Se puede tener un cáncer y encontrarse bien o estar sometido a un sufrimiento e invalidez considerables sin que los médicos encuentren pruebas de enfermedad. La Medicina no ofrece respuestas aceptables para esta última situación y recurre arbitrariamente a negar la realidad del sufrimiento, haciendo aún más insufrible el calvario de los pacientes. Este blog intenta aportar desde el conocimiento de la red neuronal un poco de luz a este confuso apartado de la patología.

We may have cancer and feel good, or be submitted to substantial disability and suffering without doctors finding any evidence of disease. Medicine gives no acceptable answers to the last situation and arbitrarily appeals to denying the reality of suffering, making the calvary of patients even more unbearable. This blog tries to contribute with the knowledge of the neuronal network, giving a little light to this confusing section of pathology.

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martes, 18 de enero de 2011

La acción de percibir



Desde que se inician las primeras contracciones musculares en el embrión y ya en presencia de neuronas, estas se hacen con el control del movimiento, obligando a que los músculos se contraigan por su mandato. Cada sacudida muscular, cada patadita en el vientre materno, genera estímulos en piel, articulaciones, sensores de estiramiento muscular, tensión tendinosa. Los centros motores van elaborando programas que perfilan progresivamente acciones dirigidas a un propósito (caminar, succionar, bostezar, tragar, coger, mirar...). Cada acción incluye un registro anticipado de los efectos periféricos sensoriales que genera (copia eferente). El feto elabora así una representación de sí mismo, de sus decisiones musculares (agencia) y consecuencias predecibles. Aprende a reconocerse a sí mismo a través de las consecuencias sensoriales de lo que decide hacer (mover).

El incesante flujo de señales sensoriales generadas con el movimiento va siendo catalogado como corporalidad, tiempo-espacio propio insertado en el tiempo-espacio ajeno. Las acciones colisionan con los objetos externos y producen efectos de relevancia variable: apetitiva, aversiva o irrelevante. 

El interior está lleno de objetos somáticos que interactuan entre sí con el movimiento. Corazón, pulmones, huesos, músculos, piel, articulaciones, son influidos por cada acción decidida. Los programas motores registran también las consecuencias somáticas internas de cada objetivo motor (aumento de la frecuencia cardíaca, excursión respiratoria, variables químicas...). Hay una copia eferente de consecuencias internas producidas.

El complejo mundo de consecuencias sensoriales generado con cada acción es filtrado. El individuo no lo percibe... en condiciones normales. No existe consciencia somática precisa de uno mismo. Sólo un sentimiento casi incorpóreo, imaginario. Si queremos percibirnos con más densidad, con más presencia, debemos hacer un esfuerzo de concentración, meditar. 

Las acciones cotidianas, ordinarias, generadas por nuestra voluntad son silenciosas. No contienen sorpresa, novedad. Son irrelevantes por tener garantía de que nada importante sucede al latir el corazón, inflarse los pulmones, estirarse los músculos... No hay peligro de daño. El cuerpo navega por el mundo sin generar más percepción que la que deriva de hechos novedosos o relevantes, internos y/o externos.

Otra cosa es cuando sucede algo relevante, por ejemplo, un hecho nocivo. Las neuronas sensoras de daño (nociceptores) lo detectan y activan la alarma de la percepción dolorosa desde todas las zonas cerebrales implicadas en su génesis (neuromatriz del dolor).

No hace falta que suceda nada. Basta que el cerebro valore amenaza para que el filtro de estímulos irrelevantes se inactive. Todo puede ser importante. El dolor se proyecta desde el cerebro hacia la consciencia para implicar al individuo en la alerta. No hace falta que lleguen señales de daño. Basta la confluencia de las señales normales, cotidianas, con un circuito abierto, sensibilizado.

El mundo real relevante produce percepción consciente. El mundo imaginado relevante también puede hacerlo. Si lo imaginado tiene poca carga de probabilidad vivida, la percepción es tenue, vaporosa, evanescente. A medida que aumenta el miedo a que lo posible suceda va encendiéndose el escenario de la consciencia y proyectándose aquella percepción que surgiría si lo imaginado fuera real.

Percibir o no percibir es función de temer o no temer. Certeza de indemnidad o incertidumbre. Expectativas, creencias. El paso de sentir la normalidad, el silencio perceptivo, a percibir dolor se produce por una acción cerebral de atribuir a un momento, lugar y circunstancia la probabilidad de que algo nocivo suceda. 

Expectativas y creencias, memorias de pasado-presente-futuro, hacen oscilar el umbral de lo que debe ser percibido o sólo imaginado.

El objetivo de la percepción es implicar al individuo en la evaluación temerosa del daño.

Una vez percatado de que algo está sucediendo, el individuo debe retroalimentar al organismo desde lo conocido respondiendo con una interpretación y una conducta acorde con lo que, realmente, está sucediendo.

Si no está sucediendo nada lo sensato y deseable es que el individuo des(a)precie la acción cerebral de (a)percibir, haga el corte de mangas y se centre en sus propósitos conscientes como individuo, tratando de que lo irracionalmente imaginado vuelva al estado preconsciente, imperceptible.  

- Creo que el cerebro quiere que perciba su inquietud. Algo imagina. ¡Qué cruz!

Comienza la función...

- ¡Yo me largo!    

4 comentarios:

Sol del Val dijo...

En algún comentario en los últimos días alguien escribía sobre su costumbre de apuntar en el calendario el día que tenía migrañas. Eso también hacía yo antes por indicación de los neurólogos.
Me di cuenta cuando lo hacía que contaba cuántos días había estado libre de dolor y cómo era el registro de los últimos meses.No sabía hasta qué punto eso me condicionaba a tener la próxima migraña.
Después de "asistir" a tus clases fui consciente por primera vez de que el calendario era un disparador de las migrañas. La alerta se encendía cuando como por casualidad pasaba por delante del calendario y veía que habían pasado demasiados días sin migraña.Ese dato hacía saltar la alarma y sin motivo aparente, sin daño, mi cerebro proyectaba dolor sobre la zona en cuestión (era algo así como: ¡mal vamos, ya se acerca el día!)
Dejar de anotar las migrañas en el calendario fue una forma de decidir libremente, de elegir que no quería darle relevancia a mis días con dolor y que ya nunca más el calendario iba a tener una M de migraña en determinados días del mes como si se tratase de fechas para recordar.
No obstante, cada uno decide su propio patrón de deshabituación a esto del dolor sin daño y hay tantas fórmulas como padecientes en transición a dejar de serlo.
Un abrazo.

arturo goicoechea dijo...

Sol del Val: la recomendación de llevar un registro de dolor está muy extendida en los abordajes "multidisciplinares" del dolor. Creo que desde la Psicología se recomendaba con entusiasmo su uso. Como comentas, puede que a alguno le sirvieran pero la estructura de la práctica es, en mi opinión, sensibilizadora de las alertas. El calendario puede recordar al cerebro, tal como apuntas, que el dolor "ya tendría que estar aquí".

Un abrazo

NEURIWOMAN dijo...

La verdad es que es un problema vivir con un cerebro de hace miles de años en una cabeza de hoy día.

No me extraña que se asuste con todo, que se disparen las alarmas, como si fuesemos hombres prehistoricos metidos en unos grandes almacenes un dia de rebajas.

Sobre todo en una sociedad donde no se acepta el dolor, donde desde la religión se nos manda un mensaje de todos que hemos nacido para sufrir en este valle de lagrimas.

Pasando a las presiones sociales en la que una persona enferma o con una discapacidad es marginado, y su cerebro es el primero en darse cuenta.

Dicen que no hay mayor dolor que el que siente uno mismo. Y estamos tan acostumbrados a matar microbios y bacterias, que nos llegamos a creer que estamos ganando nosotros.

Pero nunca dejamos a nuestro cuerpo enfrentarse al dolor, a la enfermedad ni en el más bajo de sus escalones.

Es normal que el cerebro se encuentre acongojado pensando que no podemos que no debemos enfermar que eso nos hace inferiores al resto de la manada, que luego nos dejarán atras y seremos los primeros en ser devorados por los leones. Triste papel el del cerebro en estos tiempos.

Cuando aprenda que no esta solo y hay sistemas de defensa en nuestro organismo, que no es perfecto en sus apreciaciones y no se lo vamos a reprochar, cuando se relaje porque ya no hay tigres en el bosque...quizas se adapte a las vicisitudes modernas, a las crisis, a las navidades, al trabajo artificial y sedentario, al estres que nos produce ser seres sociales.

Y cuando sepa que el dolor solo es dolor, y aplique el refrán antiguo de que "lo que no mata engorda" seguro que estaremos todos más tranquilos.

Bueno estimo que me enrollado demasiado, pero estoy contenta con los resultados de este miniexperimento unipersonal, incluso he desafiado las señales de alarma para jaqueca tomando unos cuantos bombones de chocolate y queso manchego con jamón en estos días. Y en esta ocasión la autoprofecia que se cumple a si misma, ha perdido su potencialidad.

Gracias doctor.

arturo goicoechea dijo...

NEURIWOMAN: me parecen geniales y divertidas tus reflexiones. Nada me haría más feliz que saber que el blog te ha facilitado el reencuentro placentero y confiado con bombones y quesos curados... de espanto.

Saludos