Se puede tener un cáncer y encontrarse bien o estar sometido a un sufrimiento e invalidez considerables sin que los médicos encuentren pruebas de enfermedad. La Medicina no ofrece respuestas aceptables para esta última situación y recurre arbitrariamente a negar la realidad del sufrimiento, haciendo aún más insufrible el calvario de los pacientes. Este blog intenta aportar desde el conocimiento de la red neuronal un poco de luz a este confuso apartado de la patología.

We may have cancer and feel good, or be submitted to substantial disability and suffering without doctors finding any evidence of disease. Medicine gives no acceptable answers to the last situation and arbitrarily appeals to denying the reality of suffering, making the calvary of patients even more unbearable. This blog tries to contribute with the knowledge of the neuronal network, giving a little light to this confusing section of pathology.

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miércoles, 16 de marzo de 2011

El sentido del peligro



El dolor es la expresión perceptiva de una valoración cerebral de amenaza. Su cualidad incita al individuo a atender y vigilar una zona corporal promoviendo una conducta defensiva de evitación de un supuesto daño, consumado o potencial. 

Hay neuronas (nociceptores) que detectan daño celular violento y agentes físicoquímicos que lo provocan y hay neuronas que se dedican a valorar probabilidades de daño.

Los nociceptores forman la red nociceptiva, el sentido del daño. Las neuronas evaluativas, predictoras de posibles daños, constituyen el sentido del peligro.

El dolor aparece a veces por activación de nociceptores. Ha saltado la alarma al detectarse robo o un ladrón a punto de abrir la caja fuerte.

Otras veces el dolor surge de una valoración probabilística de amenaza. Hay peligro de robo. Extrémense las precaucionesSe dan unas circunstancias que el sentido del peligro considera significativas.

El sentido del peligro propone con el dolor una conducta preventiva. Hay miedo a un daño y el cerebro lo comunica al individuo para que este adapte su programa a esa eventualidad.

No cojas el coche. Hoy hay riesgo de accidente. 

No hay ninguna condición objetiva mecánica en el coche que permita anticipar un riesgo para ese día. Simplemente el sistema tiene miedo a que suceda un accidente y comunica al usuario su miedo a través de la percepción de dolor.

Para activar el miedo no se necesita gran cosa. Basta la posibilidad teórica, imaginada. Se puede tener miedo a una araña inofensiva, de las nuestras. Nuestras arañas no son, generalmente, peligrosas. No somos pequeños insectos. De hecho somos peligrosos nosotros para ellas. Podemos pisarlas o darles un escobazo.

El sentido del peligro funciona muchas veces como una red de miedos irracionales. Supersticiones, augurios, corazonadas, presagios, fobias.

Ha salido viento Sur. Cuidado con la cabeza. Quédate en casa. Tómate un ibuprofeno.

Al sentido del peligro no hay que pedirle lógica, racionalidad. Sus propuestas serán muchas veces descabelladas, ridículamente alarmistas. La racionalidad tiene que ponerla el usuario, uno mismo.

El viento Sur no supone ninguna amenaza para la integridad física de la cabeza. No voy a cambiar mis planes ni me voy a tomar el ibuprofeno

El exterior está poblado de peligros teóricos, circunstancias potencialmente dañinas. Podemos caernos, nos puede atropellar un coche, apuñalarnos un ladrón, quemarnos en la chimenea. Son peligros reales pero improbables. El sentido del peligro no proyecta dolor para notificarnos su preocupación. Sólo sentimos dolor si nos acercamos demasiado al fuego. A una distancia prudente, calorcillo. Si el sentido del peligro valora amenaza externa tendremos miedo a salir a la calle, cruzar un paso de peatones... pero no dolor.

En el interior también pueden producirse daños. Es un universo lleno de incertidumbre. El sentido del peligro valora amenazas teóricas y gestiona la conducta del individuo tratando de dirigirla a acciones con garantía. Los huesos rozan, pinzan nervios. Los músculos se agotan y contracturan. El estrés aumenta la presión del vapor mental. Algunos alimentos segregan moléculas sufrientes. Los cambios de tiempo, los cambios hormonales, los cambios de actividad...

El cerebro cría miedos irracionales y de ellos surgen percepciones alarmistas: hambre, picor, cansancio, mareo, frío, calor... y dolor sin que se dé ninguna circunstancia que, objetivamente, las justifique.  

El sentido del peligro no está dotado de racionalidad congénita. Más bien lo contrario. Es de natural irracional, alarmista supersticioso, desconfiado. A lo largo del desarrollo, del aprendizaje, el individuo, guiado por su natural imitador y empático y por las prevenciones de sus tutores, convertirá el sentido del peligro en un sistema protector sensato o en un absurdo generador de miedos somáticos internos infundados.

Los circuitos del peligro desactivarán irrelevancias o atribuirán relevancia a estados y agentes inofensivos, inertes.

Al mercado le va bien un sentido del peligro sensiblero, supersticioso, alarmista, irracional. Por ello invierte en generar estados de opinión que consideren que todo contiene peligrosidad potencial.

Carga las tintas rojas del peligro y ofrece conjuros, antídotos, ensalmos, bálsamos, ungüentos- 

El mercado amedrenta primero y sosiega luego siempre que uno compre el remedio.

¿Cómo conjurar los miedos de la migraña, fibromialgia, colon irritable...?

No lo sé. No resulta fácil disolver lo irracional. Es algo muy entrañable, de uno. Preferimos disolver el miedo irracional con un remedio irracional. El nocebo con el placebo.

No veo cómo voy a eliminar el dolor sin tomar nada.

Dicen que el efecto placebo sucede en un 30% de padecientes. Es una cifra tópica, inamovible. Un 30% de crisis de migraña responden al engaño del bálsamo en cualquiera de sus formatos.

Más del 10% de la población es víctima de la irracionalidad fóbica del miedo a que suceda algo en la cabeza por cualquier fruslería cotidiana (psicológica, meteorológica, hormonal, dietética...). Más del 10% de la población tiene migraña, una de las muchas expresiones del efecto nocebo, efecto creencia. Si la convicción nocébica es más fuerte, como sucede en los neurólogos convictos de lo que predican (genes y desencadenantes), la incidencia de migrañas se dispara.

La migraña no es una enfermedad con genes específicos migrañosos que construyen una red alarmista absurda por su condición de excitabilidad patológica. La triptanita no es un antídoto específico que neutraliza la mala química migrañosa.

La migraña es una de las expresiones de un sentido evaluativo del peligro adoctrinado para responder sensiblemente, temerosamente, a casi todo.

¿La solución?  

Nada de placebos. Un buen antinocebo. Una anticreencia...


miércoles, 20 de enero de 2010

Nocebo




Un porcentaje no desdeñable de dolores, desánimos y desganas motoras responden al placebo. Se disuelven por el poderoso influjo de la creencia cerebral en lo que se aplica.

El cerebro puede apagar lo que ha encendido... ¿él mismo?

¿Es el cerebro el que enciende los programas de dolor, desánimo y desgana o se limita a apagar lo que sea que los pone en marcha?

Todo apunta a que lo mismo que el cerebro apaga, seducido por los engaños de falsos remedios, puede encender acuciado por el temor de falsas amenazas.

El efecto nocebo, la generación de síntomas por decisión cerebral, sin que medie ningún agente y/o estado amenazante, es una realidad, aunque menos publicitada.

El dolor, el desánimo y la desgana pueden aparecer sin necesidad de que haya una enfermedad. Basta con que el cerebro decida activarlos.

¿Por qué iba el cerebro a hacer tal cosa?

Los síntomas son programas que contienen un propósito biológico. Los síntomas positivos son programas que incitan al individuo a la búsqueda de agentes y estados deseables o premian su conducta (eliminando un síntoma negativo previo). Los síntomas negativos pertenecen a programas cuyo objetivo es proteger, evitar riesgos o inversiones que se cree están condenadas al fracaso.

El cerebro elabora expectativas y creencias. Es su función. No cesa en esa actividad. Repasa sus archivos, sus memorias, para establecer probabilidades sobre posibles sucesos, externos e internos.

No es necesaria la certeza. Basta con la posibilidad teórica.

Ni siquiera hace falta una probabilidad razonable.

El gordo de la lotería es un suceso altamente improbable pero el cerebro sapiens (ma non troppo) no puede evitar socavar el sentido común del individuo obligándole a guardar una irracional cola y soltar unos cuantos euros "por si toca".

Una meningitis, una rotura arterial ("un derrame") es altamente improbable pero el mismo cerebro irracional de los deseos se deja llevar, esta vez, de la tentación del miedo y enciende los programas que están cuidadosamente seleccionados por la evolución para las emergencias (necrosis).

Los llamados "síntomas en ausencia de enfermedad", trastornos psicosomáticos, síndromes de sensibilización central o como se les quiera llamar, las enfermedades invisibles, emergentes y misteriosas, son (esa es mi opinión) productos nocebo, activaciones de programas defensivos, decididas por un cerebro condenado a evaluar riesgos en el entorno de una cultura que genera y propaga información alarmista.

El efecto nocebo es la consecuencia obligada de la combinación de un cerebro hipocondríaco y una cultura alarmista.

El efecto nocebo es la consecuencia de un procesamiento normal de mala información.

Vivimos una situación de "casa de tócame Roque", en la que se suelta mala información biológica sin ninguna contención.

La información sobre Biología del dolor (en ausencia de daño) es pésima por dos motivos:

1- lo que se dice suele ser falso

2- lo que es cierto no se dice

Vivimos en un tira y afloja entre nocebos y placebos. Sustentan el mercado del miedo y su remedio.

El cerebro procesa y decide entre la zozobra de la amenaza necrótica y la fe en los conjuros.

El temor a la enfermedad, al sufrimiento, es fácil de alimentar. Basta con proclamar cualquier teoría sobre gérmenes, energías, trastornos psicosocioneuroinmunoendocrinológicos o cartas astrales para que el cerebro pique el anzuelo del "por si es verdad...¡quién sabe!" y encienda los conmutadores que tiene a mano. Basta que la corteza prefrontal, la sede de la racionalidad irracional, tenga un pálpito irrresistible para que fuerce, a través del sistema de recompensa al individuo a tomar decisiones defensivas:

Los síntomas están servidos. El efecto nocebo.

¡Cuídese! 2010 es un buen año para reaccionar. Debiera ser la década de la racionalidad biológica. Ya toca...

lunes, 11 de enero de 2010

Necrosis, inflamación, dolor




En el principio de la evolución de los sistemas de defensa de los organismos pluricelulares aparece la necrosis, la muerte violenta de cualquiera de sus individuos, un hecho que no sólo destruye a las células afectadas sino que pone en peligro a todo el organismo ya que la célula necrótica es un agente tóxico que mata violentamente a sus vecinas, estableciéndose así una reacción en cadena letal.

El suceso necrótico libera señales que son detectadas sensiblemente por las células vigilantes, poniéndose en marcha una respuesta defensiva cuyo objetivo es neutralizar y retirar los peligrosos restos celulares necróticos.

La respuesta defensiva frente a la necrosis es la inflamación. Sin ella, no habríamos sobrevivido. Cualquier mínimo incidente necrótico (herida, magullamiento, desgarro, infección, quemadura, congelación) resultaría letal. La respuesta inflamatoria lo impide.

Una buena metáfora de la necrosis es el fuego en un escenario de materiales altamente combustibles. Una cerilla, una colilla, una chispa pueden destruir un bosque.

Afortunadamente los tejidos biológicos son altamente inflamables: se inflaman (defienden) rápidamente.

La inflamación es el servicio de extinción de incendios, los bomberos... no el fuego, como nos han hecho creer los sanadores.

El dolor es la expresión del organismo hacia el individuo, hacia su consciencia, de que se ha producido un suceso necrótico en ese lugar y momento (o se valora esa posibilidad).

Siempre que hay necrosis hay inflamación y dolor.

Un tejido inflamado está caliente, hinchado, enrojecido y genera dolor. Está hipersensible. La zona no puede ser utilizada mientras se repara.

- Tienes inflamado. Toma este antinflamatorio... ponte hielo... comprime... inmoviliza...

Aplicar antinflamatorios a un tejido inflamado no tiene sentido biológico. Sería como llamar a la policía porque hay unos señores echando agua a nuestra casa, aunque se esté quemando.

No siempre que se produce inflamación hay necrosis. El organismo responde cuando cree que hay peligro necrótico y no espera a intervenir a que se consume la destrucción. La alergia es una inflamación sin necrosis. Unas moléculas que ha soltado el gato en el aire hacen que el Sistema Inmune valore ese aire como peligroso y active la defensa inflamatoria.

La respuesta inflamatoria alérgica debe ser combatida. Está justificado llamar a la policía porque hay unos señores bomberos que nos llenan la casa de agua cada vez que vamos a encender la chimenea o un pitillo, en nuestra casa.

No siempre que hay dolor hay inflamación. El dolor puede ser activado cuando el cerebro valora peligro necrótico. No se acompaña de hinchazón, enrojecimiento ni calor. Se ha encendido sólo la alarma. Se han desplegado los efectivos pero no proceden a neutralizar nada, a echar agua. Sólo hay peligro de incendio, una probabilidad.

El cerebro puede activar la alarma cuando hace frío, calor, luminosidad, viento, humedad el individuo ha bebido un sorbito de champán, no ha descansado debidamente, tiene hambre, preocupaciones, desánimos o se va de viaje. Sucede lo mismo que en la alergia. Lo que suelta el gato no tiene poder necrótico (no son gérmenes) ni las condiciones meteorológicas van a generar destrucción violenta en el interior de la cabeza.

Homo sapiens (ma non troppo) imagina el peligro más allá de lo razonable y activa el dolor por múltiples motivos irrelevantes, inofensivos.

Basta con observar una situación de necrosis ajena para que el cerebro del observador active las zonas que generan dolor, aunque no con la intensidad suficiente para que el observador sienta dolor. Hay individuos muy empáticos que sí llegan a sentir dolor cuando ven una escena de agresión necrótica en un semejante.

El dolor se ha socializado. El cerebro sapiens imagina necrosis allá donde le han enseñado a verla, no por mensajes directos (el viento sur necrosa la cabeza) sino a través de la ambigüedad del lenguaje y de la cultura.

- Me afectan los cambios de tiempo.

- ¿Cómo lo sabes?

- Me duelen las articulaciones.

El dolor no permite sacar más conclusión de que el cerebro teme algo.

- Los cambios de tiempo no afectan las articulaciones. El tiempo en ellas es estable, indiferente a lo que suceda fuera. Es el cerebro que considera que corren peligro y expresa con el dolor su temor

- No, no... a mí me duele...
Recuerde: dolor no es equivalente a inflamación y, menos aún, a necrosis. La mayoría de las veces donde duele no sucede ni va a suceder (en ese momento) nada.

Siga con sus planes...

domingo, 29 de noviembre de 2009

El miedo metido en el cuerpo




Los organismos pluricelulares viven con el miedo metido en el cuerpo. Tienen sobre sí la espada de Damocles de la muerte violenta de sus células por agentes y estados físicos, químicos y biológicos capaces de inducirla.


El sistema neuroinmune vigila día y noche cada rincón del organismo tratando de detectar cualquier indicio de posibilidad-probabilidad de sucesos letales violentos.


El individuo mientras tanto puede estar ajeno al peligro, asintomático, o, por el contrario, ser solicitado por el cerebro, a través de diversas percepciones de alerta como el frío, el calor, la sed, el hambre, el picor o... el dolor.


El sentido y propósito de los avisos perceptivos es implicar al individuo en una conducta defensiva: abrigarse, comer, beber, rascarse, salir huyendo o prepararse para la lucha.


La percatación del dolor permite al individuo deducir que el cerebro ha activado la alerta roja allí donde duele, en ese momento. La cualidad sensorial y afectiva del dolor consigue captar la atención del padeciente incitándole a una conducta defensiva programada. Si se cumple lo exigido el dolor suaviza la presión y si el individuo trata de proseguir con lo programado el cerebro aprieta las tuercas.


El miedo a la necrosis celular (muerte violenta) está alimentado por todo tipo de informaciones. El sistema neuroinmune procesa todas las señales potencialmente alertadoras y cuando cree que existe una posibilidad-probabilidad suficiente de peligro activa las alarmas.

Duele porque el cerebro teme necrosis. El individuo puede compartir ese miedo o no pero lo que siempre teme es al dolor, al sufrimiento y busca soluciones para esquivarlo.


- Se activa posibilidad de necrosis en el lado izquierdo de la cabeza. Ha salido el día soleado...


- Me duele. Voy a tener migraña. Me tomo el calmante y me voy para casa a meterme en el cuarto a oscuras... antes de que sea demasiado tarde...


¿Por qué va a haber necrosis en el lado izquierdo de la cabeza porque ha salido el día soleado?


Eso no tiene importancia. Lo importante es que si sale el día soleado duele la cabeza y habrá que espabilarse para evitar el dolor, hacer lo que el cerebro nos pida, aunque sea absurdo.


Debemos obediencia ciega a lo que el cuerpo nos pida. No sirve de nada argumentar. Hacer ver al cerebro que la alarma es absurda no tiene trascendencia. Es una pérdida de tiempo...


Sabemos que aplicando una crema inerte a un antebrazo al que luego vamos a someter a estímulos dolorosos podemos aumentar o disminuir el dolor diciendo al individuo que la crema le va a aumentar o reducir el dolor. Un simple cambio de verbo modifica la intensidad del sufrimiento ante la misma situación de estímulos.


¿La veracidad de la información es irrelevante? ¿Lo que contamos al cerebro no cuenta?


¿Debemos dejar que le calienten la cabeza al organismo con miedos irracionales, supersticiones de todo tipo?


No lo creo así. La estrategia de contar cuentos para conseguir conductas no funciona a medio y largo plazo. A los niños y a los cerebros de cualquier edad debemos contarles lo que sabemos que es falso... y verdadero, lo poco que sepamos con certeza sobre ello, dejarnos de historias de genes, estreses, chocolates, vientos, hormonas y demás... El cerebro es de natural asustadizo y creerá a sinapsis juntillas cuanto le digan...


Contra el miedo metido en el cuerpo hay una solución excelente: tratar de sacarlo, desactivar creencias somáticas absolutamente injustificadas.


Llevo ya unos cuantos años en esa labor y se consiguen excelentes y contrastados resultados... Sólo hace falta que el padeciente crea en las creencias... les coja miedo...



miércoles, 14 de octubre de 2009

La incredulidad en las creencias




Aunque es un hecho suficientemente demostrado (y fácilmente creíble) que las creencias son poderosos estados neuronales que intervienen en la generación de percepciones, emociones y acciones, abundan los incrédulos en el poder de sus propias creencias.


Hay una resistencia fuerte a ver la mano firme de lo que creemos detrás de lo que vemos ("si no lo creo, no lo veo...").

Creemos en el poder de vientos, cervicales, serotoninas, hormonas, energías y vapores y negamos fuerza al poder del simple hecho de creer en ello, utilizando como argumento la aparente comprobación: "lo he visto con mis propios ojos..."

Tengo la desgracia de que mi sistema inmune cree que el aire desde Mayo a Septiembre es peligroso. Me defiende inflamando narices, conjuntivas y bronquios. Hay unas células vigilantes que digieren alguna molécula del polen de las gramíneas y presentan en su membrana lo que han encontrado. Los órganos de decisión del sistema, tras consultar sus archivos, "creen" que esas moléculas pertenecen a un agente peligroso y ordenan la producción en masa de los clones de linfocitos responsables de mis estornudos y dan una palmadita al vigilante: "buen trabajo".

Los hechos son los hechos:

- Lo único que sé es que el polen me sienta fatal

- No es el polen

- Claro, como no es usted es el que estornuda...

- Es su sistema inmune que cree que...

- O sea que es psicológico...

- No se confunda. Es inmunológico. Es una falsa creencia de su sistema inmune...

- No es que lo crea, estornudo. Me gustaría que me viera cuando me ataca...

- Le creo aunque no lo vea. Sabemos que el sistema inmune construye creencias y que muchas veces se equivoca.

- Entonces ¿qué hago cuando me pica la nariz? ¿Pienso que no me pica? ¿Le digo a mi sistema inmune que el aire no es peligroso?

- No servirá de nada. Tenemos que derribar la creencia de su sistema inmune. Los linfocitos no le van a hacer caso. Sólo obedecen las decisiones de sus órganos de decisión... afortunadamente para usted, aunque no en este caso.

- Bueno. Haga lo que sea...

- Podemos utilizar vacunas. Primero averiguamos cuál es la molécula que confunde al sistema y luego vamos aplicándola en dosis progresivas para convencerle que es inofensiva. Llamamos a ese proceso, desensibilización. Si tenemos éxito, los órganos de decisión darán una patada en el trasero al linfocito vigilante en vez de una palmadita y lo echarán a los leones. Habremos derribado una falsa creencia.

- Si dejo de estornudar con sus vacunas le creeré...

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Puede cambiar linfocitos por nociceptores (neuronas vigilantes de daño y peligro) y polen por cualquier agente y/o estado de los que confunden al sistema nervioso (chocolate, niebla, estrógenos, hambre, frío... ). Se encontrará con la misma estructura, es decir, con una falsa creencia de sus neuronas.

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- La claridad me produce una migraña horrible

- No es la claridad. Es su sistema neuronal. Cree que contiene peligro.

- No es que lo crea. Me duele...

etc, etc, etc....

- Podemos intentar derribar la falsa creencia de amenaza. Las neuronas defienden sus creencias pero si se les da argumentos a veces cambian de opinión y anulan las conexiones que mantienen activa la falsa creencia.

- Así, sin más, ¿hablando? No sé si creérmelo... ¿No hay vacunas? ¿no hay pastillas para cambiar las ideas?

- No les dé ideas a los fabricantes de ideas...

domingo, 2 de agosto de 2009

Falsas alarmas y sesgos de confirmación


El marco doctrinal en el que se nutren y sustentan las teorías y recomendaciones prácticas de los expertos respecto a la aparición de síntomas en ausencia de enfermedad (falsas alarmas) no se corresponde con lo que actualmente sabemos sobre detección de señales y activación de respuestas en la red neuronal.

La fascinación por el poder de las moléculas mágicas que todo lo explican y remedian ha dejado de lado la tarea absolutamente necesaria de actualizar los marcos teóricos neuronales a la luz de los continuos avances sobre componentes y organización.

Los síntomas son avisos del organismo. Algo sucede y deben hacerse averiguaciones y tomar precauciones. La sirena está sonando y es mandatorio averiguar por qué. No basta con ponerse tapones en los oídos, hacer como si no sonara o resignarse a que va seguir sonando de por vida hagamos lo que hagamos (indefensión).

Intuitivamente deducimos que las "neuronas del dolor" sólo saltan cuando algo nocivo las sobresalta. En ausencia de peligro estarían a cero de actividad. Existirían, por tanto, dos estados: no sucede nada (cero) y algo nocivo sucede (uno). La frontera entre el cero y el uno estaría definida por el umbral, un límite que no debe sobrepasarse. Si se sobrepasa, salta la alarma.

¿Qué sucede cuando el estímulo es inofensivo pero hace saltar la alarma?

Las propuestas de los expertos son:

1) Un robo previo ha dejado el sistema sensible y ya no vuelve a su estado basal. La oficina del banco atracado hace varios años ya no es operativa porque el sistema de seguridad sigue en el estado: "están atracándonos" e impide las tareas habituales de una oficina en estado: "todo en orden". Ha habido que cerrarla. La culpa es de la oficina (dolor neuropático)

2) Los clientes ya no se atreven a entrar en la oficina antaño atracada por lo que ha habido que cerrarla. La culpa es del usuario (dolor somatoforme... psicológico, para entendernos...)

Aunque parezca increíble no se contempla una tercera posibilidad:

3) Se han restablecido las garantías de seguridad tras el atraco y analizado los fallos del sistema. Se pueden reanudar las tareas habituales de la oficina con menor riesgo de un nuevo atraco.

La cultura ceba los sistemas de alarma, los sensibiliza. Eso hace que salten por miedo al daño necrótico (el atraco).

No habría problema si cada episodio de falsa alarma fuera contabilizado debidamente como tal. El sistema iría habituándose hasta conseguir un nivel de disparo (criterio) razonable.

El problema surge si cada falsa alarma es contabilizada como una confirmación de los temores. El error no se contabiliza como tal sino como acierto (sesgo de confirmación).

El famoso umbral no tiene una posición fija que separa la normalidad de lo amenazante. Oscila constantemente en función de expectativas y creencias. Eso hace que salten falsas alarmas.

Hay otra cuestión: los ladrones (señal) no aparecen en horas de oficina perfectamente diferenciados de los ciudadanos normales (ruido), con antifaz y pistola en mano preguntando al vigilante por la ubicación del dinero. "Buenas, soy el ladrón. Sería usted tan amable... "

La red neuronal es un gallinero. El parloteo continuo, la algarabía, es la norma, aunque no suceda nada aparentemente trascendente. Sobre ese bullicio (ruido) resalta de cuando en cuando algo novedoso o relevante (saliencia). Las neuronas vuelven la cabeza hacia ello (señal) y le prestan más o menos atención aplicando determinadas evaluaciones (criterio).

No hace falta que suceda nada especial. Basta con que sea martes y trece, haya gente con amarillos, se haya derramado sal o se cruce un gato negro. Es la falsa señal. Saltan las alertas y comienzan los errores, el círculo vicioso, la pescadilla que se muerde la cola y engorda.

- Sistemas de seguridad, sensibilización, alarmismo, señales, ruidos, criterios, sesgos, habituación, condicionamientos, enculturación, retroalimentación positiva, falsas alarmas, resonancia... ¿de qué me está hablando? YO he venido porque me duele. Déme algo que me lo calme y déjese de pamplinas...

- ¿ No le interesa mejorar el criterio del sistema...? Si no hacemos nada seguirán saltando las alarmas... le puedo dar información.

- Las palabras no me sirven. Necesito una solución...