Ciencia: lo que sabemos
Cultura: lo que nos cuentan
Mercado: lo que nos venden
La información contiene siempre una parte de conocimiento, otra de cultura y otra de mercado.
Sobre la migraña sabemos cosas, nos cuentan (creemos) otras y nos ofertan consejos y soluciones.
El médico (en la Universidad) y el ciudadano (en múltiples ámbitos) son receptores de información. Ninguno de ellos tiene la certeza de que esa información contenga sólamente conocimiento fiable y no, como es inevitable, una cuota variable de cultura y mercado.
Sabemos que el dolor (sea de la cabeza o del codo) es un producto resultante de una compleja actividad neuronal en la que se funde (binding) el trabajo de múltiples zonas cerebrales que hacen su trabajo con el conocimiento guardado en sus archivos de memoria y la información que llega, en tiempo real, por los sentidos.
Nos cuentan que la migraña es una enfermedad genética que enciende, de forma sensible, unos circuitos que contienen el programa dolor, vómito e intolerancia sensorial y...
Nos ofrecen unos consejos de estilo de vida (dormir lo justo, no estresarse, no comer chocolate, no exponerse a los cambios de tiempo, no viajar, no variar las hormonas femeninas...) y unas correcciones químicas (analgésicos-antiinflamatorios, antiepilépticos, antidepresivos, betabloqueantes, antagonistas del calcio...) que normalicen las supuestas anomalías intracraneales...
El conocimiento sobre lo que realmente sucede en una crisis de dolor (sea o no migrañoso) no es público. Cuando lo presentamos, resulta novedoso y, en muchos casos, provoca rechazo.
Lo que el médico y el ciudadano cree que sucede en una crisis migrañosa está ampliamente publicitado y, en cierto modo, reconforta.
Las ofertas terapéuticas son incontables y se disputan entre ellas la exclusividad de la fiabilidad.
¿Cómo distinguir ciencia, cultura y mercado?
¿Quién protege nuestro derecho al conocimiento frente al adoctrinamiento y dependencia de culpas y remedios?
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