Se puede tener un cáncer y encontrarse bien o estar sometido a un sufrimiento e invalidez considerables sin que los médicos encuentren pruebas de enfermedad. La Medicina no ofrece respuestas aceptables para esta última situación y recurre arbitrariamente a negar la realidad del sufrimiento, haciendo aún más insufrible el calvario de los pacientes. Este blog intenta aportar desde el conocimiento de la red neuronal un poco de luz a este confuso apartado de la patología.

We may have cancer and feel good, or be submitted to substantial disability and suffering without doctors finding any evidence of disease. Medicine gives no acceptable answers to the last situation and arbitrarily appeals to denying the reality of suffering, making the calvary of patients even more unbearable. This blog tries to contribute with the knowledge of the neuronal network, giving a little light to this confusing section of pathology.

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viernes, 28 de enero de 2011

Hambres



El hambre es una percepción de necesidad, de incitación a conseguir algo que el organismo solicita, con o sin justificación.

Asociamos el hambre con los alimentos pero también hay hambre de aire, hambre de sal, hambre de dulces. Realmente la sed es hambre de agua.

Con el hambre el cerebro presiona al individuo a una conducta de búsqueda y consecución de lo solicitado. Los objetos del hambre, en condiciones naturales, son escasos o están muy solicitados y disputados por otras especies o individuos. Existen circuitos neuronales que promueven las hambres, la exploración y aprovisionamiento. 

La tendencia natural, biológica, evolutiva es la de activar el hambre cuando hay comida, agua, sal, dulces... a mano. El cerebro ha evolucionado en entornos de escasez o abundancia disputada y promueve los consumos cuando tiene los objetos a su alcance. Homo sapiens (ma non troppo) ha aborrecido las hambres y ha conseguido cultivar comida, canalizar el agua, recolectar la sal, dulcificar sin límite...

La abundancia sin rivales, sin riesgo, debiera producir el sosiego de los circuitos del hambre pero no es así. Las hambres están desatadas. La pulsión al corto plazo les puede. El presente es mucho presente. 

Las hambres producen malestar, desasosiego, insatisfacción, necesidad, ganas. Si obedecemos el requerimiento cerebral del hambre de turno el sistema de recompensa nos premia con la retirada del apremio. Nos quita el hambre de comida, de agua, el hambre de sal, de aire o de dulce. Interpretamos el alivio como placentero pero en realidad el placer consiste en la supresión de la urgencia. Es como quitarse un zapato pequeño.

El hambre expresa el deseo cerebral. El individuo puede acceder y disfrutar librándose de los apretones (comiendo, bebiendo...) o rebelarse y negarse a los requerimientos por razones de falta de necesidad en el presente y confianza en el futuro.

El dolor contiene la esencia de las hambres. Es un hambre extrema, límite. El sistema de recompensa fuerza al individuo a conducirse defensivamente. El dolor expresa el hambre del miedo al daño, la necesidad de quedarse quieto o huir, mover las piernas cuando uno quiere tenerlas quietas ("síndrome de las piernas inquietas") o a dejarlas quietas cuando el individuo quiere moverlas. El cerebro exige calma nociceptiva. Para conseguirla activa el hambre de remedios, conjuros varios: "calmantes", masajes, punciones, productos homeopáticos...

El hambre de aire tiene sentido cuando necesitamos todo el oxígeno posible para huir del peligro o hacer deporte pero el cerebro puede ver peligro siempre y en todas partes y activar el hambre de aire a todas horas. El individuo siente el desasosiego del hambre y necesita respirar hondo. Si no obedece el hambre de aire va a más hasta que un suspiro mitiga momentáneamente la inquietud.

El mareo es hambre de quedarse quieto. La soledad, hambre de relación...

No es fácil gestionar las hambres, los apremios del sistema de recompensa. Sucumbimos fácilmente cuando nos aprietan las tuercas. Bocadillos, refrescos, dulces, sal, reposo, calmantes, tics, suspiros...

A las hambres hay que obedecer cuando están justificadas por estados de necesidad reales, actuales y hay que plantarles cara cuando se nos presentan sin motivo, por puro miedo a la incertidumbre.

Para calmar el hambre se exigen conductas motoras propias o ajenas: comer, beber, moverse, detenerse, agarrarse, suspirar...

También existe el hambre de tabaco y se exige un ritual motor complejo (sacar el cigarro, encenderlo, meterlo a la boca, aspirar y expeler el humo, desprender la ceniza, apagarlo...)

- Llevas tiempo sin fumar. ¿Por qué no enciendes otro cigarro?

- No gracias, no me pongas el hambre. No te voy a hacer caso. El tabaco es tóxico, adictivo, engañoso... y aumenta el hambre de fumar...

................

- Llevas ya unas horas sin tomar calmantes...

El dolor, en el fondo, es eso: una más de las muchas hambres que nos pone el cerebro para calmar sus agobios probabilísticos, sus miedos, no siempre bien fundados...


- No insistas con el hambre... ¡Déjame en paz!

jueves, 27 de enero de 2011

Dolor e inaccion



La función de la percepción es la de enfocar, atender un contenido, teórico o actual, de la realidad y proponer una interacción. La percepción es una proposición, con carga de motivación variable, a actuar de un modo determinado, con un propósito y con una relevancia (positiva o negativa).

El dolor es una percepción cuyo propósito es el de forzar al individuo a actuar defensivamente. Si contactamos con un estado o agente externo nocivo el dolor nos forzará a evitarlo, huir-luchar. Si el agente o estado de nocividad es interno el dolor nos presionará a la inacción, a suspender las acciones programadas.

Levantarse, caminar, agacharse... son acciones que el individuo solicita para obtener propósitos. El cerebro conoce la intención, el deseo del individuo y selecciona su propuesta. Si la solicitud del individuo no contiene amenaza (teórica o real) a la integridad física, el cerebro activa programas motores silenciosos perceptivamente. Nos levantamos, nos agachamos, cogemos objetos... sin percibir nada relevante en la ejecución. La solicitud del individuo ha contado con el visto bueno cerebral. La acción ha sido indolora porque la acción evaluativa cerebral la ha autorizado sin reticencias.

Si está vigente una evaluación de vulnerabilidad (teórica o real) de una zona la solicitud del individuo de una determinada acción-propósito puede generar temor cerebral al daño. El cerebro no da el visto bueno y proyecta perceptivamente miedo (temor al daño) y dolor (penalización disuasoria) a la vez que selecciona un programa motor defensivo con músculos inadecuados. El individuo percibe ambas proyecciones cerebrales: miedo y dolor y comprueba que la acción es inadecuada, lenta, dolorosa, rígida...

El dolor ha cumplido con su función disuasoria. Ha forzado la inacción. Si a pesar del dolor el individuo decide seguir con su propósito, el dolor irá en aumento hasta conseguir su objetivo: obligar a claudicar. Dejar de actuar en la dirección deseada por el individuo y colaborar en la inactividad de una zona valorada como vulnerable.

La acción cerebral de seleccionar y proyectar la percepción de dolor en una zona contiene también una previsión de qué acciones del individuo son exigidas para desactivar el dolor. Si el cerebro exige un fármaco, no habrá alivio hasta que el individuo ejecute la acción de tomárselo. Si lo exigido es relajarse deberá uno hacerlo para que el dolor se esfume.

Tomar un analgésico es una acción, algo más que introducir una simple molécula en el organismo. El cerebro pide acciones. Los alimentos no quitan el hambre con sus moléculas. Comer es una acción que el cerebro exige con la proyección de la percepción de hambre. Si se obedece el cerebro desactiva las ganas de comer.

No siempre debemos aceptar las propuestas cerebrales. Debemos aprender a valorarlas como racionales, sensatas o lo contrario y actuar en consecuencia.

Si el cerebro pide inacción por evaluación alarmista no justificada debemos defender argumentadamente nuestra voluntad de actuar y conseguir que el cerebro silencie la percepción de miedo al daño (dolor) y organice el gesto motor con programas económicos y silenciosos.

- ¡No te muevas, no lo hagas!

- ¡Venga ya!

miércoles, 26 de enero de 2011

La disfunción evaluativa como factor de riesgo



Un organismo razonablemente sano, gestionado por un cerebro equivocado, alarmista, que mantiene programas defensivos sin necesidad, es un organismo maltratado, sometido a cargas físicas que minan su integridad. Los programas defensivos encuentran su justificación cuando hay un estado o agente ofensivo. 

El programa de eliminación preventiva de lo ingerido, es decir: náuseas para provocar el vómito, encuentra su justificación biológica cuando hemos comido algo peligroso o cuando un animal se da un atracón y luego lo regurgita para alimentar a las crías o para ocultar la comida en un lugar seguro. Activar el vómito en el curso de una crisis migrañosa o de vértigo no produce mas que malestar, sufrimiento y pérdida de energía (comida). El organismo tiende a activar preventivamente la incitación al vómito (nauseas) cuando valora problemas internos. Los gérmenes y los tóxicos entran por vía digestiva. Si algo va mal internamente puede que el agente ofensivo ande aún por el estómago y se procede al lavado. El dolor facial, de muelas o del aparato locomotor, no se acompaña de naúseas. Lo ofensivo teórico está aún en la entrada (boca) o es una cuestión de carga mecánica (aparato locomotor). Vomitar no tiene sentido biológico.

Mantener el programa hambre encendido y promovido ansiosamente a pesar del sobrepeso genera todo tipo de inconveniencias físicas. El hambre es para cuando no hay comida a mano pero puede encontrarse si uno se esfuerza. No tiene sentido si sobran kilos o no existe la posibilidad de encontrar un triste bocado.

Gestionar saludablemente el organismo implica acertar en el encendido, mantenimiento y apagado de los programas, obtener beneficio con ello.

La valoración errónea de daño estructural relevante en la columna ("tengo artrosis, pinzamientos, hernias...") implica el encendido de programas defensivos que anulan la función articular, contraen músculos inadecuados y aumentan el estrés mecánico con cada acción. Una columna con "desgaste" necesita articulaciones libres, poca carga mecánica, libertad y promoción del movimiento, confianza... no miedo al movimiento.

La valoración errónea de enfermedad activa el programa "respuesta de enfermedad" que promueve la conducta de sentirse "griposo" (dolorido, cansado, desmotivado) no estándolo. En la fibromialgia el cerebro mantiene activada la desmotivación (cansancio) y penalización (dolor) del movimiento "como si" hubiera enfermedad. Realmente la enfermedad la genera el error evaluativo de enfermedad. No se entiende la obstinación en defender la idea de que la fibromialgia es una enfermedad (en sentido clásico) cuando el estado patógeno es la gestión errónea cerebral de un organismo sano "como si" estuviera enfermo.

El programa del estrés cumple su función: alertar al individuo ante una incidencia novedosa no codificada, tomarle la medida, evaluarla, atribuirle relevancia, seleccionar los recursos de afrontamiento y proceder a activar la conducta más adecuada. Una vez finalizado el episodio, apagar el programa. Estresarse no es trabajar mucho sino hacerlo con una evaluación continua de sobresalto, de amenaza, catastrofismo, fracaso, sometimiento a una jerarquía no reconocida... estar indefenso...  

El programa de sentirse deprimido tiene su sentido cuando la realidad del momento es adversa y no ofrece salida hasta que cambien las circunstancias o se haya rumiado y digerido suficientemente un suceso negativo reciente. La evaluación continuada de indefensión, baja estima propia o ajena, en ausencia objetiva de adversidad o precariedad del entorno, anula los recursos motivacionales y condena al individuo a la inacción.

La evaluación catastrofista tiene sentido cuando ha habido un hecho negativo y hay que analizarlo para aprender a evitarlo o afrontarlo debidamente en el futuro. Acabado el análisis, se apaga el período reflexivo y uno se pone las pilas para trabajar en la consecución de sus objetivos.

- Su cerebro no gestiona bien los programas. Evalúa mal el estado del organismo. Lo hace a la baja. Ve peligro, incapacidad, vulnerabilidad, enfermedad, fragilidad. Por eso tiene usted síntomas... es decir, programas... Están encendidos y debieran estar apagados.

- No estoy de acuerdo. Estoy enferma.

- Si usted lo cree así, está alimentando la evaluación errónea de su cerebro... Mal asunto...

- Me han dicho que mi cerebro ha perdido volumen en la corteza. Eso no me parece normal...

- Las conexiones entre las neuronas se animan con la acción y se apagan con el retraimiento, con el desánimo. Su cerebro tiene la corteza adelgazada porque no tiene estímulos. Están desmotivados. El placer está requisado.

Confundir la apariencia de enfermedad con la enfermedad no es inofensivo. No considerar el error evaluativo cerebral como una patología que debe combatirse con la restitución de la convicción de salud es un error. Defender y reclamar la condición de enfermedad de un organismo sano enfermo de error no es inofensivo.

"... la migraña, la fibromialgia... son enfermedades misteriosas, sin tratamiento..."

¿Para cuándo la consideración seria, rigurosa, de esa omnipresente y rebosante categoría de enfermedades de mediación cultural?

No tiene buena pinta...

martes, 25 de enero de 2011

Ser o estar... esa es la cuestión




Estamos en la era del genoma. Todo proviene de los genes. Somos genes.

Eso dicen.

Un padeciente de migrañas es un migrañoso. Así lo dictan sus genes. Lo mismo sucede con un deprimido, un fibromiálgico...

Podemos nacer marcados por la predisposición a ser enfermos. El dolor crónico es una enfermedad. Eso empiezan a decir. 

Aborrezco el verbo ser cuando nos saca de las casillas debidas, cuando nos determina y condena a perpetuidad a la condición de enfermedad, injustificadamente.

- Nadie es un migrañoso. Padece, está con migraña.

A veces se dan varios casos de un padecimiento en la familia. 

- Somos cuatro hermanas y las cuatro tenemos fibromialgia... (en la consulta de ayer).

Este dato real, al parecer, no puede ser interpretado mas que como una condición genética. Las pacientes son fibromiálgicas... Está claro. Se han descrito varios genes potencialmente implicados en esta enfermedad. Con la fibromialgia y la migraña se nace. Al menos poseemos esa condición vulnerable que, a poco que se nos complique la vida del cuerpo y el alma con contratiempos, desvelará la condición enfermiza. Emergerá esa condición genética de predisposición a ser un enfermo de por vida.

- Es inútil rebelarse contra la condición genética. Un migrañoso essss  un migrañoso. No tiene remedio. Hay que aceptarlo incluso con humor. Hay que ser positivo. No hay que perder tiempo, dinero y esperanzas en borrar esa condición... (oído en TV a un neurólogo, líder de opinión).

Aborrezco la cultura del ser. Está muy entrometida en nuestro estar

El verbo tener es también algo ambiguo...

- Tengo migrañas o tengo fibromialgias deja la opción abierta al ser o al estar pero habitualmente se sobrentiende la condición de ser.

Un gen no es mas que una potencialidad escrita en el complejo universo del genoma que, en función de lo que  suceda allende el núcleo, en el ancho mundo del citoplasma propio y de los núcleos y citoplasmas ajenos, expresará esa potencialidad a través de recetas variables para fabricar proteínas. ¿Cuándo, cuál, cuánto, dónde? Ya se lo pedirán desde los citoplasmas, desde las membranas, desde las fronteras propias y ajenas... y ya se decidirá desde el genoma...

La cultura produce también estados aparentemente inamovibles, esenciales, formas inmutables de serrrr.

Uno es del Athletic o de la Real. No hay posibilidad de trasmutación. Ni siquiera con cirugía. Los colores mandan. Es como estar tatuado.

Las creencias generan la apariencia de ser. Tener creencias migrañosas genera alta probabilidad de padecer crisis... serrr migrañoso.

Puede haber varios casos de creencias migrañosas, fibromiálgicas, en una misma familia. Esss una familia migrañosa, fibromiálgica. Las creencias pueden actuar por contagio (copia, imitación, empatía). 

La condición de vulnerabilidad a la impregnación cultural, al mimetismo social, a la empatía, la obediencia, fidelidad a colores, ideologías... también podría ser genética.

- La migraña es una enfermedad genética. Usted ha nacido vulnerable. Su cerebro se deja influir por los contenidos alarmistas de la cultura en la que se ha desarrollado. 

La condición genética de dependencia de lo que la cultura ha marcado no se puede modificar. Uno seguirá siendo sensible a lo que sucede, se dice, al sufrimiento propio y ajeno... pero podemos intentar cambiar la referencia cultural, ofrecer un modo distinto de interpretar el origen del sufrimiento.

- La migraña es una condición precocinada en los genes. Usted tiene unos genes que contienen la enfermedad de  serrr humana. Es, además, sensible, empática... Con las culturas que están ahí fuera esperándole lo va a pasar mal. Tenga cuidado con la cultura que elija...

- ¿La cultura es genética?

Es como si lo fuera. Nacer en un entorno determinado solidifica las múltiples posibilidades de estar reduciéndolas a una sola opción: la del lugar en el que uno nace y pace.

Hay varias culturas del dolor. La mayoría de ellas ignora la responsabilidad de la cultura y la deriva hacia los genes, los estreses, las hormonas, las dietas, los vientos o cualquier otra fruslería biológica. 

Está también la cultura de la cultura del dolor. Es la que se intenta promover en este blog...

No sólo hay genes. También hay memes...

No se tatúe el cerebro...

lunes, 24 de enero de 2011

Hablar con el cerebro



Hablamos con el cerebro continuamente, inevitablemente. Desde la consciencia proyectamos hacia nosotros mismos una valoración de lo que sentimos y pensamos. 

- Hable con su cerebro. Proyecte la convicción confiada de que nada sucede donde él proyecta dolor, peligro...

A muchos pacientes esta propuesta les parece absurda, ridícula. Piensan que defendemos la idea de un hombrecillo interno.

- Ya le dije al cerebro que no me doliera pero...

La comunicación intracelular e intercelular es una condición necesaria para la vida. Sin información no hay vida. Hay diálogo entre los componentes intracelulares, entre el citoplasma y el núcleo, entre la célula y su entorno inmediato. Cada neurona habla consigo misma. Recoge multiples impactos de la realidad sobre los receptores de la membrana y genera una señal (potencial de acción) que integra todas las miniseñales de todos los puntos de contacto. A través del potencial de acción libera mensajeros químicos (neurotransmisores) que transmiten la información de esa neurona a otras pero también a sí misma. En función de lo que la neurona se dice a través de sus propios neurotransmisores cambia su estado de excitabilidad. La neurona es un individuo que habla consigo mismo además de con los vecinos y el conjunto del organismo.

A medida que se van procesando las señales en diversos centros, las decisiones generadas y expresadas en forma de potenciales de acción y neurotransmisores se produce el mismo diálogo de cada centro consigo mismo, con los vecinos y con el conjunto.

No tiene nada de particular que cuando el procesamiento cerebral proyecte sus resultados al ámbito misterioso de la consciencia se produzca la misma reentrada de información, el diálogo del cerebro consigo mismo a través del rebote desde la conciencia. El cerebro no se conoce a sí mismo como parte consciente hasta que recibe la información, la percatación de que sus procesamientos han generado unos determinados contenidos conscientes. En la percepcion visual cada centro cerebral procesa un aspecto de los objetos: la forma, la ubicación en el espacio, el color, el movimiento... Hasta que sale a la consciencia el resultado global, el qué es y dónde está el objeto, el cerebro no lo sabe. El cerebro de las formas sólo sabe que hay un objeto con unos bordes de contraste en una determinada dirección, el del movimiento, que ese algo se mueve rápidamente. El conjunto de esos procesamientos elementales produce al salir a la consciencia el informe: "coche" y ese resultado reentra en la red.

La consciencia (el YO consciente) es el nivel más complejo de procesamiento. Al igual que se produce un transvase desde el cerebro al individuo este puede disponerse en posición de atención y abrir los sentidos a la entrada de información que permita modificar las evaluaciones cerebrales.

El objeto de la pedagogía del dolor (know pain, no pain) es precisamente el de introducir en el diálogo cerebro-individuo material informativo que modifique las decisiones derivadas de ese diálogo.

No depende del individuo establecer o no el diálogo con el cerebro. Este existe siempre. Se trata de, dada su existencia, influir en su resultado, reinterpretar, reevaluar, hacer otro tipo de atribuciones, quitar y poner relevancias.

Hablar con el cerebro no consiste en verbalizar una especie de rezo, repetir frases mágicas, dar órdenes o suplicar. El individuo debe proyectar sus convicciones y defender su programa, no dejarse intimidar por la presión de las propuestas cerebrales de valorar amenaza.

- Dígale a su cerebro, cuando le proyecte dolor...

El dolor es una hipótesis en muchos casos, una especulación probabilística cerebral. El individuo debe saberlo con certeza y proyectar esa convicción.

Eso es todo.  

jueves, 20 de enero de 2011

Fin de episodio



Un episodio es algo que se inicia en un momento, lugar y circunstancia, contiene una determinada relevancia y termina. El cerebro ordena la realidad en episodios, sucesos enmarcados en el tiempo y en el espacio y que significan algo. 

En el organismo existe una compleja rutina de procesos exquisitamente controlados. De cuando en cuando sucede algo imprevisto. Ese algo puede ser un suceso nocivo: una infección, un desgarro, falta de oxígeno... Hay muerte celular, necrosis. Se disparan las alarmas, se movilizan los recursos defensivos. La zona se inflama: duele,  está caliente, tumefacta, rubicunda y fuera de servicio. Todo sucede con rapidez. Cada segundo cuenta. El despliegue contiene mecanismos de retroalimentación positiva, de pescadilla que se muerde la cola y engorda. Lo prioritario es acabar con el estado o agente causante de la necrosis. Las células necróticas son altamente tóxicas y necrotizantes. Hay que acabar también con ellas. Una vez controlado el peligro necrotizante viene la reparación. Hay que recuperar lo dañado. No siempre queda perfecto pero los remiendos son eficaces, suficientes. 

El dolor protege el proceso de reparación. Una vez que ha finalizado, el dolor se convierte en un obstáculo. Los tejidos necesitan la actividad para recuperar la condición normal y para ello el cerebro debe retirar la percepción de dolor, autorizar y promover la reutilización, no penalizarla. El peligro ha pasado. Debe volver la normalidad. Fin de episodio.

Hay muchos episodios necróticos que disparan con normalidad la reacción de fase aguda (inflamación) pero que dejan la alarma puesta. El cerebro no concede el visto bueno a la reparación y sigue penalizando la utilización. El dolor sigue allí indefinidamente convertido en problema. La zona queda requisada funcionalmente, con incapacidad absoluta. No hay episodio. Hubo un comienzo pero no se concede el final.

- Tengo una hernia de disco...

Hubo un momento en que en un lugar (el disco) se produjo un desgarro y el núcleo pulposo se hernió invadiendo el espacio ocupado por una raíz nerviosa. Saltaron las alarmas. Dolió, se bloquearon las articulaciones, se activaron programas motores protectores, alternativos... pero en unos días o semanas se reorganizó el lugar, se retiraron los restos necróticos, se remendó el roto y se dejó listo para el movimiento, necesario para recuperar la función y la arquitectura. Puede que el cerebro no lo vió así. No recuperó la confianza y sigue negando el final del episodio, la licencia de uso con garantías.

- Bueno, usted tuvo un episodio de hernia discal, pero ya está reparado, concluido. Debe moverse sin miedo.  La recuperación de la estructura y función no es posible sin el movimiento. Los programas defensivos de fase aguda deben apagarse. Su cerebro debe saber que el perder un punto articular entre dos vértebras no supone el fin. Su cerebro debe promover la normalidad. De otro modo la zona lumbar se va a convertir en un círculo vicioso absurdo.

- Ya, pero me duele, estoy bloqueado, rígido, no puedo hacer nada.

- Está usted todavía en fase aguda, como si acabara de desgarrarse el disco. Eso ya está enfriado, reparado. Si no hay otra vez actividad, propósitos, confianza... nunca volverá a la normalidad. Debe dar el carpetazo.

La gestión de los procesos defensivos por parte del sistema inmune y nervioso contiene el peligro de una mala regulación. Un episodio agudo se convierte en crónico, no necesariamente porque haya dejado secuelas sino porque no se ha dado por finalizado cuando debiera darse. 

El dolor crónico es muchas veces una respuesta de alerta disparada justificadamente por un suceso necrótico agudo que el miedo mantiene injustificadamente activada. No hay vulnerabilidad física sino simple y llanamente miedo a la vuelta a la normalidad. El cerebro no se fía de las reparaciones. Ni siquiera sabe que existen. 

- No has vuelto a coger el coche...

- Tengo un accidente

- Ya, pero eso fue hace unos años y lo mandaste al garaje a repararlo...

Los ciudadanos siguen utilizando el presente para relatar el pasado real y el futuro imaginado, temido.

miércoles, 19 de enero de 2011

Ciencia ocultada y ciencias ocultas



Los conceptos que se exponen en este blog contemplan cuestiones básicas de la actividad neuronal, conceptos bien arraigados en biología. No se trata de especulaciones filosóficas sino de rutinas celulares en el día a día del organismo. 

Invariablemente la reacción a lo expuesto es de sorpresa:

- Es la primera vez que lo oigo...

o de desacuerdo:

- No me convence... 

El dolor es una percepción...

La ciudadanía y los profesionales no están demasiado interesados en saber cómo el organismo construye lo que percibimos. Lo percibimos y punto. Si percibo dolor me tomo un "antipercibidor" de dolor. Si es eficaz no hay más cuestiones.

El dolor es una percepción que el cerebro construye y proyecta sobre una zona del espacio ocupada por el cuerpo...

- Déjese de cerebros. A mí lo que me duele es la espalda...

Profesionales y ciudadanos dedican sus afanes a detectar el origen del dolor donde duele y aplicar allí los remedios. El lumbago, ¡por favor!, es cosa de músculo y esqueleto... Déjese de historias...

El dolor es una percepción que el cerebro construye y proyecta sobre una zona del espacio ocupada por el cuerpo que implica una valoración de amenaza...

- YO no pienso... Me duele. ¡Punto!

La referencia al cerebro es entendida como referencia al individuo. Profesionales y ciudadanos comparten ese error de identificación (el mito del YOOOOOO).

El dolor es una percepción que el cerebro construye y proyecta sobre una zona del espacio ocupada por el cuerpo que implica una valoración de amenaza (a veces errónea)...

- El equivocado es usted...

Ciudadanía y profesionales no dan importancia a la condición falible de nuestro cerebro. Se reconoce la condición de falibilidad al sistema inmune (alergias, enfermedades autoinmunes) pero no a la red neuronal.

El dolor es una percepción que el cerebro construye y proyecta sobre una zona del espacio ocupada por el cuerpo que implica una valoración de amenaza (a veces errónea) de daño necrótico...

- ¿Qué es eso?

Ciudadanos y profesionales equiparan dolor y daño. Cualquier daño, sea agudo o crónico, necrótico o degenerativo, actual o potencial... cualquier inconveniencia (ha salido el día nublado...) basta para justificar el dolor... ¿Necrosis? No encontrará ese término en las publicaciones... 

El dolor es una percepción que el cerebro construye y proyecta sobre una zona del espacio ocupada por el cuerpo que implica una valoración de amenaza (a veces errónea) de daño necrótico y que incita al individuo...

- El dolor no sirve mas que para fastidiar... ¡Quítemelo!

Ciudadanos y profesionales desconsideran la función del dolor desde la perspectiva del organismo. Fastidia, hace sufrir. No tiene propósito. El dolor es una enfermedad. Hay que combatirlo, disolverlo, matarlo, anular sus receptores, sus vías, sus centros... El problema es que no hay receptores, vías ni centros del dolor.

El dolor es una percepción que el cerebro construye y proyecta sobre una zona del espacio ocupada por el cuerpo que implica una valoración de amenaza (a veces errónea) de daño necrótico y que incita al individuo a una conducta de evitación...

- Evito aquello que me produce dolor y hago aquello que lo alivia...

El objetivo de la percepción es incitar al individuo a una acción ya programada y considerada como necesaria por el organismo. El objetivo de la percepción de picor es incitar al individuo a rascarse aun cuando no exista ningún parásito ni tóxico sobre la piel. El cerebro no quiere que se evite el dolor sino el peligro de daño. Si está instruido en equiparar dolor y amenaza de daño cualquier acción que considere como protectora inducirá a suavizar la intensidad del dolor (placebo).

El dolor es una percepción................ y que incita al individuo a una conducta de evitación de daño.

Con el dolor el cerebro trata de forzar al individuo a centrar su atención en la zona dolorida, un lugar evaluado como vulnerable aun cuando no sea el caso.

La biología del dolor es una ciencia ocultada, silenciada. No interesa, perturba, ataca intereses de ciudadanos y profesionales.

Su lugar está okupado por ciencias ocultas, sostenidas desde el todo vale (moléculas mágicas, meridianos con energías, recuerdos de moléculas, dietas, meditaciones, masajes, recolocaciones de huesos y tendones...).

- ¿Cerebro? No, gracias... Lo mío es la ciencia... 

martes, 18 de enero de 2011

La acción de percibir



Desde que se inician las primeras contracciones musculares en el embrión y ya en presencia de neuronas, estas se hacen con el control del movimiento, obligando a que los músculos se contraigan por su mandato. Cada sacudida muscular, cada patadita en el vientre materno, genera estímulos en piel, articulaciones, sensores de estiramiento muscular, tensión tendinosa. Los centros motores van elaborando programas que perfilan progresivamente acciones dirigidas a un propósito (caminar, succionar, bostezar, tragar, coger, mirar...). Cada acción incluye un registro anticipado de los efectos periféricos sensoriales que genera (copia eferente). El feto elabora así una representación de sí mismo, de sus decisiones musculares (agencia) y consecuencias predecibles. Aprende a reconocerse a sí mismo a través de las consecuencias sensoriales de lo que decide hacer (mover).

El incesante flujo de señales sensoriales generadas con el movimiento va siendo catalogado como corporalidad, tiempo-espacio propio insertado en el tiempo-espacio ajeno. Las acciones colisionan con los objetos externos y producen efectos de relevancia variable: apetitiva, aversiva o irrelevante. 

El interior está lleno de objetos somáticos que interactuan entre sí con el movimiento. Corazón, pulmones, huesos, músculos, piel, articulaciones, son influidos por cada acción decidida. Los programas motores registran también las consecuencias somáticas internas de cada objetivo motor (aumento de la frecuencia cardíaca, excursión respiratoria, variables químicas...). Hay una copia eferente de consecuencias internas producidas.

El complejo mundo de consecuencias sensoriales generado con cada acción es filtrado. El individuo no lo percibe... en condiciones normales. No existe consciencia somática precisa de uno mismo. Sólo un sentimiento casi incorpóreo, imaginario. Si queremos percibirnos con más densidad, con más presencia, debemos hacer un esfuerzo de concentración, meditar. 

Las acciones cotidianas, ordinarias, generadas por nuestra voluntad son silenciosas. No contienen sorpresa, novedad. Son irrelevantes por tener garantía de que nada importante sucede al latir el corazón, inflarse los pulmones, estirarse los músculos... No hay peligro de daño. El cuerpo navega por el mundo sin generar más percepción que la que deriva de hechos novedosos o relevantes, internos y/o externos.

Otra cosa es cuando sucede algo relevante, por ejemplo, un hecho nocivo. Las neuronas sensoras de daño (nociceptores) lo detectan y activan la alarma de la percepción dolorosa desde todas las zonas cerebrales implicadas en su génesis (neuromatriz del dolor).

No hace falta que suceda nada. Basta que el cerebro valore amenaza para que el filtro de estímulos irrelevantes se inactive. Todo puede ser importante. El dolor se proyecta desde el cerebro hacia la consciencia para implicar al individuo en la alerta. No hace falta que lleguen señales de daño. Basta la confluencia de las señales normales, cotidianas, con un circuito abierto, sensibilizado.

El mundo real relevante produce percepción consciente. El mundo imaginado relevante también puede hacerlo. Si lo imaginado tiene poca carga de probabilidad vivida, la percepción es tenue, vaporosa, evanescente. A medida que aumenta el miedo a que lo posible suceda va encendiéndose el escenario de la consciencia y proyectándose aquella percepción que surgiría si lo imaginado fuera real.

Percibir o no percibir es función de temer o no temer. Certeza de indemnidad o incertidumbre. Expectativas, creencias. El paso de sentir la normalidad, el silencio perceptivo, a percibir dolor se produce por una acción cerebral de atribuir a un momento, lugar y circunstancia la probabilidad de que algo nocivo suceda. 

Expectativas y creencias, memorias de pasado-presente-futuro, hacen oscilar el umbral de lo que debe ser percibido o sólo imaginado.

El objetivo de la percepción es implicar al individuo en la evaluación temerosa del daño.

Una vez percatado de que algo está sucediendo, el individuo debe retroalimentar al organismo desde lo conocido respondiendo con una interpretación y una conducta acorde con lo que, realmente, está sucediendo.

Si no está sucediendo nada lo sensato y deseable es que el individuo des(a)precie la acción cerebral de (a)percibir, haga el corte de mangas y se centre en sus propósitos conscientes como individuo, tratando de que lo irracionalmente imaginado vuelva al estado preconsciente, imperceptible.  

- Creo que el cerebro quiere que perciba su inquietud. Algo imagina. ¡Qué cruz!

Comienza la función...

- ¡Yo me largo!    

lunes, 17 de enero de 2011

Lo inconsciente


El organismo es un complejo universo del que apenas sabemos nada. A nadie se le ocurre pensar que conoce o tiene noticia de lo que hace su páncreas o su hígado en cada momento ni pretende darles órdenes o dialogar con ellos. Se da por sentado que la actividad celular de los órganos es opaca para el individuo, inaccesible.

Las neuronas son también células y desarrollan su trabajo sin pedir permiso al individuo, como sus parientes de la piel o del hígado. El trajín celular es inconsciente. Sin embargo el individuo reside en el organismo con la ficción de que lleva el timón de la voluntad, que conoce perfectamente su interior y que los procesos mentales son de su competencia como si no fueran somáticos, celulares. La consciencia no deja de ser una función más del organismo. A través del circuito córticotalámico el cerebro segrega ese universo misterioso de lo que percibimos, ese fundido complejo de todo cuanto sucedió, sucede y potencialmente suceda en la interacción histórica del individuo con su entorno físico y social.

La función de la consciencia es la de promover la navegación del organismo por el entorno de forma eficaz y segura. El cerebro evalúa objetivos, costos, beneficios, riesgos y probabilidades  y selecciona aquellas conductas que deben ser promovidas.

Las propuestas cerebrales se sustancian en forma de incitación a la acción, al movimiento con propósito: levantarse, caminar, detenerse, mirar, escuchar, tocar, comer, beber, coger, evitar, acercarse, descansar, pensar, hablar, callar, pensar...

El individuo actúa con la convicción de que su ir y venir surge de sí mismo, de su voluntad, de la consciencia pero no es así. Nos limitamos a proyectar desde ese ámbito incomprensible de sentirnos soberanos una especie de deseo de alcanzar objetivos y el cerebro selecciona los programas que considera adecuados, incluidos aquellos que obstaculizan o penalizan la intención del YO. 

Uno puede decidir levantarse pero el cerebro selecciona la programación motora que considera oportuna. Puede activar un programa defensivo, disuasorio (mejor no te levantes, que tienes mal la columna...) bloqueando la articularidad vertebral, sensibilizando la generación y tráfico de señal mecánica nociva, proyectando anticipadamente la percepción de dolor... El individuo sólo sabe que al intentar levantarse le duele y cree que el dolor sólo puede ser la consecuencia de una perturbación allá donde lo siente. Puede que así sea pero también puede que el dolor sólo exprese la valoración de amenaza que el cerebro acopla a la intención de ponerse de pie. Esa evaluación es inconsciente, previa a la intención del individuo.

Es importante conocer los entresijos de la generación inconsciente de lo que percibimos. Conviene que seamos conscientes de lo inconsciente. Con el conocimiento podemos conseguir que lo inconsciente cambie de intención, evalúe de otra manera las consecuencias de nuestras acciones. Sabiendo que nuestra columna puede aguantar perfectamente la acción de ponernos de pie, que las protrusiones discales que nos han detectado en la Resonancia son irrelevantes, el cerebro modifcará los programas.

La digestión es una actividad inconsciente pero buscar alimentos, cocinarlos, dosificarlos, seleccionarlos, masticar, tragar... son acciones conscientes, necesarias. Ahí es donde el individuo dispone, al menos en apariencia, de un ámbito de decisión que debe aprovechar.

Podemos buscar información, reflexionar, imaginar, escuchar, atender, apreciar, despreciar, forzar la motivación, resistir... Es la ventana consciente que nos permite aportar algo a lo inconsciente con la esperanza de que cambie a nuestro favor. 

El conocimiento consciente de los procesos neuronales inconscientes de los que surge el dolor es fundamental para proteger la racionalidad de lo inconsciente.

Know pain, no pain... 

viernes, 14 de enero de 2011

El cuello


¿Qué está pasando en los cuellos de los sapiens (ma non troppo)? 

El cuello es una región del cuerpo llena de articulaciones y pequeños músculos cuya función es la de mirar. Homo sapiens (ma non troppo) es una especie mirona. Los ojos detectan el objeto de interés y lo clavan ágilmente y con extrema precisión sobre las dos máculas retinianas, dos pequeños puntos dotados de alta sensibilidad por su densidad de receptores.

El seguimiento visual (macular) de los objetos de interés se consigue gracias a una compleja coordinación de minimovimientos a múltiples niveles: pupilas, cristalino, órbitas, unión de cráneo-cuello, columna, caderas, rodillas, tobillos y pies. Si el objeto está en nuestra mano se asocian a todo lo anterior más minimovimientos en todas las pequeñas y grandes articulaciones de las extremidades superiores. Si el proceso de seguimiento o monitorización visual se produce mientras andamos, corremos o brincamos la cosa se complica aún más.

Cada vez que el individuo (Don YO) quiere mirar algo el cerebro tiene que organizar los programas de seguimiento visual, integrar todo ese barullo de minimovimientos, aprovechando elasticidades, inercias y la fuerza de la gravedad (sale gratis) y dando pequeños empujoncitos musculares adicionales desde todas las direcciones. Cada orden de activación a un músculo acopla otra de relajación al que ejerce la acción contraria (relájate flexor que se va a contraer el extensor...). Podríamos seguir complicando el proceso analizando la selección de unidades motoras para cada tarea...

Los programas de precisión visual necesitan un cuello libre, lubricado, elástico, confiado. Mirar objetos es tan delicado y complejo en su ejecución como tocar una partitura musical. Los pequeños músculos que mueven los ojos en las órbitas, los que bambolean la cabeza sobe el cuello, los que lo giran, flexionan y extienden son equivalentes a los pequeños músculos de la mano que ejecutan con precisión pasajes musicales o encaje de bolillos. 

Con los años van apareciendo limitaciones en el juego articular y en la elasticidad de los tejidos. Cada articulación pierde algo de recorrido y algo de lubricación pero no tiene por qué alterarse la función mirona. Quedan muchos minimovimientos disponibles. Las manos de los ancianos siguen hábiles para hacer música, tejer o teclear un ordenador. Los ojos pueden seguir monitoreando objetos, enfocándolos en las máculas, a veces con la ayuda de correcciones ópticas.

Un cuello libre es un cuello eficaz. Hace mucho y consume poco.

No corren buenos tiempos para los cuellos. Andan amedrentados, con la autoestima por los suelos. Los pequeños músculos, las pequeñas articulaciones, las fuerzas baratas (elasticidad, inercias, gravedad), las órdenes de relajación del oponente, la selección de unidades motoras adecuadas... han perdido protagonismo. Impera un cierto terror. Mirar es peligroso. Se desgasta el cuello, se deforma, pierde calcio, se secan y protruyen los discos, se pinzan los nervios. El cerebro ya no organiza programas para mirar confiado y curioso el mundo sino para evitar que se degrade aún más la estructura.

Los programas defensivos, "protectores", utilizan grandes músculos, grandes articulaciones, contraen a la vez un músculo y su contrario, generan contracciones sostenidas, almidonadas, en vez de ese baile bullicioso de los pequeños músculos y pequeñas articulaciones. 

Mandan las expectativas, los augurios, el pesimismo, las requisas, los cierres de programas, la inhabilitación de lo pequeño. 

Los sapiens (m.n.t.) se están quedando sin cuello. 

En su lugar tienen "cervicales"...      

jueves, 13 de enero de 2011

No respire nunca hondo cuando esté mareado



- ¿Qué te pasa..? tienes mala cara... estás pálido...

- Estoy mareado

- Respira hondo...

No haga caso. Siempre es un mal consejo salvo en el caso improbable de que esté huyendo de algún peligro.

- Acelera la frecuencia cardíaca...

Tampoco haga caso. Es otro mal consejo salvo en el caso improbable de que esté huyendo de algún peligro.

- Toma agua con azúcar...

Tampoco. Mal consejo salvo en el caso improbable...

Hay veces que estamos mareados y algo interno nos pide que respiremos hondo. Sentimos hambre de aire. El organismo nos pide que metamos más oxígeno aun cuando en ese momento no lo necesitemos. Si midiéramos la concentración de los gases en sangre comprobaríamos que el oxígeno es más que suficiente pero el anhídrido carbónico está bajo. Estaríamos hiperventilados. Si hiciéramos caso al consejero el oxígeno se quedaría donde está y el anhídrido carbónico bajaría aún más. 

En muchas ocasiones la percepción de mareo se asocia a una vivencia de amenaza, desasosiego... como si algo fuera a suceder. Peligro...

Cuando el organismo evalúa peligro activa la respuesta de huída. Para huir hace falta energía, es decir, oxígeno y glucosa. El programa de "lucha-huida" aumenta la respiración (hambre de aire), acelera el corazón, redistribuye la sangre (la retira, por ejemplo, de la piel... palidez), inyecta glucosa desde el hígado y proyecta a la conciencia esa sensación incómoda y apremiante de alejarse del escenario actual.

Cuando el cerebro activa un programa trata de que el individuo lo cumpla. Para eso están las percepciones somáticas: frío, calor, cansancio, inquietud motora, hambre de aire, hambre de comida, hambre de sal, sed, mareo... Forman parte de los programas. 

El anhídrido carbónico se forma al quemar combustible (ejercicio) y debe eliminarse con la espiración pero dentro de unos límites ya que también cumple sus funciones. Entre otras cosas es un vasodilatador circulatorio cerebral. Si está muy bajo se produce una disminución de la presión intracraneal por reducción del volumen de sangre cerebral. Puede ser la puntilla para provocar el desmayo.

Las decisiones cerebrales de activar programas no siempre son razonables. Si el cerebro está equivocado hay que hacer lo contrario de lo que pide siempre que consigamos convencerle de su error.

- Estoy mareado

- Respira tranquilo. Deja aire para los demás. No lo necesitas. Tienes de sobra. Lo que necesitas no es oxígeno sino anhídrido carbónico. Respira en esta bolsa. No pasa nada...

Otra opción es la de ejecutar el programa y salir corriendo. La actividad física da sentido al programa. Se genera anhídrido carbónico y uno se encuentra mejor. También sucede cuando el cerebro activa el programa "come" y obedecemos. Se encuentra uno mejor pero probablemente sobran kilos y habría que desobedecer... por razones de peso.

Los recursos biológicos para sobrevivir evolucionaron en condiciones de amenaza real. Vivimos en entornos civilizados, seguros, pero el cerebro sigue respondiendo a las evaluaciones de peligro como si anduvieran cerca leones o manadas de sapiens competidores. Puede activar el programa cuando resulta más inoportuno, en una cafetería, en la Iglesia, justo cuando nuestro objetivo nos obliga a estar quietos. 


No se está cómodo somáticamente cuando entre el cerebro y el individuo no hay coherencia de propósitos. Si uno quiere estar quieto y el cerebro pide huida no hay modo de encontrarse bien, asintomático.

La incoherencia cerebro-individuo o cerebro-realidad produce síntomas, síndromes. Luego vienen los profesionales a rematar las incoherencias poniendo etiquetas, juicios y remedios... 

Proteja la racionalidad. No se deje llevar siempre por lo que el cuerpo le pide...

No respire nunca hondo si no hay leones cerca...   

miércoles, 12 de enero de 2011

La casa misteriosa del cuerpo



La posición corporal en el campo gravitatorio y el movimiento en un entorno con otros objetos potencialmente móviles, genera un complejo flujo de señales sensoriales: visuales (flujo óptico), vestibulares (sensores de aceleración y gravitatorios), articulares (presión), musculares (estiramiento). Las señales útiles fluyen junto al llamado ruido: estímulos sin carga informativa. El cerebro debe procesar señales y ruido y construir una estrategia de programas motores que promueva la navegación con éxito y sin riesgo.

El mundo que habitamos es bastante predecible y simplificado: suelo liso, edificios rectos con habitáculos cúbicos. La navegación tiene poco riesgo de caída. El cerebro debiera organizar una programación tranquila, confiada ya que el entorno seguirá siendo liso, predecible, cuadriculado.

La incertidumbre no proviene del comportamiento del entorno: el suelo seguirá siendo liso, los edificios estables, cúbicos... Se nos cuela la incertidumbre interna: si todo está correcto para garantizar el éxito de la navegación. 

Cuando nos incorporamos en la cama para levantarnos puede haber un error perceptivo cerebral al pasar de un período nocturno en horizontal e inducir un giro para ponernos de pie. Existe inercia interpretativa y tras estar quieto y horizontal e incorporarnos puede que el cerebro dé por sentado que seguimos horizontales y que las señales producidas provienen de que el mundo ha girado en ese momento. 

Si estamos un rato viendo caer el agua de una cascada y giramos la vista hacia la orilla veremos a esta moverse en dirección contraria a la del agua (vértigo).

Las escaleras mecánicas habitualmente están moviéndose. Al entrar en la cinta el cerebro organiza un programa de reseteo al pasar del suelo firme, inmóvil a otro en movimiento. No importa que la escalera esté parada, averiada. Al entrar en una escalera mecánica averiada, el cerebro hará el gesto de adaptación por mucho que sepamos que aquello es una escalera fija. Sentiremos un cierto titubeo, un "mareo".

Si hay un estado de alerta de equilibrio bastará con que entremos en un habitáculo con una pared oblicua para que el cerebro, acostumbrado a entornos cúbicos, tenga también un titubeo inicial.

- ¿Qué te pasa?

- No sé. Me ha dado un mareo...

- Tienes mala cara...

En situaciones de alerta, cualquier mínima incidencia novedosa en el entorno puede generar ese titubeo. El individuo experimentará "mareo". Si pudiera interpretar correctamente el efecto del techo oblicuo en un estado de alerta el titubeo no iría a más...

Un giro de la cabeza tras ir navegando con la mirada recta puede provocar también una incertidumbre inicial (mareo). Al percibir el mareo surge la autopregunta del origen... El individuo poco podrá hacer. Pensará en las cervicales, en "algo tengo que tener..." pero no interpretará que es simple efecto de la inercia interpretativa.

Recuerdo una aburrida "atracción de feria" llamada "la casa misteriosa". Entrabas alerta y, al cabo de un rato, notabas mareo y que la casa se movía... ¿Qué pasaba? Era una casa visualmente normal pero con el suelo ligeramente desnivelado. El cerebro no sabe interpretar esas casas y la única explicación es que la casa tiene elementos móviles. El mareo-vértigo de la casa misteriosa se cura eliminando el misterio o entrando varias veces. El cerebro sabe que no hay incertidumbre interna y resuelve rápido el problema.

Al cuerpo misterioso no es tan sencillo encontrarle el truco. El cerebro valora aquello que le han enseñado a valorar e interpreta que los mareos provienen de alguna perturbación interna y mantiene, sensibilizado, el estado de alerta.

- No se preocupe. Es una casa segura. No se mueve. Tiene el suelo con una leve cuesta. Al principio notará algo raro pero enseguida se adaptará. No hay misterio. No pague por entrar ahí...
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- Tiene baja la tensión, las cervicales, el riego, "no sé", "no tiene nada"...

El cuerpo misterioso...