Se puede tener un cáncer y encontrarse bien o estar sometido a un sufrimiento e invalidez considerables sin que los médicos encuentren pruebas de enfermedad. La Medicina no ofrece respuestas aceptables para esta última situación y recurre arbitrariamente a negar la realidad del sufrimiento, haciendo aún más insufrible el calvario de los pacientes. Este blog intenta aportar desde el conocimiento de la red neuronal un poco de luz a este confuso apartado de la patología.

We may have cancer and feel good, or be submitted to substantial disability and suffering without doctors finding any evidence of disease. Medicine gives no acceptable answers to the last situation and arbitrarily appeals to denying the reality of suffering, making the calvary of patients even more unbearable. This blog tries to contribute with the knowledge of the neuronal network, giving a little light to this confusing section of pathology.

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viernes, 3 de julio de 2009

Aprender a conducir(nos)




Cuando nacemos disponemos de una compleja circuitería neuronal preparada para explorar el mundo y clasificar los resultados de nuestra interacción con él como deseables-satisfactorios o repulsivos. Los alimentos no son de entrada dulces ni amargos, apetitosos o asquerosos. El recién nacido los toma y el cerebro va estableciendo conexiones entre cada uno de ellos y los circuitos que construyen la sensación placentera y/o de desagrado. Lógicamente hay una mayor probabilidad genética de que algunos alimentos (leche materna) se codifiquen como apetecibles y otros (vegetales-venenos) como amargos pero si el azar asocia una enfermedad visceral con un nuevo sabor dulce (sacarina) el cerebro lo etiquetará como rechazable ("efecto García").

Aprendemos a asociar placer y displacer a los alimentos y a las conductas. El proceso de aprendizaje incluye también la detección de claves o señales que sirven para predecir la presencia inmediata de algo deseable o repudiable.

En nuestra especie el proceso de catalogación de lo deseable y rechazable está muy influido por la imitación y la instrucción por lo que podemos promover conductas de búsqueda de agentes y estados biológicamente repudiables (fumar, consumo de productos amargos...) y rechazar otros de alto valor con incomprensibles conductas desde lo biológicamente correcto (celibato, anorexia).

El deseo de consumo y conducta se va perfilando de forma mixta con proporciones variables de consciencia e inconsciencia si bien tendemos a pensar que nuestra conducta proviene de un proceso voluntario, controlado. Nuestros sistemas de memoria se van poblando de claves y señales que anuncian acertada o erróneamente la presencia de algo que debe ser consumido o evitado. Los reflejos condicionados (clásicos y operantes), la habituación y sensibilización son mecanismos básicos neuronales de aprendizaje que intervienen en el proceso de etiquetado.

La importancia de las etiquetas-señal es tan poderosa que los animales de experimentación llegan a comerse (literalmente) dichas señales si están asociadas a comida: se comen la fuente de luz que anuncia la llegada inmediata del alimento si este no llega.

Si el cerebro "cree" que se debe fumar activará la "voluntad" del individuo de hacerlo a pesar de las náuseas de los primeros ensayos. Para conseguirlo encenderá la función "ansia" que sólo se apagará si se produce la "acción" de encender el cigarro y aspirar ávida y estúpidamente el tóxico. El tabaco produce el "placer" de la ejecución sumisa del programa motor exigido por el cerebro. No hay ninguna sensación placentera más allá de la que se genera por la obediencia a la imposición cerebral. El cerebro, complacido por la acción obediente, retira el ansia para alivio del individuo.

El consumo de analgésicos en el dolor sin daño responde a un mecanismo similar. El cerebro activa por alerta innecesaria la función dolor y fuerza a la conducta de consumo del calmante. Si se obedece se desactiva la función de consumo y, a la vez, la del dolor. El cerebro exigirá absurdamente (como con el tabaco) el consumo de analgésicos. Para ello activará las veces que juzgue necesario la función dolor.

- Sin calmantes no puedo estar. Tengo que tomármelos. De otro modo no soy persona.

- Los calmantes no quitan el dolor. Es su cerebro, que se queda tranquilo si le obedece.

- No me convence. A mi me duele...

- Los alimentos ¿quitan el hambre? ¿la calman?

- ¡Claro!

- Está equivocada. Con el hambre el cerebro le fuerza a usted a la acción de ir a por ellos y tragárselos. Si obedece le retira el programa "¡come!" hasta otro rato en que lo volverá a encender. Los alimentos no quitan el hambre. Es la obediencia al cerebro lo que la quita.

- No me lie. Sólo sé que tengo que tomarlos si quiero encontrarme medio bien...

- Su cerebro le manipula. Usted verá...

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El cerebro existe. El aprendizaje existe, los errores existen, la cultura existe, el sistema de recompensa existe, el placebo existe...


"Después de todo, Horacio, hay más cosas en el cielo y la tierra que las que sueña tu filosofía"

(Hamlet. Shakespeare)

4 comentarios:

pacotraver dijo...

Bueno Arturo, los alimentos llenan el estomago y el hambre se regula tambien mediante aferencias vagales. En el hambre no solo intervienen señales centrales sino tambien periféricas, ¿o no?

arturo goicoechea dijo...

Evidentemente. Las señales que dices permiten al cerebro comprobar que se ha obedecido el requerimiento, que se ha metido "comida", aunque hayas metido una bolsa vacía, hinchada. Cuando se activa el programa picor es para que uno se rasque. Si se obedece, el programa se desactiva, al menos, de forma transitoria.

La percepción siempre es una incitación a una acción.

pacotraver dijo...

Ese es un tema que me interesa ¿en las personas que se atracan continuamente por qué crees que el cerebro no obedece las ordenes de saciedad?

Arturo Goicoechea dijo...

No es un tema en el que tenga experiencia. He utilizado la cuestión de la alimentación como ejemplo. Supongo que no hay respuestas simples. Intervienen muchos factores, como en todo aprendizaje. Todos los programas tienen una tendencia a dinamizarse y compiten con sus contrarios que tratan de contenerlos. Por un lado está la motivación a buscar e ingerir comida, se supone que, desde el punto de vista biológico, en un contexto de escasez, riesgo y competición. Lo que frena la pulsión es el coste del aprovisionamiento. En nuestra sociedad "los precios" están tirados y se pierde freno. Supongo que intervienen también factores de autoestima y heteroestima, control de ansiedad y desánimo...

He leido hace poco una revisión sobre dopamina y alimentación muy completo. Te mandaré la referencia.