Se puede tener un cáncer y encontrarse bien o estar sometido a un sufrimiento e invalidez considerables sin que los médicos encuentren pruebas de enfermedad. La Medicina no ofrece respuestas aceptables para esta última situación y recurre arbitrariamente a negar la realidad del sufrimiento, haciendo aún más insufrible el calvario de los pacientes. Este blog intenta aportar desde el conocimiento de la red neuronal un poco de luz a este confuso apartado de la patología.

We may have cancer and feel good, or be submitted to substantial disability and suffering without doctors finding any evidence of disease. Medicine gives no acceptable answers to the last situation and arbitrarily appeals to denying the reality of suffering, making the calvary of patients even more unbearable. This blog tries to contribute with the knowledge of the neuronal network, giving a little light to this confusing section of pathology.

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miércoles, 7 de octubre de 2009

Desencuentros agrios en fibromialgia




El tema de la fibromialgia está enconado. Creo que hay múltiples factores para que así sea.


De entrada es un tema no querido por los profesionales: en un trabajo-encuesta sobre interés de estudiantes y licenciados sobre diversas patologías la fibromialgia ocupaba el último lugar.


Históricamente se ha considerado al dolor crónico generalizado femenino como una expresión de no se sabe bien qué condiciones psicológicas y hormonales, desviándolo hacia etiquetas de connotación negativa.


Las pacientes etiquetadas de fibromialgia han soportado un peregrinaje por consultas médicas donde han podido comprobar en propias carnes el desinterés y el desprecio.


Una vez agotada la esperanza en la atención médica oficial (seguridad social) invierten ilusiones y recursos económicos propios en todo tipo de ofertas terapéuticas llegando incluso a ir a Suiza a intervenirse de una descabellada cirugía a un desorbitado precio.


Esa amarga experiencia les ha vuelto hipersensibles a cualquier referencia a un origen neuronal. En mi caso he podido comprobar cómo se rechazaba mi disponibilidad para hablar de fibromialgia y cerebro por parte de una asociación de pacientes por el simple hecho de citar el término cerebro.


El nombre de fibromialgia es inadecuado ya que promueve una idea errónea de aparato locomotor enfermo.


Las páginas oficiales de Asociaciones de pacientes siguen iniciando sus prospectos de divulgación con la afirmación errónea de que se trata de un "dolor músculoesquelético". Ello contribuye a mantener vivas las barreras frente a interpretaciones de origen cerebral.


Cuando se plantea el origen cerebral, actualmente bien documentado, un porcentaje significativo de pacientes lo rechazan no sin acritud.


Los expertos en fibromialgia y las Asociaciones de pacientes desean encontrar una solución terapéutica, actualmente en forma de fármacos, ejercicios y asesoría psicológica sobre afrontamiento (abordaje "multidisciplinar").


El deseo de una solución externa se asocia a una convicción de que ellas no pueden hacer nada por sí mismas, que están sometidas a los vaivenes de una enfermedad misteriosa e incurable.


A medida que se va conociendo la biología del sistema nociceptivo se van publicando numerosos artículos que hacen referencia a hallazgos bioquímicos (sustancia P, serotonina, genética, factores de crecimiento, dopamina...), neurofisiológicos (potenciales evocados, sumación temporal fibras C, alodinia...) y de neuroimagen (cambios de consumos sinápticos en las áreas cerebrales generadoras del programa dolor). Estos hallazgos son presentados como prueba de que se trata de una enfermedad, en sentido tradicional y, por tanto, acreedora de todos los subsidios concedidos a otros procesos suficientemente legitimados por análisis y radiografías. En mi opinión es una conclusión errónea y de efecto negativo.


En mi opinión, la actitud de las pacientes es comprensible y, aunque es evidentemente defensiva y reivindicativa y, a veces, agria, se explica, en gran parte, por el trato recibido previamente por los profesionales.


Sin embargo creo que esa posición es errónea y cierra las puertas a la solución. Una vez presentada la participación cerebral, lo cual implica al individuo consciente y operante, el individuo debe asumir su responsabilidad en la gestión de su organismo.


Pienso que el conocimiento de la neurobiología del dolor abre una nueva vía de clarificación y resolución de este dramático grupo de enfermedades.


Sería deseable que, en primer lugar, los neurólogos fueran conscientes de ello y asumieran sus responsabilidades. Hasta la fecha no observo indicios de que vaya a ser así.


En lo que a este blog se refiere me gustaría que se evitaran los juicios sobre actitudes personales ya que enturbian y dificultan el proceso de difusión de conceptos sobre biología neuronal, desviándolo hacia polémicas agrias, dolorosas y poco constructivas.


En cualquier caso la libertad de expresión es una virtud apreciable de la blogosfera y cada cual puede decir lo que quiera, dando por sentado que si lo hace es porque tiene la suficiente madurez para preservar las formas sin renunciar a los contenidos.


martes, 6 de octubre de 2009

Disfunción cerebral evaluativa y dolor


Los sistemas de defensa del organismo (sistema inmune y sistema nervioso) no sólo deben detectar daños violentos consumados en los tejidos (necrosis), producidos por agentes y estados nocivos (infecciones, quemaduras, desgarros, ácidos...) sino que deben disponer de la capacidad de identificar anticipadamente señales de todo tipo que anuncien una situación potencialmente peligrosa.

El sentido del daño dispone de sensores de nocividad ("nociceptores") que detectan agentes y estados destructivos y células necrosadas (muertas de forma violenta) y el sentido del peligro de daño valora cualquier pista que permita anticipar especulativamente peligro de daño violento futuro.

El sentido del daño no especula. Detecta hechos consumados y manda señales hacia los centros que organizan las respuestas. El cerebro es el último nivel de evaluación de estas señales. En función de esa información y del contexto en el que se produce la agresión a los tejidos, el cerebro activa el complejo programa de percepción del dolor, programa en el que intervienen diversas áreas, conocidas colectivamente como "matriz cerebral del dolor".

El sentido de peligro es fundamentalmente especulativo. Valora todos los datos que puedan contener información sobre posibles daños futuros. El sistema inmune evalúa moléculas que pueden pertenecer a agentes y estados peligrosos (gérmenes, células cancerosas) y el sistema nervioso considera datos sensoriales (visión, audición, olfación, gusto, tacto) que permiten captar a distancia peligro potencial externo y activar programas motores de evitación (lucha-huida).

El sentido del peligro tiende a sobrevalorar la amenaza: es más seguro pensar que una rama es una serpiente que lo contrario: coger una serpiente pensando que es una rama. Por ello, cualquier estímulo no codificado (un ruido, un olor, un sabor, la visión de algo que se ha movido...) promueve el encendido de la huida.

El sentido del daño no precisa aprendizaje. Disponemos de programas defensivos con su correspondiente receta en el genoma. Todos reaccionaremos con dolor y una respuesta de evitación ante una cazuela caliente, un pinchazo o un golpe.

El sentido del peligro de daño violento (necrosis) se construye a lo largo del aprendizaje. Cada individuo desarrolla una capacidad diferente para catalogar señales. Partiendo todos de un miedo instintivo a lo desconocido, las experiencias de nocividad propia (heridas, infecciones, quemaduras...), la observación de nocividad ajena y la información sobre nocividad potencial de agentes y estados cotidianos... vamos elaborando una idea de perjuicio, irrelevancia o beneficio proyectada sobre nuestras acciones.

Hay individuos genéticamente más vigilantes, con una mayor atención al daño potencial ("evitadores de daño") y otros más audaces y arriesgados ("buscadores de novedad"). Los primeros activarán con más facilidad respuestas de huida y evitación ante señales no codificadas y los segundos sentirán la necesidad de explorar lo desconocido.

Los individuos genéticamente más evitadores tendrán una menor probabilidad de daño violento como grupo, pero activarán con más facilidad los programas defensivos aun cuando no haya peligro. Los exploradores, buscadores de novedad, sufrirán más lesiones pero padecerán menos incidencias de falsas alarmas.

La cultura nos permite manipular el entorno, adquirir hábitos de alerta defensiva y conductas de evitación. Nos informa sobre peligros escondidos, no detectables por los sentidos y alimenta y orienta los encendidos de los programas de alarma.

El cerebro, en muchas ocasiones, evalúa al alza la peligrosidad y puede perturbarnos innecesariamente con encendidos frecuentes de la alerta o, incluso, mantener la alarma crónicamente activa.

Un sistema de vigilancia que dispara continuamente el programa es una tortura para el usuario. Imagine vivir en una casa con la alarma sonando constantemente o activándose cada vez que intenta entrar ¡en su propia casa! (sin que se haya producido ninguna incidencia violenta en el interior...).

La disfunción evaluativa cerebral de daño es precisamente eso: la generación facilitada de encendidos de programas defensivos ante agentes y estados absolutamente inofensivos respecto a la capacidad de generar muerte violenta celular (necrosis).

Esta disfunción no la construye el individuo. Es un trabajo continuado de la red neuronal, básicamente inconsciente. La primera noticia que tenemos es cuando se activa el programa y sentimos dolor (escuchamos la sirena). A partir de ese momento intervenimos tomando decisiones y valorando posibilidades sobre posibles causas.

La disfunción evaluativa inmune produce alergia y enfermedades autoinmunes. El individuo sólo puede minimizar sus efectos tratando de evitar los desencadenantes o tomando fármacos supresores de la respuesta defensiva (antinflamatorios, inmunosupresores).

La disfunción evaluativa cerebral produce enfermedades como la migraña, el colon irritable, la fibromialgia o el síndrome de fatiga crónica. Los antinflamatorios e inmunosupresores son poco eficaces y potencialmente tóxicos pues no existe inflamación pero disponemos de un arma de doble filo: la información.

La información experta facilita la disfunción evaluativa por ser alarmista y sensibilizadora. Todo lo cotidiano está señalado como potencialmente nocivo: la meteorología, los alimentos, el ajetreo mental, las cargas mecánicas, las posiciones, los cambios hormonales...

A la vez que se cargan las tintas sobre peligrosidad de hábitos se potencia una idea de vulnerabilidad de organismo, por genética y/o abuso.

El resultado son cerebros hipervigilantes.

La solución, en mi opinión, es la reprogramación de la idea de vulnerabilidad y peligrosidad de nuestras acciones: sustituir la idea de organismo enfermo por la de organismo sano gestionado por un cerebro equivocado.

Ese es el objetivo de las terapias cognitivo-conductuales pero previamente los terapeutas tendremos que definir cuáles son creencias falsas o verdaderas.

En mi opinión la cultura experta sobre dolor crónico actual debe someterse a un proceso en profundidad de revisión de sus doctrinas... Necesita terapia cognitivo-conductual.

lunes, 5 de octubre de 2009

Fibromialgia. Periferalismo y centralismo



Hay evidencia de que en la fibromialgia y otras enfermedades afines existe un estado de hipersensibilidad en los sensores musculares de daño. De este modo cualquier estímulo irrelevante genera falsa señal de nocividad que induce al cerebro a encender los programas defensivos de dolor o fatiga. Esta hipersensibilidad no se acompaña de daño objetivo en los músculos ni de aumento en metabolitos ácidos o ATP. Es decir, los sensores de ácidos y ATP están hipersensibles y descargan señal de daño a pesar de que los niveles de las moléculas sensadas son normales.

La alarma de incendios salta porque los sensores de humo o altas temperaturas han descargado en ausencia de humo y altas temperaturas. Lógicamente, el servicio de extinción de incendios se pone en marcha a pesar de que se trata de una falsa alarma.

La pregunta lógica es: ¿qué hace que los sensores de daño estén hipervigilantes?

La respuesta más honesta es: no se sabe.

Desde esta posición de ignorancia confesada caben dos propuestas:

1- Aunque no se sepa el origen, es un hecho que existe una situación anómala de sopreproducción e hiperexcitabilidad de sensores de daño. Una determinada genética y focos de sobrecarga física y emocional actuales y/o pasados generarían la alteración. El ejercicio potenciaría el problema ya que la actividad muscular generará trenes de señal (falsa) de nocividad.

Los centros de procesamiento de señal de daño estarían secundariamente sensibilizados por la continua llegada de información sobre nocividad. El cerebro estaría hipervigilante como reacción a la falsa información.

Esta es la posición periferalista, muscular.


2- No se ha demostrado ninguna alteración objetiva muscular de forma consistente y el estado de hipervigilancia de los sensores sería secundario a un encendido central, cerebral, de la alerta. Esta hipersensibilidad central estaría facilitada o determinada por factores cognitivos y emocionales.

Esta es la posición centralista.


En mi opinión el sistema nociceptivo (detección de daño actual y/o potencial) se activa en su conjunto. No es imaginable una situación en la que los sensores estén activados y el cerebro mirando para otro lado o, al revés, el cerebro preocupado y los sensores apagados.

La información fluye de abajo arriba y de arriba abajo. A veces encienden la mecha los sucesos (daño muscular consumado) y los metabolitos ácidos y ATP disparan los sensores correspondientes haciendo saltar el dispositivo general. En otras ocasiones es el cerebro el que sobredimensiona el peligro y eso se traduce en la activación preventiva de los sensores, aun en ausencia de señales de daño consumado o inminente.

La impresión que se recoge en los trabajos sobre fibromialgia es que se pasa por alto la función predictiva. Si el cerebro codifica peligro, aunque sea erróneamente (tal como sucede con el sistema inmune y las enfermedades autoinmunes) el sistema se activa.

El cerebro puede frenar o estimular las respuestas periféricas. Cuando se produce una incidencia de daño agudo colabora en el encendido explosivo del sistema nociceptivo para pasar, tan pronto como lo permita el estado de los tejidos dañados y según los contextos, a regular y aflojar la presión vigilante.

En la fibromialgia el cerebro actúa como si algo estuviera poniendo en peligro la integridad muscular o como si se quisiera evitar, preventivamente, su trabajo. Se trata de una evaluación errónea de peligro. Ese es, en mi opinión, el problema central. Los hallazgos periféricos de sensores ácidos y purinérgicos sobreproducidos e hiperexcitables, los niveles elevados de sustancia P y descendidos de serotonina, etc, son marcadores del estado de alerta nociceptiva inducido por la evaluación cerebral de peligro.

El cerebro trabaja desde falsas creencias de daño potencial y promueve conductas defensivas apretando las tuercas del dolor y cansancio. El paciente puede obedecer o resistirse al requerimiento cerebral. El cerebro actuará en consecuencia.

Cerebro no es sinónimo de individuo consciente ni se presupone un origen psicológico.

El procesamiento de información es una función somática. El procesador (red neuronal) puede estar sano pero puede procesar información errónea, por muchos motivos. Puede que no estemos haciendo bien los deberes a la hora de proveer al cerebro de los datos adecuados...

domingo, 4 de octubre de 2009

Autoenfermedades. El cerebro protector




Los organismos pluricelulares son sociedades en las que cada célula es un individuo que tiende a crecer y reproducirse. La sociedad garantiza comida y seguridad pero se queda con el derecho a regular la reproducción celular (desarrollo, reposición y regeneración de órganos y tejidos) y las acciones del individuo, sometiéndolas a las restricciones que el organismo juzgue convenientes para asegurar sustento e integridad física.

La seguridad está a cargo del Sistema de defensa, constituido por el Sistema Inmune y el Sistema Nervioso. Ambos disponen de un catálogo congénito (genético) de estados y agentes de contrastada nocividad (gérmenes, temperaturas extremas, desgarros, compresiones, falta de oxígeno, ácidos, caústicos...) pero a lo largo del desarrollo deberán complementarlo a través de la experiencia (ensayo-error).

Todo aprendizaje es incierto y contiene errores potenciales, por defecto (no están todos los que son) o por exceso (no son todos los que están).

El catálogo de señales de peligro del Sistema Inmune puede incluir moléculas (antígenos) que identifican erróneamente peligro: moléculas pertenecientes a ácaros, animales domésticos, alimentos, fármacos, órganos propios y/o ajenos (transplantes) pueden estar caracterizados como pertenecientes a agentes teóricamente peligrosos cuando, en realidad, son inofensivos o, incluso, potencialmente beneficiosos.

De la misma manera, el catálogo de señales de peligro del Sistema Nervioso contiene potencialmente falsas amenazas: agentes y estados irrelevantes o beneficiosos considerados erróneamente como peligrosos.

Los estados y agentes erróneamente catalogados desencadenan una respuesta defensiva contundente y sin contemplaciones. El Sistema Inmune despliega la inflamación en la zona donde se ubica el "enemigo" y el cerebro activa uno de los diversos programas defensivos de los que dispone. El dolor es uno de ellos.

Los agentes desencadenantes del error Inmunológico se denominan antígenos y el resultado del despropósito defensivo corresponde a las reacciones alérgicas y enfermedades autoinmunes.

Los agentes desencadenantes del error neuronal no se denominan de ningún modo ("desencadenantes") y el resultado del despropósito defensivo cerebral anda camuflado entre una sopa confusa de etiquetas: trastornos psicosomáticos, "funcionales", enfermedades "misteriosas" (fibromialgia, migraña...) , somatizaciones...

El Sistema Inmune está adecuadamente señalado como responsable del desaguisado inflamatorio.

El cerebro protector continúa sembrando innecesariamente sufrimiento e invalidez sin ningún indicio de responsabilidad. Las culpas recaen en el individuo, el usuario del organismo: sus genes, sus estados emocionales, sus traumas físicos y psicológicos del pasado, sus hábitos y costumbres, sus huesos, músculos y articulaciones, el aire que respira, sus hormonas, su sistema inmune, la forma en que se sienta, los pesos que ha acarreado, el ajetreo mental, el sueño poco o demasiado reparador, los viajes, las vacaciones, el hambre, el queso curado, el chocolate, el sorbito de champán...

Los excesos de celo protector generan enfermedad, autoenfermedad.

Incomprensiblemente, a la autoenfermedad generada por neuronas se le cuelga el sanbenito de la etiqueta "psico".

El modelo de organismo vigente en Medicina ("oficial" y alternativa) reconoce que hay una red neuronal pero no le atribuye ninguna responsabilidad en la gestión de los recursos defensivos que ella decide activar.

Hay una patología de la toma de decisión. La que corresponde al Sistema Inmune está correctamente señalada y tipificada como autoenfermedad.

¿Para cuándo la correcta y necesaria consideración de autoenfermedad para la patología de la toma de decisión cerebral?

¿Qué opinan los neuroprofesionales (neurólogos, psicólogos y psiquiatras) de esta cuestión?


sábado, 3 de octubre de 2009

¿Es la fibromialgia una enfermedad misteriosa e incurable?





En mi opinión y por partes:

1- La fibromialgia es una enfermedad con síntomas
reales e invalidantes. Negarlo es gratuito, injustificado, ofensivo e inmoral.

2- No existe ningún misterio en torno a su origen. El sistema neuronal nociceptivo está activado de forma hipersensible a pesar de que no existe ninguna situación de amenaza en los tejidos.

3- La fibromialgia se cura si el cerebro desactiva el estado de alerta. Cualquier intervención terapéutica que lo consiga, con o sin engaño, elimina los síntomas.



La fibromialgia es una enfermedad

El debate sobre si es o no una enfermedad es estéril e hiriente para los pacientes. La cuestión se debe centrar en el tipo de enfermedad. En mi opinión forma parte del importantísimo grupo de enfermedades producidas por
disfunción evaluativa del sistema de defensa.

El sistema de defensa está integrado por el sistema inmune y el sistema nervioso. Ambos integran un componente congénito (memoria genómica) y uno adquirido (memoria de membrana). El componente adquirido (aprendido) comete errores tanto por defecto como por exceso.

Los errores por exceso de valoración de peligro por parte del sistema inmune generan alergias y enfermedades autoinmunes. Nadie discute su realidad ni las atribuye un origen psicológico.

Los errores por exceso de valoración de peligro por parte de la red neuronal generan el grupo de
"síntomas y síndromes sin explicación médica": migraña, colon irritable, fibromialgia, cistitis intresticial, vulvodinia, síndrome de fatiga crónica... y otras. Es frecuente que se les niegue el pan y la sal y se defienda injustificada y malintencionadamente un origen psicológico.


La fibromialgia es misteriosa

Existe extensa documentación sobre cambios objetivos químicos, neurofisiológicos y de neuroimagen en los pacientes con fibromialgia. El sistema nociceptivo (detección y prevención de daño en los tejidos) está crónicamente activado. En ocasiones sucede tras un percance físico y, otras, tras situaciones emocionales complicadas.

Se descarta patología "reumática". Músculos, articulaciones, huesos y tejido extracelular son normales. El término fibromialgia es inadecuado y debiera sustituirse por el ya propuesto de
síndrome de sensibilización central.


El "misterio" de la fibromialgia es equivalente al de las enfermedades autoinmunes (artritis reumatoide, lupus eritematoso, miastenia...). No conocemos el proceso de generación del error evaluativo pero sabemos perfectamente que se trata precisamente de eso, de una evaluación errónea de peligro. Nadie dice que se trata de enfermedades misteriosas.


La fibromialgia es incurable

Los sistemas de memoria inmune contienen los errores de evaluación de peligrosidad atribuidos a proteínas del polen, ácaros, animales domésticos o de órganos propios. Si se desactivan las "creencias" del sistema inmune (por ejemplo, con vacunas) desaparecen los síntomas.

Los sistemas de memoria neuronal contienen los errores de valoración de amenaza que mantienen activa la alerta nociceptiva. Si se desactivan las creencias neuronales sobre amenaza también se disuelven los síntomas.


Las falsas creencias sobre amenaza se pueden disolver con falsas creencias de eficacia de terapias de todo tipo. La más eficaz es la quirúrgica. El efecto placebo quirúrgico es el más poderoso ya que incluye dos factores importantes: la agresión a los tejidos y su elevado precio. El modesto beneficio conseguido con fármacos, agujas, productos homeopáticos, masajes, meditaciones y otras terapias es también de carácter placébico.



La convicción de que la mejoría proviene de la acción externa terapéutica consolida el error evaluativo de enfermedad (en sentido clásico, lesión) y crea incertidumbre respecto a futuras reactivaciones. Cierra en falso el problema.

Las falsas creencias sobre amenaza se pueden disolver directamente recuperando la convicción de salud. Ello se consigue con la
terapia cognitivo-conductual: eliminando falsas creencias y consiguiendo afrontamientos activos.

La terapia cognitivo-conductual es ineficaz si considera la fibromialgia como una enfermedad misteriosa e incurable.

Si los psicólogos respetan la afirmación catastrofista de los médicos sobre el carácter misterioso e incurable de la enfermedad sólo pueden aspirar a conseguir una cierta adaptación al sufrimiento.

Las memorias neuronales son plásticas. Admiten la modificación de sus contenidos pero no por un acto de deseo-voluntad-necesidad del individuo sino a través de un trabajo informativo y conductual que debe realizaurse entre el terapeuta y el paciente.

Estas son mis convicciones sobre la fibromialgia. Las vengo aplicando en la consulta desde hace varios años con resultados modestos: un 50-60% de las pacientes rechazan las propuestas y no vuelven a revisión. Entre las que las aceptan, un 40-50% recupera la convicción de salud y, por tanto, se libra de los síntomas.

viernes, 2 de octubre de 2009

Arresto domiciliario


Los seres vivos distribuyen su tiempo entre la "casa" y "la calle". La casa es un refugio, un lugar seguro, preservado de temperaturas extremas y depredadores. La calle es un lugar ambivalente: allí están los alimentos y los ligues pero el tiempo puede ser inclemente y los depredadores están al acecho.

El cerebro dispone de un programa que invita a quedarse en casa y otro que fuerza al individuo a salir de caza (comida y pareja).

El programa "no salgas" se activa cuando las condiciones externas son adversas (peligro o carencias) o el cuerpo no está para muchos trotes (lesión-enfermedad).

El programa "¿qué haces ahí tumbado?, muévete" se activa cuando hace falta reponer energía o cuando nos toca colaborar en el mantenimiento de la especie.

El programa "no salgas" se denomina "respuesta de enfermedad". Se enciende, por ejemplo, con una gripe: el individuo se siente dolorido, cansado, desmotivado, sin interés por la interacción social. El pensamiento tiene tono catastrofista, con una autoestima baja. En esas condiciones, el individuo "decide" quedarse en casa.

El programa "qué haces ahí tumbado, muévete" corresponde a la conducta exploratoria impulsiva de alimento y pareja. Es el programa que nos hace trabajar por la supervivencia propia y de la especie.

Homo sapiens (m.n.t.) ha ideado una estrategia inteligente: poblar el exterior de comida fácil, librarlo de depredadores y proveerse de abanicos, refrescos, abrigos, gorros y paraguas para minimizar adversidades, carencias y peligros. Salir a la calle ya no es una aventura arriesgada.

Quedarse en casa tampoco es problema. Disponemos de frigoríficos, teléfonos, parientes y amigos que nos facilitan, al menos, el acceso a la comida.

El cerebro sapiens (m.n.t.) no tiene demasiados problemas para apretar el botón de entrar o salir. Ninguna de las dos opciones supone demasiados contratiempos biológicos.

El día ha salido frío y el cerebro puede considerar arriesgado salir a la calle, así que, no hay nada más fácil que activar el programa dolor-cansancio-desánimo, como si uno tuviera gripe.

- El frío me sienta fatal. Me duele todo y estoy agotada. El sol me da algo de vida.

En los países nórdicos, el programa "no salgas" se activa en invierno invitando a hibernar. Es la depresión estacional. En cualquier otro país, el mismo programa convierte el salir a la calle en una acción heroica. En este caso tenemos la famosa fibromialgia.

El cerebro concede altas y bajas, premia y penaliza el abandono del hogar.

A veces las bajas están justificadas. Lesiones, enfermedades, tempestades, guerras, precariedad externa... justifican la decisión cerebral de hacer sentirse al individuo cansado, desanimado, dolorido, pesimista y poco sociable.

Otras muchas no hay motivos objetivos que justifiquen la activación del programa enfermedad.

El cuerpo está razonablemente disponible y el exterior no contiene amenazas relevantes pero el cerebro ha decidido retener al individuo en casa.

El programa es el mismo, trátese de una decisión justificada o absurda. El dolor, desánimo y agotamiento son los mismos. Puede que, incluso, sean más insufribles cuando no existen condiciones objetivas de adversidad.

Hay cerebros sensatos que gestionan razonablemente el botón de salir o quedarse en casa. Abundan, sin embargo, los cerebros alarmistas que construyen una convicción de cuerpo vulnerable y prefieren penalizar el movimiento, la exploración.

- Me duelen los huesos, mis músculos están exhaustos, no me concentro, tengo artrosis, no tengo ánimos... Me dicen que tengo fibromialgia. Es una enfermedad misteriosa y sin curación...

- No hay misterio. Es el cerebro, que ha construido una convicción de enfermedad y tiene apretado el botón del programa "no salgas". No les pasa nada a huesos, músculos ni articulaciones.

Estás sometida a arresto domiciliario...



jueves, 1 de octubre de 2009

Cámara, ¡acción!




"En el principio fue la acción", recordaba oportunamente Goethe.

Homo sapiens (ma non troppo) se gusta oyéndose hablar y considera que todo proviene del verbo, de la palabra: "en el principio fue el verbo...". Las palabras, según quien las diga, parecen estar dotadas de la facultad mágica de crear.

Desde el punto de vista evolutivo, todo se entiende mejor dando la razón a Goethe. El movimiento con un propósito es una característica básica de los seres vivos.

El paramecio es un protozoo, un ser vivo unicelular. Vive en charcas y se mueve de aquí para allá con el propósito de encontrar comida y evitar obstáculos. Su membrana está poblada de cilios que generan el movimiento. Cuando colisiona con algo, unos sensores mecánicos detectan el encontronazo y generan un programa motor que pone la marcha atrás, da un pequeño giro y reemprende la marcha. Si el golpe se recibe por la parte posterior, un tipo distinto de sensor mecánico dispara, lógicamente, un programa distinto.

Los biólogos consideran que el paramecio es una neurona acuática. Tiene todos los componentes característicos de las neuronas: sensores, un programilla y una respuesta motora.

Las neuronas de los seres vivos pluricelulares sólo se mueven cuando nacen y tienen que buscar su destino, su puesto de trabajo, su área de influencia. Una vez instaladas sólo se produce movimiento en las terminaciones, en los puntos de conexión con otras neuronas (sinapsis). Incesantemente crean y destruyen conexiones. De este modo podemos adaptarnos a las cambiantes condiciones del medio.

En las Facultades de Medicina se sigue enseñando a los futuros neurólogos que existen neuronas sensitivas, neuronas pensantes y neuronas motoras: neuronas que captan estímulos, neuronas que reflexionan sobre ellos y deciden qué órdenes dar a otras neuronas, que finalmente dicen a los músculos lo que tienen que hacer.

En las Facultades de Medicina se sigue diciendo a los futuros neurólogos que lo que percibimos en la pantalla de la conciencia es lo que nuestras cámaras captan del interior y exterior. Las imágenes y sonidos se captan por ojos y oídos y se proyectan a la pantalla del YO espectador.

No sorprende que los neurólogos sigan pensando que el dolor se construye en los tejidos doloridos, es captado por las neuronas sensitivas y se conduce hasta el cerebro donde las neuronas pensantes decidirán qué hacer con él. Una vez tomada la decisión se prepara un paquetito para el YO con un mix de una sensación dolorosa con un toque emocional de sufrimiento a la vez que se activa un programilla conductual de quedarse quieto en cama o slir huyendo.

Toda percepción es una acción. Es el resultado final del procesamiento neuronal. Es lo que aparece en la pantalla del YO con el propósito de forzarle a una conducta. La percepción es la acción imaginada, iniciada. La acción está contenida por un resorte. Sólo falta oir el pistoletazo de salida para que se ejecute.

La percepción de picor es ¡ráscate!, la de hambre, ¡busca comida!... y la de dolor: ¡huye! o ¡no te muevas!

Hay percepciones adecuadas: contienen sabias propuestas de acción: eliminar un parásito de la piel al rascarse, llenar los depósitos de energía tras unos días sin probar bocado o huir del fuego o quedarse quieto cuando algo no va bien dentro.

Es más frecuente que el cerebro alarmista, marca sapiens (m.n.t.), construya percepciones irracionales, erróneas, con propuestas absurdas y peligrosas: rascar violentamente una piel normal, comer sin parar o quedarse bloqueado.

El cerebro alarmista quiere individuos rascadores, comilones, temerosos del movimiento.

El cerebro alarmista se reconforta con la oferta de los bálsamos para todo: ungüentos, bocadillos y calmantes y acaba cogiendo gusto a los remedios. Prefiere que haya cremas por la piel, comida en el estómago y calmantes. Para que eso sea así no hay otro modo que proyectar a la conciencia del YO las percepciones-acciones correspondientes: picor, hambre y dolor.

- Doctor, ¿por qué tengo tanto picor, hambre y/o dolor?

- Supongo que su cerebro quiere que se rasque, que coma o se tome un calmante. Pregúntele por los motivos.

- Bien, pero... ¿le obedezco o qué hago?

- Si le obedece está perdido.

- Tengo que tomarme el calmante.

- No necesariamente. No pasa nada si no se rasca, come o renuncia al calmante.

- ¡Qué fácil es decirlo!

No es fácil, a veces, hacer entrar en razones al cerebro alarmista. Es imposible si, además, le damos la razón y participamos de su alarmismo...

Cámara... ¡Acción!...

No haga ni caso. Usted a lo suyo...