Se puede tener un cáncer y encontrarse bien o estar sometido a un sufrimiento e invalidez considerables sin que los médicos encuentren pruebas de enfermedad. La Medicina no ofrece respuestas aceptables para esta última situación y recurre arbitrariamente a negar la realidad del sufrimiento, haciendo aún más insufrible el calvario de los pacientes. Este blog intenta aportar desde el conocimiento de la red neuronal un poco de luz a este confuso apartado de la patología.

We may have cancer and feel good, or be submitted to substantial disability and suffering without doctors finding any evidence of disease. Medicine gives no acceptable answers to the last situation and arbitrarily appeals to denying the reality of suffering, making the calvary of patients even more unbearable. This blog tries to contribute with the knowledge of the neuronal network, giving a little light to this confusing section of pathology.

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viernes, 29 de octubre de 2010

Ritual de evitación



El organismo, a través del cerebro, va tejiendo una teoría del miedo, una atribución de peligro potencial a agentes, estados, lugares, momentos. La posibilidad teórica lleva adosada una probabilidad subjetiva de que lo temido suceda precisamente ahora... ¿por qué no?

El miedo es un estado emocional que fuerza a una acción que disuelva la atribución de peligro. 

El dolor expresa esa atribución cerebral de peligro, allá donde se proyecta, en ese preciso instante y debido a que se dan las circunstancias (desencadenantes) que el cerebro considera relevantes, generadoras de probabilidad. Si el contexto lo permite ganará la opción de los circuitos con memoria predictiva alarmista.

- Tengo miedo...haz algo...

- No tengas miedo... no pasa nada... no va a pasar nada...

Los estados emocionales no siempre se disuelven con buenas palabras, con certezas. Los circuitos del miedo han abierto caminos en corto circuito, conexiones facilitadas que disparan las alarmas de forma refleja, desoyendo los análisis racionales de las áreas cognitivas.

El miedo cerebral irracional al daño en ese momento y lugar ha criado el miedo racional del individuo al dolor en ese momento y lugar y entre los dos miedos se arma una estructura autoalimentada en espiral, una pescadilla que se muerde la cola y engorda.

La atribución de peligro genera dolor y el dolor genera convicción de peligrosidad.

El cerebro exige que se haga algo. A través de los genes disponemos de programas que contienen la respuesta biológica a los miedos. El dolor exige acción (huida) si el peligro es externo e inacción si el peligro es referido al interior.

En la migraña el cerebro marca la hoja de ruta conductual seleccionada biológicamente: desconexión con el exterior (incluido el que ha entrado en forma de alimento).

El aislamiento (intolerancia sensorial) y la purificación (vómito) no siempre son suficientes. El cerebro exige algo que le han enseñado a exigir: la ayuda experta, el remedio, la infusión, la aspirina, el paño frío, la relajación, la meditación o cualquier rito que devuelva al cerebro la calma, la confianza en que ya ha pasado el peligro.

El cerebro actúa como un niño asustado sin motivo pero que exige la presencia e intervención del cuidador, su ritual tranquilizador, el que ha seleccionado como eficaz para recuperar la calma. Si no se aplica, el miedo se intensifica sin límite en forma de berrinche (dolor) descontrolado.

Los miedos irracionales se disuelven con rituales irracionales:

- Algo va a suceder en mi cabeza ahora...

- No te preocupes. YO evitaré que algo suceda en tu cabeza ahora...

- ¿Qué vas a hacer?

El ritual de evitación puede ser cualquier cosa que cuele como eficaz. Todo puede ser un placebo, algo que conjure el peligro de que algo va a suceder...

Los expertos siempre se sacan de la manga la tesis de que realmente está sucediendo algo: las arterias están dilatadas, inflamadas, los circuitos se disparan sólos... los desencadenantes alborotan el patio neuronal...

Si sostienen que las arterias están dilatadas el ritual propuesto es el de constreñirlas, angostarlas con tóxicos arteriales (ergóticos). Si sostienen que el dolor surge de las terminales meníngeas del trigémino el ritual propuesto es el de bloquear las "señales de dolor". Poco importa que lo que sostienen sea falso. Mientras parezca que funcione, vale.

La contención del miedo no es fácil. Los rituales de evitación funcionan bien en la infancia... para solucionar el momento pero complican el medio y largo plazo.

Los rituales de evitación forman parte del problema.

Deben evitarse. No hay que llamar al exorcista. El diablo no existe.

jueves, 28 de octubre de 2010

"Algo terrible va a suceder si no hago algo"



Una crisis de migraña contiene la estructura de las fobias. El cerebro activa la alerta por previsión de un suceso nocivo en la cabeza y fuerza con sus programas perceptivos (dolor, intolerancia sensorial y digestiva) a una conducta defensiva por parte del individuo. 

"Algo terrible va a suceder..."

La previsión, la alarma, no tiene sentido. Es una posibilidad teórica de la red neuronal, "un ejército de idiotas celulares" que procesa ciegamente datos y genera salidas que activan programas emocionales, perceptivos y conductuales. 

Homo sapiens (ma non troppo) es una especie imaginativa. Habita un mundo virtual. Especula sobre los sucesos. Anticipa. Sabe que todo lo terrible es posible. Sabe que existen las enfermedades, la muerte, el sufrimiento. Ha visto, desde niño, sufrir a sus congéneres, quejarse de dolores...

Homo sapiens (m.n.t.) es una especie empática, imitativa. Comparte emociones. Reproduce en sus circuitos percepciones, emociones y acciones ajenas cuando las observa y/o rememora...

Homo sapiens (m.n.t.) es una especie escolarizada, advertida, alertada, informada de los sucesos terribles posibles... (¡bájate de ahí que te puedes caer, partirte la crisma, abrirte la cabeza, matarte..!)...

El cerebro humano toma nota de cuanto sucede, observa y escucha y lo somete a consideración, a la luz de la consciencia y en los sótanos subconscientes. Todo influye en todo (mientras no se demuestre lo contrario) a la hora de buscar asociaciones. Todo puede contener la propiedad oculta del perjuicio.

Homo sapiens (m.n.t.) desconfía de sí mismo, de todas sus rutinas, de todo cuanto le rodea. Sus tutores tampoco se fían y refuerzan con sus advertencias las tesis alarmistas...

No sorprende que el cerebro de los sapiens (m.n.t.) cultive miedos irracionales, fobias, desde su más tierna infancia.

"... si no hago algo"

El miedo exige una acción liberadora. Huir, prepararse para luchar, refugiarse, quedarse bloqueado...  

El miedo a los sucesos internos activa la respuesta purificadora, el recelo a probar comida, potencialmente tóxica, irracionalmente tóxica, o incluso a eliminarla con el vómito. La acción solicitada por el miedo en la migraña es la inacción, la suspensión de los programas del individuo, el ordenador, el viaje, la cena de Navidad... El cerebro convierte el exterior en algo hostil. Convierte en dolor luces, sonidos y olores.

Los expertos han instruido al cerebro a solicitar el plus de la terapia, el apoyo solidario de los cuidadores, el "calmante", el paño frío apretando las sienes, la aspirina, el ibuprofeno, la triptanita, "algo en vena"...

El miedo es desconfiado e insaciable y solicita cada vez más acciones calmantes, más dosis y novedad de fármacos...

El padeciente migrañoso está atrapado en la estructura del miedo irracional con su exigencia de rituales que lo sosieguen. Una y otra vez, con o sin circunstancias desencadenantes, saltan los programas de consideración irracional de la amenaza (nocebo) exigiendo el ritual tranquilizador (placebo). 

Los expertos alimentan el miedo a todo menos a sí mismos. Es más, cultivan el miedo a su ausencia. Adoctrinan a los ciudadanos en la necesidad de su presencia experta, especializada.

- Mándeme al especialista...

El especialista oficia con sus diagnósticos cerrando el círculo de la desesperanza:

- Es usted un migrañoso. La migraña es una enfermedad cerebral crónica. Tiene que cuidarse. De otro modo podría hasta tener infartos cerebrales en el futuro... 

- Me deja usted muy preocupada...

- No se preocupe. Tenemos "calmantes"...

Es una fórmula extraña: avivar el fuego antes de proceder a apagarlo, calentar el agua del vaso antes de echar el hielo...

Al cerebro sólo se le calma desactivando el miedo irracional, educándole en la racionalidad, situando los peligros allá donde realmente están...

- La migraña surge de un cerebro hipocondríaco, alarmista, fóbico, adicto a las terapias y rituales... 

- Ya, pero... ¿qué hago cuando me duele...? ¿Cruzo los dedos?

- Un corte de mangas a sus programas alarmistas... Es lo más contundente.

miércoles, 27 de octubre de 2010

La culpa



La paciente abandona la consulta con el miedo a las espaldas y la mochila de la culpabilidad cargada hasta los topes. (¡Doctor, tengo miedo!. Sol del Val)

Toda la teorización oficial sobre la migraña señala al padeciente como único culpable de su infierno. Sus genes llevan el estigma migrañoso y sus hábitos, su modo de ser, lo que come, lo que no come, lo que duerme o deja de dormir, desencadenan las crisis. 

El sonsonete de los genes y desencadenantes aparece, indesmayable, por todos los foros y publicaciones. El migrañoso reside en un organismo regido por un cerebro hiperexcitable al que se le disparan los programas defensivos (dolor, intolerancia digestiva y sensorial, reclusión en el refugio) con cualquier circunstancia por muy irrelevante que sea: cambio de tiempo, alimentos, estreses, hambre, frío, calor, luz, olores, fin de semana...

Con un cerebro así uno está obligado a coger los hábitos de la santidad cotidiana si quiere encontrar un mínimo sosiego... pero al cerebro migrañoso no le basta la ejemplaridad. La condición hiperexcitable puede con todo... incluso con los fármacos. 

Antidepresivos, anticomiciales, betabloqueantes, antagonistas del calcio... sólo ofrecen un modesto alivio añadido al que presta el placebo.

El fiasco terapéutico exige responsables. Los neurólogos se reúnen para dar con las claves del fracaso. Ellos hacen las cosas aceptablemente pero "los otros", los padecientes y los médicos de atención primaria, no están a la altura. No siguen los cánones, los protocolos, o andan a su bola con los calmantes, se automedican.

El panorama es desolador pero todo iría mejor, sostienen los neurólogos, si se les hiciera caso, si los de atención primaria siguieran sus recomendaciones, si "la población" tuviera más información... oficial.

Es de suponer que los neurólogos expertos en migraña son los mejor informados en teoría oficial y los que mejor manejan los protocolos. Eso no les libra de ser el sector de "la población" con el índice más alto de incidencia de migraña. Algo no hacen bien. Los expertos son también padecientes, luego culpables.

Ser migrañoso y a la vez culpable es una carga difícil de sobrellevar. No cabe cuestionar a la Ciencia. El mal está en uno. Si no son los hábitos son los genes o "el modo de ser", de afrontar la vida...

La Medicina no es Ciencia en estado puro. Contiene también cultura y mercado. La Ciencia ya se encarga de cuestionarse a sí misma pero dejamos a la cultura y al mercado que anden a sus anchas. Todo vale si puede "funcionar", aliviar, aunque sea por efecto placebo.

- La culpa no es suya. Es la cultura, la información, el mercado...

- No estoy de acuerdo. Algo tengo.

El padeciente que se resiste a librarse de la culpa empieza a ser realmente culpable...

- Está usted libre. Puede salir de la cárcel... Hemos revisado el caso y hemos visto que no había motivos para encarcelarlo...

- No estoy de acuerdo. Algo habré hecho para estar aquí... Ustedes, que son los carceleros, debieran saberlo... 

El pájaro se niega a salir de la jaula, le da miedo...

martes, 26 de octubre de 2010

Verá usted...



El artículo de Sol del Val (¡Doctor, tengo miedo!) resume, en un excelente trabajo de síntesis, todos los factores que facilitan la génesis y estructuración del dolor, en ausencia de daño relevante.

Ya en el primer párrafo aparece la clave de todo el embrollo migrañoso...

El padeciente expresa su angustia respecto al sufrimiento, el miedo al dolor, la iluminación necesaria para dar con su origen.

El experto desgrana su sonsonete de cosas sabidas, las letanías de la migraña: "no haga esto ni lo otro, ni mucho ni poco, ni tanto ni tan calvo..."... Su organismo no está para alegrías. Su vida deberá ajustarse a los estrechos límites de la línea recta, unidimensional, imposible...

El experto da una de cal y otra de arena...

- Su organismo es sensible, vulnerable, enfermizo, inestable, impredecible, indefenso. Sólo la austeridad extrema puede procurarle el sosiego. Esfuércese en no salirse de la línea unidimensional. Si no lo consigue, pídanos auxilio a los expertos... Nos va a necesitar... Le cuidaremos...

El padeciente confía en lo expuesto. Acepta su condición deficitaria, su condena a la vida monacal. Espera que con unos ajustes de hábitos, eliminar cubatas, tabacos, comidas fuertes, quesos y chocolates... será suficiente. Si no es así... siempre quedará el experto, el cuidador, el proveedor de remedios cada vez más modernos, es decir, más caros...

El padeciente queda pronto conformado en su condición de "uno más", un novicio, un creyente confiado en el catecismo, en los mantras de la migraña.

Desgrana confiado las cuentas del rosario de los desencadenantes esperando en que pronto cantará el acierto...

- Es el chocolate, tal como me habían advertido...

Las pruebas son concluyentes:

- Si tomo chocolate, tengo migraña... luego el chocolate produce mi migraña... Bastará no probar el chocolate para no tener migraña... por chocolate... Brillante.

La realidad no es lo que dicen de ella... Dejar el chocolate, el queso, la comida china, el glutamato, el vino y otros "excesos" no aporta ningún sosiego. La migraña no es cosa de desencadenantes... o están por descubrirse los verdaderos responsables, los de "la vida moderna", los "emergentes"...

- He hecho lo que me aconsejó. He rastreado todos los recovecos de mis hábitos... He puesto en cuarentena todo... Me he privado de todo y ha sido inútil. Sigo igual.

- No se preocupe. Tenemos los fármacos, las moléculas que ponen orden en su desorden molecular...

El padeciente acepta su condición menesterosa  creyendo, una vez más, que existen los remedios prometidos...

- Sigo igual...

- No es posible. Le hemos facilitado todo lo que la Ciencia facilita. Algo hace usted mal. Alguna condición genética desborda los límites de lo remediable. Quizás sea usted misma, que se ha vuelto pusilánime, blanda. Piensa que le va a doler...

Al experto no le cuadra el fracaso. Le han explicado las maravillas de los nuevos antídotos del dolor, los espectaculares avances de la Ciencia... Los padecientes, está claro, no colaboran...

- Verá usted: YO más no puedo hacer... Ya hemos probado todo el arsenal. Si el dolor sigue ya no se trata de una condición química alterada sino de una personalidad, la suya, claro... que impide el buen hacer de la Modernidad...

- Y YO... ¿qué hago?

- Usted ya no me sirve... ya no es de "los nuestros". Le envío a Psiquiatría...

Sé lo que me digo... Es lo que acostumbraba a decir todos los días cuando todo se torcía y los padecientes dejaban de andar por el buen camino...

De esto hace ya unos 15 años...

lunes, 25 de octubre de 2010

Doctor, ¡tengo miedo!



M.Sol del Val 
Psicóloga. Col. M 16624
Experta en duelo e intervención en crisis




-Dr., estoy desesperada, ¡deme algo para el miedo!.
-Ya sabe: no se mueva, no coma, no beba, no se vaya de juerga, no duerma poco ni mucho, no se disguste, no trabaje demasiado. Vive en un organismo débil, muy sensible, necesita de múltiples cuidados.
-Pero, ya hago todo eso y no desaparece, cada vez es mayor, se ha convertido en una pesadilla. Tiene que haber alguna solución.
-Ya le hemos administrado todas las terapias conocidas. No sabemos qué hacer con usted. Se ha convertido en una miedosa crónica. Algo no ha hecho bien.


La paciente abandona la consulta con el miedo a las espaldas y la mochila de la culpabilidad cargada hasta los topes. Quizás la salida de la consulta habría sido distinta si el experto hubiera comenzado por contar la historia desde el principio... 

Una fobia es un temor irracional compulsivo, algo que experimentamos en un momento determinado de nuestras vidas condicionado por numerosos factores (personalidad previa, aprendizaje, experiencias,  estilos de afrontamiento…)

Hay fobias de múltiples y variados tipos, para todos los gustos. Todas se sustentan en el temor exacerbado a que algo catastrófico ocurra. Todas comparten el componente irracional de dispararse ante estímulos aparentemente inofensivos que  no revisten peligro real para el organismo que los percibe. En ocasiones todo el cuadro fóbico florece ante la percepción consciente de un objeto, situación, persona… pero en otras ocasiones la señal de salida se produce por algo que no percibimos conscientemente. Algo que vemos como por el rabillo del ojo.

En el caso de la migraña hay multitud de estímulos, a veces conscientes y a veces no, que desencadenan y hacen que salte la alarma y el cerebro mande, al organismo en el que reside, el mensaje de que es necesario protegerse (como en el caso de una fobia). “Algo” terrible va a suceder si no hago “algo”. El organismo se ve así prisionero de una conducta que lejos de hacer que domine y controle más y mejor la situación le suma en un ritual de evitación que en  la mayoría de las ocasiones sigue los dogmas propuestos por los expertos pero que siempre lleva aparejado una lista innumerable de acciones, creencias, pensamientos y emociones que configuran la “migraña personal”.

Cada cual tiene su ritual de evitación, justificado por la negativa a enfrentarse con la situación temida y por el miedo que supone perder el control.

La evitación es un instrumento perfecto al servicio del miedo y de la perpetuación de la  fobia. No hay nada peor que evitar. El monstruo se hace cada vez más grande, los fantasmas acechan a cada paso que se da, llegando a producirse un estado de indefensión que lo acapara todo. Toda la vida gira en torno a “ello”. Todo se explica en función de “ello”, todo está condicionado a que “ello” pueda aparecer. Dejamos de decidir, de elegir, de disfrutar, todo lo miramos con las gafas de madera del miedo.

Todo lo que creemos que nos sirve para romper el hechizo y recuperar el control se convierte en una adicción. No podemos vivir sin esa bolsa repleta de cosas que tenemos la convicción de que nos ayudan: el calmante, la oscuridad, el frío en la sien, el recogimiento, la coca cola, meter los pies en agua fría, meter la cabeza debajo del grifo o bailar una sardana a la luz de la luna. El cerebro nos pide más, cada vez más. No se sacia nunca, nunca está satisfecho, nada es suficiente. Las migrañas se hacen más intensas, más frecuentes, igual que en cualquier otra fobia. El miedo irracional sobredimensionado se instala y echa raíces. Cada vez son más los estímulos evitados, cada vez son más complejos los rituales para romper la maldición. A pesar de todo nada funciona. La culpabilidad se instala en el individuo, acrecentada y nutrida por la voz de los expertos. 

Un día en una revista especializada encontré la reseña de un libro. De su mano el descubrimiento de este blog y con ello lo que me ayudó a no tener miedo, a romper el círculo fóbico-adictivo de la migraña. Desde mi experiencia y el aprendizaje inestimable que encontré con la pedagogía del Dr. Goicoechea creo que estas son algunas de las claves:

- Reprocesar la información. Cambiemos los viejos paradigmas acerca del dolor por conocimientos nuevos.
- Desensibilizar. Para ello hemos de desarmar y dejar sin poder a lo que consideramos “desencadenantes”. Comamos chocolate, bebamos vino, dejemos que el viento del sur nos de en la cara, durmamos poco o mucho, trabajemos con el ordenador, enfadémonos y, en fin, actuemos, decidamos, elijamos.
- Afrontar con coherencia. Si nuestra nueva creencia (basada en información nueva) es “nada está pasando en mi cabeza” es necesario hacérselo saber a nuestro cerebro y el único modo es ACTUAR: levantarse, debatir, apagar las alarmas, seguir el ritmo, no dejarse amedrentar y no evitar.

No es fácil, no es mágico, te hace salirte de lo establecido, produce no pertenencia a un grupo de afectados, crea al principio una sensación de estar en el trapecio sin red, es un proceso, requiere de paciencia, tesón y perseverancia pero tiene unos efectos secundarios sin parangón: te devuelve el control, te permite disfrutar de pequeñas cosas que habías abandonado hace años, disuelve el miedo.
      
-Dr, me voy más ligera, ahora entiendo todo…     

viernes, 22 de octubre de 2010

Epidemias meméticas



Los padecimientos en ocasiones se comportan de modo epidémico. Se extienden entre la población. Varios miembros de un colectivo pueden verse afectados. Familias enteras...

La conducta epidémica del sufrimiento sugiere diversos orígenes: genes, tóxicos, gérmenes, estilos de vida (estrés), emergencia (algo nuevo y misterioso surgiendo de "la vida moderna")...

Los medios de comunicación se prestan a la difusión de todo lo emocionante y difusible. La alarma, el miedo, es una emoción fácilmente activable y contagiosa. 

Homo sapiens (ma non troppo) tiene un cerebro seleccionado para el contagio social. La corteza cerebral humana es un terreno excelente para el chismorreo.

La genética no da, siendo rigurosos, para explicar los brotes de las nuevas epidemias. La selección genética no es tan rápida. Eso no quita para que se hable de los genes como responsables posibles-probables. Estamos en la era genómica...

Los gérmenes siempre andarán por ahí buscándose la vida, seleccionando nuevos prototipos que burlen nuestro sistema inmune y no está de más tenerlos presentes en nuestras reflexiones periepidémicas pero no hay evidencia contrastada de que anden detrás de las epidemias modernas aunque nunca faltan promotores del origen infeccioso (síndrome de fatiga crónica, esquizofrenia...).

La toxicidad ambiental, la degradación de los ecosistemas... existe y puede estar modificando las condiciones  del organismo de muchos sapiens (m.n.t.), volviendo tarumba al sistema psiconeuroinmunendocrino...

¿Por qué no un poco de todo? Genes de vulnerabilidad, estreses, tóxicos, infecciones ocultas, disturbios sistémicos, serotoninas escasas para el trote actual...

- Vale. Tenemos genes, tóxicos, estreses, gérmenes residentes que han aprendido a burlar la vigilancia inmune, el organismo no acaba de hacerse a todo ello, habría que seleccionar (con ingeniería genética) otro genoma, purificar el organismo y el entorno, bloquear con más contundencia la recaptación de la serotonina... De acuerdo. Todo es posible. Los sapiens (m.n.t.) hemos superado situaciones más comprometidas... pero ¿qué me dice de los memes?

- ¿Qué es eso?

- Cultura, información, imitación, contagio social, adoctrinamiento, empatía...

- ¿Qué tiene que ver eso con las enfermedades...?

- Es sólo una hipótesis más... El cerebro humano es imitador, empático, curioso, creyente, alarmista... Un cerebro infantil colocado en un entorno con padecientes está expuesto al contagio del padecimiento. Su sistema inmune y las condiciones higiénicas le protegerán de los gérmenes pero estará expuesto a que lo que sucede a su alrededor colonice sus circuitos cerebrales y provoque la activación de los programas que generan el sufrimiento. Su organismo será sano pero la gestión neuronal del día a día somático estará guiada por el alarmismo...

Estoy al tanto de la información sobre fibromialgia, migraña, síndrome de fatiga crónica... Leo los boletines de las asociaciones de pacientes... No hay ni asomo de una mínima advertencia sobre los riesgos del contagio cultural... Los memes están de enhorabuena. El camino está allanado.

La cultura exige para difundirse cerebros receptivos agrupados en colectivos amedrentados. 

Los padecientes que comprenden los riesgos de la colonización memética, cultural, desarrollan inmunidad, espabilan. Algunos intentan difundir lo que han aprendido en el colectivo al que han pertenecido pero es un intento condenado al fracaso. Son expulsados por incompatibilidad con los credos oficiales.

Los memes, como todo lo que busca replicarse, desarrollan mecanismos que les protegen. Se agrupan en colonias, redes cognitivas que blindan una posible disolución. Los memes de las enfermedades emergentes están vigorosos. Han conseguido una masa crítica de cerebros con neurodeficiencia adquirida.

Dios...

jueves, 21 de octubre de 2010

Dolor y neuroeconomía


El cerebro es un gestor de recursos. Cada acción tiene unos costos. Cada propósito una incertidumbre sobre su resultado. Decidir es invertir con riesgos variables.

Hay acciones de bajo riesgo, ejecutadas en entornos favorables conocidos, garantistas. Otras son aventuradas, a desarrollar en contextos novedosos, imprevisibles. 

La necesidad y el temor empujan al individuo a moverse y explorar o quedarse en casa. 

El capítulo de posibles costos y beneficios es amplio y complejo. El cerebro es, en realidad, un conjunto de cerebros, una asamblea de agrupaciones neuronales o estados de conectividad que pugnan entre sí para inclinar la balanza de cada decisión a su particular modo de ver las cosas.

La resultante final de cada debate neuronal se proyecta hacia la conciencia bajo la engañosa apariencia de un  YO estable omnipresente y omnipotente...

- YO pienso que... YO he decidido... 

Hay también muchos YOs, en debate continuo.

El ganador de los debates neuronales se queda con todo, como si no hubiera rivales, oposición. A la consciencia sólo pasa la decisión ganadora, salvo cuando hay empate, en cuyo caso la propuesta cerebral es ambigua, oscila entre opciones equivalentes, generalmente de signo contrario.

La decisión cerebral de doler en un momento, lugar y circunstancia tiene como objetivo promover una decisión del individuo coherente con la evaluación de amenaza y/o fracaso.

- Me levanto cansada y dolorida. 

El cerebro ganador invita a la padeciente a quedarse en la cama por evaluación catastrofista de las consecuencias de ponerse en marcha.

- No te esfuerces. Tus huesos, músculos y articulaciones no están para muchos trotes. Estás enferma. 

El cerebro catastrofista proyecta su ronroneo pesimista a la consciencia consiguiendo que el individuo se concentre en verlo todo de tintes oscuros.

- No me concentro. Se me olvida todo...

La atención está centrada en la evaluación catastrofista cerebral. El cerebro alarmista monopoliza los recursos reflexivos e impone el modo rumiativo sobre la condición de enfermedad, el fracaso personal, el costo somático... Nada de explorar el mundo, interactuar con los otros, gastar inútilmente energías... Toca conducta de enfermedad, evaluación de riesgo-fracaso... El individuo no cuenta...

El cerebro alarmista ganador consigue la complicidad y asentimiento del individuo fácilmente. Su capacidad de proyectar en la pantalla perceptiva una realidad imaginada, temida, como si ya estuviera produciéndose consigue engañar al indefenso (por candidez) YO...

- YO algo tengo que tener...

- Tiene un cerebro temeroso, que no quiere arriesgar y prefiere tenerle de baja, bajo techo.

- Se equivoca. YO no soy de esas que...

- Tanto peor. Si hay algo que tema un cerebro catastrofista es un individuo animoso, explorador, vitalista, marchoso...

El cerebro catastrofista quiere un individuo catastrofista que comparta su pesimismo. La alianza para el desánimo condena al individuo a residir en un organismo razonablemente sano como si estuviera enfermo.

La vida es sueño, pesadilla, miedo, pesimismo, indefensión...

No es verdad. Podría ser lo contrario. Bastaría con que el cerebro fuera más realista en sus previsiones. y dejara de apostar a la carta del catastrofismo, decidiera gastar lo ahorrado, invertir en vida...

- ¿Qué haces ahí en la cama? ¡Venga, a comerse el mundo... que son cuatro días..! 

miércoles, 20 de octubre de 2010

Síndromes



Un síndrome es un conjunto de síntomas que tienden a aparecer agrupados. Por ejemplo, la migraña es un síndrome, constituido por dolor de cabeza e intolerancia sensorial y digestiva. La fibromialgia es otro: dolorimiento general y cansancio.

A los síndromes se les pone condiciones, criterios diagnósticos y un nombre. Si se cumplen, los médicos le reconocen el síndrome con su etiqueta. La etiqueta transforma el síndrome en "enfermedad", algo definido, tangible, digno, subsidiable, con una causa (no identificada) y un previsible tratamiento que llegará algún día.

Hay síndromes que se acompañan de alteraciones somáticas evidentes que permiten legitimar el sufrimiento, los síntomas, aun cuando no se conozca bien la causa. Encontramos en análisis y pruebas de imagen alteraciones objetivas.

Otros síndromes no muestran alteraciones de sustancia. No quedan bien explicados. Los etiquetadores los denominan: Síndromes sin explicación médica.

- Me encuentro fatal

- Todo es normal. No me lo explico.

- Pues YO algo tengo que tener

- Tiene un Síndrome sin explicación médica

- No me vale

- Tiene usted fibromialgia

- Eso es otra cosa...

El poner nombre a un Síndrome sin explicación médica es un arma de doble filo. El nombre se agradece pero puede atrapar al padeciente en un laberinto del que resulta complicado salir.

- Tengo fibromialgia. Es una enfermedad misteriosa, emergente, sin curación... Me han concedido la invalidez aunque he tenido que pelearla...

Las enfermedades-etiqueta inexplicadas son enfermedades invisibles... para los demás e imprevisibles para el padeciente. Es difícil defenderse: no se pueden interpretar, predecir ni controlar. Las enfermedades explicadas son otra cosa. El padeciente sabe lo que tiene y puede defenderse, adaptarse.

Los padecientes de Síndromes-enfermedades sin explicación médica envidian a los enfermos reconocibles.

- Le parecerá extraño pero preferiría tener un cáncer...

Los padecientes de fibromialgia (enfermedad invisible) sufren más que los de Artritis reumatoide (enfermedad visible) a pesar de que sus articulaciones no están deformadas e inflamadas.

La convicción en lo invisible tiende a arraigarse a pesar de la falta de pruebas o que, incluso, estas apunten a que todo es normal.

- Sé que estoy enferma...

- Es todo normal. Su organismo está bien aunque el cerebro lo gestiona de forma sensible, intolerante...

- No estoy de acuerdo. Mi organismo está enfermo, tiene que estarlo, necesariamente...

Un Síndrome sin explicación médica está constituido por diversos programas cerebrales que se han activado por decisión cerebral tras una evaluación errónea de enfermedad.

En la migraña se activa el programa: ¡peligro, amenaza de necrosis en la parte izquierda de la cabeza! En la fibromialgia el de desincentivar (cansancio) y penalizar (dolor) el movimiento por evaluación catastrofista de consecuencias.

Los síndromes del padeciente sano son programas encendidos que tendrían que estar apagados...

- ¿Qué puedo hacer, entonces?

- Es muy sencillo: apaga.. y vámonos...

martes, 19 de octubre de 2010

Medicina Sociosomática



Hay muchos padecientes a los que los médicos no encuentran indicios de Patología. Residen en un organismo aparentemente normal. Los síntomas no proceden de una perturbación "física". Desde Descartes sabemos que además de "lo físico" existe "lo psíquico". 

Si uno se encuentra mal "físicamente" pero "lo físico" está bien, deducimos que es "lo psíquico" lo que anda mal. No me pregunten los argumentos que justifican la conclusión.

"Lo psíquico" se sobrentiende que se refiere al individuo. Algo hay o hubo en su vida que dejó o deja una perturbación que, en vez de expresarse por la vía lógica del relato del problema, lo hace a través de síntomas "físicos". Un individuo "psíquicamente" disfuncional se expresa, engañosamente, a través de una disfunción "física".

De ahí procede el término Psicosomático, que contiene esa paradoja de expresar la disfunción de "lo psíquico" en lenguaje "físico". La solución vendría (tras comprobar que no hay patología "física") de un trabajo de indagación del universo "psíquico" para detectar y corregir disfunciones. 

Otro modo de expresar esta situación es la de afirmar que el individuo somatiza, expresa en lenguaje somático cuestiones "psíquicas".

Todo lo que el individuo percibe emerge de su cerebro, de un complejo procesamiento de múltiples zonas cerebrales que funden sus conclusiones en base a sucesos (pasados y futuros, propios y ajenos). La realidad interna es interpretada como probabilidad en base a la información disponible y la información disponible proviene, en gran medida, de lo que la cultura va proponiendo como explicaciones más plausibles.

Los síndromes quedarían así conformados para la Medicina Psicosomática por las peripecias biográficas del individuo dejando de lado la influencia de la cultura somática, la información sobre organismo facilitada por expertos. 

Existe una corriente de opinión que se esfuerza en subrayar esta contribución cultural, socializada que impregna desde muy temprana edad todo el proceso de catalogación y evaluación somática. Construye modelos culturales para explicar los síndromes somáticos no asociados a patología "somática". De ahí surge el término de Medicina Sociosomática. 

En mi opinión, la Medicina Sociosomática, la consideración de que en el corazón de los síndromes de apariencia física sin materia física patológica subyace una culturización alarmista disfuncional apoyada muchas veces por los propios expertos, es oportuna y necesaria.

No debiera registrarse al individuo y sus vínculos cercanos (familiares, laborales, afectivos) como responsable  único de lo que sucede. Es necesario insertarle, además de su órbita como individuo en la órbita globalizada de la cultura somática, hacerle ver la disfunción que esa cultura promueve y su papel de afectado pasivo.

Medicina Psicosomática... Sociosomática... Bienvenidas sean ambas si buscan la integración y ayudan a entender y disolver el universo de los síndromes "físicos" sin patología "física"...  

lunes, 18 de octubre de 2010

Fibromialgia y Medicina Psicosomática




Participé antes de ayer en Madrid en una jornada sobre Fibromialgia organizada por el Instituto de Estudios Psicosomáticos y Psicoterapia Médica.
Compartí mesa con un Internista y un Psicoanalista.

El objetivo era buscar vías de integración partiendo de enfoques presumiblemente diferentes.

El Médico Internista describió el cuadro clínico y expuso el sustrato reconocido de alteraciones somáticas que acompaña a la Fibromialgia. Sostuvo, como no debe ser de otra manera, que se trata de una enfermedad real, con sufrimiento real, invalidante, no siempre respetado ni reconocido por los profesionales. Criticó la cualificación reumática, musculoesquelética del síndrome fibromiálgico y lo enmarcó en el grupo de los padecimientos por hipersensibilidad central, es decir, neuronales.

Para los lectores de este blog es conocida mi posición: los síndromes de hipersensibilidad central corresponderían a una disfunción evaluativa neuronal, un estado en el que la red neuronal valora erróneamente amenaza de enfermedad y activa los programas correspondientes. Para el padeciente existe percepción (con convicción) de enfermedad y no puede evitar conducirse como enfermo. El organismo le obliga a ello. Los médicos no encuentran pruebas de enfermedad y, a partir de ahí, comienza el calvario de saberse enfermo y ser considerado de todo menos enfermo.

En mi opinión se llega a esta situación por confluencia de múltiples factores (genes, biografía, estrés físico y emocional, biología y cultura) en proporción variable en cada caso. Todos pueden contribuir a la gestación de un estado erróneamente valorado como enfermedad por la red neuronal. El factor que me ocupa y preocupa de todos ellos es el cultural-informativo. Homo sapiens (ma non troppo) construye sus creencias con una fuerte presión imitativa e instructiva. Está expuesto a creer lo que ve y oye y le dicen los expertos.

La Medicina Psicosomática sostiene que los síntomas físicos, en ausencia de enfermedad, emergen de conflictos individuales que no disponen de un escenario normalizado de exposición y resolución y que, por tanto, se expresan a través de síntomas físicos. El dolor y el cansancio serían la expresión física de un disturbio psíquico que debe ser desentrañado y al que debe dársele una salida a través de lo psíquico.

Desde el Psicoanálisis se propone una indagación centrada en la época crucial del desarrollo del YO.

Para mí existen muchos YOs. El que me interesa es el YO corporal, la idea que el cerebro va construyendo sobre organismo, su interior, su vulnerabilidad y falta de integridad, su futuro apoyado en lo que sucedió en el pasado. Sin negar la participación del resto de factores, me centro en la reconstrucción de un YO somático más racional, libre de miedos injustificados, con una autoestima normalizada con convicción de residir en un organismo razonablemente sano que debiera ser más permisivo y debiera apagar los programas defensivos del dolor y cansancio, propios del estado de enfermedad, por la sencilla razón de que no existe tal enfermedad. Convencer a un sano que se siente enfermo de que no lo está no es tarea fácil.

Había voluntad de entendimiento y se buscaron puentes entre lo que dijo Freud y va diciendo la Neurociencia pero se me antojan difíciles de alcanzar. Debiéramos conocer cada uno, con cierta profundidad, lo que conoce el otro. De otro modo nunca sabremos lo que dice y lo interpretaremos mal adaptándolo a nuestros intereses. No me veo haciendo ese esfuerzo ni veo a los otros haciendo el contrario.

Puede que haya padecientes para todas las propuestas y que los padecimientos por hipersensibilidad estén condenados al peregrinaje en busca de explicaciones y remedios satisfactorios.

Tanto los padecientes como quienes les atienden se amparan en credos variopintos que buscan el emparejamiento. Ya no importa tanto la veracidad de lo que se dice sino su atractivo, su acoplamiento a lo que se espera y desea sea cierto.

En definitiva, un encuentro entre diferentes, algo siempre necesario y útil pero de resultado incierto. Todos tenemos razones y razón. Quitárnosla no va a resultar fácil.

viernes, 15 de octubre de 2010

La migraña es cosa de neurólogos



La migraña es cosa de neurólogos


En un reciente estudio firmado por los migrañólogos de más prestigio del país (CIENmig) se pasa revista al proceder de médicos de atención primaria, neurólogos generalistas y neurólogos especializados en migraña.


Una vez proclamados los espectaculares y consabidos avances de la Ciencia y la dramática incidencia de migraña en la población, con los también consabidos costos para el sistema se pasa al capítulo de las conclusiones.


La cosa, según las cifras, no marcha. ¿La culpa? Genes, vida moderna… como ya es sabido. ¿Los profesionales? Neurólogos bien, médicos de atención primaria y padecientes mal. Los de atención primaria no se saben el catón migrañoso (no se considera la sobrecarga de trabajo) y los padecientes se automedican. Así los neurólogos no pueden hacer gran cosa.


Hay un dato que me interesa especialmente: la incidencia de migraña entre los neurólogos participantes en la encuesta es del 38,6%. Se deja constancia de la cifra pero no se le dedica ninguna reflexión.


No hay mucha literatura sobre incidencia de migraña en neurólogos (sólo conozco 4 trabajos). Todos señalan una incidencia llamativamente alta. Tanto más alta cuanto más empeño pone el neurólogo en combatirla. Los neurólogos especializados en migraña tienen más migrañas que los neurólogos no especializados.


En ninguno de los trabajos la cifra da lugar a reflexiones.


- Es un dato estadístico fascinante… para el que no encontramos explicación…


No se encuentra explicación cuando ni siquiera se busca…


En este trabajo (CIENmig) no hay ningún indicio escrito que sugiera un mínimo interés por ese 38,6%.


Se me ocurre una hipótesis de trabajo: la migraña es una enfermedad profesional. La exposición al universo migrañoso genera migraña… Cuanto más experto es uno en migrañas más las padece…


La Ciencia de las moléculas, de las serotoninas y de los genes, no tiene respuestas. La del estilo de vida, presumiblemente, tampoco.


¿Qué me dicen de las creencias? Para mí que algo pintan en ese 38,6%...


¿Qué les parece?

Para mi que la migraña es cosa de neurólogos...

jueves, 14 de octubre de 2010

Homeostasis y dolor


La homeostasis es un término que define la propiedad de constancia de unas determinadas condiciones, necesarias para la supervivencia de las células. 

En el exterior pueden darse todo tipo de variaciones (dentro de unos límites) sin que el entorno interno (medio interno) se modifique. Las células necesitan un hábitat constante, con temperatura, oxígeno, alimento, acidez, concentración de sales... constante. Constantes vitales.

Un complejo sistema de regulación mantiene las constantes en la raya de la cifra obligada. Si hay desviación hacia arriba o abajo el organismo activa procesos que las devuelven al nivel debido. Los sensores detectan sensiblemente las desviaciones y activan las respuestas de corrección.

El individuo está implicado en esas conductas correctoras. Su colaboración es necesaria para asegurar que todo en el interior se ajusta a las condiciones exigidas por la vida. Si falta agua o sal los riñones tratarán de ahorrarla pero el organismo presionará al individuo para que desee buscarlas. 

- Tengo sed. Necesito beber agua. Tengo hambre de sal. Necesito comerla.

- Siento frío. Necesito buscar abrigo...

El organismo expresa sus necesidades a través de percepciones homeostáticas, vivencias que impulsan a centrar la atención, los objetivos, en la corrección de una constante en peligro.

La falta de agua, sales, oxígeno, los excesos y defectos térmicos y acidez llevan a la muerte violenta celular, a la necrosis. El hambre de comida, de aire, de sal, la sed, el frío, el calor... y, también el dolor nos obligan a ocuparnos de mantener las constantes, la integridad física de las células.

El dolor nos alerta de estirones, compresiones, fríos, calores, falta de oxígeno en el músculo. A veces lo hace cuando ya no hay remedio, tras hechos de necrosis consumada. Otras, cuando rozamos los límites. El dolor nos obliga a activar conductas de evitación, de alejamiento de los estados peligrosos. En los hechos consumados nos obliga a respetar la reparación de los tejidos destruidos.

Las percepciones homeostáticas (frío, calor, hambres, sed...) están reguladas por el llamado sistema de aversión (castigo)-recompensa. Genera propuestas de conducta, ganas, motivos, emociones que incitan al individuo a explorar el entorno y obtener lo requerido (comida, sal, agua, cobijo). 

El organismo no espera a que aparezca el estado de necesidad. Prefiere la seguridad, el aprovechar las ocasiones si están ahí...

- Me muero de hambre, de sed, necesito respirar hondo, estoy congelado, me duele...

No necesariamente se da una situación que justifique la activación de esos mensajes angustiados del organismo. En el interior puede andar todo razonablemente bien. Sin embargo el organismo activa el temor a lo posible, al futuro...

- No coma tanto. No beba tanta agua, controle la respiración, no tome tantos "calmantes"...

En ocasiones los puntos de equilibrio, de mantenimiento de las constantes, la seguridad, se coloca fuera de lo razonable. Ya no manda la realidad sino la virtualidad, el miedo...

Las percepciones homeostáticas se instalan, con frecuencia, crónicamente, paradójicamente, en la consciencia de un individuo, obligándole a conducirse como si el organismo estuviera siempre amenazado por falta de comida, agua, sal, oxígeno, cobijo o estuviera expuesto a agresiones mecánicas o biológicas internas continuas... cuando, en realidad sucede lo contrario. Sobran kilos, aguas, sales, oxígenos (hiperventilación) y faltan compresiones, pinzamientos, contracturas...

Los expertos debieran ayudar a contener los miedos que alimentan el error de mantener siempre activadas las percepciones homeostáticas pero, incomprensiblemente, contribuyen a avivarlo...

- Tiene usted una columna como una abuela de 80 años...

La cultura ha trastocado el delicado proceso de la homeostasis, del equilibrio, de las constantes. Ha condenado a muchos padecientes a residir en un organismo temeroso, desconfiado, que prefiere activar todas las alertas como estrategia de garantía de que no faltará de nada.

Para que nada faltE, no importa que sobren... hambres, sed, frío, calor... dolor...