orina sería normal. 

El cerebro actúa intentando imitar la realidad. Nos presenta las hipótesis "como si" ya se estuviera produciendo aquello que tememos. Nos activa la sed "como si" estuviéramos resecos, el hambre "como si" estuviéramos desnutridos, el cansancio, dolorimiento y apatía "como si" estuviéramos enfermos y el dolor de cabeza y las nauseas de la migraña "como si" algo interno estuviera generando una situación de peligro necrótico en el interior de la cabeza. 

La inevitable tendencia del cerebro a actuar "como si" es la responsable de la migraña. Lo único que puede contener esa tendencia instintiva es la racionalidad, la consideración de que lo que el cerebro teme como teóricamente posible es ridículamente improbable. 

Ya hemos expuesto la estructura fóbica y adictiva de la migraña. Podríamos también contemplar la estructura supersticiosa. El cerebro cree que comer chocolate trae mala suerte a la cabeza... que puede producir meningitis o rotura de una arteria...

viernes, 24 de abril de 2009

Erase una vez... las neuronas de la necrosis




El organismo es, como dice Mosterín, una "república de células", una compleja organización cuyo objetivo fundamental es la supervivencia. 


La muerte acecha a cada una de las células-individuo y puede sobrevenir de forma violenta, inesperada, traumática, la "muerte desde fuera" (Mosterín) o "mala" muerte, o bien ser predecible, natural, "desde dentro": la "buena" muerte. 


La muerte violenta celular puede sobrevenir por múltiples agentes y estados: temperaturas extremas, desgarros, compresiones, infecciones, falta de oxígeno, tóxicos, ácidos, cáusticos... Pilla a la célula de sopetón y no le da tiempo a reaccionar. Comienza a hincharse y acaba rompiéndose la membrana, vertiéndose al exterior productos altamente tóxicos que matan violentamente a las células vecinas desatándose así una reacción en cadena que acaba con la vida de todas y cada una de las células del organismo. 


Esta muerte violenta se denomina necrosis. Es fundamental evitarla pero si se ha producido ya, debe hacerse algo para impedir su extensión incontrolada. La inflamación (bendita) es la respuesta inmediata que trata de apagar el "fuego", la destrucción, e impedir que se extienda por todos los rincones. 


Las terminales de los nervios vigilantes, pobladas de sensores de nocividad (nociceptores) captan las señales de destrucción celular y las transforman (transducen) en señales eléctricas (señales necróticas) que viajan hacia el cerebro. Una vez allí se activa el programa dolor. 


Este eficaz trabajo de alarma lo realizan las neuronas de la necrosis, especializadas en detectarla donde se produce e informar a diversos centros con capacidad de organizar respuestas defensivas eficaces. 


Erase una vez... las neuronas  de la necrosis, no es ningún cuento. Es la realidad. Si hay muerte violenta, es detectada y se actúa de forma inmediata y eficaz. El individuo, por supuesto, es debidamente informado. La forma de hacerlo es a través del mensaje contundente y eficaz del dolor. Este sólo es detectable por el individuo, por su consciencia. Las cámaras, proyectores y pantallas no ven la película. Sólo el espectador la detecta. Las cámaras colisionan con los hechos y mandan información. 




Los primeros seres vivos con neuronas sólo disponían de este sistema de alarma, el de los hechos consumados. Eficaz pero tardío. Cualquier programa que apareciese en la evolución que permitiera captar señales de peligro, señales que anunciaran a distancia temporal y/o espacial la amenaza de necrosis potencial, sería seleccionado y transmitido. 


Eso es precisamente lo que ha sucedido. La progresiva complejidad del Sistema Nervioso, la que nos ha conducido hasta el cerebro humano ha permitido desarrollar una formidable pero cuestionable y desmedida "capacidad" de predicción. 


Los sentidos clásicos (vista, oido, olfato) permiten detectar a distancia al enemigo, al que puede generar necrosis si contacta con nosotros. Si lo olemos, vemos u oímos huiremos o nos esconderemos. Si no podemos evitarlo, lucharemos. El tacto y el gusto sólo detectan al enemigo cuando ya ha contactado con la superficie pero todavía se puede reaccionar y librarnos de él. 


La vista y el oído prestan un servicio vigilante extra: no sólo detectan al enemigo necrotizante que merodea cerca sino que a través del lenguaje oral y escrito recibe noticias y advertencias de otros sobre la peligrosidad potencial de lo que nos rodea, de lo oculto, de lo que se escapa a la inspección de los sentidos.


Los expertos en alarmas analizan la realidad y la clasifican en beneficiosa y perjudicial. Construyen extensos catálogos de lo que debe ser evitado y nos comunican la conveniencia de seguir pautas de vida saludable. 


El mundo de los desencadenantes que tanto obsesiona a los neurólogos está servido. En todo este largo camino desde el primitivo sistema de alarma frente a la necrosis hasta el momento actual, se ha perdido el Norte. Estamos desvariando.


Ahora todo vale para explicar el dolor y justificar la consiguiente prohibición. Al parecer, el viento Sur, el chocolate, el desánimo, el descanso del fin de semana, los viajes etc, son peligrosos enemigos que, a través de caminos sutiles, pueden generar episodios de muerte celular violenta en el interior del cráneo. El chocolate tiene oculto el poder destructivo del meningococo. 


!Guerra a la necrosis, viva la inflamación y viva el chocolate, el sol, los viajes y los fines de semana¡


Lo que no necrosa no debiera activar el eficaz y selectivo programa biológico del dolor pero un cerebro instruido para el mosqueo con cuestiones irrelevantes activará el programa que la evolución seleccionó para proteger las células de la necrosis. 

Los "expertos" lo han convertido en un absurdo inquisidor de hábitos y costumbres absolutamente inofensivas.

jueves, 23 de abril de 2009

Semmelweis



En la sala 1ª de obstetricia del Gran Hospital General de Viena, a mediados del siglo XIX, la mortalidad por fiebre puerperal era del 10% mientras que en el mismo Hospital, en la sala 2ª era del 4%. Intrigado por esta diferencia, Ignaz Semmelweis examinó escrupulosamente todos los detalles de la atención profesional, condiciones ambientales y singularidades de pacientes. Llegó a la conclusión de que los estudiantes de Medicina transportaban "partículas de cadáver" en sus manos desde la sala de autopsias a la de partos. Tomó una serie de medidas higiénicas y consiguió normalizar la mortalidad. 


En aquella época no se conocía la existencia de microrganismos y prevalecía la teoría de los miasmas: efluvios pútridos provenientes de la descomposición de materia orgánica que eran transportados por el aire. 


Semmelweiss intentó con valor pero sin éxito convencer al Jefe de Sala de su tesis, debidamente apoyada en cifras. Fué expulsado del Hospital. 


Otros médicos ya habían sacado las mismas conclusiones y aplicaban normas higiénicas (lavado de manos e instrumental) a la práctica médica con buenos resultados pero el sector más arrogante de la profesión despreció de forma miserable las recomendaciones y llegó a prohibir los lavados preventivos. 


Semmelweis murió en un asilo de sepsis, tras haberse provocado voluntariamente una herida con un bisturí infectado para probar su tesis (según algunas versiones), o tras recibir una paliza de sus "cuidadores", según otros. 


Cuando era yo estudiante de Medicina oí hablar por primera vez de este atormentado médico húngaro. Fué en clase de obstetricia. El profesor Del Sol hizo un relato emocionado de los sucesos del Hospital de Viena. Me causó un gran impacto. Aprendí dos cosas fundamentales: una, el doble filo de nuestra profesión: podemos salvar vidas y acabar con ellas y otra: la arrogancia corporativa que rechaza sólo con argumentos de autoridad lo que otros compañeros de menos pedigrí ha descubierto con no pocos esfuerzos e intentan comunicarlo. 


Hay mucha investigación sobre dolor en este momento. Nuestro conocimiento se ha extendido considerablemente. Hemos aprendido muchas cosas. Una de ellas es que las expectativas y creencias son importantes. 


Semmelweis intentó evitar la transmisión de muerte por las manos de los estudiantes. Pasteur le dió la razón años más tarde al demostrar la existencia de microrganismos. La teoría de los miasmas se vino abajo siendo sustituida por la teoría de los gérmenes. 


Los que intentamos llamar la atención sobre la trascendencia de la cultura en la percepción de enfermedad nos encontramos con la misma actitud de algunos compañeros. 


Los médicos generamos y transmitimos información y la red neuronal es un caldo de cultivo ideal para la colonización y desarrollo de doctrinas que difundimos en la consulta y a través de los medios de comunicación. 


Puede que no se estén tomando las debidas precauciones con la información. 


La teoría de los genes y los desencadenantes en la migraña no tiene más consistencia que la de los miasmas, a pesar de su éxito. 


La teoría cultural sí la tiene, a pesar de su fracaso.     

miércoles, 22 de abril de 2009

¿Por qué no se ponen de acuerdo y me dicen lo que debo hacer?














Soy consciente de que los contenidos de este blog no sólo son distintos a los de las propuestas oficiales de los neurólogos sino que están confrontados a ellas.


Una paciente (Lulú) ha relatado con crudeza su infierno migrañoso en los comentarios. Ha seguido las indicaciones y terapias habituales pero nada ha detenido la espiral del sufrimiento. Al contestarle y tratar de orientar su conducta creo que lo más expeditivo es aconsejarle que haga lo contrario de lo que ha hecho hasta ahora (por indicación de sus neurólogos). Una afirmación tan gruesa necesita aclaraciones. De otro modo no pasa de ser un comentario de mal gusto. Utilizaré dos metáforas para justificar mi receta:


La estructura de la migraña es, para mí, una estructura fóbica. El cerebro plantea una posibilidad teórica de un suceso destructivo en la cabeza y activa las alarmas expresadas por dolor, intolerancia a estímulos, náuseas y auras. La probabilidad de que realmente suceda lo que la red ha evaluado es, prácticamente nula. Si el paciente enfoca su estrategia a librarse del sufrimiento hará todo aquello que aplaque el dolor. Aparentemente habrá sido una buena idea meterse en la habitación, apagar las luces, pedir clemencia a los familiares, tomarse el calmante y tratar de quedarse dormido.


En una crisis fóbica esta estrategia estaría absolutamente contraindicada. Imagine una sencilla fobia en un ascensor: Su cerebro ha evaluado peligro de muerte (teóricamente posible pero altamente improbable) y activa el programa "salga huyendo". La víctima nota acelerado el corazón, suspirosa la respiración, el nudo en el pecho, la sensación inminente de que algo va a explotar... En ese momento sale del ascensor y comprueba que ya se encuentra mejor. Su conclusión lógica sería que lo que debe hacer es evitar el desencadenante famoso, en este caso el ascensor.  Si no puede evitar utilizar el ascensor y si no supiera (este punto es fundamental) que todo el barullo es una absurda fobia acudiría al Cardiólogo a por ayuda. Este preguntaría por los desencadenantes y el paciente sugeriría que cree que son los ascensores. El especialista le diría que tiene una enfermedad genética, con su nombre correspondiente, le daría unos comprimidos y le recomendaría evitar los ascensores.


Mi recomendación sería: no haga caso: a su corazón no le pasa nada y los ascensores  son seguros pero su cerebro, por lo que me dice, les tiene miedo. Debe tranquilizarle y entrar con confianza. No tiene sentido que tenga que subir 20 pisos andando. No se tome ninguna pastilla. Utilice el sentido común.


La crisis migrañosa es una fobia referida al interior. Como no podemos interpretar con seguridad lo que no vemos, quedamos atrapados por lo que el cerebro especula.


La estructura de la migraña corresponde por otro lado a la de una adicción. Escojo, para explicarme, un ejemplo frecuente: fumar.


El cerebro se impregna de la costumbre social de encender un cigarro. Si lo han hecho tus padres, las probabilidades de imitarles en el futuro aumentan (¿sólo genes? no lo creo) Cualquier día uno enciende el primer cigarro. ¿Por qué ese día y no antes o después? No lo sé. Ese fue el día en que sucedió. Estaba la propuesta cerebral a punto de caramelo. 

Con el tiempo uno nota un desasosiego que se quita con un ritual motor complicado: sacar un pitillo, encenderlo, aspirar el humo, echarlo, golpearlo para eliminar la ceniza, apagarlo en el cenicero, ofrecer un cigarro a los demás. Es un ritual muy poderoso.


Imaginemos también que usted sólo nota el desasosiego y que le recomiendan que "va muy bien" encender el cigarro. Lo hace y un buen día comprueba que, efectivamente, le devuelve a la normalidad... durante un rato.


Acude al especialista y le pregunta por los desencadenantes. ¿"Lo nota más en cafeterías, cuando está de tertulia... "? Usted cae en la cuenta de que efectivamente es así y el médico le dice que padece una enfermedad X  y que debe evitar las cafeterías y las tertulias y refugiarse en una Iglesia donde, efectivamente, comprueba que se le pasa el desasosiego. Por supuesto si no anda bien la cosa le recetará unos cigarros que van muy bien para el desasosiego (la enfermedad X). Le recomendará que no espere y que encienda uno tan pronto como note la inquietud.


Yo le recomendaría que no haga caso: que el desasosiego tiene un origen cultural, se aprende, y que encender un cigarro no es una buena idea.


Aunque le cueste creerlo, el cerebro activa el programa para que tome un analgésico. 


En la migraña existe una estructura fóbica y adictiva. Lo que recomiendan los neurólogos, si yo estoy en lo cierto, no es correcto. En mi modesta opinión, debe hacer justamente lo contrario. 


Usted pregunta si Madrid está al Norte o al Sur. Unos le dicen que al Norte y otros (los menos) le diremos que al Sur. El problema es dónde está usted situado, pues eso de estar al Norte o al Sur, como ya dijo Einstein... es relativo.

Los neurólogos felices



Los artículos sobre migraña arrancan habitualmente con un canto a los espectaculares avances de "la Ciencia" en el proceso de desentrañar la compleja tela de araña de la química migrañosa, que no puede ocultar el fastido de tener que reconocer que el problema sigue donde se dejó en el anterior cántico (o algo peor) aunque hay que ser optimistas pues se está a punto de ofrecer a la población tratamientos a la carta,
individualizados. 

Las cosas irían mejor si la gente tuviera otros genes, llevara una vida más reglada, no comiera chocolate ni queso curado y, sobre todo, no se automedicara y abusara de los analgésicos. También ayudaría si las mujeres arreglaran de una vez por todas sus desarreglos.


Los que ya hemos dejado de peinar canas por la calvicie, entendíamos que el tratamiento individualizado consistía en aproximarnos a la persona. Eso ya está superado. La individualización la tenemos perfectamente  localizada en el genoma y para conocer al paciente bastará con pedirle su tarjeta genómica y proceder de inmediato a facilitarle su correspondiente fármaco, también individualizado. 


Los neurólogos proclaman que disponen actualmente de "un amplio arsenal terapéutico" que permite contener a los espíritus migrañosos en sus celdas (estén donde estén) y poderosos y modernos (y carísimos) fármacos que atajan eficazmente el desvarío químico si el espíritu se ha escapado y anda desatado, neutralizando (no se sabe bien ni dónde ni cómo, una vez fallecida la teoría vascular) el desorden creado. 


La autocomplacencia en las nuevas armas ha generado un loable espíritu bélico en las últimas décadas: Alianza Mundial contra las Cefaleas, Declaración (de guerra) de Roma sobre la migraña, Campaña Mundial contra la Migraña; "aligerando la carga", Plan de Acción en la lucha contra la Migraña...


El problema es que se disparan las nuevas armas sin descanso pero no se sabe dónde está el enemigo. Así nunca se gana una guerra. 


Se investiga hasta en los libros de Harry Potter y, como se temía, se encuentra la migraña en la cabeza del mismo Harry, desencadenada por la presencia "del que no puede ser nombrado". Un sesudo estudio de los paladines de la lucha contra la migraña permite, tras denodados esfuerzos dignos de mejor causa, desenmascarar a los dolores de cabeza del pobre Harry: tras un minucioso análisis de sus características según los criterios de la Asociación Internacional para el estudio de las Cefaleas:  los dolores de cabeza de Harry son migrañas. Es más, han dado con la clave: Lord Voldemort es !un desencadenante¡


El ardor guerrero de los neurólogos ha dejado heridas de guerra. El porcentaje de migraña en los neurólogos se hace dramático (34% para ellos y 59% para ellas) especialmente si se han dedicado en cuerpo y alma a combatir en primera línea a la migraña (59% y 74%). 


No hay duda de que tenemos a un enemigo difícil, etéreo, escurridizo. Puede que esté infiltrado en las tropas aliadas y lo que ya nadie duda es de que controla lo fundamental: la información. 


Los neurólogos exigen !más información¡ (?), más presencia y tutoría profesional y menos automedicación. 


A pesar de todo se les ve felices por los congresos con su chartela colgada al cuello. 


No me considero un neurólogo feliz no porque esté triste sino porque no me siento neurólogo... en esta guerra. 


Juan Crisóstomo de Arriaga, el Mozart español, escribió a los 13 años una ópera: Los esclavos felices. Me ha venido a la cabeza según escribía estas líneas. Sin más.

martes, 21 de abril de 2009

Preformacionismo


Ya hemos contado el cuento de las neuronas del dolor (Erase una vez...) y hemos podido romper ilusiones infantiles afirmando que las neuronas del dolor no existen . 


El cuento de las neuronas del dolor afirma que este se construye (preforma) en el lugar donde lo sentimos aunque es allí microscópico. Miniaturizado, viaja hasta el cerebro, por los nervios. Una vez en la estación cerebral término se amplifica y surge con la definitiva dimensión en la conciencia. 


La cuestión fundamental de la Ciencia es la de los orígenes. La aparición de nuevos seres a partir de un huevo dio mucho que pensar a los sabios. Básicamente se han barajado dos propuestas: 


         1)  El huevo contiene un miniser completamente formado pero muy diminuto. El desarrollo es, simplemente, un aumento de proporciones (Preformacionismo) 


         2)  El huevo contiene material más o menos homogéneo, amorfo, a partir del cual se va desarrollando el nuevo ser con elementos y factores provenientes del entorno (Epigenetismo)


En el siglo XVII se hizo fuerte la tesis preformacionista (a pesar de Descartes, que era epigenetista). Se consideró que el huevo contenía preformado al nuevo ser. Unos defendían que la criatura era el espermatozoide (animaculismo) y otros, el óvulo (ovistas).


A finales del XIX se zanjó la discusión sobre espermas y óvulos y se situó el origen en el huevo ya fecundado, pero se siguió pensando que ya todo estaba predeterminado aunque no se sabía cómo. 


El Proyecto Genoma Humano presentó con ruidosa trompetería la Gran Solución: allí estaba todo, en los genes. Todo estaba preformado.


Con las percepciones sucede lo mismo. Lo que vemos, oimos, olemos, degustamos está allí fuera. Nuestro oido capta los sonidos, que, están allí fuera pero son tan sutiles y diminutos que necesitan ser amplificados. Desde el tímpano hasta la conciencia no hay mas que un proceso de crecimiento.


Es lo que nos cuentan los inevitables preformacionistas. 


El dolor también se genera allí donde lo sentimos. Es muy pequeño y debe ser amplificado. De eso se encarga el cerebro. Preformacionismo.


La migraña está ya determinada, escrita, en los genes. Sólo faltan condiciones ambiente para que empiece a crecer y crecer... hasta que un buen día... ¡nace!, se ha hecho mayor. Preformacionismo. 


Los epigenetistas defenderían las tesis del desarrollo, de la importancia del diálogo entre recetas y potencialidad de los genes y restricciones del entorno en el que se produce el desarrollo (Evo-Devo).


Los neurólogos son preformacionistas en el tema de la migraña. La migraña, como ese hombrecito (animáculo-homúnculo) acurrucado en el espermatozoide, está en el genoma, ya conformada, con su dolor, sus vómitos, su intolerancia sensorial, sus auras y su carácter intolerante al chocolate y demás. 


Ver al hombrecito acurrucado nos parece cómico pero afirmar solemnemente que la migraña está acurrucada y miniaturizada en los genes no lo es menos.


El dolor (migrañoso o de cualquier otro origen) no se forma donde lo sentimos, no hay receptores de dolor que lo detectan, no hay vías de transmisión del dolor. No hay un centro del dolor en el cerebro. 


Sin embargo nos siguen contando el mismo cuento, cautivadoramente sencillo. ¿Por qué quitar ilusiones infantiles tan lógicas y redondas? ¿Por qué embarullarlo todo con nuevas teorías? ¿Por qué ese empeño en matar la inocencia?


La respuesta es muy sencilla: porque nada de lo que parece verdad lo es y porque esa inocencia resultará cara: una crisis de migraña no es ninguna tontería.

lunes, 20 de abril de 2009

Las neuronas del dolor... no existen


El instinto por conocer (Ello quiere saberlo todo) hace que estemos buscando continuamente la causa, el por qué de las cosas. A lo largo del día estamos inmersos en reflexiones rumiantes cuyo objetivo, generalmente inalcanzable, es dar con lo que originó u origina lo que nos aflige. 


La necesidad de solucionar el momento presente nos exige sacar alguna conclusión que nos interese para seguir viviendo. Ello hace que nuestras reflexiones pasen de lo especulativo (búsqueda de verdad "verdadera") a lo práctico (verdad "útil"). 


Jacques Monod (1910-76) fué un biólogo francés galardonado con el Nobel en 1965 por sus estudios sobre el control genético de los enzimas. Escribió un libro de los considerados seminales, de los que hacen pensar: El azar y la necesidad. Me considero uno más de los tocados por el libro. 


Monod acuñó el término de verdad operativa que no es mas que aquella interpretación necesaria para operar, fluir en el momento, lugar y contexto concreto. 


El cuento de las neuronas del dolor pertenece a ese cambiante mundo de las verdades operativas. En realidad no son verdades sino apaños. 


La crisis migrañosa exige urgentemente una solución, una verdad operativa, aunque no sea verdaderamente verdadera. 


Conocemos bastante sobre organismo y dolor. Tenemos verdades verdaderas pero las ignoramos o despreciamos por ser, aparentemente, inútiles. 


La exigencia de la solución inmediata (la terapia) aleja la posibilidad de la receta definitiva. 


Es más rentable aprender a nadar que exigir un flotador o una barca para meternos al agua pero el que no ha vencido el miedo pide con angustia que se solucione !ya¡ su no flotabilidad y desprecia la oferta de un cursillo de natación. 


"No me venga con cuentos de verdades. Necesito una solución...!YA¡"

Antonio Damasio. "El error de Descartes"


Antonio Damasio es un prestigioso neurólogo, interesado en el estudio (entre otros temas) de las emociones. Es profesor de Psicología, Neurociencia y Neurología en la Universidad del Sur de California y ha escrito varios libros de éxito sobre cerebro, sentimientos y emociones. El error de Descartes es el más conocido.


Desarrolló la teoría emocional del marcador somático en la línea de Williams James: "no lloramos porque estamos tristes sino que estamos tristes porque lloramos", significando con ello que lo que entendemos como universo consciente reflexivo y emocional surge de nuestro cuerpo: ello piensa, ello sufre, etc y se expresa hacia ese espacio misterioso de la consciencia en la forma en que es vivida por nosotros. "En el principio fue el ser y posteriormente el pensar".


Rene Descartes tuvo entre otros méritos el de reclamar el mundo racional en una época (Renacimiento) en la que privaba lo esotérico (la cábala, el alquimismo). Su obsesión por la búsqueda de las causas racionales hizo que se sintiera básicamente como un ser pensante: "Pienso, luego existo". Habría una entidad pensante (el alma o res cogitans) que residía en otra entidad material (el cuerpo o res extensa) y, sólo en nuestra divina especie la "cosa pensante" habría sido insuflada, no se sabe bien cómo, en el soporte material del cuerpo y se relacionaría con él a través de la minúscula glándula de la epífisis.


Antonio Damasio considera que es un error defender la idea de dos sustancias (dualismo) y separar el mundo racional del emocional, localizando el primero (la mente) en capas superiores cerebrales y el segundo en las inferiores (instintos, corporalidad, cuerpo).


Para Damasio sería más correcto decir: "Existo, luego pienso".


La polémica entre cartesianos y damasinos pertenece al extenso mundo de las cogniciones sobre el arduo tema del huevo y la gallina. 


Al espíritu de este blog le vienen bien las dos posiciones. A veces los comentarios tendrán tufo hueval y otras gallináceo (gallina ponedora, por supuesto) pero pienso que Damasio tiene razón, si bien los mortales (me considero uno de ellos) no podemos evitar utilizar a nuestra conveniencia razones teóricas unas veces y prácticas otras.





domingo, 19 de abril de 2009

Erase una vez... las neuronas del dolor




Todos sabemos que el dolor se produce donde lo sentimos y que desde allí es conducido hasta el cerebro.  

Un clavo en el zapato genera dolor en la planta del pie y este dolor viaja a través de los nervios en forma de señales eléctricas, al igual que nuestra voz viaja por el cable de un teléfono (de los de antes). El micrófono es el artilugio que detecta la voz y la transforma en señal electrónica y los sensores de dolor de los nervios son los que lo detectan y lo convierten también en pequeñas corrientes que viajan por ellos y que, tras varios relevos, acaban depositándolo en el cerebro. Allí está el equipo de sonido que a través de unos auriculares internos lo proyecta al individuo.

La intensidad, extensión y persistencia del dolor están determinadas por la intensidad, extensión y persistencia de la lesión y también por el volumen del amplificador cerebral. Si estamos nerviosos o somos quejicas duele más porque nuestro nerviosismo hace que aumente el volumen del amplificador.

Cada zona del organismo puede sufrir las consecuencias de todo tipo de incidencias (golpes, quemaduras, desgarros, infecciones...). Son los equivalentes de los sonidos desagradables (gritos, lamentos). Día y noche sometemos a nuestro cuerpo a cargas a veces inasumibles y, cuando nos pasamos, protesta generando dolor en la zona maltratada, dolor que es recogido por los sensores y transportado, como siempre, en forma de señales eléctricas. 

Si hemos andado demasiado con un mal calzado se genera dolor en el pie, si hemos estado cargando pesos en la columna, si hemos dormido mal, en los huesos, músculos y articulaciones...

Si duele la cabeza los desencadenantes pueden ser, como ya nos hizo ver Victoria Mena, prácticamente infinitos, desde los cacahuetes hasta la aurora boreal. 

Sabemos que comer chocolate no produce dolor de codo o beber alcohol dolor de pabellón auricular. Cada cosa afecta a un lugar, porque produce su efecto sólo allí, donde puede generar la perturbación. 

El exceso de sonidos, luces, olores y tensiones psicológicas produce lógicamente, dolor de cabeza y no de rodillas pues ojos, narices, oídos y el YO andan por la cabeza y no en las rodillas. 

Cuando algo nos duele nos hacen radiografías para detectar lo que produce dolor y, lógicamente, las radiografías se hacen donde duele. Si no encontramos nada llamativo echamos la culpa a factores externos de reconocida capacidad para perturbar el interior: la humedad para dolor de huesos y articulaciones, comidas pesadas para el dolor de tripas... 

Si no encontramos nada anómalo tomamos un analgésico que es una molécula que tiene la virtud de quitar el dolor, haciendo que, en su viaje al cerebro, vaya perdiendo voltaje la señal y/o reduciendo el volumen del amplificador cerebral. 

Si, a pesar de tomar el analgésico, no se aplaca el dolor, solicitamos "uno más fuerte" y si tampoco tenemos éxito acabamos yendo a Urgencias para que nos pongan "algo en vena". 






René Descartes fué un gran filósofo y matemático del siglo XVII. Se le considera el fundador de la Ciencia moderna. Es el autor del dibujo que ilustra esta entrada. Probablemente fué también el fundador del "localizacionismo" pues situó el amplificador y los auriculares en la epífisis, una pequeña glándula impar situada en la profundidad del cerebro, en la línea media. El motivo de hacerlo allí fué que sólo había una y para lo demás hay dos. 

Todo esto que les he contado es un cuento "chino" pero ha calado profundamente en la mente de profesionales y ciudadanos y todos necesitan que sea verdad, aunque no lo sea. 

Ya lo decía el propio Descartes: 

           "Supondré que cierto genio o espíritu maligno, no menos astuto y burlador que poderoso, ha puesto su industria toda en engañarme"
 

sábado, 18 de abril de 2009

Migraña y procesamiento de la información


Estamos en la era de los ordenadores, artilugios que procesan información. Es inevitable sugerir que "el cerebro es como un ordenador" . Hay muchas diferencias entre un ordenador y el cerebro pero la comparación sirve para atribuir a ambos la capacidad de adquirir información, procesarla y aplicarla. 

Tanto en la migraña como en otros padecimientos afines (fibromialgia, colon irritable, dolor crónico...) se sugiere con fecuencia que los problemas surgen de un mal procesamiento de la información. 

Esta sugerencia da por sentado que es la estructura que procesa (el cerebro, el ordenador) la que ha fallado a consecuencia de alguna perturbación o deficiencia intrínseca. El usuario se limita a padecer las consecuencias.

Desde la perspectiva de la teoría oficial sobre migraña, la metáfora del cerebro "como un ordenador" encaja perfectamente ya que es compatible con la idea de que se trata de una enfermedad genética: el ordenador (cerebro) ha salido de fábrica con algún defecto que le hace sensible a los desencadenantes. 

El chocolate, alcohol, estrés, el viento Sur y demás, golpean en el teclado de los sentidos o memorias y surge la tormenta migrañosa. Se han activado los programas de alerta en la cabeza.

Tengo la tendencia a culpar al ordenador cuando hace cosas que no entiendo y que a veces me sacan de quicio. Mi mujer insiste: "no es el ordenador, eres tú, que le das a algo que no debes". Pacientemente le da a unas teclas y todo vuelve a su sitio. Algo en mi interior se resiste a aceptar que la responsabilidad es mía y me sugiere que es la máquina, que "es tonta" o "hace cosas raras". 

La culpa de la migraña no es del cerebro, que hace cosas raras porque está estropeado o ha salido de mala calidad (como el cerebro de otros familiares que también hacen lo mismo). El cerebro y el ordenador se limitan a aplicar los programas tal como están construídos y, si le damos a unas determinadas teclas, no podremos evitar que siga haciendo lo mismo.

Los contenidos del ordenador, los programas, se van configurando a medida que vamos tecleando. Los contenidos del cerebro se van construyendo a lo largo del aprendizaje. Como hemos dicho ya en otras entradas, este aprendizaje se alimenta de la experiencia propia, la ajena y la instrucción experta. Según se configure la red de creencias y expectativas así serán las respuestas o salidas cuando le demos a las teclas. 

La migraña, efectivamente, es la consecuencia de un problema de procesamiento de la información pero no es el procesador el que falla sino la información: 

No existe un procesamiento anormal de buena información sino algo muy distinto: un excelente procesamiento de la información que hay a mano, que, en mi opinión, es mala. El cerebro se limita a procesar lo que le llega. 

El cerebro no es sólo "como un ordenador" sino que está además conectado a una red, tipo Internet, en la que circula de todo... incluidos virus culturales, información que culpa al cerebro de los desaguisados que ella misma produce. 

Un ordenador con virus necesita antivirus para funcionar con normalidad.

Un cerebro con migraña necesita también antivirus (otra información) para que el inocente y cándido usuario recupere el sosiego de su cabeza.