Se puede tener un cáncer y encontrarse bien o estar sometido a un sufrimiento e invalidez considerables sin que los médicos encuentren pruebas de enfermedad. La Medicina no ofrece respuestas aceptables para esta última situación y recurre arbitrariamente a negar la realidad del sufrimiento, haciendo aún más insufrible el calvario de los pacientes. Este blog intenta aportar desde el conocimiento de la red neuronal un poco de luz a este confuso apartado de la patología.

We may have cancer and feel good, or be submitted to substantial disability and suffering without doctors finding any evidence of disease. Medicine gives no acceptable answers to the last situation and arbitrarily appeals to denying the reality of suffering, making the calvary of patients even more unbearable. This blog tries to contribute with the knowledge of the neuronal network, giving a little light to this confusing section of pathology.

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sábado, 19 de marzo de 2011

Está usted deprimido



A los padecientes de dolor crónico se les supone deprimidos. No hay que molestarse en preguntarles sobre su estado de ánimo. Puede, incluso, que contesten que es bueno y que sería aún mejor si no tuvieran dolor.  

- ¿Cómo anda de ánimos?

- Bien. Si no tengo dolor me como el mundo.

- Está usted deprimido. Por eso le duele.

- No me siento deprimido.

- Bueno. No hace falta sentirse deprimido para estarlo. Es típico de "la depresión": su carácter oculto, su invisibilidad ... para el padeciente pero no para nosotros, los profesionales.

Para muchos profesionales el dolor surge del desánimo. Para los padecientes la relación es la contraria: el desánimo surge del dolor.

El organismo proyecta al individuo sus valoraciones, sus estados de ánimo, incertidumbre y pesimismo. El cerebro es un órgano virtual generador de decisiones perceptivas, interpretaciones, predicciones. 

Si duele quiere decir que el cerebro valora, con más o menos fundamento, amenaza de daño en los tejidos.

Si hay desánimo se puede inferir que el cerebro no quiere promover esfuerzo individual tal como están las cosas.

El programa inflamatorio, el de dolor y el del desánimo tienen mucho en común. Las moléculas proinflamatorias activan el cerebro deprimente. Podemos engañar al organismo administrando lipopolisacárido, una molécula de la cápsula de algunas bacterias. El cerebro activará el programa de sentirse enfermo. El lipopolisacárido engaña al cerebro.

El cerebro es un órgano falible... y cándido. Se le puede dar gato por liebre. Convencerle de que hay enfermedad o lesión sin haberla.

El cerebro deprimente está conectado con el cerebro evaluativo. Las ganas no son algo que el individuo pueda ponerse y quitarse. Se encuentra con y sin ellas, a veces conociendo las causas y otras ignorándolas.

El cerebro puede estar equivocado al proyectar percepciones. Sus evaluaciones pueden ser erróneas, catastrofistas, pesimistas. El YO de los tejidos y el YO de la interacción con el mundo pueden estar estimados como enfermos o incapaces sin serlo. Un entorno rebosante de recursos puede valorarse como precario o adverso. 

El individuo no recibe muchas explicaciones sobre lo que percibe. Se siente dolorido y desanimado. Eso es todo. Si no hay enfermedad ni adversidad tangibles el cerebro no apaga los programas sino todo lo contrario. Da una vuelta de tuerca al sufrimiento para forzar la conducta de enfermo.

Muchos padecientes doloridos y agotados rehuyen la etiqueta de la depresión. Tienen razón. Ellos se sienten físicamente enfermos y necesitan una etiqueta de enfermedad física. Por ejemplo: "fibromialgia".

Hay quienes aceptan la etiqueta de "depresión" pero sólo a condición de que provenga de alguna condición biológica (genes, neurotransmisores, huesos, articulaciones...) deficiente que les exculpa de su génesis. Residir en un organismo pobre en serotonina, con huesos y articulaciones desgastadas, músculos sin energía... es deprimente. El residente se limita a ser una víctima. Le ha tocado la mala suerte de residir en ese deficiente cuerpo.

A muchos profesionales les convence la propuesta de las explicaciones moleculares. La depresión es un estado inflamatorio soterrado. Sueñan con aplicar remedios caros, sofisticados, anti-factor alfa de necrosis tumoral, estimulación vagal... Guerra a las citoquinas, a los mensajeros...

El individuo va perdiendo protagonismo, sentido, responsabilidad...

- No me siento nada bien y no sé por qué.

- Tiene todo inflamado. Huesos, músculos, articulaciones. Su mente también está inflamada, enferma... El estrés, los genes... Déjeme la tarjeta genómica...

viernes, 18 de marzo de 2011

Este deprimente cerebro



Todo cuanto sentimos procede de la puesta en escena en la consciencia de un determinado estado de conectividad. Los estados de ánimo no son una excepción. Si sentimos desánimo es porque se han activado necesariamente las áreas cerebrales que lo generan. El porqué ha sido así ya es otra cuestión, la cuestión.

El cerebro genera dolor, sufrimiento físico, por obra y gracia de una evaluación de amenaza física referida a un momento, lugar y circunstancia.

El cerebro genera percepción de desánimo por obra y gracia de una evaluación pesimista de la interacción del individuo con un momento, lugar y circunstancia.

El dolor está vinculado a la integridad física de los tejidos. El desánimo a la autoestima del organismo como sujeto que interacciona con el entorno, físico y social, a su capacidad de afrontamiento y previsión de resultado.

El cerebro es una estructura narrativa. Funde pasado, presente y futuro y presenta al individuo su evaluación predictiva sobre beneficio-perjuicio, capacidad-incapacidad, éxito-fracaso, aprecio-desprecio social, autoestima...

La evaluación pesimista cerebral activa el programa denominado: "respuesta de enfermedad", un programa que nos hace sentirnos mal, desanimados, doloridos, adinámicos, desinteresados en la interacción con el entorno, sumidos en una reflexión rumiante sobre los aspectos negativos de acciones propias y ajenas del pasado reciente y lejano.

Cuando estamos enfermos, los tejidos afectos liberan moléculas señal (citoquinas) que activan receptores neuronales periféricos (nervio vago) y centrales. De ese modo el cerebro sabe que hay problemas de muerte celular, local o sistémica. Las citoquinas encienden los programas que nos hacen sentir enfermos y nos incitan a conducirnos como tales. Apetece quedarnos en cama, desentendernos de las obligaciones y compromisos y estar fuera de juego como individuos operativos para centrarnos en consideraciones catastrofistas.

Tal como sucede con el dolor, que, irrumpe sin que conozcamos los motivos y sin que los profesionales tampoco los desvelen, sucede con los desánimos. Pueden envolvernos sin que haya motivo relevante.

Al desánimo sin causa desanimante aparente le llaman depresión.

La depresión inexplicada surgiría, según dicen, de la incapacidad cerebral de producir suficiente cantidad de moléculas necesarias para afrontar adversidades y carencias, propias y ajenas. En concreto, poca serotonina, la droga de la felicidad y el optimismo.

Un cerebro doliente es un cerebro hipersensiblero, hipervigilante, evitador de daño.

Un cerebro deprimente es un cerebro que promueve la baja estima, la evitación de fracasos

El dolor penaliza los propósitos y acciones del individuo, por motivos de seguridad física: "no te muevas pues puedes generar perjuicio físico..."

El desánimo trata de desmotivar el esfuerzo por evaluación catastrofista, de fracaso: "no te esfuerces pues no vas a conseguir nada..."; "no sirves para eso" o... "son unos canallas, no van a apreciar tu esfuerzo, van a lo suyo..."

A la depresión, tal como sucede con el dolor, le buscan y encuentran genes, moléculas que faltan o sobran.

A la depresión, tal como sucede con el dolor crónico, la consideran una enfermedad, algo que supera al individuo, algo que sigue su curso, al margen de los esfuerzos por evitarla.

La depresión, dicen, es algo biológico. Falta serotonina, factores de crecimiento (BDNF). No se fabrican nuevas neuronas en hipocampo, la corteza frontal se adelgaza...

El cerebro doliente encoge el ánimo del padeciente a golpe de tormento físico. El cerebro deprimente enchufa el desánimo para conseguir la voluntad de no tener voluntad.

Dolor y desánimo van, con frecuencia, de la mano.

Dicen los expertos que es porque la serotonina y la noradrenalina andan flojas en ambos casos y que sería buena cosa poder paliar la escasez desde fuera, con la ayuda de fármacos que estiran la presencia fugaz de la serotonina en las sinapsis, impidiendo que la neurona que la ha liberado vuelva a recaptarla, una acción incomprensible esa de ofrecer algo para retirarlo al momento.

Tal como sucede con el dolor, el cerebro tiene razones de organismo que el individuo desconoce, razones que aconsejan proyectar al individuo la percepción de que no debe esforzarse pues será inútil el esfuerzo, por culpa de la incapacidad propia o de la incomprensión y villanía ajena.

En el dolor crónico y en la depresión no explicada se registra al individuo para buscar y encontrar traumas físicos y emocionales mal reparados, genes descaminados, deficiencias químicas.

En el dolor y en la depresión hay un cerebro narrador, evaluador. Construye narraciones desde valores biológicos, evolutivos, culturales... No siempre consideramos la visión del organismo, un organismo razonablemente normal e irracionalmente instruido...

El cerebro puede proyectar al individuo dolores y desánimos sin justificación, por evaluación pesimista, catastrofista. 

Este doliente y deprimente cerebro... Ande con cuidado...

domingo, 21 de febrero de 2010

Respuesta de enfermedad


Los primates "avanzados" disponemos de un plus cerebral especializado en proyectar al individuo la percepción de que algo no va bien en el interior, de que estamos enfermos. La percepción de enfermedad invita al individuo a comportarse como un enfermo, es decir, quedarse inmóvil en el refugio y darse de baja de todo tipo de actividades.

El programa "siéntete enfermo" combina cansancio, dolorimiento, desánimo, desinterés, visión negativa de la realidad, repaso crítico de la conducta...

Los tejidos enfermos, necróticos, generan señales que son captadas por células del sistema inmune y terminales del nervio vago. Las noticias del suceso necrótico llegan al cerebro por la sangre y por el circuito neuronal provocando el encendido del programa que nos hace sentirnos y comportarnos como enfermos.

El programa de sentirse enfermo no necesita la enfermedad para activarse. Si introducimos en el organismo de un ratón sano las señales de enfermedad provenientes de un colega de jaula enfermo, el cerebro del sano encenderá el programa tan pronto como reciba la información errónea, engañosa. 

El cerebro de Homo sapiens (ma non troppo) va aún más allá: basta con que piense que puede haber enfermedad para que se active el programa (no la enfermedad, claro). 

Podemos sentirnos griposos: doloridos, cansados, abúlicos, desanimados porque nuestro cerebro aplica el cálculo de probabilidades y decide que actuemos, por si acaso, como si hubiera enfermedad.

En los tiempos que corren es fácil que el cerebro, bombardeado por la información alarmista que está condenado a procesar, acabe construyendo una idea de enfermedad posible-probable. 

Puede que el cerebro sapiens sea hipocondríaco (todos los cerebros lo son) y tienda al encendido alarmista injustificado pero para eso tenemos a los expertos, los que saben cuándo hay y no hay enfermedad. Los expertos compensan la tendencia enfermadora del cerebro con mensajes tranquilizadores que ponen la alarma en el sitio razonable... ¿o no?

Pues va a ser que no.

Los expertos etiquetan el encendido innecesario y alarmista del cerebro sapiens como enfermedad misteriosa, emergente, psicosomática, somatizante, funcional, holísticosistémica, cósmica o vaya usted a saber... aumentando aún más si cabe la incertidumbre y angustia somática. 

El Congreso de la SEFID acabó con una ponencia sobre dolor visceral en la que se habló del nervio vago, las citoquinas (mensajeros de enfermedad), del reflejo inflamatorio-antinflamatorio vagal y se proponían actuaciones de manipulación visceral que habían mostrado un poder analgésico. Confieso que no entendí la relación de lo expuesto sobre el nervio vago y la respuesta de enfermedad con las propuestas de manipulación visceral. 

Hice algún comentario para insistir en la importancia de lo expuesto como base fisiológica y la relación que la respuesta de enfermedad tenía con la fibromialgia. Como colofón a mi inoportuna serie de intervenciones en el Congreso se me contestó (con cierto fastidio) con referencias (otra vez) a la Resonancia Magnética Funcional y a sus colorines. ¿?

El tema de la gestión cerebral de interior es importante y está bastante desatendido. El mundo del dolor ha pivotado en exceso sobre estímulos externos y "músculoesqueléticos". Era oportuna la ponencia sobre visceralidad pero no acabé de captar el hilo argumental del ponente. Al menos se habló del nervio vago, de las citoquinas y del programa respuesta de enfermedad. 

Aplicando la definición de la IASP sobre dolor podríamos proponer que: 

La percepción de enfermedad es una experiencia sensorial desagradable debida a enfermedad real o potencial o vivida como tal enfermedad. 

Basta con que el cerebro evalúe enfermedad como probabilidad para que el desgraciado usuario residente en ese organismo lo viva como enfermo. 

Lo terrible es que el padeciente del encendido erróneo del programa reclama la enfermedad real. Está convencido de padecerla... Mal asunto...

domingo, 22 de noviembre de 2009

Sentir ganas






Al organismo no le basta con disponer de todo lo necesario para el movimiento. Precisa, además, disponer de ganas de moverse.


Las ganas son un ingrediente fundamental para afrontar el día a día.


Músculos, glucosa, oxígeno... y ganas.


- ¿Qué haces en la cama? ¡Levántate!


- No tengo ganas...


El proveedor de ganas es el cerebro.


- ¿Por qué estoy cansada y dolorida sin haber hecho nada especial?.


- Es porque (el cerebro) no te da la gana de levantarte...


- No es que no quiera. No puedo. Mis músculos están agotados. Algo les pasa...


- Insisto. A los músculos no les pasa nada. Tienen suficiente energía para mover el esqueleto. No tienes ganas... Tu cerebro no las activa. Es el que conduce el cuerpo y decide si arranca y pisa el acelerador. El individuo sólo indica a dónde le gustaría ir...


- Me muero de ganas de levantarme y comerme el mundo. Lo que me falta es salud no ganas... ¿Por qué iba a querer el cerebro, mi cerebro, tenerme tirada en la cama como si acabara de correr un maratón?


- Tendrá motivos, sus motivos... El cerebro toma decisiones en función de lo que en cada momento considera aconsejable para la integridad del organismo y la buena marcha de su economía. Si no lo ve claro no invierte un duro. No enciende las ganas...


- ¿El cerebro es rácano y tacaño?


- No exactamente. Más bien es imprudente. Se excede en la prudencia. Le falta confianza en el organismo y/o en el individuo.


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Nacemos con muchos circuitos programados para encenderse y apagarse en función de previsiones. Aprendemos a pronosticar, a ver el mundo de diversos colores. El cerebro también lo hace, aplicando criterios distintos, a veces confrontados con los del individuo.


El programa "respuesta de enfermedad" está seleccionado para desfondar al individuo, retirarle las ganas invitándole así a permanecer tumbado, sin gasolina, al ralentí.


Los tejidos enfermos mandan mensajes químicos (citoquinas) al cerebro. Estos mensajes contienen la clave para el encendido del programa "enfermedad... apagar ganas".


El cerebro tiene sus propias citoquinas para darle al off de las ganas. Basta con que considere "prudente" hacerlo.


Hay muchos pacientes desfondados, doloridos, desanimados... Los médicos no tienen respuestas para esa situación. Puede que ni siquiera tengan preguntas, es decir, ganas de hacérselas. Les falta motivación.


Desde finales del siglo pasado hay investigadores que buscan con empeño gérmenes ocultos. Con cierta cautela han descrito el hallazgo de un retrovirus, el XRMV, en leucocitos de pacientes. Puede que ello explique el origen de la falta de ganas cerebrales. Puede que las células infectadas envíen citoquinas. No soy experto en virología. Espero y deseo que lo que quede al final de todo el revuelo sea para bien de los pacientes.


Aun cuando hubiera infección por el retrovirus el agotamiento provendría del encendido del programa "no tengas ganas". En ese caso estaría justificado y habría que conseguir recuperar las ganas eliminando al virus. Si no se confirma la infección se trataría de un error evaluativo cerebral, un dramático error. Un error que tiene encamados a millones de pacientes sin motivo...


El cerebro tiene razones, evaluaciones, motivaciones que encienden y apagan las ganas. Puede que sea debido a que el organismo esté tocado por un virus pero no estaría de más contemplar todas las posibilidades...


viernes, 9 de octubre de 2009

Sentirse enfermo y estarlo




Uno puede estar enfermo y sentirse perfectamente, como si estuviera sano, pero una prueba puede objetivar, por ejemplo, un tumor maligno.

También puede darse el caso contrario: sentirse muy enfermo... estando sano. Es un caso muy común y, evidentemente, se trata de una situación anómala.

Sentirse enfermo estando sano es una situación dramática por dos motivos:

1- El sufrimiento es real. Para el padeciente es como si estuviera realmente enfermo.

2- Las pruebas no dan con la supuesta enfermedad. Para los médicos es como si estuviera sano.

Los padecientes sanos padecen una enfermedad no demostrable. Algunos consideran que se trata de una "no enfermedad".

Al no existir pruebas objetivas de enfermedad algunos profesionales dudan de que realmente exista ningún padecimiento y sacan a la palestra todo tipo de sospechas: "quieren estar enfermas... no quieren asumir responsabilidades... están deprimidas..."

El interferon es una proteína producida naturalmente por el sistema inmunitario. Interviene en la regulación de las respuestas antivirales y antitumorales. Se utiliza como tratamiento en la hepatitis C, esclerosis múltiple y leucemia mielogénica crónica. Su administración genera un cuadro de malestar general con agotamiento y dolor generalizado. Muchos pacientes no pueden soportar esos efectos secundarios y renuncian al tratamiento.

Lo que sienten los pacientes con fibromialgia es bastante parecido a los efectos del interferon: dolor y agotamiento. Algo en el interior de su organismo activa las mismas zonas cerebrales que se activan cuando se administra el interferon. Esas zonas cerebrales que generan el sufrimiento físico se activan también cuando tenemos, por ejemplo, una gripe.

No es difícil imaginar cómo se siente un paciente de fibromialgia: como si tuviera una gripe... desde hace unos años.

Hay un factor que agrava la penosidad: no aparece la enfermedad y se cuestiona la posibilidad de sentirse realmente enfermo sin estarlo.

El grupo de enfermedades que ocasionan padecimiento físico sin pruebas objetivas de enfermedad es numeroso: migraña. fibromialgia, síndrome de fatiga crónica, vulvodinia, colon irritable, cistitis intersticial... Muchos pacientes las padecen todas a la vez. Imagine lo que puede ser vivir en un organismo así... Imagine que nadie le cree...

Sentirse enfermo sin estarlo es una forma dramática de sufrimiento e invalidez.

Es urgente que los profesionales sanitarios reconozcan la realidad de ese sufrimiento y que se respeten los derechos a ser tratados como enfermos, independientemente de nuestra capacidad para explicar esa anómala situación.

Una vez reconocida la situación (en la práctica) de enfermedad podremos discutir sobre el origen del sufrimiento y las posibles vías de solución.

Yo tengo mis convicciones y las defiendo. Probablemente no convencerán a muchos pacientes pero no se me ocurre en ningún momento dudar de la veracidad del relato de los síntomas.

Desearía acertar en la exposición de mi hipótesis. Creo que contiene una opción objetiva de ayuda. Probablemente sea mal interpretada, desde la sensibilidad acumulada en los años de lucha por el reconocimiento de la realidad de los síntomas.

La fibromialgia, para mí, es una cuestión de cerebro. Debemos indagar allí, no buscando biomarcadores ni imágenes que certifiquen la enfermedad sino lo que hace que el cerebro apriete no habiendo enfermedad el botón de un programa llamado: respuesta de enfermedad. Si a cualquiera de nosotros nos aprietan ese botón (por ejemplo administrando interferón) nos sentiremos realmente enfermos aunque todas las pruebas sean negativas y un médico suspicaz sospeche que nos quejamos porque nos encanta hacerlo.

Los padecientes sin enfermedad llegan a envidiar a los padecientes con enfermedad. Ellos tienen los papeles en regla. No necesitan abogados que defiendan sus derechos...


viernes, 2 de octubre de 2009

Arresto domiciliario


Los seres vivos distribuyen su tiempo entre la "casa" y "la calle". La casa es un refugio, un lugar seguro, preservado de temperaturas extremas y depredadores. La calle es un lugar ambivalente: allí están los alimentos y los ligues pero el tiempo puede ser inclemente y los depredadores están al acecho.

El cerebro dispone de un programa que invita a quedarse en casa y otro que fuerza al individuo a salir de caza (comida y pareja).

El programa "no salgas" se activa cuando las condiciones externas son adversas (peligro o carencias) o el cuerpo no está para muchos trotes (lesión-enfermedad).

El programa "¿qué haces ahí tumbado?, muévete" se activa cuando hace falta reponer energía o cuando nos toca colaborar en el mantenimiento de la especie.

El programa "no salgas" se denomina "respuesta de enfermedad". Se enciende, por ejemplo, con una gripe: el individuo se siente dolorido, cansado, desmotivado, sin interés por la interacción social. El pensamiento tiene tono catastrofista, con una autoestima baja. En esas condiciones, el individuo "decide" quedarse en casa.

El programa "qué haces ahí tumbado, muévete" corresponde a la conducta exploratoria impulsiva de alimento y pareja. Es el programa que nos hace trabajar por la supervivencia propia y de la especie.

Homo sapiens (m.n.t.) ha ideado una estrategia inteligente: poblar el exterior de comida fácil, librarlo de depredadores y proveerse de abanicos, refrescos, abrigos, gorros y paraguas para minimizar adversidades, carencias y peligros. Salir a la calle ya no es una aventura arriesgada.

Quedarse en casa tampoco es problema. Disponemos de frigoríficos, teléfonos, parientes y amigos que nos facilitan, al menos, el acceso a la comida.

El cerebro sapiens (m.n.t.) no tiene demasiados problemas para apretar el botón de entrar o salir. Ninguna de las dos opciones supone demasiados contratiempos biológicos.

El día ha salido frío y el cerebro puede considerar arriesgado salir a la calle, así que, no hay nada más fácil que activar el programa dolor-cansancio-desánimo, como si uno tuviera gripe.

- El frío me sienta fatal. Me duele todo y estoy agotada. El sol me da algo de vida.

En los países nórdicos, el programa "no salgas" se activa en invierno invitando a hibernar. Es la depresión estacional. En cualquier otro país, el mismo programa convierte el salir a la calle en una acción heroica. En este caso tenemos la famosa fibromialgia.

El cerebro concede altas y bajas, premia y penaliza el abandono del hogar.

A veces las bajas están justificadas. Lesiones, enfermedades, tempestades, guerras, precariedad externa... justifican la decisión cerebral de hacer sentirse al individuo cansado, desanimado, dolorido, pesimista y poco sociable.

Otras muchas no hay motivos objetivos que justifiquen la activación del programa enfermedad.

El cuerpo está razonablemente disponible y el exterior no contiene amenazas relevantes pero el cerebro ha decidido retener al individuo en casa.

El programa es el mismo, trátese de una decisión justificada o absurda. El dolor, desánimo y agotamiento son los mismos. Puede que, incluso, sean más insufribles cuando no existen condiciones objetivas de adversidad.

Hay cerebros sensatos que gestionan razonablemente el botón de salir o quedarse en casa. Abundan, sin embargo, los cerebros alarmistas que construyen una convicción de cuerpo vulnerable y prefieren penalizar el movimiento, la exploración.

- Me duelen los huesos, mis músculos están exhaustos, no me concentro, tengo artrosis, no tengo ánimos... Me dicen que tengo fibromialgia. Es una enfermedad misteriosa y sin curación...

- No hay misterio. Es el cerebro, que ha construido una convicción de enfermedad y tiene apretado el botón del programa "no salgas". No les pasa nada a huesos, músculos ni articulaciones.

Estás sometida a arresto domiciliario...



miércoles, 24 de junio de 2009

¡A mover el esqueleto!



Las neuronas aparecen en la evolución de los seres vivos pluricelulares junto a la capacidad de desplazarse activamente por el mundo. Las plantas seleccionaron la estrategia de apalancarse en el suelo, extraer de él agua y minerales y defenderse con corazas, espinas , venenos y "fármacos" y, por ello, carecen de neuronas. Entre los animales, los herbívoros se conforman con comer hierba (una prolongación del suelo), un alimento de baja calidad, y, en cierta manera, son semi-árboles. Pasan quietos la mayor parte del tiempo, rumiando una comida de difícil digestión, tienen pieles gruesas y cuernos. Sólo se mueven para recorrer el pastizal o huir (en manada) del depredador. Los carnívoros derivaron hacia la comida de calidad y cambiaron unas cuantas asas intestinales, necesarias para procesar la hierba, por unas pocas circunvoluciones de más, imprescindibles para explorar el mundo, dar con alimentos de calidad y defenderse de otros carnívoros.



Homo sapiens (ma non troppo) es un omnívoro, come de todo, pero no come hierba. En los tiempos duros de la sabana, valían los tubérculos, los insectos y la carroña junto a esquisiteces ocasionales como la fruta, la miel o pequeñas aves y mamíferos. Más adelante apareció la caza organizada, colectiva, de grandes piezas de carne y, por fin el cultivo de todo, la comida a pie de la guarida. Así, sin darnos cuenta hemos acabado en una estrategia quasi-vegetal: nos apalancamos en nuestras casas y extendemos raíces que llegan hasta el super. Con el mando a distancia de la tele exploramos el mundo e "interactuamos" socialmente. Ya no necesitamos las neuronas para buscar comida y defendernos de los depredadores sino para conseguir dinero y aprecio social.


No necesitamos mover el esqueleto para sobrevivir. En su lugar movemos la mente. Resolvemos las cuestiones, o las complicamos aun más, imaginando la realidad, rumiando y amasando confusamente el pasado, presente y futuro.


A muchos les sobrevive la tendencia ancestral del movimiento y dedican su tiempo libre a correr, saltar, agazaparse, danzar, escudriñar, huir, perseguir, lanzar objetos, explorar. Los viajes, el baile y los deportes calman las pulsiones atávicas de los tiempos de la sabana.


Otros muchos se dejan llevar por los nuevos tiempos del garantismo físico y social, de la comida, cobijo y amparo social disponibles sin gran esfuerzo y permanecen encamados, evitando el movimiento.


La inmovilidad no es solicitada ni deseada. Se sienten doloridos y agotados, sin energía ni ganas. Quisieran sentirse bien para explorar el mundo pero su organismo no parece estar para esas alegrías.


- Me duelen los huesos, doctor.


- Los huesos no duelen


- Pues serán las articulaciones


- Tienen buen aspecto en las radiografías. Son un prodigio de la evolución. No las infravalore.


- No sé...pues serán los músculos...


- Los músculos, si tienen comida y oxígeno y no les pide que trabajen por encima de sus posibilidades, tampoco se quejan


- Entonces serán los dichosos nervios


- El dolor es una queja física. No mezcle los asuntos


- Pues entonces no sé qué pueda ser...


- Es su cerebro. Está desocupado. Ya no necesita organizar el movimiento para sobrevivir y ahora le preocupan las enfermedades, los desgastes. Ha criado miedos. Tiene incluso miedo al movimiento. prefiere verle siempre en casa, en la guarida. Enciende el programa de "como si...estuviera enferma" y así no corre riesgos


- No soy de esas que se queda en casa porque quiere. Si me encontrara bien saldría pitando a la calle a comerme el mundo, pero no me encuentro bien.


- No le estoy juzgando a usted sino a su cerebro. Tiene que hablar con él y quitarle de la cabeza ese miedo a que se descoyunten sus huesos, rocen sus articulaciones, se pincen los nervios, se vengan abajo sus músculos o pille extrañas y misteriosas enfermedades, ocultas y agazapadas en el exterior.


- No le entiendo. Mi cerebro y YO ¿no somos lo mismo?


- ¡Y un jamón!


- Usted me dirá...

viernes, 22 de mayo de 2009

Fibromialgia. El cerebro kafkiano






Una forma esquemática de entender la función de la red neuronal es la de seleccionar y preparar respuestas adecuadas a estímulos, a situaciones. Las temperaturas extremas, la falta de agua y alimento, la presencia de un depredador o competidor, el desamparo... son estados que requieren una respuesta por parte del organismo. El individuo forma parte de ese organismo y le corresponde cumplir con el guion que marca dicha respuesta. 

El cerebro evalúa la situación, selecciona la mejor respuesta, según su sistema de valores, e incita, motiva al individuo a colaborar con más o menos margen de voluntad y ganas en la ejecución de lo decidido. 

Hay situaciones que obligan a moverse, bien para huir o defenderse o, al contrario, para acercarse y apropiarse de algo ventajoso. En otras lo prudente parece quedarse quieto, para pasar desapercibido, guarecerse en el refugio o para no despilfarrar recursos en un entorno precario a la espera de que las cosas pinten mejor. 

El cerebro incita al movimiento o a la quietud, según los contextos y su significado. Es una cuestión de inversión de recursos: se calcula el coste y el beneficio-perjuicio (de acción y omisión) y se opta por moverse o quedarse quieto. Gastar dinero-energía o esperar a que mejoren las condiciones internas y/o externas. Es una cuestión de Neuroeconomía, probablemente la cartera más importante del Neurogobierno. 

El Sistema de aversión-recompensa es el que se encarga de promover la ejecución de las respuestas evaluadas previamente como más indicadas por los centros correspondientes. Para mover o inmovilizar al individuo hay que incentivarle, hacerle desear la conducta seleccionada. Si debe moverse hay que generarle la im-pulsión al movimiento y si se desea que esté quieto deberá crearse la invitación a la inmovilidad. 

Hay un programa en el cerebro que contiene la invitación a la quietud. Se llama "respuesta de enfermedad" y reúne una serie de percepciones que tratan de conseguir que el individuo "decida" permanecer quieto, en el refugio, protegido y sin ganas de interactuar con el entorno. 

El programa induce, como es lógico, una vivencia de desagrado, de fastidio, de falta de incentivo. Por si no fuera suficiente se le añade la percepción de cansancio y una valoración negativa de los resultados de cualquier intentona de salir al exterior. Cualquier intento de moverse cuando el programa exige quietud, dispara el dolor, el castigo por la desobediencia a lo solicitado. 

El resultado es un individuo cansado, desmotivado, triste, dolorido y pesimista, atrapado en una reflexión catastrofista desde una mente embotada sobre los resultados de una hipotética inversión de esfuerzos.

Si el programa de "siéntase usted mal para que todo vaya bien" se ha disparado ante una situación adversa o precaria real, el resultado habrá sido ventajoso para el organismo (incluido el individuo). Una vez vuelvan los buenos tiempos se volverá a activar el programa contrario: "siéntase usted bien para que todo vaya bien". Volverá el optimismo, el ánimo, la sensación de fuerza, las ganas de comerse el mundo, la reflexión eufórica, la autoestima. 

El problema surge cuando se activa el programa de encontrarse mal sin que se dé una situación de adversidad-precariedad que lo justifique. 

             - Me encuentro cansada, sin ganas de hacer nada, me duele todo, no me concentro.

             - Está deprimida

             - No tengo motivos. Estoy desanimada pero es porque no me encuentro bien físicamente.

             - Todas las pruebas son normales. No está usted enferma. Insisto, esto es una depresión.

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La desconcertada paciente que se siente enferma sin enfermedad iniciará un deseperante y kafkiano camino por sucesivas consultas y terapias sin entender nada. El programa de sentirse mal queda activado como un disco rayado, condenando a la paciente a oir ese insoportable fragmento. Algo o alguien tendría que mover la aguja del surco donde ha quedado atrapada. 

Realmente el diagnóstico del doctor es correcto: se trata de una depresión. Está activado el programa que pretende y consigue que el individuo se sienta desmotivado, desganado, triste, cansado, dolorido y embotado. Pero ¿por qué se ha encendido el programa?

          - Es una depresión endógena. El programa se ha encendido sólo. Serán los genes. Tiene baja la serotonina. Le ha tocado ese cerebro. No se preocupe: le subimos la serotonina y se encontrará mucho mejor. 

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Los programas no se encienden solos. Se encienden tras un proceso de evaluación de costes y perjuicios. Si la autoestima de organismo es baja, aunque sea una evaluación errónea, el cerebro encenderá el programa de sobrevivir con un organismo enfermo, aunque esté sano. 

Las pacientes de fibromialgia residen en un organismo sano, regido por un cerebro equivocado que ve enfermedad donde no la hay. Basta con que el cerebro tema enfermedad para que se active el programa de sentirse enfermo. No hay que buscar racionalidad en las decisiones cerebrales. No siempre la consigue. 

        - Es una fibromialgia. Es una enfermedad misteriosa. No conocemos la causa ni, por supuesto, la solución. Tiene que aprender a sobrellevar la enfermedad. No se preocupe. Le atenderá un equipo multidisciplinar. Va a tomar estos antidepresivos, estos antiepilépticos y estos antiinflamatorios. Le verán una psicóloga y una fisio. Tiene que moverse. 

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La indefensión está servida. Se cierra el bucle kafkiano: 

        1. El cerebro hipocondríaco está siempre valorando miedo a enfermedad

        2. La cultura anima el temor a la enfermedad, al deterioro y a las facturas por adversidad física y psicológica del pasado

       3. El cerebro hipocondríaco supera el umbral de probabilidad de enfermedad y activa el programa "respuesta de enfermedad"

      4. El doctor niega enfermedad e imputa al individuo una mala gestión de su vida o un cerebro deficiente de nacimiento

      5. Otro doctor certifica que existe una enfermedad llamada fibromialgia

      6. El cerebro y el individuo se reconfortan tras comprobar que su temor inicial de contraer y haber contraído una enfermedad estaba justificado

      7. El programa enfermedad queda encendido a perpetuidad a la espera de que se descubra el origen y la solución. Un organismo sano ha sufrido una metamorfosis extraña y se ha convertido misteriosamente en un organismo enfermo.


                                                           Franz Kafka. La metamorfosis