Se puede tener un cáncer y encontrarse bien o estar sometido a un sufrimiento e invalidez considerables sin que los médicos encuentren pruebas de enfermedad. La Medicina no ofrece respuestas aceptables para esta última situación y recurre arbitrariamente a negar la realidad del sufrimiento, haciendo aún más insufrible el calvario de los pacientes. Este blog intenta aportar desde el conocimiento de la red neuronal un poco de luz a este confuso apartado de la patología.

We may have cancer and feel good, or be submitted to substantial disability and suffering without doctors finding any evidence of disease. Medicine gives no acceptable answers to the last situation and arbitrarily appeals to denying the reality of suffering, making the calvary of patients even more unbearable. This blog tries to contribute with the knowledge of the neuronal network, giving a little light to this confusing section of pathology.

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viernes, 17 de abril de 2009

Migraña:cefalea ¿vascular?


Si entra en Google en este momento y busca: "cefalea vascular" le ofrecerá 116.000 entradas si lo hace en castellano y 386.000 si lo hace en inglés ("vascular headache"). Si no se da prisa en hacerlo puede que la cifra sea aún mayor. 

Si padece migrañas y, sobre todo, si el dolor es pulsátil, es decir, se intensifica con cada latido arterial, imaginará un escenario preocupante en el que las arterias y venas de su cabeza, dentro y fuera, están sometidas a un ciclo diabólico de constricción y dilatación. Con una lógica cautivadora por su sencillez le explicarán que la constricción compromete la llegada de sangre al cerebro (eso explica que a veces se quede sin visión, lenguaje o sensibilidad, las "auras") y la intensa dilatación golpea violentamente la pared arterial con cada latido creando una expectativa (infundada) de rotura de la delicada pared arterial en el interior del cráneo. 

La explicación vascular de la migraña crea mucha inquietud pues plantea riesgos futuros de "infartos" y demencias por su acumulación en el tiempo. 

No se inquiete. La teoría vascular de la migraña, planteada por un estudiante migrañoso de Gastroenterología, Harold Wolf, a mediados del siglo pasado, y que dió soporte "científico" a la utilización masiva de tóxicos arteriales, los "ergóticos", es falsa. 

Las arterias hacen lo que se les manda. Para cumplir su misión tienen músculos que hacen variar su calibre. Esos músculos no deciden hacerlo por su cuenta ni tienen ninguna característica anómala especial en los migrañosos. El cerebro organiza los flujos de circulación en el organismo, en función de las tareas. Si hay que hacer la digestión se dilatan las arteriolas del aparato digestivo, si el esfuerzo es mental se manda más sangre al cerebro. Si hay que huir de un león el flujo se dirige prioritariamente a los músculos y se suspenden la digestión ("corte de digestión") y la actividad sexual (¿"coitus interruptus"?). 

Durante décadas los tóxicos arteriales han aliviado millones de crisis migrañosas. Los ergóticos son compuestos derivados de un hongo parásito del centeno, el "cornezuelo". Tienen un potente poder de contraer las arterias pero además simulan los efectos de los neurotransmisores cerebrales (dopamina, serotonina, adrenalina). Ello hace que confundan al cerebro. Si se aumentan las dosis, aparecen alucinaciones. 

Un modo práctico, pero no recomendable, de dar fin a cualquier despropósito cerebral (y una crisis migrañosa es, ciertamente, un despropósito de nuestro bienintencionado pero a veces desesperante cerebro) es introducir lo que se llama en teoría de la información :"ruido". Algo que perturba la transmisión de señal. 

El ruido puede ser químico (fármacos), eléctrico (estimuladores de todo tipo) magnético (estimuladores actualmente de moda), energético-espiritual-astrológico o cognitivo (expectativas y creencias). 

El cerebro reacciona al ruido de forma imprevisible pero, en ocasiones, suspende lo que se traía entre manos, por ejemplo una crisis migrañosa. 

Hoy en día, casi nadie defiende la (antaño) teoría "científica" vascular de la migraña. Los neurólogos, tras una breve fase de transición (teoría neurovascular) hacia la actual teoría oficial aceptada: la teoría "neuronal", han cambiado de paradigma (vascular-neurovascular-neuronal) sin pestañear y sin dar explicaciones. 

Siguen saliendo de las Facultades de Medicina muchos doctores con la idea de que en la migraña todo se explica por el famoso y perverso ciclo de constricciones y dilataciones extremas de las arterias craneales. 

La inercia al cambio es una propiedad característica de los procesos cognitivos cerebrales. 

Hágame caso: no sucede nada anómalo, ni mucho menos, preocupante en su cabeza. Lo único preocupante, en todo caso, sería el alarmismo que su cerebro aplica a toda esta lamentable historia de las migrañas. 

Las arterias de la cabeza, con o sin migraña, laten, se contraen, se dilatan... Son arterias ya se sabe...

jueves, 16 de abril de 2009

Sigue el test de la inflamación...


Continúo haciendo la pregunta en la consulta sobre la imagen de bomberos apagando el fuego: 

¿Qué es la inflamación: el fuego o los bomberos?

La respuesta sigue siendo invariablemente errónea: ¡el fuego!

Cuando les comunico que la inflamación son los bomberos, tengo que dedicar un ratillo variable a explicar por qué. No sé si les convenzo.

Antinflamación


Ya he expuesto en anteriores entradas que la inflamación es una respuesta defensiva deseable cuando se ha producido un episodio de destrucción violenta de tejidos (daño necrótico). La respuesta inflamatoria tiende a desplegarse en su inicio de forma autoalimentada, en espiral, para poder ser eficaz. Se genera un bucle de retroalimentación positiva que consigue activar rápidamente en el lugar de los hechos todos los recursos neuronales e inmunes necesarios.

Este despliegue explosivo inicial tiene que regularse, contenerse, para que el remedio no sea peor que la enfermedad. Cada órgano establece unas normas locales que hacen que el despliegue inflamatorio respete en lo posible las peculiaridades físico-químicas de su arquitectura celular.

La inflamación contiene, por tanto,un componente de limitación.

La investigación ha centrado su atención en el estudio de la biología molecular proinflamatoria. Se ha descrito con minuciosidad creciente la compleja cascada de señalización de los tejidos afectados y de los sistemas de defensa neuroinmunes. El estudio del mecanismo regulador antiinflamatorio ha tenido que esperar, o, puede que todavía esté esperando.

En Inmunología se está dando la importancia debida al proceso activo de regulación, a los factores antiinflamatorios, a la labor de los linfocitos T reguladores, a las citoquinas antiinflamatorias.

La investigación neuronal no acaba de interesarse en la disfunción de la regulación de la respuesta de alerta. En la migraña se produce una anomalía básica en el encendido del programa dolor: no debería haberse activado... pero eso no es nada. El problema fundamental surge con el despliegue. Se pone en marcha con rapidez variable el bucle de retroalimentación positiva (el círculo vicioso) pero, lo que es aún peor: se bloquea el componente de regulación. Se desencadena, tal como sugirió John Hughlings Jackson, eminente neurólogo (por supuesto, también buen migrañoso) a finales del siglo XIX, una "tormenta neuronal".

Cuando el programa dolor se dispara porque ha sucedido algo en un momento y lugar determinado, con una dimensión concreta del daño producido, la respuesta inflamatoria se adapta como un guante del número adecuado a la mano.

Cuando no existe daño necrótico sino sólo expectativas, no hay medida, no se sabe qué número de guante hay que utilizar y el programa de alerta migrañoso no alcanza su set-point, su punto final.

En la migraña se produce una estructura catastrófica, autoalimentada en espiral, como en las fobias. Se trata, realmente de una pesadilla cerebral... con el individuo despierto. Al contrario de las pesadillas habituales, que se disuelven despertando, la pesadilla cerebral migrañosa se disuelve sólo durmiendo, cuando el cerebro se aviene a desconectar al individuo para proteger la función sueño.

miércoles, 15 de abril de 2009

Irracionalidad


Estamos tan convencidos de que somos seres racionales que cuando nuestro organismo actúa de forma incomprensible sólo podemos pensar en que algo no anda bien, que hay alguna anomalía. Sin embargo, un cerebro normal, sano, puede actuar de forma irracional. 

Una crisis migrañosa es una acción incomprensible de nuestro cerebro, absolutamente irracional. Desde el punto de vista de la rentabilidad está claro que implica un despilfarro de recursos: el paciente queda recluido en una habitación oscura, tiene que abandonar sus tareas, vomita la comida que tanto ha costado adquirir y procesar... 

La activación del programa migrañoso sólo tendría sentido si en ese preciso momento estuviera sucediendo algo que pone en peligro la integridad física inmediata del cerebro (una meningitis, una rotura arterial, un cambio brusco de presión, cualquier novedad aguda no codificable...). El programa vómito sólo tendría justificación si todo ello sería debido a la ingesta de algún tóxico o germen.  

Es evidente que nada de eso ha sucedido. El cerebro dispone teóricamente de la certeza de que el encendido del programa ha sido un despropósito y debiera actuar en el futuro con más sentido común. 

Sin embargo, en cuestiones de seguridad, el cerebro sobreactúa emocionalmente. Es capaz de considerar una posibilidad teórica, altamente improbable: que por haber comido chocolate se infecten las meninges o se rompa una arteria... y activar la alerta. 

Este esquema de actuar sobre lo teóricamente posible aun cuando sea altamente improbable define a las conductas fóbicas, a los miedos irracionales. La evolución ha seleccionado una serie de miedos fóbicos (arañas, serpientes, comida en mal estado, precipicios, estímulos intensos, novedades...) que facilitan la toma de decisiones irracionales ante situaciones inofensivas. 

La migraña contiene la estructura de la fobia, referida a un suceso destructivo altamente improbable en el interior del cráneo. En la alergia se da la misma situación: es altamente improbable que unas moléculas que ha soltado el gato en la habitación pertenezcan a un agente infeccioso pero se activan las defensas de las mucosas respiratorias o cutáneas. 

El error fóbico tiende a autoperpetuarse porque consigue que el individuo opte por evitar los escenarios desencadenantes. 

La evitación del desencadenante en el error fóbico alérgico está justificado. No parece prudente volver a inyectarse un antibiótico cuando ha habido una reacción previa, aduciendo que el sistema inmune está equivocado. 

En el error fóbico por evaluación alarmista irracional por parte del cerebro, la evitación del desencadenante no es aconsejable (aunque así lo aconsejen obsesivamente los neurólogos). Si uno padece fobia a entrar al ascensor debe racionalizar, superar el miedo y tratar de conseguir que su cerebro vaya tolerando la exposición. Si el cerebro activa la fobia al chocolate se debe también racionalizar y comerse la tableta. 

Al menos eso es lo teóricamente correcto aunque no lo sea políticamente. 

La irracionalidad emerge con facilidad de nuestro cerebro, especialmente si está alimentada por una cultura alarmista. El sentido común se vuelve una pieza difícil de cobrar... cuando la información que recibimos corresponde, en realidad a una ignorancia muy común.

  

martes, 14 de abril de 2009

Reflejos y reflexiones


Los circuitos neuronales contienen programas con respuestas preparadas genéticamente para determinados estímulos. A lo largo de la evolución se han ido seleccionando en función de su capacidad para resolver rápida y eficazmente situaciones de relevancia biológica. 

Una vez aplicado el estímulo, se descarga la respuesta, que será siempre la misma. Se trata de una respuesta refleja: la pupila se cierra reflejamente si le aplicamos la luz de una linterna o el cuadriceps se contrae si lo estiramos previamente con el clásico golpe del martillo sobre su tendón. 

La respuesta refleja es rápida, previsible, inmutable a lo largo del tiempo en su cualidad, aunque admite variación en intensidad y rapidez de disparo. 

Muchos animales muestran únicamente respuestas de este tipo y sobreviven, generalmente en entornos fijos, predecibles. 

Homo sapiens (ma non troppo) optó por el nomadismo y la interacción social y eso exige una red neuronal que complemente las prestaciones de las conductas reflejas. El estrecho margen de variación que admiten estas, no da para sobrevivir si estamos cambiando continuamente de entornos o si debemos tomar la medida a las intenciones de nuestros congéneres antes de tomar una decisión. 

La red neuronal fué añadiendo capas de procesamiento en el cerebro primate que permitían considerar anticipadamente el comportamiento de la realidad y tomar decisiones pensadas, reflexivas. 

Las respuestas reflexivas son (o pueden y deben serlo) cambiantes, elásticas. Se construyen con el aprendizaje y no disponen de una receta para acertar en el genoma. Este sólo facilita la infraestructura para el ensayo-error. 

La estrategia de las conductas reflexivas exige un período de escolarización, tutelado por padres y expertos. Gran parte de las respuestas reflexivas del futuro están facilitadas por los valores y afrontamientos que nos sugieren nuestros educadores. 

Las respuestas reflexivas pueden animar o contener las reflejas. Normalmente su influencia es inhibidora. Por ejemplo, la vejiga urinaria tiende a contraerse reflejamente a partir de un determinado volumen pero las capas de procesamiento reflexivo inhiben la respuesta, lo cual nos permite retrasar la micción (dentro de unos límites) a voluntad. 

La cultura alarmista sobre cabeza, que, construye una idea absurda de vulnerabilidad al chocolate, los viajes, el viento Sur y otros cientos más de "enemigos", dispone una red reflexiva irracional, hipocondríaca, alarmista. 

La piel se vasodilata (enrojece) si se acerca a un foco de calor (respuesta refleja) pero también se pone roja si nos ruborizamos por un estímulo emocional (respuesta reflexiva, aprendida). Esa misma piel duele si nos quemamos (dolor reflejo) pero también puede doler si el cerebro ve amenaza allí  (dolor reflexivo). 

Los sensores de daño (nociceptores) silenciosos se despiertan si hay daño-inflamación pero también lo hacen si el cerebro olfatea peligro. Basta con que lo ordene para que lo hagan. Desde el cerebro descienden rápidamente flujos de señales eléctricas que conducen a la liberación de las mismas sustancias (CGRP, sustancia P) que despiertan a los nociceptores cuando ha habido ataque. 

El cerebro, seleccionado para contener respuestas reflejas defensivas, se ha convertido en un órgano que las mantiene facilitadas absurdamente, a pesar de que nuestro entorno ha perdido peligrosidad física. 

La migraña delata a un cerebro instruído en el temor a lo irrelevante.



  

lunes, 13 de abril de 2009

Mayoría silenciosa


La consciencia es un universo en el que el cerebro nos proyecta lo relevante de cada lugar y momento. Si no sucede nada trascendente dejamos de percibir el cuerpo y la mente vaga libremente repasando el pasado, prediciendo el futuro y especulando sobre lo que opinarán los otros de nuestras acciones. Este estado cerebral de vagabundeo mental especulativo se denomina default mode (modo por defecto) y será objeto de atención en una próxima entrada. 

Si no sucede nada importante en la superficie e interior corporal lo deseable es que no notemos nada, que haya silencio perceptivo. 

Pues bien, dentro de las neuronas que se encargan de vigilar, detectar agentes y estados nocivos, es decir, los nociceptores, existe una proporción variable de ellos que se denominan nociceptores durmientes o silenciosos. Se caracterizan por su falta de respuesta ante estímulos mecánicos (también se describen como "mecanoinsensibles").  

Gracias a que esto es así, podemos movernos, saltar, correr, estirar bruscamente tendones, músculos y articulaciones sin que lo impida el dolor. Este nutrido grupo de receptores de estímulos mecánicos (la mayoría silenciosa) están apagados. Duermen. Callan.

Lo mismo sucede con los linfocitos T en el sistema inmune. Están capacitados para intervenir en la defensa con sus poderosas armas pero permanecen inactivos, silenciosos, a pesar de que se haya detectado la presencia de agentes patógenos. 

Se necesita algo más para que se active la respuesta de alarma, tanto en la red neuronal como en el sistema inmune: que se haya atentado contra la integridad de los tejidos. El organismo aplica la presunción de inocencia. Si no hay daño necrótico (destrucción violenta de células), los nociceptores neuronales e inmunes permanecen callados, inactivos. Podemos continuar con nuestra actividad sin contratiempos. 

¿Qué saca a los nociceptores silentes de su pasividad? Las señales de daño celular que encienden la reacción de alarma, la inflamación.  

Una zona dañada libera moléculas que sirven de señal para que cambie la comformación de los sensores dormidos y se vuelvan sensibles a cualquier estímulo. 

Cuando se acaban las obras de reparación los nociceptores silenciosos vuelven a su estado habitual de aparente sueño. Podemos reutilizar la zona afectada sin problemas. 

No sólo hay neuronas dormidas o silenciosas. También existen sinapsis (conexiones) silenciosas. Cada neurona recibe y proyecta varios miles de conexiones. Cada una de ellas tiene una regulación propia y puede encontrarse en estado activo digamos, normal, estar silenciada o, al contrario, sensibilizada. Las posibilidades de respuesta de cada sinapsis, de cada neurona y de cada circuito son así innumerables. 

La red neuronal es un universo dinámico, cambiante. Tiene capacidad para adaptar la respuesta a todo tipo de variaciones... siempre que tenga libertad para hacerlo. 

No siempre los circuitos neuronales son libres. Pueden perder su plasticidad por una información que atribuye de forma indiscriminada peligro a cualquier estado o agente. 

La cultura da relevancia interesada a múltiples estados y agentes que no la tienen. Ello hace que el cerebro, si valida esa trascendencia, ordene que los nociceptores dormidos permanezcan peródicamente o de forma estable, en estado de alerta, encendidos. 

En la migraña el cerebro ha activado los nociceptores silenciosos y eso hace que todo resulte insufrible, incluso algo tan irrelevante como mover la cabeza. 

domingo, 12 de abril de 2009

Incertidumbre


El cerebro es un órgano seleccionado para minimizar la sorpresa. Cada neurona, cada circuito, realiza un trabajo continuo de integración de datos cuyo objetivo es el de construir hipótesis (abducir) sobre el futuro a corto, medio  y largo plazo. 

Repasamos obsesivamente el pasado para intentar dar con las claves del futuro (memoria de futuro). Calculamos posibilidades y probabilidades teóricas de las que surgen decisiones más o menos racionales. 

La obsesión por minimizar la incertidumbre nos ha traído evolutivamente hasta la civilización actual, un entorno garantista en el que tenemos asegurados sustento, cobijo y amparo social. A pesar de ello, la pulsión biológica de optimizar certezas nos empuja obsesivamente a un consumismo irracional por su sobredimensionamiento.   

Una vez conseguidas las certezas externas, el instinto garantista se centra en minimizar sorpresas en el interior. El cerebro desteje y teje la historia teórica de nuestras entrañas tratando de conseguir unas mínimas certezas sobre su salud. 

La incertidumbre interna es un hueso duro de roer. Los sentidos internos no se proyectan directamente sobre la consciencia. No vemos, oímos, degustamos, palpamos ni olemos el interior. Es un universo silencioso, opaco. 

El silencio interno es un indicador de que todo va bien pero sabemos que puede tratarse de una calma engañosa. Los contratiempos propios y ajenos y las prédicas agoreras de los expertos crean un caldo de cultivo cada vez más inclinado hacia las previsiones pesimistas. 

El cerebro es un órgano alarmista, fácilmente emocionable y sugestionable. Si  el desasosiego neuronal alcanza el umbral se disparan las alarmas y los programas de alerta. Estalla la tormenta migrañosa. 

La civilización ha resuelto la incertidumbre externa pero ha propiciado a la vez el sobredimensionamiento de la interna: el dolor, un programa seleccionado para activarse excepcionalmente, con ocasión de episodios consumados o inminentes de muerte celular violenta, se activa ahora por la incertidumbre generada por una tableta de chocolate o unas tenues ráfagas de viento Sur. 

                         El hambre se ceba con los obesos y el dolor con los sanos. 


                                     La incertidumbre no mata pero engorda y hace sufrir.

sábado, 11 de abril de 2009

Deducciones, inducciones y abducciones


Tal como sugería Von Helmholtz la percepción es un proceso que surge de inferencias inconscientes, es decir, conclusiones extraidas tras procesar el conocimiento para después aplicarlas a un momento, lugar y objetivo concreto. 

Si nos duele la cabeza siempre que sale un día luminoso, hemos tomado alcohol o estamos contrariados (o contentos...), sacamos la conclusión (inferimos) que el sol, el estado de ánimo o el alcohol han causado el dolor. Esta conclusión la ha construido el cerebro en sus ratos libres (mientras el individuo duerme o la mente vaga libremente) y la propone como sugerencia aplicada a buscar una causa al efecto del dolor y las náuseas. 

Puede que a esta inferencia le llamemos deducción lógica y es seguro que para quien sostiene la convicción de la culpa del sol, el alcohol o la contrariedad resulte difícil dar su brazo a torcer... pero realmente las inferencias cerebrales en el mundo de la migraña no son deducciones. Ni siquiera son inducciones sino meras hipótesis... es decir, abducciones. 

Charles Sanders Peirce (1839-1914) fué un filósofo-científico americano que se dedicó a reflexionar sobre la construcción del conocimiento y estableció tres tipos de inferencia: deducción, inducción y abducción. Puso un ejemplo clarificador para diferenciarlos: 

  Deducción:   

               Todas las alubias de esta bolsa son blancas
               Estas alubias son de esta bolsa...luego:
               Estas alubias son blancas

  Inducción: 

              Estas alubias blancas son de esta bolsa
              Todas son blancas...luego:
              Todas las alubias de esta bolsa son blancas

  Abducción:

              Todas las alubias de esa bolsa son blancas
               Estas alubias son blancas...luego:
               Estas alubias son de esa bolsa

Está claro que la conclusión de la deducción es inapelablemente correcta. La de la inducción es probablemente correcta y la de la abducción es, simplemente, una hipótesis que deberá ser explorada adquiriendo más información. 

La clave de la corrección de las inferencias reside en la veracidad de la afirmación general: 
          
             todos los... son...

Si la afirmación solemne no es correcta nos meteremos en problemas. Un ejemplo:

          Deducción:

              Todas las aves vuelan
              El avestruz es un ave 
              El avestruz vuela

La observación atenta del avestruz plantea una cuestión abierta: 

      ¿Por qué no vuela el avestruz?
      
             ¿Está enfermo
             ¿No tiene ganas?
             ¿No le dejan?

           Inducción: 
             
              El avestruz es un ave
              Ningún avestruz vuela
              Las aves no vuelan

Debe revisarse la idea errónea de atribuir la capacidad de volar a las aves.

           Abducción: 

              Todas las aves vuelan
              Estos avestruces no vuelan
              Los avestruces no son aves

No hay que dejarse llevar por el engañoso nombre del ave-struz 

Las inferencias cerebrales habitualmente son abducciones (hipótesis). Están influídas por la cultura, que, tiende a atribuir a la creencia la categoría de premisa mayor universal: todos los...son y eso nos mete en todo tipo de líos interpretativos y demandantes. Los neurólogos tienden a hacer afirmaciones solemnes con aspecto de verdad universal, al referirse a la migraña. Por ejemplo: La migraña es una enfermedad cerebral genética. El cerebro pica el anzuelo y, a partir de ahí exige, con sus inferencias, una determinada conducta al individuo. 

La solución a todos estos embrollos es simple: No todas las aves vuelan: No todas las migrañas son enfermedades cerebrales genéticas. De hecho la inmensa mayoría no lo son. Existe una migraña que corresponde a la afirmación universal de los neurólogos: se llama Migraña hemipléjica familiar. Llevo 36 años ejerciendo de neurólogo viendo cientos de migrañas al año. No he visto ningún caso de esa enfermedad. 

La inmensa mayoría de las migrañas no son enfermedades cerebrales genéticas. La cultura es un poderoso activador del encendido innecesario de las alarmas. Sobre estas premisas todo se simplifica y se hace diáfano. Ya sabe: el cerebro abduce constantemente. Eso le obliga a ser cauto, es decir, no ser incauto y explorar nueva información, hacerse con un buen puñado de premisas científicas para librarse de las culturales y del mercado que las sostiene.


viernes, 10 de abril de 2009

Percepción


A través de los sentidos recibimos múltiples pequeños estímulos. Los objetos alejados reflejan luz (radiación electromagnética), liberan moléculas volátiles u ondas mecánicas sonoras y los cercanos o en contacto, energía térmica, mecánica o química. 

La superficie corporal (piel y mucosas-frontera) está sembrada de sensores especializados en detectar parte de las variaciones energéticas que produce el exterior. Cada especie dispone de unas capacidades específicas. 

Los datos recogidos por los sensores se transforman (transducen) en pequeñas corrientes eléctricas que viajan a través de los nervios a diversos centros, escalonados en capas, en los que se integra la información y se activan respuestas (conductas) en su mayoría desapercibidas por el individuo. 

El entorno contiene tanto sucesos transcendentes como irrelevantes. El cerebro está continuamente evaluando la significación de lo que sucede a nuestro alrededor y únicamente nos presenta a la consciencia aquello que pueda tener interés. 

Lo que percibimos no es, sin embargo, algo que procede directamente de la realidad y el cerebro se limita a seleccionar iluminándolo con una linterna. Si fuera así los mensajes serían confusos, improductivos. No acertaríamos a saber qué hay ahí fuera ni dónde está exactamente. 

Al igual que necesitamos conocer un idioma para interpretar correctamente el significado de los sonidos de un interlocutor, dependemos del conocimiento del lenguaje en el que se expresa el entorno (luces, sonidos, olores, sabores, temperatura, textura) para interpretarlo y actuar en consecuencia. 

El cerebro recibe los garabatos sensoriales y los convierte en un informe retocado que nos permite interactuar con sentido con los objetos del mundo.  Imagina lo que quieren expresar estos garabatos de los sentidos como el farmacéutico imagina el significado de los garabatos de la receta que ha extendido el médico. Sin el cerebro del sufrido farmacéutico la receta sería algo indescifrable. 

Percibimos aquello que el cerebro imagina que probablemente hay ahí fuera. 

La función de interpretación de la realidad se complementa con la de su utilidad, su sentido, su valor de peligrosidad o conveniencia. Lo percibido lleva acoplada una vivencia de agrado-atracción o desagrado-evitación que nos empuja a acercarnos o alejarnos del objeto percibido. El cerebro, con la percepción, no solamente nos informa sino que nos sugiere, recomienda o, incluso, en determinadas situaciones, nos impone una conducta. 

El dolor es una percepción que se activa cuando contactamos con un objeto externo potencialmente destructivo (algo que pincha, desgarra, comprime o quema). Contiene la propiedad del desagrado que nos fuerza a evitar el contacto. No se plantean demasiados problemas para identificar al objeto destructivo externo : una cazuela caliente, un traumatismo, el pincho de una rosa... 

El interior también genera múltiples estímulos que se expresan en un lenguaje que el cerebro tiene que aprender para poder interpretarlo adecuadamente. Normalmente no hay problema en construir el conocimiento que permite interpretar y evaluar los estímulos naturales, cotidianos que genera el trajín de la actividad interna. 

El problema surge de lo que el cerebro ve que sucede a otros (empatía) y lo que los expertos alertan de lo que puede suceder. 

Percibir es imaginar... creer... temer... El cerebro está condenado a hacerlo, y si es necesario intentará extender al individuo sus temores (imaginados) y creencias. 

La crisis de migraña contiene en el dolor, la intolerancia sensorial y las náuseas todo lo que el cerebro ha ido aprendiendo a interpretar como (falsas) señales de peligro en la cabeza. 

Al percibir sabemos lo que el cerebro imagina-teme. La percepción hace que el cerebro en su afán por dar sentido a todo construya una cara en una nube...   

jueves, 9 de abril de 2009

Inferencia inconsciente



Nos pasamos la vida infiriendo, sacando conclusiones que son las que guian nuestra conducta. 

Inferir es utilizar los datos disponibles sobre la realidad y extraer la conclusión que nos parece más probable. Generalmente las decisiones contienen una cuota variable de incertidumbre y debemos arriesgar optando por una conclusión-decisión a la hora de actuar. 

Los sentidos nos aportan datos parciales y confusos. Un olor, un ruido, algo que se ha movido... puede ser un peligroso depredador y, aunque podríamos aproximarnos a la fuente de los estímulos para mejorar la información, puede que ello nos costara la vida y decidimos, por si las moscas, concluir que existe una posibilidad de que haya por allí un león que quiere comernos y que es mejor alejarse y guarecerse. Hemos inferido que hay un posible león (con probabilidad incierta de acierto en la evaluación). 

El cerebro es un órgano protector (en teoría) y debe tomar decisiones de evitación constantemente. La supervivencia exige conocer todas aquellas señales que pudieran anticipar el peligro: una seta venenosa contiene señales que permiten a los expertos identificar el peligro. Ante la duda es mejor ser cauto, pensar mal y abstenerse. Una rama puede ser una serpiente es una inferencia más útil que la contraria: una serpiente puede ser una rama. 

Cuando se activa la alerta migrañosa, el cerebro ha inferido que la cabeza corre peligro y ha tomado la decisión de forzar una conducta defensiva preventiva por parte del individuo. El dolor, la búsqueda del refugio, la intolerancia a estímulos y las nauseas no son sino la expresión de los programas que sirven para mantenernos vivos en circunstancias amenazantes. 

En la migraña el cerebro ha tomado la rama ( el desencadenante) por una serpiente y ha conseguido que el individuo actúe como si hubiera serpiente. 

Percibir es, como afirmaba Von Helmholtz, interpretar, inferir. Todo lo que percibimos es una inferencia inicialmente inconsciente (cerebral) pero una vez proyectada a la consciencia, la percepción atrapa al individuo consciente y le obliga a participar en esa inferencia.

Si el individuo sabe que la serpiente es realmente una rama, puede desbaratar la conclusión inicial cerebral y desactivar los programas de huída. 

Desgraciadamente la doctrina oficial sobre migraña potencia el error cerebral de inferencia y el individuo inconscientemente amplifica los temores cerebrales. 

La espiral de la crisis no se detiene hasta que no se hayan despejado las dudas sobre peligro. 

Generalmente el cerebro no se queda tranquilo hasta que se haya cumplido todo el ritual defensivo (meterse al cuarto oscuro, vomitar y tomarse los calmantes). Sólo entonces empieza a retirar la alarma y autoriza al individuo a volver a la normalidad. 


Hermann Von Helmholtz


Hermann Ludwig Ferdinand Von Helmholtz (Postdam, Alemania 1821-1894), médico, fisiólogo, físico, matemático y filósofo, ha sido uno de los grandes sabios del siglo XIX. Inventor del oftalmoscopio, luchador incansable contra la teoría imperante en su tiempo de la "fuerza vital" o "espíritu animal" (misteriosa energía no ligada a la materia que haría moverse a los músculos), midió la velocidad de conducción del impulso nervioso, estableciendo así que el proceso de contracción del músculo estaba gobernado por fuerzas físico-químicas, no sobrenaturales. 

Se interesó especialmente por la fisiología de los sentidos y defendió la teoría de la inferencia inconsciente, según la cual las sensaciones (el impacto de la realidad sobre los receptores de los sentidos) no permiten la identificación de los objetos sino que sólo sirven como señales o trazos que el cerebro utiliza para sacar conclusiones a través de procesos inconscientes activos en los que aplica herramientas lógicas (inferencias o conclusiones). 

La inferencia inconsciente fué un concepto avanzado para su tiempo que quedó relegado en el olvido pero que es absolutamente coherente con la moderna visión de la percepción. 

Von Helmholtz representa un modelo de investigador desgraciadamente en desuso, con conocimientos e intereses en diversas disciplinas que buscan la explicación material de los complejos procesos neuronales con algo más que moléculas. 

La Biología molecular ha desplazado a la Neurofisiología como generador de teorías y aplicaciones en Neurología. Creo que es una situación que empobrece y distorsiona la reflexión de los neurólogos sobre padecimientos como la migraña en los que se buscan exclusiva y obsesivamente las claves químicas, supuestamente alteradas.   

miércoles, 8 de abril de 2009

Un alto en el camino


El objetivo de este blog es reflexionar sobre la migraña desde una perspectiva novedosa no sólo alejada sino confrontada con la teoría oficial de genes y desencadenantes. 

Para mí, la migraña es la expresión de un estado cerebral de alerta, de evaluación de amenaza teórica de destrucción violenta de la cabeza. Los síntomas de la migraña se corresponden con la activación de los mismos programas que se encienden en una meningitis o en una hemorragia intracraneal. La diferencia no está en el contenido del programa sino en la justificación o no de su encendido. La migraña es una falsa alarma. Se han desplegado los efectivos y parece que al final no ha pasado nada, pero cualquier día pudiera pasar y todo hace indicar que se ha estado rozando un límite peligroso. 

El cerebro no contabiliza el error del encendido migrañoso como tal error y el individuo no tiene una explicación. Repasa la lista de pecados contra la cabeza (cubatas, insommio, ajetreo mental, viento sur... hasta cubrir la delirante lista de desencadenantes recogida por Victoria Mena en su comentario...) y al no dar con la culpa pregunta a los neurólogos (el colectivo con mayor incidencia de migrañas de la población) quienes tras comprobar que, en efecto, no ha habido mala conducta, remiten el problema a unos supuestos genes y al misterio, al poblado apartado de los padecimientos sin explicación médica. 

Un famoso médico del siglo XVII daba una receta para hacer un ratón: había que coger unos granos de trigo y una camisa sucia empapada de sudor humano , colocarlo en una caja y esperar veintiun días. 

La propuesta oficial de origen de la migraña tiene también el aire de las teorías de la generación espontánea. La migraña irrumpe un buen día, sin más. No hay proceso no hay nada previo. En definitiva se desconsidera una función consustancial a la red neuronal: el aprendizaje. 

El aprendizaje tiene su apartado de disfunción. Nadie tiene garantizado el acierto. Las posibilidades de errar aumentan, lógicamente, si se utilizan textos erróneos, doctrinas que señalan en dirección equivocada. 

La doctrina de los Reyes Magos que traen todos los juguetes que pidan los niños a condición de que hayan sido buenos coloca a un niño pobre y bueno en una insufrible situación: no tiene juguetes y eso no tiene mas que una explicación: no ha sido bueno. Buscará y rebuscará en su conducta para dar con la maldad responsable y si pregunta a los expertos le dirán que algo habrá hecho que no ha gustado a Sus Majestades. Los explicadores alternativos le dirán que pruebe con Santa Claus o Papá Noel y los de las teorías intermedias que se quedan en la tierra de nadie le harán saber que los Reyes necesitan un informe de buena conducta de su padre y que quizás por ahí vengan los tiros. 

El paciente migrañoso recibe carbón cuando pone los zapatos y también está instruido en una doctrina que interpreta el dolor como una prueba contundente de que no es bueno, de que algo malo habrá hecho contra su cabeza o que, simplemente, ha salido así... defectuoso. 

La verdadera explicación (una vez descartados sucesos actuales de lesión) es que el dolor no sólo viene de la mano del horror (daño violento) sino, con mucho mayor frecuencia, del error. 

El paso fundamental para librarse de la migraña es saber que esto es así y, lo que es más difícil, creérselo para actuar en consecuencia, dejando de poner los zapatos tras escribir una carta más a unos Reyes que no existen.